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Armas, Ejército Ucraniano, Rusia, Ucrania

En la frontera

“Las últimas acciones hostiles de Rusia son imprudentes, peligrosas y una amenaza para la vida. Pero no nos intimidan. Sabemos que estas son las tácticas de un régimen desesperado que está fallando en cumplir sus objetivos en Ucrania. Putin piensa que puede dividirnos, desestabilizarnos y debilitar nuestro apoyo a Ucrania. Pero fracasará”, afirmó en un discurso reciente el secretario general de la OTAN, Mark Rutte, con unas palabras que podría haber pronunciado en cualquier momento de la guerra y que a estas alturas suenan vacías. La unidad de los países occidentales en apoyo a Ucrania mientras sea necesario es una de las máximas que se repiten sin cesar y que dejan ver un subtexto en el que el escenario bélico es el mal menor desde el punto de vista de los países europeos, dispuestos a seguir luchando contra Rusia hasta que Ucrania haya busificado a todos los hombres y, quizá, a parte de las mujeres.

La guerra empeora a ambos lados del frente y en las dos retaguardias, donde Rusia y Ucrania atacan cada vez objetivos más comprometidos, más cercanos a zonas civiles o que afectan directamente la vida de la población. El intento ucraniano de empeorar la guerra hasta el punto de que Rusia cediera -otro de los grandes espejismos de esta guerra- ha derivado en una situación difícil de parar y en la que, pese al anuncio de tregua energética de Trump, sigue la dinámica de degradación de la situación. Aunque era evidente desde los primeros días de la escalada aérea ucraniana, el planteamiento que Donald Trump anunció como buena idea –escalar para desescalar- no ha dado lugar a un algo el fuego sino a bombardeos que cada vez se aproximan más a las líneas rojas de ambos países.

Según Bloomberg, Ucrania atacó las refinerías rusas al menos en 22 ocasiones y, a lo largo de este año, han sufrido bombardeos 24 de las 34 refinerías rusas, el 81% del total, un dato que tiende a publicarse en el vacío, dando a entender que Rusia ha perdido ese porcentaje de capacidad de refinado, una imagen falsa que busca consolidar el discurso ucraniano de victoria. Sin embargo, la acumulación de ataques y la dificultad -y lentitud- del proceso de reparación, que ha de hacerse de forma acelerada minan las capacidades rusas de refinado de gasolina, diésel y combustible de aviación. Aunque el aumento del precio del petróleo -cuya exportación no se ve afectada- a causa de la situación en Oriente Medio compensa las pérdidas, la situación supone una presión añadida a la economía. La apariencia de cierta normalidad, la percepción de que la guerra es algo lejano es parte integral del contrato social según el cual la población rusa no protesta la guerra y acepta la nueva realidad. Esa, al menos, es la lógica de Ucrania, que aspira a cruzar las líneas rojas rusas llevando la guerra a la población rusa de a pie, algo que, por el momento, no ha conseguido más que en los titulares de su prensa afín.

Desde el punto de vista occidental, Rusia, como insisten repetidamente los y las representantes de los países e instituciones europeas, ya ha perdido y se encuentra a la desesperada. Esa situación no es incompatible con la capacidad de agresión contra otros países europeos. “Putin está intentando restaurar la Unión Soviética todo el tiempo. Y no creo que Lituania sea la siguiente. Moldavia es mucho más probable, porque son mucho más débiles en este sentido. Los países europeos no están preparados. Ninguno de ellos ha llevado a cabo el tipo de cambios revolucionarios necesarios en sus conceptos de guerra, defensa y seguridad”, afirmó el pasado fin de semana en Kiev el exdirector de la CIA David Petraeus, a quien su profundo fracaso en Irak no le ha minado la credibilidad de su análisis político y militar de otros países. Derrotada y, a la vez, tratando de expandirse, Rusia prueba, según esta versión occidental, las defensas y la capacidad de respuesta de la OTAN.

En este sentido, un episodio que se produjo el domingo, 13 de septiembre, en los alrededores de la frontera con Polonia se está presentando como la prueba gráfica del interés ruso por presionar a la OTAN. “¿Acaba de intentar Putin matar a Boris Johnson?”, titulaba The Times. “Rusia celebrará haber estado a punto de matar a Boris Johnson: este es el plan de Putin para sembrar el caos”, añadía The Independent. “Análisis: ¿Por qué Boris Johnson? El rencor de Putin tras el atentado contra el tren de Yahodyn”, argumentaba The Kiyv Post. Todos ellos se referían al ataque ruso conta un tren en las inmediaciones de la frontera entre Ucrania y Polonia y partían del odio mutuo que se profesan Boris Johnson y Vladimir Putin. El artículo de The Times recordaba incluso las palabras del expremier británico, que en 2023 afirmó que “en un momento dado me amenazó y me dijo: «Boris, no quiero hacerte daño, pero con un misil solo tardaría un minuto», o algo así. Qué divertido”. Sin embargo, ni siquiera el propio afectado se tomó en serio esa amenaza que ahora se utiliza como evidencia de que Rusia ha tratado de asesinar a un exdirigente y una de las personas más comprometidas con la idea de luchar hasta la victoria final. “Creo que, por el tono tan relajado que adoptaba, por esa especie de aire de indiferencia que parecía tener, simplemente estaba siguiéndome el juego en mis intentos por convencerlo de que negociara”, admitió en aquel momento Johnson.

