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Kallas, Johnson y la beligerancia europea

“Las sanciones de la UE ya le han costado muy caro a Rusia, privando a su maquinaria bélica de más de un billón de euros, y para este otoño voy a presentar la lista de sanciones de mayor alcance desde el inicio de la guerra”, afirmó ayer Kaja Kallas, anticipando que la Unión Europea considera útil continuar por el camino elegido para tratar de destruir la economía rusa y obligar a Moscú a regresar a la mesa de negociación, esa que Bruselas nunca le ha ofrecido y que ha tratado de evitar a la espera de una mejor posición militar con la que Ucrania pueda evitar tener que negociar y sustituir el diálogo por la imposición. La UE nunca vio con buenos ojos los acuerdos de Minsk, una iniciativa de Angela Merkel que contó con Francia como socio para dar un aspecto europeo a un proyecto propio de una de las pocas personas que quiso detener la guerra de Donbass para poder regresar al statu quo anterior a la imposición de las primeras sanciones. La lógica alemana era evitar la ruptura continental o una escalada en la guerra de sanciones que implicara vetar el sector energético ruso, una forma de medidas coercitivas que no solo están dirigidas contra Moscú, sino también contra Berlín.

Ni el fracaso de Minsk ni la escalada bélica anterior a la invasión rusa de Ucrania parecieron preocupar a la UE, que ni siquiera se molestó en aparentar trabajo diplomático para evitar la guerra. Lo mismo ocurrió durante las conversaciones de Estambul, en las que no hubo ningún tipo de aliento europeo en favor de la diplomacia ni se derramaron lágrimas de preocupación cuando se consumó la ruptura que condenaba a los dos países a una guerra cada vez más dura y con consecuencias más graves para la población civil, especialmente en aquellas zonas más cercanas al frente, donde el peligro es constante. Y desde el inicio de las conversaciones de Estados Unidos con Ucrania y Rusia en busca de una hoja de ruta sobre la que resolver el conflicto entre los dos países, la UE no ha dejado de poner palos en la rueda mientras fingía una sonrisa con la que poner buena cara ante el peligro de enfrentarse al escenario más temido: tener que readmitir a Rusia como un país más en las relaciones internacionales de Occidente.

Más lenta de miras que Volodymyr Zelensky, que comprendió en el Despacho Oval que su discurso tenía que virar desde la búsqueda de la victoria a la de la paz justa, la Unión Europea se resistió más tiempo que Ucrania para subirse finalmente a la retórica de necesidad de encontrar una vía de resolución al conflicto. Pero pese a las palabras, su postura siempre ha sido la de desbaratar cada posibilidad de avance interviniendo en el último momento para endurecer los términos o imponer nuevas clausulas que hicieran imposible continuar la conversación. Así ocurrió en la primavera de 2025 y en agosto de ese año, cuando líderes europeos escoltaron a Zelensky a la Casa Blanca para evitar toda posibilidad de un entendimiento Rusia-Estados Unidos al margen de Ucrania. Esa fue la teoría, aunque cabría discutir si no se trataba en realidad del temor a un acuerdo que no tuviera en cuenta a las capitales europeas, un miedo que se reavivó en noviembre cuando, sin previo aviso, se filtró una hoja de ruta de una presunta negociación Washington-Moscú que habría consumado el retorno de Rusia a la diplomacia occidental a costa de los intereses de la UE de cronificar la actual ruptura continental que justifica el rearme y la militarización continental.

El primer punto que objetaron los países europeos fue el que preveía el uso de 100.000 millones de dólares de los activos rusos retenidos en Occidente -alrededor de la tercera parte de ellos- para la reconstrucción de Ucrania, una forma de reparaciones de guerra y de implícita admisión de culpa que no fue suficiente para Bruselas. La reconstrucción de Ucrania no es una prioridad y esos fondos no debían destinarse a ello sino a la adquisición de armas estadounidenses con las que regresar al discurso de victoria y abandonar el de paz justa que nunca convenció a las capitales europeas como mal menor. Prolongar la guerra, causar más muerte y destrucción era un factor irrelevante a la hora de decidir qué camino era prioritario. Poco después de retirar de las conversaciones los activos rusos requisados en la Unión Europea, comenzaba la lucha para conseguir su expropiación para entregar esos fondos a Ucrania con el objetivo de financiar dos años más de guerra.

En esa labor de priorizar la continuación de la guerra hasta conseguir una mejor posición negociadora, la UE y Ucrania cuentan con el apoyo incondicional del Reino Unido, que ha renegado de todos y cada uno de los procesos de negociación que se han producido en la última década. Así ha vuelto a mostrarlo Boris Johnson, el primer ministro británico más longevo e influyente en estos años de conflicto ucraniano en el que la alternancia de partidos y de líderes no ha supuesto ningún cambio en la política exterior de Downing Street, centrada en utilizar Ucrania como herramienta en su larga rivalidad con Moscú, que se remonta al siglo XIX y que en el pasado ha tenido como uno de sus escenarios al mar Negro.

En una entrevista concedida a uno de los podcast de política exterior de referencia del establishment de la derecha política estadounidense, School of War, el exprimer ministro británico ha confirmado esa postura de renegar de todos y cada uno de los procesos de negociación, siempre sin plantearse cuáles han sido las consecuencias para Ucrania. Instalado explícitamente en esta posición, Boris Johnson da voz a la opinión europea y ucraniana que se ha generalizado estos años y cuyo resultados han sido las enormes sonrisas con las que oficiales de la UE como Kaja Kallas se refieren a la continuación de la guerra, el aumento de las sanciones contra Rusia y las promesas de futuro que nunca llegan a cumplirse.

