El 4 de agosto se cumplían los 40 días con los que Ucrania quería obligar a Rusia a la paz, un periodo en el que los bombardeos aéreos y la fortaleza ucraniana a la hora de destruir objetivos militares y civiles iban a conseguir que Moscú se viera incapaz de continuar la guerra tal y como la había luchado hasta ahora y optara por una desescalada que se tradujera en un alto el fuego, congelar el frente y comprometerse a una negociación sobre la base de los postulados ucranianos. “El impacto inicial de los ataques contra las refinerías de petróleo se mitigó en parte, y la crisis del combustible comenzó a remitir (aunque en Crimea y otros territorios ucranianos ocupados la situación sigue siendo difícil debido a los «ataques intermedios», no solo en lo que respecta al combustible, sino también a la electricidad). Además, aunque los ataques contra Wildberries están causando un daño significativo a las empresas privadas rusas, Ucrania está sufriendo pérdidas comparables a causa de los ataques contra sus propios almacenes, centros de distribución postal y gasolineras. El problema más grave para Kiev se ha convertido en el bloqueo naval de los puertos ucranianos, que Rusia puso en marcha en respuesta a los ataques ucranianos contra las exportaciones rusas de cereales y combustible en los mares Negro y de Azov”, escribía en el día 41 el diario ucraniano Strana para resumir los resultados obtenidos.
Para las autoridades, el balance es muy diferente. “En general, en julio, todas nuestras unidades en el frente eliminaron a 30.272 rusos, específicamente utilizando drones. Esta cifra incluye tanto a los muertos como a los gravemente heridos. Y esta cifra solo incluye los casos para los que hay evidencia clara en video”, afirmó Zelensky en su mensaje a la nación el martes dando unos datos absolutamente increíbles. El objetivo es consolidar esa idea de los 30.000 muertos rusos al mes, cifra que, aunque imaginaria, ha de conseguir apoyar la línea propagandística de que Rusia no puede seguir luchando. Sin embargo, es en Ucrania y no en Rusia donde los agentes del reclutamiento son atacados y, en ocasiones, responden con fuego real, en emboscadas de la población que intenta salvar a los hombres de ser busificados y enviados al frente sin apenas instrucción.
“Seguiremos adelante. No os dejéis llevar por todas esas cifras: 40 días, 100 días, 15 días. Lo importante es el resultado. No es tan importante cómo entramos en este proceso. Lo que importa mucho más es cómo salimos de él”, afirmó el lunes Kirilo Budanov con una de esas frases en las que las palabras no dicen absolutamente nada. Si lo importante es el resultado, este no ha sido especialmente favorable para Ucrania, que aun así se compromete a seguir por este camino que le ha costado perder prácticamente toda su capacidad de exportación a través del mar Negro y un fuerte aumento de los ataques con misiles balísticos contra sus ciudades.
“Armas para Ucrania, ahora. La calidad del trabajo de una embajada debe medirse por la cantidad de armas que recibe Ucrania, la financiación que apoya a Ucrania, y las decisiones políticas y pasos concretos que presionan a Rusia. Ese es el marco claro. Un embajador ucraniano debe saber cuántos misiles de defensa aérea están disponibles en el país donde sirve y cómo asegurar que esos misiles no estén acumulando polvo en algún depósito, sino cargados en nuestros lanzadores aquí en Ucrania. Misiles para Patriots, NASAMS, IRIS-T, SAMP/T y Hawks; armas para nuestras aeronaves de combate; todo lo que necesitan nuestros drones – este es su trabajo diario y el nuestro. Cada embajador debe traer armas a Ucrania”, afirmó Zelensky en un discurso ante el cuerpo diplomático ucraniano. Si la razón de ser de Ucrania es la guerra, los embajadores han de serlo también de la solución militar para el conflicto y de conseguir las armas para continuar con la dinámica actual, en la que, con sus ataques, Kiev ha provocado una necesidad creciente de aún más armas que, como es habitual, han de llegar del extranjero. Esa es la máxima bajo la que Ucrania aspira a continuar con una campaña aérea que, a día de hoy, es la única estrategia con la que tratar de lograr una mejor posición negociadora.
