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Estados Unidos, Rusia, Ucrania

Un mundo autoritario

Este año, que comenzó con el abrupto ataque estadounidense contra Venezuela y el secuestro del presidente Nicolás Maduro, ha confirmado una dinámica de cambios en las relaciones internacionales y en las alianzas mundiales que, pese a achacarse a Donald Trump, preceden a su regreso al poder y responden a una realidad objetiva en la que Occidente pierde peso político, económico e incluso militar ante potencias emergentes. La capacidad estadounidense de aprovecharse del estatus del dólar como moneda de reserva hace que su multibillonaria deuda no sea la catástrofe financiera que sería en cualquier otro país y permite a Washington unos aumentos anuales del gasto militar que superan el presupuesto anual del segundo ejército del mundo, el chino. Es evidente que el tiempo de la unipolaridad y del consenso de Washington quedó atrás, pero ni Estados Unidos ha perdido el control ni resulta menos peligroso.

La desaparición del único bloque de países capaz de hacer sombra política, geopolítica e incluso militar a Estados Unidos ha permitido en las casi cuatro décadas desde el final de la Guerra Fría una libertad de actuación de la que Washington se ha aprovechado para acabar con regímenes que, por diferentes motivos, consideraba enemigos, erosionando el sistema de derecho internacional basado en el consenso de posguerra. Como ha quedado claro en los conflictos que han estallado este año o en los que continúan activos, Naciones Unidas ha quedado como un foro en el que los países miembros acuden a presentar su discurso sin la menor intención de favorecer una diplomacia multilateral capaz de mantener o recuperar la paz. El ejemplo más claro es la privatización de la gestión de la situación en Gaza, que, contra la opinión -pero no veto- de Rusia y China, el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas ha dejado en manos de la Junta de Paz, las Naciones Unidas de Donald Trump, en la que el derecho internacional, las instituciones multilaterales o los tratados son irrelevantes y manda únicamente la conciencia de su líder supremo.

Desarmando las instituciones multilaterales en favor de acuerdos bilaterales en los que impone sus términos bajo amenaza tanto a aliados como a enemigos, utilizando la fuerza para derribar abiertamente gobiernos que considera oponentes y con una mezcla de coacción, sumisión voluntaria y extorsión, Washington está camino de conseguir el control prácticamente absoluto del comercio de petróleo y otras materias primas que mueven la economía del presente. El hecho de que China lleve una importante ventaja en lo que respecta a los elementos que serán imprescindibles para la economía del futuro es irrelevante para Estados Unidos a corto plazo y le anima a actuar con mayor agresividad para mejorar su posición y minar la capacidad china de proyectar su poder incluso en lo que normalmente sería su área de influencia.

Pese a la forma en la que ha sido analizada la Estrategia de Seguridad Nacional del trumpismo como un documento que plantea una división del mundo en esferas de influencia, Estados Unidos solo renuncia a la lucha por la hegemonía mundial de palabra. En la práctica, Washington afirma que ha de tener la economía más potente, el ejército más fuerte, la disuasión nuclear más importante, una capacidad científica superior al resto e incluso insiste en la importancia de su “poder blando”. Y quienes ven en la forma en la que Donald Trump gestiona las relaciones internacionales como un aspirante a dictador repartiéndose el mundo con otros líderes autoritarios no quieren ver que, contrariamente a la teoría que pregona, en la práctica Estados Unidos aspira a dar órdenes a los principales países de las regiones más importantes del planeta independientemente de si se trata de aliados u oponentes.

