“Tras cuatro años y medio de conflicto en toda regla, la guerra entre Rusia y Ucrania se está convirtiendo cada vez más en una guerra aérea. La omnipresencia de drones y sensores en la línea del frente ha hecho que las maniobras sean casi imposibles. La guerra terrestre es espantosa y sangrienta, pero en gran medida estática. Las fuerzas ucranianas y rusas están intensificando los ataques con misiles y drones para desgastarse mutuamente. Como declaró el presidente ucraniano Volodymyr Zelenskyy al FT el mes pasado, «la batalla en el cielo» determinará el resultado de la guerra. Es urgente que los aliados de Ucrania hagan más para protegerla de la mayor amenaza: los misiles balísticos”, escribía este mes el editorial de Financial Times, uno de los medios más implicados en la causa ucraniana. El medio se centra en la que ha sido la principal obsesión de Ucrania estas últimas semanas, obtener munición para sus sistemas de defensa aérea para poder proteger los objetivos más sensibles en la ciudad de Kiev, actualmente expuestos a la potencia de los misiles balísticos rusos.
El uso intensivo de misiles PAC-3 que, pese a su coste de alrededor de 4 millones de dólares, han llegado a utilizarse en Oriente Medio contra drones cuya producción ronda los 20.000 dólares, ha reducido al mínimo las existencias en los arsenales de los países potencialmente donantes en el peor momento posible para Zelensky, cuando Rusia ha aumentado su producción de misiles. “Creo que Rusia podría producir hasta 1.300 misiles balísticos al año. Ahora tienen 600-630. Tenemos una comprensión bastante buena del volumen al que están apuntando entre ahora y el final del invierno. Podrían potencialmente alcanzar alrededor de 100 misiles balísticos al mes. Pero aún no lo tiene”, afirmó el domingo Volodymyr Zelensky aportando unas cifras que la producción occidental de munición para los sistemas Patriot no puede igualar en estos momentos.
En este contexto, Zelensky ha exigido un imposible, un paquete de 300 misiles PAC-3 (por un valor aproximado de 1.200 millones de dólares que costearía, como el resto de adquisiciones militares, con la financiación de la Unión Europea) que no existen en el mercado. “Según Zelensky, Ucrania necesita entre 300 y 360 misiles para los sistemas de defensa aérea Patriot, mientras que cada año se fabrican un total de 600 misiles de este tipo”, escribía el domingo Ukrainska Pravda. El presidente ucraniano exige más de la mitad de la producción anual de misiles PAC-3 para su defensa aérea.
“Los PAC-3 son los que recibimos de Estados Unidos a través del programa PURL. Todos nuestros socios, tanto los estadounidenses como los europeos, saben exactamente cuánto dinero están transfiriendo y exactamente cuántos misiles nos están proporcionando. También existen algunos acuerdos bilaterales independientes con países europeos y de Oriente Medio concretos. Pero, como se puede observar, lamentablemente hay una tendencia a la baja, y eso depende principalmente de la parte estadounidense”, explicó Zelensky, que denunció que Ucrania solo ha obtenido 264 misiles PAC-3 y PAC-2 este 2026, mientras que en 2025 recibió 675. Sin ningún pudor, Zelensky se limita a destacar las carencias en las entregas y apunta a sus aliados olvidando que ha sido su elección tanto apoyar la guerra de Trump contra Irán, que ha limitado notablemente la disponibilidad de misiles para los sistemas Patriot, como endurecer la guerra aérea, forzando la actual respuesta rusa, en el momento de mayores carencias defensivas.
Por el momento, Zelensky ha anunciado la llegada de un pequeño -es decir, insuficiente- paquete de proyectiles para los sistemas Patriot y un acuerdo según el cual Alemania entregará a Kiev 600 misiles PAC-2, una cantidad elevada, pero de un modelo que no es exactamente lo que Ucrania demandaba y que no queda claro si se trata de 600 misiles añadidos a los 600 que ya se habían anunciado o si realmente no hay ninguna novedad en el anuncio.