“Si analizamos los ataques de largo alcance de Ucrania contra Rusia desde principios de año, observamos que tienen un carácter temático muy marcado. En marzo y abril, los ataques se centraron principalmente en las infraestructuras portuarias relacionadas con las exportaciones de petróleo y gas. Posteriormente, durante varios meses, las Fuerzas Armadas de Ucrania se centraron en las refinerías de petróleo. Ahora, el objetivo principal son los almacenes de los mercados. Y precisamente en la última semana, las fuerzas ucranianas han vuelto a intensificar sus ataques contra las refinerías de petróleo”, escribe Strana para explicar la lógica de esta campaña que, con sus cambios de enfoque, “da tiempo a los rusos a restaurar las instalaciones dañadas. Así, tras los ataques de primavera, los puertos del Báltico reanudaron por completo sus operaciones de transporte marítimo. Mientras Kiev suspendía sus ataques contra las refinerías de petróleo, Rusia pudo restablecer total o parcialmente las operaciones en la mayoría de las plantas dañadas. Según Financial Times, de las 26 refinerías que detuvieron su producción tras los ataques con drones ucranianos, ocho habían vuelto a funcionar a pleno rendimiento a fecha de 27 de julio, y otras 11 habían reanudado parcialmente sus operaciones. Solo siete plantas permanecen completamente inactivas. Como resultado, la crisis de combustible en Rusia ha comenzado a remitir”.
¿Por qué, se pregunta Strana, Ucrania no ataca todos esos objetivos a la vez? “Una explicación es la limitación en la producción de drones de largo alcance. Pero hay otra explicación que complementa a la primera: lanzar ataques a gran escala contra Rusia es una labor muy costosa”, se responde para pasar a analizar el peso económico de esta campaña de 40 días que ahora se extiende hasta nueva orden. “Estos ataques son costosos, tecnológicamente complejos y, en última instancia, provocan medidas de represalia”, ha afirmado esta semana, señalando una evidencia, Valery Zaluzhny, excomandante en jefe del ejército ucraniano.
Para tratar de definir qué significa que los ataques son costosos, Strana se centra en el coste de los drones. “Existe la creencia generalizada de que los drones de ataque de largo alcance son un arma muy eficaz: son mucho más baratos que los misiles, pero pueden causar daños considerables. Sin embargo, hay un inconveniente: los drones son mucho más fáciles de derribar que los misiles. Por lo tanto, para alcanzar un único objetivo, es necesario lanzar varios drones, con la esperanza de que al menos uno de ellos llegue al objetivo y logre burlar el sistema de defensa aérea. No obstante, no hay garantía de que se pueda eludir el sistema de defensa aérea”, explica, para señalar que, en el último mes, Rusia alega haber derribado 9.800 drones ucranianos. Como indica, estos datos son parte de la guerra de propaganda y no indican cuántos impactos se han producido, aunque pueden ser tomados como referencia para calcular el volumen de lanzamientos que se realizan al mes.
“Los principales tipos de drones que utiliza Ucrania para ataques de largo alcance son el Lyuty (con un coste aproximado de 200.000 dólares por unidad), el Bober (con un coste de 100.000 dólares) y el FP-1 (con un coste de 60.000 dólares). El coste medio de estos tres modelos es de 120.000 dólares”, explica el medio, que precisa que “según datos previos, el FP-1, al ser el más barato, es el más utilizado. Si suponemos, a modo de estimación aproximada, que el FP-1 representa la mitad de los lanzamientos, los cohetes Bobr el 30% y los cohetes Lyuty, más caros, el 20% restante, el coste medio de un dron rondaría los 100.000 dólares. Por lo tanto, los 9.800 drones que, según anunció el Ministerio de Defensa ruso, fueron derribados en julio podrían haber tenido un valor aproximado de 980 millones de dólares”.
Según estos cálculos realizados por Strana, “el coste mensual de los ataques de largo alcance es de unos mil millones de dólares y, si se convierte a un coste anual, asciende a 12.000 millones de dólares, lo que supone más del 12% del presupuesto total de defensa de Ucrania”, un dato que solo tendría en cuenta el valor de los propios drones, sin considerar todos los demás costes de las operaciones –“reconocimiento, preparación de operaciones e infraestructura terrestre-, además del personal. Mil millones al mes para jactarse de hacer estallar almacenes de comercio electrónico, barcos, gasolineras y refinerías con el resultado de obtener un contraataque ruso para el que Ucrania no tiene capacidad de respuesta más allá de exigir a sus aliados una cantidad de munición para sus sistemas aéreos que supera lo que muchos países tienen en sus arsenales.
La guerra es costosa para todas las partes, también para Rusia. Pero existe una diferencia fundamental: mientras Rusia soporta su esfuerzo bélico, Ucrania depende de los subsidios extranjeros para sostener su producción de drones y de la voluntad de sus socios para obtener misiles para la defensa aérea.
Comentarios
Aún no hay comentarios.