En un mundo globalizado en el que ningún conflicto está aislado y la economía sufre los efectos boomerang de actos propios y ajenos, quizá ningún comercio es tan relevante en términos políticos como el de la energía. Pese al enorme énfasis de los últimos años en la transición energética, que no se debe únicamente a la necesidad de proteger el planeta, sino que busca evitar los problemas que implica la dependencia de terceros países, el gas y el petróleo siguen siendo materias primas esenciales capaces de derribar gobiernos, condicionar elecciones y marcar el rumbo geopolítico de los Estados. En este sentido, el mejor ejemplo posible es el de Alemania, que en estos últimos cuatro años y medio ha visto reducida la competitividad de su industria por una decisión política directamente vinculada a la energía. La renuncia al gas barato ruso debía ser la solución a un problema -la adicción a un producto al que se acusaba de ser una herramienta política, como si las exportaciones de otros países no lo fueran-, sin pararse a pensar en las consecuencias. Berlín apoyó las sanciones al sector energético ruso y solo en ocasiones ha exigido exenciones, con lo que se ha sumado a una política que, ordenada desde Estados Unidos y ejecutada con gusto por la Unión Europea y el Reino Unido, no solo estaba dirigida contra Rusia sino también contra Alemania, único competidor europeo de la industria estadounidense.
En septiembre de 2026, Alemania guardó silencio cuando sus infraestructuras críticas fueron atacadas y tres de las cuatro tuberías del gasoducto Nord Stream fueron destruidas. Desde entonces, y especialmente desde que ha sido imposible encontrar la mano de Moscú en el atentado, la prensa y el establishment político han destacado la propiedad rusa de las infraestructuras, obviando deliberadamente la copropiedad alemana y dando a Berlín una coartada para callar mientras la investigación avanzaba por el terreno pantanoso de ver que el culpable era un aliado. A la espera de que comience el juicio contra el primer acusado, pocos son ya los que dudan de la trama ucraniana que hizo explotar las infraestructuras de transporte de gas, pero son muchos menos los que la condenan. El silencio y un grado cada vez más elevado de hipocresía marcan el desarrollo político de los hechos.
“Si queremos seguir siendo competitivos en el futuro, nosotros, como Unión Europea, debemos lograr que nuestro suministro energético sea más independiente y resistente. Es importante que todos los Estados miembros superen, paso a paso, su dependencia de la energía rusa. Y es que Rusia ha utilizado en repetidas ocasiones la energía como instrumento político de presión y seguirá haciéndolo en el futuro”, afirmó ayer el ministro de Asuntos Exteriores de Alemania pese a que no fue Rusia sino Ucrania quien destruyó un gasoducto que daba a su país, motor económico de la UE, una independencia y resistencia de la que ahora carecen. Casi cuatro años después de que Rusia perdiera la única conexión energética directa con la Unión Europea y con la dependencia energética de Estados Unidos ya consolidada, el único enemigo que ve Alemania en materia energética sigue siendo Rusia.
Gran jugador en el tablero energético mundial, Moscú es el oponente al que tanto Estados Unidos como la Unión Europea tratan de expulsar, por motivos diferentes, del mercado occidental. Para las capitales europeas, se trata de limitar los ingresos de la Federación Rusa para hacer insostenible continuar la guerra y obligar al Kremlina negociar la paz en Ucrania en posición de debilidad. Y es también una forma de venganza que los países europeos llevan años intentando infligir contra un enemigo histórico, una sensación que ha aumentado en los años de guerra en Ucrania, pero que ya estaba ahí desde que comenzó el desplazamiento del eje de poder de las viejas potencias occidentales a los Estados del este, que han hecho del odio a Rusia su ideología principal.
