La semana ha sido dura para Ucrania, no solo en términos militares. La guerra sigue su curso y no hay signo alguno de que la táctica ucraniana de obligar a Rusia a limitar sus exigencias a base de bombardeos de larga distancia vaya a tener éxito. Ayer, el presidente ucraniano afirmó en su rueda de prensa conjunta con el primer ministro canadiense Mark Carney que sus socios europeos “están planteando ahora el tema de las exportaciones de grano y otros productos agrícolas que Rusia bloquea en el mar Negro. Respondimos y hicimos lo mismo. Tenemos que responder, de lo contrario Rusia nunca detendrá esta guerra, porque nunca la sentirá. Lo mismo con la energía”. Las palabras de Zelensky son la admisión tácita de que es Ucrania quien más está sufriendo a raíz de esta escalada aérea elegida y planificada por Ucrania a pesar de ser consciente de que la respuesta rusa sería devolver el golpe y aplicar su potencia de fuego, mucho mayor que la de Kiev. Frente a las negaciones oficiales, el líder ucraniano admite implícitamente que Rusia ha detenido las exportaciones marítimas ucranianas y que, pese a que su operación de 40 días tenía como objetivo destruir la capacidad energética rusa, es la ucraniana la que está padeciendo las principales consecuencias.
En su inmensa capacidad de ver la paja en el ojo ajeno, en la misma respuesta, Zelensky entrecomilló la palabra elecciones en referencia a las legislativas rusas que se celebran en unas semanas y que Kiev tacha de farsa. Ucrania no tiene ese problema, ya que en febrero de 2022 tomó la salomónica decisión de ni siquiera plantearse la celebración de elecciones mientras dure el estado de guerra. Aun así, Kiev, que lleva una década prohibiendo partidos -concretamente a toda la izquierda, calificada de prorrusa-, se permite valorar comicios ajenos. Las elecciones rusas son una parte importante del discurso ucraniano de estos momentos, ya que, en el imaginario ucraniano, suponen el punto de inflexión tras el que Rusia va a anunciar una movilización general para endurecer la guerra, una amenaza que Ucrania ya ha utilizado en el pasado y que nunca se ha concretado. Aun así, los medios ya lo dan por hecho y lo utilizan para apelar a los aliados de Kiev para aumentar todavía más la asistencia a Ucrania.
“Rusia se está movilizando para una guerra total. Está considerando otra vasta llamada a filas de tropas, que Ucrania espera que ocurra este otoño, y está construyendo la capacidad industrial para producir armas en cantidades extraordinarias. Ucrania no puede igualar por sí sola una capacidad tan enorme. Este próximo invierno será crítico. Rusia ya está explotando la falta de defensas contra misiles balísticos de Ucrania para atacar plantas de energía y subestaciones con el objetivo de sumir pronto al pueblo ucraniano en la oscuridad, el frío y la miseria”, escribe esta semana un artículo publicado por The Washington Post, que argumenta que “Ucrania tiene los ingenieros, la determinación y el espíritu innovador para combatir esta guerra total. Lo que le falta es la escala industrial que solo sus socios occidentales pueden proporcionar. Ucrania necesita urgentemente interceptores, municiones y armas de largo alcance, junto con inversiones para expandir su propia capacidad de fabricación. Occidente debería tratar a la industria de defensa de Ucrania como una extensión de la suya propia, coproduciendo armas, eliminando cuellos de botella en el suministro y asegurando que los comandantes ucranianos nunca tengan que racionar sus objetivos”. Pese a que la actual escalada ucraniana prueba que no es Rusia quien más está sufriendo y con la certeza de que más implicación occidental va a provocar una respuesta rusa todavía más dura -además del aumento del peligro de choque entre grandes potencias-, la solución es endurecer todavía más la guerra e implicar de forma más directa a los aliados de Ucrania. La receta para el desastre se ha convertido en la respuesta del establishment para cualquier situación.
