“No es algo que ocurra todos los días que las dos principales agencias de inteligencia se maten entre ellas en las calles. Bueno, en Ucrania no es algo tan insólito”, escribe esta semana en su blog Events in Ukraine Peter Korotaev. Aunque la rivalidad y el enfrentamiento, en ocasiones armado, entre la inteligencia civil -el SBU- y la inteligencia militar -el GUR- de Ucrania es sonado, el último episodio ha sido tan grave y tiene tantas aristas, que incluso el presidente Zelensky se ha visto obligado a mencionarlo públicamente. “Deben realizarse investigaciones internas en ambos servicios. En Ucrania, disparar solo está permitido contra ocupantes rusos, en defensa de Ucrania”, afirmó el líder ucraniano, que calificó el tiroteo de “absolutamente vergonzoso”. “Nuestro Estado jamás considerará aceptable ningún otro tipo de enfrentamiento armado”, sentenció el actual jefe de Estado del país que inventó una operación antiterrorista para justificar el uso del ejército en territorio nacional contra una rebelión interna que, aunque apoyada por un pequeño grupo de personas armadas llegadas desde Rusia, había surgido en Donbass y estaba formado en su inmensa mayoría por personas locales que tomaron las armas ante la agresión.
“Según las informaciones recogidas por el diario ucraniano The Kyiv Post”, explicaba el jueves Europa Press, “el tiroteo estalló a primera hora del miércoles durante una operación del SBU frente a la vivienda de Stepan Kaplunos, subcomandante del Cuerpo de Voluntarios Rusos, una unidad paramilitar que combate del lado de Kiev -y bajo el mando del GUR- en la guerra desatada en febrero de 2022 por la orden de invasión firmada por el presidente de Rusia Vladimir Putin”. En el relato de la historia, es importante insistir en que la guerra comenzó con la invasión rusa y que el RDK lucha bajo el mando de la inteligencia ucraniana. Es menos importante, sin embargo, recordar que las personas y grupos implicados en el tiroteo de esta semana en Kiev llevaban ya muchos años luchando en la guerra o que el RDK es una unidad formada y liderada por Denis Kapustin, White Rex, un fascista ruso que, como otros muchos, se refugió en Ucrania y que tiene prohibido regresar al espacio Schengen, expulsado de Alemania al ser considerado uno de los neonazis más peligrosos de Europa. En la guerra contra Rusia, todo está justificado, también ocultar que del lado ucraniano luchan unidades formadas por neonazis rusos a los que Ucrania arma, equipa y utiliza -en ocasiones en redadas transfronterizas cuyo único objetivo es aterrorizar a la población civil y avergonzar al Gobierno- con la financiación y el material sufragado por la Unión Europea.
Más allá de la identidad e ideología de las personas y grupos implicados, el tiroteo pone de manifiesto una situación interna que los medios también han preferido ignorar. En esta guerra, en la que manda el titular y no se exige excesiva sustancia, cualquier análisis en profundidad es innecesario. “Los enfrentamientos han dejado tres combatientes del GUR heridos y, posiblemente, uno muerto. Más allá de la sangre derramada, hay al menos tres luchas de poder más profundas. En primer lugar, el antiguo conflicto entre el SBU y el GUR. En este caso, se trata en realidad de un enfrentamiento entre el SBU y la nueva dirección del GUR, por un lado, y el antiguo líder del GUR, Kirilo Budanov, y las legiones de combatientes del GUR que siguen siendo leales a Budanov, por otro. Del lado del SBU, tenemos a su despiadado líder, Oleksandr Poklad, también conocido como el estrangulador, explicaba Peter Korotaev, que recordaba que el actual enfrentamiento armado no es el primero que se produce en Ucrania.
Muchos medios han recordado estos días el extraño episodio de la muerte violenta de Denis Kireev, una de las personas presentes en la primera reunión Rusia-Ucrania celebrada en Bielorrusia pocos días después de la invasión rusa. Kireev murió, según el GUR, como un héroe caído por la patria, mientras que, para el SBU, fue liquidado como un traidor. Kireev era miembro del GUR y se le otorga parte del mérito en la advertencia de los planes rusos de intervención militar. Por aquel entonces, entre el caos de los primeros días de la guerra rusoucraniana y con el Gobierno de Zelensky entregando armas a la población civil, el asesinato de Kireev quedó olvidado como un episodio extraño o un malentendido de tristes consecuencias, pero no se ahondó en el evidente enfrentamiento y lucha de intereses entre las inteligencias civil y militar.
También ha quedado olvidado, entre las noticias curiosas del verano, lo ocurrido el pasado mes de julio en Mónaco, cuando una persona contratada por agentes del GUR hizo estallar un paquete bomba que hirió de gravedad a un oligarca ucraniano y su esposa a la entrada de su lujoso piso en el principado. Mientras el GUR se deshacía de las pruebas -y de la propia ejecutora-, el SBU colaboraba con las autoridades europeas para destapar la identidad de la sospechosa.
Con el aparato de seguridad adquiriendo una importancia cada vez mayor en el control del Estado y con Zelensky sostenido actualmente por el apoyo del ejército, en el que el peso de los dos ejércitos privados de los generales de Azov también es creciente, y el del SBU, lo ocurrido esta semana es especialmente llamativo. Lo es también por el rápido ascenso que supone la situación actual de guerra para las personas que llegan a altos cargos de los dos servicios de inteligencia. Kirilo Budanov, exlíder del GUR, es ahora la mano derecha de Zelensky como jefe de la Oficina del Presidente, mientras que Yevhenii Jmara, exlíder del SBU, es ahora ministro de Defensa. El enfrentamiento entre esos sectores no ha desaparecido y se traslada también al Gobierno. En este sentido, dar poder a ambas inteligencias, que son en sí pequeños ejércitos, supone seguir una práctica habitual en las dictaduras y regímenes autoritarios, que se garantizan que no haya una estructura militar única y potente capaz de derrocar al presidente. Tener dos estructuras fuertes, con intereses propios y cierto enfrentamiento entre sí facilita que cualquier intento de cambio por la vía de la fuerza pueda ser derrotado por el otro bando.
