“Si híbrida es ahora una palabra tan mágica, deberíamos cerrar los cielos híbridos, poner botas híbridas en el terreno y pedirle a Bélgica que descongele algunos activos híbridos”, escribió en su perfil oficial de redes sociales el exministro de Asuntos Exteriores de Lituania Gabrelius Landsbergis, una de las caras visibles del sector más radicalmente beligerante, que quiere utilizar la guerra de Ucrania para su venganza política contra Moscú. Con el objetivo de destruir Rusia o, como sugirió Kaja Kallas poco antes de ser nombrada jefa de la diplomacia de la UE, balcanizarla, los halcones siguen tratando de conseguir que la táctica de la escalada progresiva que se ha utilizado estos últimos cuatro años se convierta en pasar de cero a cien en apenas unos segundos. Dispuestos a luchar hasta el último ucraniano y reclamando siempre la unidad de la OTAN para que sean otros quienes hagan la guerra en su nombre, políticos y expolíticos de los países bálticos, nórdicos y Polonia -esta última con algún reparo más, ya que es consciente de que su ejército tendría que jugar un papel directo- insisten en exigencias de máximos que harían inevitable una guerra continental.
Antes incluso de que Zelensky lo introdujera en su discurso, Landsbergis fue el primero en sugerir que Ucrania debería recibir misiles Tomahawk con los que atacar objetivos en territorio ruso. Aunque inicialmente su propuesta pareció una exageración imposible, una utopía que solo buscaba hacer que el envío de Storm Shadows of ATACMS para su uso en Rusia no sonara como algo radical sino como una medida moderada, Trump estuvo a punto de aprobar su envío a Ucrania, que se habría convertido en uno de los escasos países en disponer de misiles de tal potencia. En el último momento, cuando Zelensky, ya en Washington, creía que saldría de la Casa Blanca con el compromiso de entrega de los deseados Tomahawk, solo una advertencia de Vladimir Putin pudo evitar el suministro a Ucrania de munición como la que Estados Unidos disparó contra una escuela de Minab, asesinando a más de un centenar de escolares iraníes, contra la Federación Rusa.
Al contrario que en ese caso, el de Irán, a quien tanto Estados Unidos como los países árabes y los europeos han condenado activamente por responder a la agresión de Washington y Tel Aviv, un ataque ruso justifica cualquier actuación de Ucrania, a quien se exculpa por su más que evidente papel en el atentado contra el Nord Stream, por su ataque contra Donbass, por el bloqueo impuesto a la región para tratar de conseguir por la vía económica la rendición que no había conseguido por la vía militar, ni por su sabotaje de siete años de las negociaciones de una paz que nunca tuvo intención de implementar. La invasión rusa hace una obligación moral para los países occidentales colaborar en la causa ucraniana y lograr el objetivo común de derrotar a Rusia, algo para lo que, poco a poco, Kiev ha ido consiguiendo prácticamente todas las armas que buscaba. Los Tomahawks que exigía Landsbergis son la excepción en una regla que nunca ha sido suficiente para Zelensky que, pese a las cantidades sin precedentes de material, munición y financiación, ha continuado exigiendo cada vez más. Toda esa movilización de recursos no ha conseguido tampoco el objetivo de obligar a Rusia a negociar una paz según los términos europeos de alto el fuego y una futura e imprecisa negociación, un planteamiento que recuerda excesivamente a Minsk y que rechazan también los halcones proucranianos.
Con los dos bandos convencidos de que luchar un poco más puede suponer llegar a la una hipotética diplomacia en mejores condiciones, el ataque se ha convertido en la principal táctica de ambos bandos. La proliferación de drones y misiles complica las labores de defensa, por lo que prácticamente todos los esfuerzos se concentran en infligir el máximo daño posible al enemigo, generalmente utilizando inmensas cantidades de drones para saturar cualquier intento de impedir que los proyectiles lleguen a su destino. Con la frontera entre frente y retaguardia y entre objetivo legítimo y crimen de guerra cada vez más difuminada y manipulada para adaptarla a los intereses propios, la guerra aumenta en intensidad y peligro. En la UE, el concepto de guerra híbrida está suponiendo una herramienta ideal para justificar ampliar las sanciones, las entregas de munición a Ucrania y también la exigencia de dar a Kiev luz verde para actuaciones que hace unos años habrían parecido imposibles.
Así ocurre actualmente, cuando las últimas amenazas de Zelensky no causan ningún tipo de sorpresa. “Los primeros misiles y los primeros drones procedían de Rusia y cruzaron la frontera de nuestro país desde el espacio aéreo ruso. Esta escalada no puede ni va a quedarse limitada al territorio ucraniano”, afirmó el martes Zelensky, pese a que no fue Rusia sino Ucrania quien utilizó -contra Donbass- los primeros drones y hace mucho tiempo que la escalada no se limita al cielo ucraniano. “Hoy queremos advertir a todas las compañías aéreas que utilizan el espacio aéreo ruso, a todas las aseguradoras y a todos aquellos que aún utilizan los principales aeropuertos de Rusia: el espacio aéreo ruso se está volviendo totalmente inseguro. Ucrania no supone una amenaza para la aviación civil como tal, ni para una sola aeronave civil. Simplemente habrá drones en los cielos rusos en una escala que hay que tener en cuenta. Aunque las autoridades rusas no están informando adecuadamente a la población al respecto, el espacio aéreo ruso se cerrará de hecho: la guerra iniciada por Rusia está cerrando sus cielos”, añadió con una evidente amenaza para posteriormente dar un giro diplomático insistiendo en que Ucrania únicamente advierte, no quiere víctimas civiles y simplemente recomienda a las empresas no volar a Rusia.
