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La guerra, herramienta de negociación

“Si alejas el zoom, poco ha cambiado: Ucrania sigue obstaculizando la logística en el sur y en Crimea, dañando refinerías rusas, mientras que los avances rusos siguen limitados a unos 100 km² al mes a pesar de las altas pérdidas diarias. Sin embargo, de alguna manera, el espacio informativo ha vuelto al pesimismo”, escribía un conocido influencer de la guerra y excomandante en las Fuerzas Armadas de Ucrania. Con una rapidez poco habitual en este conflicto, el discurso de victoria de Ucrania se ha convertido en súplicas de ayuda ante la fortaleza de Moscú. “El optimismo generalizado se ha atenuado en varios frentes, entre ellos la lucha de Zelensky contra la corrupción y sus relaciones con Trump”, escribía la semana pasada el medio estadounidense The Atlantic, que partía de la base de esa mejoría en la situación bélica para precisar que “ese impulso acumulado desde principios de año, se ha esfumado en cuestión de días”. En realidad, la situación en el frente no ha cambiado especialmente a peor, como tampoco lo había hecho a mejor en semanas anteriores. Persiste inalterada la naturaleza de guerra de desgaste en la que Rusia avanza lentamente en Donbass y ambos países se destruyen mutuamente las infraestructuras.

La reciente oleada de pesimismo, tan irreal como la fase triunfalista, no se debe a los resultados en el frente, sino a unas expectativas que no eran reales y a una visión de la guerra creada de forma artificial. Ni la situación actual es desesperada ni la de hace unos días era de victoria segura tal y como ya volvían a dar a entender los medios ucranianos y occidentales. Ucrania estaba ganando, decía el discurso, e incluso Donald Trump estaba impresionado. Desde entonces ha llegado la respuesta rusa a la campaña de 40 días de bombardeos ucranianos de larga distancia y Kiev lanza plegarias a sus aliados para que intervengan y detengan lo que siempre supo que era inevitable, el endurecimiento de la respuesta rusa a su intento de destruir su economía y capacidad de continuar luchando.

Como la victoria, también la derrota es un argumento con el que negociar con los aliados. Y, a la vez, esa negociación es causa del cambio de discurso, fácilmente modificable teniendo en cuenta que, a nivel mediático, el discurso importa más que los hechos objetivos. El artículo de The Atlantic explicaba que “en su reunión con Zelensky la semana pasada, Trump no accedió a enviar más sistemas de defensa aérea Patriot, que Ucrania necesita para detener los misiles balísticos rusos. Además, se retractó de su promesa de permitir que las empresas ucranianas fabricaran estos sistemas por sí mismas. En Kiev, los problemas relacionados con la corrupción en tiempos de guerra, que llevaban mucho tiempo latentes, debilitaron al equipo de Zelensky, lo que provocó la destitución del ministro de Defensa, Mijailo Fedorov, el mes pasado, y la dimisión de [la embajadora de Ucrania en Estados Unidos] Stefanishyna a principios de esta semana. (Esta última regresó a Kiev para responder a las acusaciones de corrupción, que ella niega)”. El motivo del pesimismo no es que Ucrania haya perdido la capacidad de exportación a través de sus puertos, que sus misiles sean masivamente derribados por las defensas rusas o que su defensa aérea haya quedado exhausta, sino las decisiones políticas de sus aliados, que no han entregado a Ucrania con la rapidez exigida todo aquello que había demandado.

El discurso actual es representativo de la forma en la que Ucrania ha visto siempre la guerra, una herramienta con la que conseguir sus objetivos políticos y en la que siempre ha de contar con todo lo que pide. La forma de pensar remite a unas declaraciones de Oleksiy Arestovich, hoy caído en desgracia y enfrentado al Gobierno ucraniano, que abiertamente afirmó años antes de la invasión rusa que una gran guerra con Rusia era el precio que Ucrania tendría que pagar para conseguir la integración euroatlántica. Arestovich no se lamentaba de ello, sino que, como ahora Kiev y las capitales europeas, veía esa posibilidad como un mal menor con el que lograr lo que se busca. Pese a la insistencia de Zelensky, Ucrania no lucha en esta guerra para mantener la independencia y soberanía del país ni por la supervivencia de la nación, sino que trata de mostrar fortaleza frente al enemigo común ruso para decir a sus aliados que ha matado en su nombre y, por lo tanto, a modo de pago por los servicios prestados, merece aquello que se le ha negado hasta ahora.