Sin embargo, eso no limita las dificultades de gestionar lo que, en la práctica, son dos formaciones militares con intereses políticos propios y una presencia importante en los flujos económicos del país, no solo los vinculados a las subvenciones occidentales, sino también a la economía sumergida, como los centros de llamadas fraudulentas, uno de los focos de enfrentamiento entre el GUR y el SBU precisamente por hacerse con la posición dominante. Todos esos conflictos, unidos a la evidente lucha por el poder político, son relevantes en el momento actual, que está dejando un enfrentamiento activo y armado entre las dos inteligencias que se está retransmitiendo a nivel internacional.
Todo comenzó el 23 de agosto con la detención de Stepan Kaplunov, subcomandante del RDK, segundo de Denis Kapustin y, por lo tanto, miembro del GUR que hasta hace ocho meses dirigía Kirilo Budanov, que introdujo a esos batallones en las fuerzas de choque de la inteligencia militar de Ucrania. Como insistieron sus compañeros al denunciar la detención por parte del SBU, que calificaron de secuestro, Kaplunov había obtenido de Zelensky una medalla por su heroísmo en el frente. Los buenos rusos son escasos, pero el Gobierno ucraniano los encuentra entre las filas de neonazis que se han refugiado en el país huyendo de casusas penales por sus actos. Como recordaba Peter Korotaev, el RDK, el más famoso de los batallones paramilitares del GUR, está formado por rusos que luchan contra “las hordas asiáticas neobolcheviques” rusas, un calificativo que rivaliza en racismo con la definición que hacían en los años 30 y 40 del pasado siglo los referentes políticos del grupo.
El verdadero enfrentamiento comenzó el 1 de septiembre, cuando se dio a conocer la identidad del detenido por el SBU, al que, al más puro estilo de la venganza ucraniana, solo podía acusársele de un delito: ser espía ruso. La movilización de ambas partes derivó en lo mismo que ocurrió en febrero de 2022, un duelo armado que ha causado vergüenza en Ucrania y esperpento entre quienes comprenden que todo se debe a una lucha interna por el poder en un Estado en el que los servicios secretos -tanto civiles como militares- tienen cada vez más peso.
“Y ahora, algunas noticias de los rincones más turbios de la inteligencia ucraniana y el bajo mundo criminal. El SBU ha publicado un video que muestra al comandante del RDK y neonazi Stepan Kaplunov —uno de los personajes de la extrema derecha rusa que encontraron refugio en Ucrania— confesando que trabajaba para el FSB. Según el relato del SBU, el FSB le encargó eliminar a otros militares ucranianos a cambio de dinero. Vaya, vaya. Parece que la liquidación del RDK previa a las conversaciones de paz podría haber comenzado. White Rex, por favor tome un número y espere a que llamen su nombre. Y Denis, mejor mueve esos gorras rápido. Sería una lástima que te deportaran de vuelta a la Родина [patria] antes de que hayas exprimido los últimos dólares de tu puesto de mercancía neonazi”, escribió Marta Havryshko, enfrentada públicamente a las figuras neonazis que ahora ven peligrar su posición en esta lucha interna de poder por el control del aparato de seguridad y los flujos económicos asociados.
Kaplunov ha sido finalmente liberado, aunque el daño ya estaba hecho. La situación actual no es la de febrero de 2022, cuando podía argumentarse que el caos de la invasión rusa dificultaba el control. El enfrentamiento armado entre las dos inteligencias del país, que se acusan mutuamente de actuar por los intereses de Rusia, ha sido imposible de tapar. Y justo cuando Zelensky aspiraba a cerrar el episodio salomónicamente, cesando a los directores del GUR y del SBU, todo se complicó aún más. Ayer por la tarde, un proyectil impactaba directamente en el edificio del SBU, frente a la catedral de Santa Sofía, en pleno centro de Kiev. “Todos los servicios de emergencia están en el lugar. Todos los afectados recibirán la asistencia necesaria. El dron iba dirigido directamente a la oficina del jefe del Servicio de Seguridad en ese edificio. Instruí a Poklad que, una vez que todo esté listo, dé una respuesta adecuada y tangible a los rusos, y, en la medida de lo posible, una que refleje este ataque. Nuestras fuerzas militares apoyarán esta respuesta. ¡Gloria a Ucrania!”, escribió Zelensky, anunciando que Poklad, el estrangulador, preparaba medidas como represalia al ataque ruso.
No es difícil imaginar por qué Rusia querría atacar el edificio central del SBU, que ha tenido un papel protagonista en la guerra desde la primavera de 2014 y que ha llevado a cabo un programa de asesinatos selectivos que acabó, por ejemplo, con la vida de Alexander Zajarchenko, líder de la RPD y firmante de los acuerdos de Minsk. Esa es la versión más factible. Sin embargo, la precisión y el momento en el que se ha producido el ataque ha provocado dudas sobre la autoría, que algunos sectores adjudican al GUR, una forma de represalia que supondría un aumento cualitativo en el enfrentamiento entre las dos inteligencias que, al margen de este ataque, continuará más allá del episodio causado por la detención de la mano derecha de Denis Kaspustin. El poder y el dinero asociado a los flujos económicos que manejan el GUR y el SBU hacen inevitable que la rivalidad -y posiblemente los enfrentamientos armados- continúe en el futuro.
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