En América, único continente en el que Estados Unidos afirma abiertamente buscar la hegemonía y el dominio completo, el secuestro de Nicolás Maduro, de la economía y del Gobierno venezolano solo fueron el principio de una injerencia diferente en cada país, que está llevando al continente hacia una derecha trumpista que renuncia a la soberanía en favor de los intereses de Washington. En Norteamérica, Trump no se ha cansado de presionar ni amenazar a Canadá. Tras la breve tregua otorgada a modo de bomba de relojería que debía presionar a Mark Carney para llegar a un acuerdo comercial estrictamente en términos de Estados Unidos, el sábado por la noche, Canadá se plantó y decidió asumir las consecuencias -al menos temporalmente- de la guerra económica. “Estábamos preparados y cerca de tener un acuerdo integral que sería justo para ambos países. Pero ellos hicieron cambios, incluidas amenazas a la lengua francesa, la cultura de Quebec y la cultura canadiense. Eso no es aceptable. Eso nunca sería aceptable”, afirmó el primer ministro canadiense. Si la injerencia electoral fracasa, como ocurrió en Canadá, donde el candidato conservador trumpista tenía todas las de ganar hasta que Donald Turmp inició su ataque contra el país, la guerra económica es el siguiente paso en este mundo en el que la única norma que ha de seguirse a rajatabla es la orden del presidente de Estados Unidos.

En Europa, Donald Trump examina a sus aliados para decidir en cuáles de ellos reduce su presencia y, por consiguiente, el compromiso de defensa que supuestamente implican esas bases o las unidades allí destinadas. Hace una semana, Bloomberg dio a conocer un cuestionario de autoevaluación en el que se exigía a los países valorar cuál ha sido su postura a la hora de ayudar a Estados Unidos contra Irán o su voluntad de adquirir armamento estadounidense. Teniendo en cuenta que varios países han cerrado su espacio aéreo para el tránsito de aeronaves estadounidenses en acciones ofensivas y que Trump nunca ha considerado suficiente el apoyo que ha recibido, por ejemplo, del Reino Unido, que autorizó el uso de sus bases, entre ellas la de Diego García, para la guerra de agresión, el cuestionario es injerencia en la política de esos Estados supuestamente aliados. Estados Unidos busca abiertamente imponer su política exterior a sus socios, aquellos de los que también espera un aumento del gasto militar.

En guerra y consciente de no ser capaz de sostener el esfuerzo militar de forma autónoma, la Unión Europea busca la forma de mantener la implicación de Estados Unidos en su seguridad. “Los países de Europa del Este miembros de la OTAN se están ofreciendo a reducir los costes de las tropas estadounidenses estacionadas en su territorio para disuadir a la Administración Trump de reducir su presencia militar en la región, según fuentes familiarizadas con el asunto. La propuesta se está preparando de cara a una reunión de la alianza con el subsecretario de Defensa de EE. UU. para Política, Elbridge Colby, que tendrá lugar en Bruselas el 27 de agosto, y refleja la urgencia de mantener una disuasión creíble frente a Rusia en medio de la revisión de seis meses que está llevando a cabo el Pentágono sobre su presencia militar en Europa”, afirmaba este fin de semana Bloomberg. Además del aumento del gasto militar por orden de Donald Trump y el incremento de las compras de armamento estadounidense para enviar a la guerra de Ucrania, los países europeos más afines a Washington se plantean ya subvencionar las bases militares en su territorio.

La presencia militar de Estados Unidos en Europa beneficia fundamentalmente a Washington, ya que implica sometimiento de sus aliados europeos, garantiza control de una región clave -un patio trasero de gran poder adquisitivo en el que colocar los productos militares, tecnológicos, industriales y agrícolas estadounidenses- y aporta una plataforma que utilizar como trampolín en sus aventuras imperiales y de dominio de otras áreas o del comercio mundial. Nada de ello es nuevo, la única diferencia es que, hasta ahora, el contrato social estaba basado en un discurso de solidaridad entre aliados, mientras que actualmente todo se enmarca en una política exterior en la que ya no hay socios, sino únicamente intereses que justifican guerras de agresión contra enemigos y amenazas constantes contra teóricos amigos.