La insistencia en que los aliados envíen misiles para la maltrecha defensa aérea ucraniana convive con la principal tarea del momento, obtener armas de ataque con las que paliar otras carencias. La táctica ucraniana pasa por saturar las defensas y aprovecharse del extenso territorio ruso para minar las capacidades ofensivas de su oponente. No se trata únicamente de los ataques contra las refinerías rusas, que se siguen produciendo prácticamente a diario y cada vez a mayor distancia de la línea del frente, sino de destruir lanzaderas de misiles, arsenales o bases militares estratégicas. A ello hay que sumar el intento de llevar la guerra a la puerta de la población rusa, que en el imaginario ucraniano significa continuar atacando la región de Moscú para intentar causar caos en la ciudad o, como era el plan de Mijailo Fedorov, en sus aeropuertos. Para ello, Ucrania creía contar con un arma milagrosa, los misiles Flamingo, de producción ucraniana, que no están siendo especialmente efectivos y los impactos son una excepción y no la norma. La gran mayoría de los misiles Flamingo disparados por Ucrania -en ocasiones todos los lanzados en una operación- son derribados por las defensas rusas, que generalmente tienen más dificultades lidiando con los centenares de drones que se lanzan a diario (algo que ocurre también al otro lado del frente).
Sin la esperanza de su misil estrella, Ucrania ha encontrado su siguiente wunderwaffe, el uso del sistema Starlink, propiedad de Elon Musk, en territorio de la Federación Rusa, lo que garantizaría a los drones y misiles ucranianos una precisión en los ataques de la que ahora mismo carecen. “Los drones equipados con Starlink utilizan la red de satélites de SpaceX para mantener conexiones más sólidas con los operadores a distancias mayores que las que permiten los enlaces de radio convencionales, al tiempo que los hacen menos vulnerables a las interferencias habituales”, explicaba la semana pasada Financial Times. Quizá como incentivo para convencer al oligarca, este miércoles, Ucrania anunciaba la concesión de la Orden de la Libertad a Elon Musk, en cuyas manos está la decisión de dónde puede utilizarse Starlink.
Evidentemente, el uso de esos sistemas en territorio ruso según sus fronteras internacionalmente reconocidas sería una grave escalada, una más de las muchas que están llevando el conflicto a una guerra total cada vez con mayor implicación de los países occidentales. Ese detalle parece no preocupar en exceso a los países europeos, ya que, según RBC Ukraina, varios líderes europeos trabajan en los esfuerzos de convencer al oligarca y al presidente de Estados Unidos para que aprueben el uso de Starlink en Rusia. Según Volodymyr Zelensky, una decena de líderes mundiales están ayudando a Ucrania a lograr su objetivo, entre ellos los presidentes de Finlandia y de Francia, Alexander Stubb y Emmanuel Macron. Según el periodista de Financial Times Christopher Miller, “Ucrania solicita autorización para utilizar drones equipados con Starlink contra lanzadores de misiles balísticos situados hasta 200 kilómetros dentro de Rusia”.
La aparentemente limitada exigencia de uso del sistema de satélite propiedad de Elon Musk en las regiones fronterizas rusas recuerda a la forma en la que Ucrania consiguió poco a poco la autorización de Estados Unidos para el uso de misiles occidentales contra el territorio de la Federación Rusa, unas limitaciones que posteriormente luchó por eliminar. Ucrania, que acostumbra a no aceptar un no por respuesta y que, al obtener un sí condicional, procede a exigir más probablemente exigiera ampliar las condiciones de uso de Starlink desde el mismo momento en el que se aceptara su petición. Por el momento, pese a los meses de trabajo de Mijailo Fedorov, Elon Musk no ha dado ningún síntoma de desear contribuir a una nueva escalada militar en el territorio de la Federación Rusa. Pero como ocurre con los misiles para la defensa área, es improbable que Ucrania vaya a cesar en su intento de conseguir lo que busca. En ello, Zelensky ya ha dejado claro que cuenta con el apoyo activo de sus aliados más cercanos, los países europeos, que temen perder el paraguas nuclear estadounidense, pero que no temen una escalada de este tipo contra la primera potencia nuclear mundial.
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