Para Estados Unidos, Rusia es un rival al que quiere marginar para quedarse con sus mercados. El juego es diferente en el oeste y en el este, pero ambos son importantes. En Europa, Trump ha dado repetidamente orden a los países europeos de detener completamente las adquisiciones energéticas rusas. En 2025, lo hizo desde la tribuna de la Asamblea General de Naciones Unidas. En el este, el interés de Washington es obligar a China a tener que adquirir el mayor porcentaje posible de petróleo del mercado controlado por la Casa Blanca o por sus aliados más cercanos. El control del petróleo de Venezuela y el intento fallido de hacer lo propio con el iraní buscan ese control del flujo del crudo. Estados Unidos no puede permitirse expulsar completamente a un productor y exportador tan importante del mercado global, ya que eso afectaría de forma negativa a los precios, pero busca minimizar sus posibilidades de acceder a las vías normalizadas del comercio de esta mercancía. La amenaza de sanciones secundarias, por ejemplo, trata de limitar al mínimo la capacidad rusa de venta de crudo.
Sin embargo, en determinados momentos, el petróleo ruso pasa de ser un rival y un problema a ser parte de la solución. La coyuntura actual, con ataques ucranianos contra las infraestructuras petrolíferas rusas, la dificultad para exportar petróleo a través de Ormuz, la paralización del bombeo a través del oleoducto Este-Oeste con el que Arabia Saudí buscaba esquivar esas limitaciones y el control efectivo del estrecho de Bab el-Mandeb por parte de los hutíes de Yemen ha provocado un nuevo aumento sustancial del precio del petróleo y, por lo tanto de la gasolina. Aunque el resultado electoral estadounidense no suele estar marcado por la cuestión internacional, coyunturas como la que marca el alza del precio de la gasolina son esenciales en la decisión de voto de la población. De ahí que, por segunda vez este año, el petróleo ruso vuelva a ser parte de la solución y no del problema.
“Hace un año, Trump pensó que sería un movimiento brillante escalar contra Rusia proporcionando a Ucrania inteligencia de objetivos para bombardear la energía rusa. Y filtrarlo a la prensa occidental para recibir aplausos globales”, comentó ayer el periodista Mark Ames, que recordaba que, desde julio de 2025, Estados Unidos apoya y colabora en los ataques con los que Ucrania aspiraba a minar la economía rusa para obligar al Kremlin a negociar en posición de debilidad. El objetivo estadounidense iba mucho más allá de la cuestión ucraniana, herramienta útil para reducir el papel de un rival en el mercado energético global. Ucrania ha hecho de estos ataques una de sus principales armas de propaganda y sobre esas imágenes de refinerías ardiendo ha creado el discurso de victoria de estos últimos meses.
Sin embargo, para Estados Unidos es más sencillo culpar a un proxy que a un aliado o admitir su propia culpa. Hace unos días, Scott Bessent insistía en los datos de Donald Trump para alegar que el estrecho de Ormuz está abierto y se ha recuperado el tránsito prácticamente normal del flujo de petróleo, por lo que afirmaba no comprender por qué sus precios seguían tan altos. Desde entonces, la ofensiva hutí en la costa del mar Rojo pone en su mano el control del estrecho de Bab el-Mandeb y lo hace coincidiendo en el tiempo con el ataque -presuntamente de las milicias chiíes de Irak- contra el oleoducto saudí por el que Riad exportaba su crudo a través del golfo de Adén. El aumento del precio del petróleo ha sido rápido y podría aumentar incluso más si Arabia Saudí no repara con rapidez los daños sufridos en el oleoducto y reduce radicalmente sus exportaciones.