Esta situación es especialmente clara en el teatro asiático, principal escenario de la lucha de grandes potencias. La contención de China sigue siendo el principal objetivo, para lo que Estados Unidos no ha dudado en presionar a sus aliados para que sean ellos quienes carguen con la responsabilidad y el coste de esa política exterior. Sin embargo, un ejemplo de la última semana muestra con claridad los límites a los que Donald Trump está dispuesto a llegar para conseguir lo que quiere o para castigar lo que percibe como deslealtad de algunos de sus aliados más fieles.

“Basado en mi muy buena relación con Kim Jong Un, de Corea del Norte, no estoy contento con el hecho de que los Estados Unidos hayan acordado, hace mucho tiempo, participar en Ejercicios Militares Conjuntos con Corea del Sur. Estos ejercicios no solo son costosos, con gran parte de estos costos pagados por los Estados Unidos de América (¡como siempre!), sino que envían una señal que es totalmente inapropiada y hostil, a un País que, mientras Donald J. Trump ha sido presidente, ha sido inofensivo y respetuoso”, escribió Donald Trump la semana pasada, apenas unas horas antes de que comenzaran las maniobras anuales compartidas con la República de Corea. “Basado en el hecho de que es demasiado tarde para cancelarlos, he instruido al secretario de Guerra, Pete Hegseth, a reducir sustancialmente los Ejercicios Militares Conjuntos”, añadió, para finalmente centrarse en la parte importante del mensaje. “Aunque algo no relacionado (?), recientemente le pregunté al presidente de Corea del Sur si les gustaría unirse a nosotros en la Desnuclearización de la República Islámica de Irán, y dijeron: «¡No, gracias!»”, sentenció. La postura de la República Popular de Corea no ha cambiado y si no es un peligro para Estados Unidos o la República de Corea actualmente es porque nuca lo fue, pero el Norte no ha iniciado conversaciones con el Sur, ni con Estados Unidos, por lo que no hay ninguna variación en la relación entre Pyongyang Seúl y Washington.

“Me llevo muy bien con él. Tiene 57 armas nucleares muy poderosas. Todo va a salir bien”, afirmó Trump sobre Kim Jong Un, causando una oleada de indignación en los aliados estadounidenses en Asia-Pacífico, a los que se dirigía realmente el comentario. Kim Jong Un no ha correspondido tampoco las buenas palabras de Donald Trump y simplemente ha ignorado la última maniobra de Estados Unidos, posiblemente consciente de estar siendo utilizado como herramienta para presionar a Seúl en busca de una participación más activa en las acciones imperiales de Estados Unidos en Asia.

Los elogios a Kim y a la República Popular de Corea coinciden en el tiempo con la reciente afirmación ucraniana de que Rusia prepara una nueva movilización y que en la posterior ofensiva participarán miles de tropas norcoreanas que ya están siendo preparadas. Por el momento, la inteligencia de Seúl niega una movilización norcoreana en apoyo a Rusia, una información que no impide que Zelensky opte por la misma estrategia que Trump de amenazar a sus aliados con un peligro mayor en caso de no recibir suficiente ayuda militar.

Las bombas, la guerra económica, las órdenes de seguir una determinada política exterior o comercial y la amenaza han sido este último año y medio las formas con las que Estados Unidos ha tratado de imponer su voluntad sobre enemigos y, sobre todo, sobre sus aliados, en busca de un mundo que siga bajo su control y al servicio de sus intereses. No se trata de una división del mundo en esferas de influencia en el que Estados Unidos domine América y Europa; Rusia, Asia Central; China, Asia-Pacífico e Israel y Emiratos Árabes Unidos, Oriente Medio, sino de garantizar que cada aliado ofrezca a Washington todo aquello que la Casa Blanca le exija. Y en esa política de coacción a sus aliados, Estados Unidos no duda en utilizar a los enemigos comunes -Rusia en Europa, Irán en Oriente Medio o la República Popular de Corea en Asia- como herramienta de presión o directamente como amenaza. Esa estrategia hace especialmente vulnerables a los países europeos, cuya autonomía ha quedado comprometida por la decisión de vincular su suerte a la de Estados Unidos y por su dependencia de Washington para sostener la guerra común contra Rusia.

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