Sin embargo, no todo va bien dentro de la alianza occidental que ha de sostener a Ucrania mientras sea necesario. En Canadá, Mark Carney y Volodymyr Zelensky firmaron una alianza de cien años, un brindis al sol en un mundo en el que las relaciones internacionales se encuentran en proceso de acelerado cambio y nada puede planificarse más allá del medio plazo. En Washington, Donald Trump ha vuelto a presentar a Zelensky como obstáculo a la paz, dando por hecho que Vladimir Putin quiere un acuerdo y cuestionando si su homólogo ucraniano desea lo mismo. Y en Europa, los aliados continentales empiezan a plantearse por qué Ucrania siempre necesita más fondos, incluso cuando se le ha concedido un crédito multimillonario. La experiencia y la importancia que Bruselas, Londres, París y Berlín dan a la guerra garantiza que Ucrania nunca carecerá de armas para luchar, pero empiezan a aparecer ciertos límites en la capacidad europea de prometer enormes cantidades de financiación sin saber muy bien por qué se acaban tan rápido. Un artículo publicado por The New York Times trata el problema y defiende a Ucrania señalando el aumento de la intensidad de la guerra y dando credibilidad a Ucrania en su intento de culpar a Mijailo Fedorov por el derroche de su mandato. Curiosamente, el artículo, que acaba sugiriendo nuevamente la solución de expropiar los fondos rusos retenidos en la UE, no menciona en ningún momento el argumento que generalmente se utiliza por defecto, la corrupción, quizá porque esta misma semana ha publicado un amplio reportaje en el que trata el tema.
“Cuando los soldados rusos atacaron las trincheras del este de Ucrania en 2024, las dotaciones de artillería ucranianas abrieron fuego. Pero los proyectiles, en lugar de explotar cerca de las tropas que avanzaban, se salían de los tubos de lanzamiento o caían con un golpe sordo, levantando nubes de polvo. Resultó que una fábrica de armas ucraniana había suministrado al ejército miles de proyectiles de mortero defectuosos. Leonid Shyman, un corpulento director de la fábrica de armas, acabaría siendo detenido y acusado en uno de los casos más sonados de fraude en la industria de defensa de la guerra”, escribe esta semana The New York Times en un artículo en el que añade que, “aunque las autoridades se percataron de que las armas llegaban defectuosas, la Agencia de Adquisiciones de Defensa de Ucrania siguió adjudicando nuevos contratos a la fábrica de Shyman”. El caso, asegura el medio, que ha tenido acceso a los expedientes judiciales, no es una excepción. “Siete de los diez principales contratistas militares de Ucrania obtuvieron nuevos contratos a pesar de que pesaban sobre ellos investigaciones penales en curso por fraude, incumplimiento de acuerdos anteriores o la detención de sus directores generales por corrupción”, indica el artículo. Esas auditorías, indica, muestran que “solo en 2024, Ucrania perdió alrededor de 1.200 millones de dólares a causa del fraude, el despilfarro y la mala gestión” a base de adquisiciones por encima de los precios reales o compras a través de intermediarios en lugar de directas.
Además del caso de Shyman, el artículo de The New York Times menciona otros dos, el de una empresa checa y otra serbia, en ambos casos a través de intermediarios, que nunca cumplieron los contratos, pero, aun así, Ucrania siguió adquiriendo material. Esta situación no es única a Ucrania, sino que se extiende a otros países. El ministro de Defensa de Estonia ha dimitido recientemente a causa de un escándalo en el que el país había adquirido munición para Ucrania a una empresa india que envió material defectuoso. La guerra no solo es cara, sino que implica grandes dosis de corrupción.
“Leedlo y llorad. En serio. Esta corrupción no solo es criminal, es moralmente depravada: esos ucranianos que se embolsan el dinero de la defensa conducen directamente a bajas en sus propias líneas del frente y arriesgan la supervivencia de su propia nación”, escribió sobre el artículo la famosa periodística de CNN Christiane Amanpour, un ejemplo del establishment mediático cercano al poder político. “Esto también es un motivo por el que la guerra continúa”, respondió Leonid Ragozin, que ve en el dinero que mueve la guerra una de las causas principales por las que no es posible la paz. Así lo demuestran las escuchas publicadas hace unos meses en el caso Mindich. “Mientras Vova esté ahí, sobreviviremos”, afirma uno de los implicados en referencia a Zelensky y a que su presidencia garantiza que la paz no vaya a hacer descarrilar contratos firmados. La guerra, el enriquecimiento y la corrupción siempre han caminado de la mano.
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