Con un tono ligeramente menos alarmista, y centrándose en una figura de más interés al otro lado del Atlántico, los medios estadounidenses, han reflejado el incidente como un paso más en la escalada Rusia-Occidente. “El exdirector de la CIA se salva por los pelos mientras Rusia ataca Ucrania cerca de la frontera con Polonia”, titulaba The New York Times, que añadía que “David Petraeus se encontraba en una estación de tren cuando un dron impactó. Según informaron las autoridades ucranianas, otro tren, en el que viajaban el ex primer ministro británico Boris Johnson y otras personalidades, acababa de partir”.

Pese a los ríos de tinta, ni Johson ni el resto de la delegación que regresaba del foro Yalta European Strategy, un encuentro anual en el que se promete que el siguiente año podrán reunirse en Yalta (Crimea), vieron peligrar su vida. “Rusia no intentó atacar el tren de Boris Johnson, ni el tren VIP que iba delante de él. (En este caso, iban tras una estación de servicio y una locomotora independiente.) Es más difícil de entender la indignación por un tren VIP y el silencio sobre el resto”, escribió el corresponsal de The Economist, Oliver Carrol, molesto por la insistencia en la seguridad de personas que, sin dificultad, pudieron abandonar Ucrania. La realidad es que hace tiempo que las locomotoras se han convertido en blanco habitual de esta guerra en la que los trenes transportan pasajeros -algunos de ellos personas importantes que visitan Ucrania para ejercer de lobby de la causa ucraniana-, pero también armas y tropas. El paso peligroso no es atacar cerca de la frontera de Polonia o en una estación por la que quince minutos antes ha pasado un exdirector de la CIA o que en un tren anterior han atravesado personas como Boris Johson, sino que ambos países estén atacando transporte terrestre y marítimo civil y que se amenace también la seguridad aérea de pasajeros.

Más allá de la creación de pánico por el supuesto acercamiento de la guerra a la frontera de la OTAN, los países europeos están utilizando el incidente como argumento para aumentar el apoyo militar a Ucrania e incluso para justificar una participación más activa en la guerra. “Polonia y Ucrania han denunciado los ataques rusos cerca de la frontera polaca que alcanzaron un tren de pasajeros con destino a Varsovia. Funcionarios de la UE y el ex primer ministro británico Boris Johnson se encontraban en una estación de tren fronteriza cercana alrededor del momento en que el tren fue alcanzado. Hablando en Kiev, el ministro de Asuntos Exteriores de Polonia, Radoslaw Sikorski, dijo que esta «escalada» debería llevar a los aliados a «duplicar» su apoyo a Ucrania”, comentaba el martes AFP.

Occidente lleva desde 2022 enviando cantidades masivas de armamento a Ucrania a través de los pasos fronterizos de Polonia para, entre otras cosas, atacar territorio soberano de la Federación Rusa según sus fronteras internacionalmente reconocidas. El hecho de que los bombardeos rusos se estén aproximando a esas fronteras o que Rusia haya bombardeado los puestos ucranianos en la frontera con Moldavia muestran el peligro de expansión de la guerra, un empeoramiento notable que afecta cada vez más a la población civil, pero también son la prueba de que la táctica de escalada progresiva no se ha aplicado solo por parte de Occidente. Esa fue la tónica del mandato de Joe Biden, en el que las entregas de armas fueron aumentando en calibre progresivamente, y lo ha sido también del lado de Rusia, que tardó siete meses en hacer lo que Estados Unidos habría hecho antes incluso de enviar tropas terrestres -atacar las infraestructuras civiles críticas del país- y que no se ha arriesgado a bombardear en las inmediaciones de la frontera más importante, la de Polonia, para evitar unos riesgos que actualmente han dejado de ser los más peligrosos. Con sospechas de utilización del espacio aéreo de la UE/OTAN para camuflar los drones ucranianos, bombardeos ucranianos en profundidad en la Federación Rusa y el intento activo de detener la economía rusa en el marco de una táctica de provocar un empeoramiento masivo de la situación para toda la población, es decir, una guerra total, los ataques cerca de los lugares de los que proceden las armas eran esperables. Lo era también que episodios como el actual, especialmente si se puede conseguir que parezca que ha afectado a personas importantes, se utilizaran para defender la necesidad de que la OTAN derribe desde su territorio drones y/o misiles rusos que se aproximen a la frontera, lo que supondría una paso más en la participación más activa de la Alianza en la guerra común contra Rusia, con el riesgo que eso supone.

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