“Además de los ataques que Ucrania está llevando a cabo contra bases militares, refinerías de petróleo, líneas de suministro y centros logísticos rusos, los responsables querían lanzar oleadas de drones equipados con inteligencia artificial contra los aeropuertos de Moscú, con la esperanza de impedir que las aerolíneas internacionales volaran hacia y desde la capital rusa, según dos fuentes con conocimiento directo del plan, del que no se había informado anteriormente”, escribía a finales de agosto en The Atlantic el periodista Simon Shuster, que esta semana ha recuperado su artículo para insistir en que la amenaza de Zelensky no es otra cosa que la adopción del plan de Mijailo Fedorov, el recién cesado ministro de Defensa, que había apostado por la tecnología como arma milagrosa con la que conseguir una utopía.
“Nos está llegando información de que las primeras compañías aéreas han empezado a negarse a operar vuelos con destino a aeropuertos rusos tras nuestro comunicado sobre la amenaza de los drones, que existe objetivamente en el espacio aéreo ruso. Esta es la respuesta correcta y totalmente lógica ante los hechos, ante todo lo que ha provocado la guerra que Putin no quiere que termine”, jactándose, de forma prematura, del resultado de su sutil advertencia. La experiencia indica que, en poco tiempo, la respuesta rusa será endurecer aún más su guerra aérea, algo especialmente problemático para Ucrania, que sigue suplicando a sus aliados munición para sus defensas aéreas. Mientras la UE busca en Grecia o España misiles PAC-2 a punto de caducar, Ucrania pierde a diario infraestructuras portuarias, gasolineras y centros logísticos.
La felicidad de Zelensky implica necesariamente la aceptación de la respuesta rusa a su intento de elevar aún más la tensión entre los dos países y es también la reafirmación de que el presidente ucraniano actúa exactamente como se espera de Vladimir Putin. El presidente ruso, afirman artículos y portadas recientemente, podría escalar la guerra irresponsablemente al verse acorralado. Es así como puede entenderse el cambio de parecer de Zelensky con respecto a poner en práctica el intento de obligar a Rusia a rendirse a base de poner en peligro la aviación civil del país más grande del mundo, idea que hace tan solo unas semanas, le pareció exagerada.
“Cuando los responsables presentaron el plan a Zelensky este invierno, este expresó fuertes reservas, según una de las fuentes. Le preocupaba que pudiera considerarse «piratería» si los drones alcanzaran un avión civil en Moscú, especialmente si los ataques causaran la muerte o heridas a pasajeros, personal del aeropuerto o miembros de la tripulación. Sin embargo, en su desesperación por encontrar un punto de presión sobre Rusia que pudiera reactivar el proceso de paz, Zelensky permitió que los preparativos para los ataques continuaran durante varios meses esta primavera y a principios de verano, según afirmaron ambas fuentes”, explicaba Shuster hace un mes. Ahora, perfectamente clara la capacidad rusa de soportar los golpes en la retaguardia, sus buques y su comercio y capaz de infligir un daño aún mayor a Ucrania, todo ha cambiado. “Los drones y misiles ucranianos dominarán los cielos rusos mientras dure la agresión”, se jactó el miércoles Budanov. Aunque Ucrania ha de ser consciente de que cualquier empeoramiento en Rusia va a recibir como respuesta una escalada aérea aún mayor y va a hacer menos viable cualquier intento de negociación, todo está justificado, especialmente arriesgar a la población civil a una guerra aún más dura. “No negociaremos con terroristas”, afirmó Vladimir Putin preguntado por las nuevas intenciones ucranianas.
Y mientras Zelensky amenaza la aviación civil rusa y el sector más beligerante de los exoficiales europeos exigen botas sobre el terreno en Rusia, sus sucesores y actuales diplomáticos demandan que se responda a la guerra híbrida rusa con guerra híbrida europea. “Actualmente, tenemos un problema que Rusia no va a solucionar”, afirmó el actual ministro de Asuntos Exteriores de Lituania, Robertas Kaunas, que añadió que “esto significa que nosotros, como organización de la OTAN, debemos ser capaces de luchar y dar una respuesta equivalente en esa zona gris ante las amenazas a las que nos enfrentamos hoy”. Parece que Lituania no se conforma con la guerra proxy gracias a la que los países europeos y de la OTAN pueden disparar drones y misiles contra Rusia, destruir sus infraestructuras petroleras, atacar sus buques en el mar Negro. No es suficiente con la política de sanciones o la incautación de barcos de la flota fantasma. Aparentemente hace falta algo más que poner en peligro la aviación civil del país más extenso del planeta.
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