Por una parte, las exigencias son militares. “Hablé con el presidente Biden en el primer año de la guerra. Le pedí con mucha insistencia que me diera licencias para Patriot. Ahora hemos acordado con Trump que él proporcionará las licencias. Pero imaginen: si las hubiéramos recibido hace cuatro años, ya estaríamos fabricando Patriots para todos, créanme. Y Europa —esos que quieren y querían tener sistemas antibalísticos Patriot y misiles— ya los tendría. Estoy absolutamente convencido de eso”, afirmó Zelensky en una comparecencia mediática en su visita de este fin de semana a Belgrado. El presidente ucraniano vuelve a dar a entender que se ha producido un nuevo cambio de opinión de Donald Trump, que inicialmente se mostró favorable a permitir que Ucrania produjera misiles Patriot y posteriormente negó tal posibilidad. Por el momento, Estados Unidos no ha confirmado ninguna de las dos alegaciones de Zelensky: la licencia para producir misiles PAC-3 y el compromiso de envío mensual de munición para los sistemas Patriot. Conseguido el objetivo -para el que, en ocasiones, es necesario explotar la derrota o incluso renunciar a intentar derribar misiles rusos-, lo más probable es que el pesimismo de esta semana vuelva a convertirse en otra euforia que se mantenga hasta que vuelva a ser necesario exigir más armas. En realidad, Zelensky ha dejado ya la puerta abierta para hacerlo de forma inmediata. En la misma comparecencia en la que anunció que recibirá suministros mensuales de misiles para la defensa aérea, el presidente ucraniano insistió en que no será suficiente.

Como apuntaba el periodista estadounidense Mark Ames, el verdadero problema es “de matemáticas”. “Rusia produce misiles balísticos más rápido de lo que Occidente puede fabricar los interceptores… Hasta ahora este año, Rusia ha disparado 650 misiles balísticos contra Ucrania. Eso es más que el número de interceptores PAC-3 entregados en todo el mundo durante todo el año pasado”, explicaba The New York Times. En términos militares, Ucrania exige imposibles a sus aliados, algo que reproduce también en lo político. La guerra no es una forma de política por otros medios dirigida solo a Rusia, sino que esa negociación con misiles, drones y tanques es fundamentalmente con los aliados que sostienen el esfuerzo bélico. “Creo que Europa como continente está en un declive masivo. ¿Me equivoco?”, preguntó a Zelensky el presentador estrella de Fox News, Sean Hannity. “Es una Europa diferente, absolutamente. Nunca pude entender por qué Ucrania no estaba involucrada, por qué no fue invitada a la OTAN”, respondió el presidente ucraniano, que insiste en unas exigencias maximalistas que hacen imposible la diplomacia con Rusia y que, como el triunfalismo militar, lleva a expectativas que solo pueden cumplirse a base de empeorar aún más la guerra.

Las palabras de Arestovich no son una anécdota, unas declaraciones altisonantes de quien entonces era un oficial del Gobierno, sino la manifestación del uso de la muerte y destrucción masiva que causa la guerra como argumento político de negociación, no con el enemigo, sino con el aliado, una estrategia que funciona. “Los responsables de la UE admiten que, dada la magnitud de las preocupaciones en torno a la corrupción, la independencia judicial y otros valores fundamentales del bloque, al país no se le habría concedido un proceso formal de adhesión de no ser por la invasión de Rusia”, escribe esta semana Financial Times. La guerra es el único argumento al que puede agarrarse Ucrania para continuar exigiendo aquello para lo que ni siquiera cumple las condiciones.

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