“Si recuerdas lo que ocurrió con el expediente de Ucrania. A partir de 2014, básicamente echamos a perder las conmemoraciones de Normandía, creo que fue en julio”, afirma Johnson en referencia a la conversación forzada por Angela Merkel entre Vladimir Putin y Petro Poroshenko en la conmemoración del aniversario del desembarco de Normandía y que dio lugar a un formato de negociación que no recibió ningún tipo de apoyo de la UE o de Londres y que cayó por su propio peso ante la incapacidad de la canciller alemana de obligar a Kiev a implementar los acuerdos de Minsk que se negociaron en la capital bielorrusa el 12 de febrero de 2015. “No habíamos asistido a la reunión adecuada. El formato de Normandía lo formaban Francia, Alemania, Rusia y Ucrania, y se trataba el conflicto como si fuera una disputa interna entre Rusia y Ucrania”, reniega Johnson pese a que, en aquel momento, el conflicto ucraniano era una guerra civil en Donbass que Kiev prefería mantener artificialmente activa para justificar sus políticas nacionalistas y un conflicto Ucrania-Rusia a causa de Crimea.

“Creo que los franceses y los alemanes se hicieron cargo de ello: asumieron el problema, se suponía que debían resolverlo. Eran como consejeros matrimoniales, cuando, por supuesto, se trataba de un ataque brutal de una parte contra otra. Pero, en cierto modo, fingían gestionar esta pesadilla de forma imparcial”, continúa Johnson en su habitual estilo de deslegitimar el único formato de negociación en el que Ucrania aceptó tratar cuestiones políticas precisamente porque Poroshenko primero y Zelensky después contaban con la ayuda y protección de la canciller alemana y el presidente francés.

Banalizar la diplomacia e insistir en el dogma de que Vladimir Putin nunca quiso negociar -cuando durante ocho años Ucrania no dio un solo paso para cumplir con los puntos políticos de los acuerdos de Minsk, de los que renegó en 2022 y abiertamente confirmó que no tenía intención de implementar- es la herramienta más útil para seguir abogando por la guerra”. “En cada fase, Putin ha tenido la oportunidad de quedarse con lo conseguido y darlo por zanjado. En cada momento, no tengo la más mínima duda de que Volodymyr Zelensky aceptaría un acuerdo. No lo diría ni podría decirlo, pero no me cabe duda de que, de facto, cambiaría territorio por paz, no de iure, sino de facto. Aceptaría que Putin congelara la situación en la línea de contacto, siempre que Occidente ofreciera algún tipo de garantía de que Ucrania estaría protegida y fortificada —una especie de estrategia del «puercoespín de acero»”, afirmó Johnson a pesar de que Rusia trató de quedarse con lo conseguido y darlo por zanjado ya en abril y mayo de 2014, cuando el propio Vladimir Putin se dirigió a la población de Donbass para desaconsejar la celebración del referéndum del 11 mayo.

Durante siete años, Rusia abrió la puerta a un cumplimiento parcial de los postulados de Minsk con el objetivo de finalizar la guerra de Donbass, aperturas rechazadas por Kiev, para quien ningún acuerdo que no incluyera Crimea y que implicara cualquier tipo de concesión política a un territorio era inaceptable. Así lo fue durante los años de Minsk/Normandía y también a lo largo de la negociación de Estambul, esa que se prolongó durante meses hasta que Ucrania supo definitivamente que dispondría de las armas para seguir haciendo lo que siempre quiso: luchar por la victoria de la mano de Occidente. Ese fue el papel de Boris Johnson en aquel célebre viaje de la primavera de 2022 en el que según Ukrainska Pravda, pronunció a Zelensky una frase definitiva: “simplemente vamos a luchar”. En referencia a esa visita, Boris Johson insistió en que “dijeron que mi viaje a Kiev aquel mes de abril fue el responsable de que se interrumpieran aquellas negociaciones de paz, que yo lo eché todo por tierra, que hice imposible que se llegara a un acuerdo de paz. Es una tontería total y absoluta. No había ningún líder europeo, ni ningún líder occidental, que pudiera haber impedido que los ucranianos lucharan por su país. Eso, simplemente, no iba a suceder”.

“Lo único que le decía a Volodymyr Zelensky tras esa terrible experiencia por la que habían pasado, cuando, contra todo pronóstico, habían logrado expulsar al segundo ejército más grande del mundo de la zona de Kiev, hacerles retroceder un poco también en el este y hacer maravillas, lo único que quería decirle era: mira, no puedo ser más ucraniano que los propios ucranianos. Pero si queréis seguir luchando, estaremos con vosotros”, añadió Johnson sobre su conversación con Zelensky, en la que implícitamente prometía a Ucrania las armas con las que continuar luchando en esta guerra común que nadie, especialmente las capitales europeas, quieren terminar. Como entonces, Ucrania era una herramienta demasiado útil para luchar contra Moscú. No es casualidad que, en la entrevista, Boris Johnson resalte la importancia de la figura del recientemente fallecido Lindsey Graham, el senador que dejó dos de las ideas más importantes de esta guerra desde el punto de vista occidental: la guerra está saliendo muy barata para Occidente, que no tiene que arriesgar las vidas de sus soldados, y Ucrania está dispuesta a luchar “hasta el último ucraniano”. En ese contexto, la obligación moral de Occidente es continuar apoyando a Ucrania con armas y financiación para Kiev y sanciones contra Rusia. La Unión Europea y el Reino Unido siguen colaborando para conseguirlo.

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