Ante esta situación, Donald Trump decidió el domingo resolver rápidamente el problema de la forma más sencilla, dando una orden al único actor al que puede permitirse hacerlo: Ucrania. Donald Trump no puede, aunque ha tratado de hacerlo por la vía militar y económica, ordenar a Irán que reabra Ormuz, de la misma forma que no puede exigir a Ansar Allah que permita el tránsito de los petroleros saudíes a través de Bab el-Mandeb, pero sí puede dar órdenes a un proxy que depende de las armas que le envía para poder seguir luchando. “El problema que tengo con Ucrania y Rusia es que gran parte del diésel proviene de Rusia. Las plantas rusas están siendo atacadas por Ucrania. Le he pedido a Zelensky que no ataque las refinerías. El diésel está subiendo de precio debido al hecho de que está teniendo dificultades para salir de Rusia”, afirmó el domingo, aunque su acusación no tenga razón de ser sin tener en cuenta la situación en Oriente Medio, que afecta a las exportaciones de muchos más países.
Ayer, el presidente de Estados Unidos se apuntaba un tanto dando a conocer que “Ucrania ha acordado no atacar objetivos energéticos rusos. Rusia ha acordado hacer lo mismo”. Su mensaje terminaba reafirmando su falsa teoría de que “el aumento del precio mundial del diésel se debe principalmente a la guerra entre Rusia y Ucrania no a Irán”. La idea de una tregua energética es algo que se repite periódicamente a lo largo de esta guerra y el momento actual se prestaría a algo así. Ucrania esperaba un gran resultado, pero su endurecimiento de la guerra ha provocado una dura respuesta rusa que Kiev no puede detener a causa de la escasez de interceptores. A priori, una tregua energética beneficiaría a ambos bandos, aunque algo más a la parte más débil, Ucrania que, aun así, sigue exigiendo más.
“Ucrania ha propuesto que sus socios aseguren un acuerdo con Rusia que detenga la destrucción de la infraestructura crítica. La comida, la energía y otros aspectos básicos que sostienen la vida deben ser protegidos y los ataques rusos se dirigen principalmente contra ellos. Todos los días, las instalaciones energéticas ucranianas, las infraestructuras portuarias, la logística e incluso los almacenes que guardan alimentos y medicamentos son atacados. Ucrania no está convencida de que Rusia esté dispuesta a cumplir con ningún acuerdo”, escribió Zelensky olvidando que su país incumplió durante siete años un acuerdo firmado y que sus ataques tienen como objetivo los mismos blancos que los rusos.
“Si nuestros socios están listos para garantizar que Rusia se abstenga genuinamente de atacar nuestro sistema eléctrico, otras instalaciones energéticas, la infraestructura crítica y las rutas de suministro de alimentos, entonces, por supuesto, estamos listos para garantizar una pausa correspondiente en nuestros ataques. Para que sea confiable, a largo plazo, tenga un impacto real en la vida de las personas y no se desmorone después de que los rusos celebren sus «elecciones» y obtengan un alivio de la presión sobre la gasolina y el diésel precisamente para ese período. La guerra debe llegar a su fin. Y un paso de desescalada respecto a la infraestructura crítica podría ser el primer paso hacia la paz. Esperamos detalles concretos de nuestros socios”, continuó Zelensky, utilizando la coyuntura para poner sobre la mesa sus condiciones. Ucrania muestra que, salvo presión de sus aliados, no está dispuesta a aceptar las condiciones del país que hace posible que sus defensas aéreas dispongan de misiles Patriot. En lugar de aceptar una tregua que le serviría para poder realizar los preparativos de invierno que alerta que debe hacer y no puede a causa de los bombardeos rusos, Zelensky ofrece a sus socios europeos la oportunidad de presionar a Estados Unidos en busca del tipo de resolución de la guerra que llevan más de un año buscando: frenar la guerra y ofrecer una vaga negociación futura sin ninguna garantía de acuerdo. Zelensky responde a Estados Unidos, que quiere imponer sus condiciones para paliar los efectos de sus propios actos, con una forma de chantaje que posiblemente no ayude a que mejore la opinión de Donald Trump con respecto a Ucrania. En esta negociación de Ucrania con sus aliados, la fuerza es el principal argumento. Esta noche, Kiev ha vuelto a atacar una refinería en territorio de la Federación Rusa.
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