La crisis de Gobierno del pasado julio fue solo el primer paso de una serie de cambios con los que Zelensky aspira a modificar ciertas estructuras para, entre otras cosas, apuntalar su poder tanto en la esfera política como en la militar, mucho más importante en un contexto de guerra, militarización de la sociedad y aumento del peso del aparato de seguridad en el Estado. Prueba de ello son las personas de las que el actual presidente se está rodeando desde que perdiera a su mano derecha, Andriy Ermak, a finales de 2025. El miércoles, Zelensky informaba de una reunión clave para la planificación del frente terrestre. En ella “participaron el Comandante en Jefe de las Fuerzas Armadas de Ucrania Mijailo Drapaty, el Comandante de las Fuerzas Aerotransportadas Oleh Apostol, el Comandante de las Fuerzas de Sistemas No Tripulados Robert Brovdi, el Comandante del Tercer Cuerpo de Ejército Andry Biletsky, el Comandante del Primer Cuerpo de la Guardia Nacional de Ucrania “Azov” Denys Prokopenko, y el Jefe de la Administración Militar Regional de Zaporozhie Ivan Fedorov”, escribió el presidente, dejando claro cuáles son las figuras fuertes de la institución más importante del Estado, su ejército. Entre ellas destacan los dos jefes de los ejércitos privados nacidos de Azov, sin duda el movimiento de extrema derecha mejor armado y con más poder del continente europeo. Desde que en diciembre estallara la Operación Midas, que se llevó por delante a Ermak y a uno de los mejores amigos de Zelensky, Timur Mindich, tranquilamente refugiado en Israel, las bases del apoyo del presidente son el SBU y figuras militares como Biletsky y Prokopenko.
En la actual lucha de poder, se entrelazan cuestiones militares y políticas, sobre las que revuela siempre el espectro de la corrupción. El miércoles, varios medios ucranianos críticos con el entorno de Zelensky recogían que las grabaciones de la Operación Forrest Gump, como las instituciones anticorrupción han bautizado a este nuevo caso derivado de la Operación Midas, puede escucharse la voz de “Kirilo Alexeyevich”, es decir, Budanov, sustituto de Andriy Ermak al frente de la Oficina del Presidente. Un problema más para Zelensky, que se alió con el entonces jefe de la inteligencia militar y figura en alza en las encuestas de intención de voto para neutralizarlo como potencial rival y, sobre todo, para anular a Valery Zaluzhny. Que Budanov, de quien se presuponía una actitud impoluta en relación con la corrupción, se vea manchado por la operación que derribó a su predecesor supone otro reto para Zelensky y una ventaja añadida para la oposición.
Sin embargo, la situación de la oposición tampoco es especialmente boyante. En 2019, el candidato Zelensky se limitó a realizar una campaña electoral resaltando que no era Poroshenko, sin necesidad de proponer grandes ideas, sino simplemente una nueva cara que afirmaba ser todo lo opuesto al anterior presidente. Desde entonces, solo la guerra ha conseguido crear para esa familia política un líder al que seguir, Valery Zaluzhny, el líder militar que Zelensky apartó con gran habilidad. Desde su exilio dorado en Londres, Zaluzhny ha cometido errores que le han costado una parte del crédito ganado en la guerra y su figura ha perdido algo de brillo.
Calibrando equivocadamente la situación, Mijailo Fedorov vio en su despido una posibilidad real de lanzar un órdago político con el que auparse a la parte superior de las encuestas de intención de voto o incluso hacerse con ese puesto de potencial sucesor de Zelensky. Al fin y al cabo, su figura no es excesivamente diferente a la del actual presidente, que emergió como una figura tecnócrata, que venía a rejuvenecer y modernizar el Estado e imponer la digitalización del viejo Estado soviético. Centrándose únicamente en la visión de la parte liberal de la sociedad, en titulares de medios contrarios a Zelensky y confiando en exceso en ser la conexión de Ucrania con Silicon Valley, Fedorov creyó que su exigencia de recuperar el Ministerio de Defensa y su demanda de avanzar hacia la celebración de elecciones iban a causar una inestabilidad política en la que el presidente Zelensky no tuviera más remedio que ceder. El objetivo era el mismo que se planteaba el sector de Poroshenko, Solidaridad Europea, el pasado mes de diciembre si Zelensky no dejaba caerá a Andriy Ermak. Con apoyo tácito de una parte del partido de Zelensky, incluido su líder parlamentario David Arajamia, Oleksiy Goncharenko y el resto de la familia política de Poroshenko amenazaba con apropiarse de gran parte del poder del presidente, que quedaría como un hombre de paja a merced de la Rada.
Desde enero, Zelensky no solo se ha repuesto de la pérdida de su principal aliado político, el hombre que absorbía todas las críticas para mantener al presidente al margen de los problemas políticos y de los reproches de los aliados extranjeros, sino que ha sabido manejar también esta crisis. El resultado es que Fedorov exigió demasiado y lo hizo demasiado pronto. A lo largo del mes de julio había quedado claro que el cese de Fedorov no había provocado un punto de inflexión como para dividir al grupo parlamentario de Zelensky. Pero, ante todo, fue evidente que no había ningún ansia de cambio en el principal grupo de poder en Ucrania, los aliados extranjeros, que confían en Zelensky como líder de guerra. Además del SBU, Azov (Biletsky) y Azov (Prokopenko), Zelensky mantiene el apoyo de la Unión Europea y el Reino Unido, suficiente para permanecer en el poder y no temblar por las exigencias de elecciones que plantea Fedorov que, en este sentido, se ha quedado solo.
“La postura de Fedorov no goza de especial popularidad. Una encuesta realizada por el Instituto Internacional de Sociología de Kiev entre el 20 de julio y el 3 de agosto reveló que el 15% de los ucranianos deseaba que se celebraran elecciones antes de que terminaran las hostilidades. El 23% apoyaba la celebración de elecciones tras un alto el fuego respaldado por garantías de seguridad, mientras que el 57% prefería esperar a que se alcanzara un acuerdo de paz definitivo”, escribe esta semana Foreign Policy. Las protestas que Fedorov esperaba que fueran lo suficientemente amplias no lo han sido y han reflejado únicamente a una pequeña parte de la clase media. A la ausencia de apoyo interno hay que sumar la certeza de que un cambio de Gobierno en Ucrania es imposible sin ser el candidato de Occidente. En ese sentido, Fedorov ha dado más importancia a figuras como Elon Musk o Alex Karp que al liderazgo político de la UE, el Reino Unido o incluso Estados Unidos. Al final, ni siquiera los diputados más críticos con Zelensky se han unido a su exigencia de elecciones. “Debería haber un gobierno de unidad nacional, pero Zelensky no lo está haciendo”, señaló Goncharenko, que añadió que el presidente “está cometiendo cada vez más errores, pero no se le puede sustituir. Y eso es un problema, y yo estoy en la oposición. Sin embargo, ahora mismo las elecciones son sencillamente imposibles. No se trata de si las queremos o no. Son imposibles desde el punto de vista de la seguridad”.
Completamente solo y sin más carta que jugar, Fedorov ha sacado la artillería más pesada. Después de meses en los que su discurso, como el de Zelensky y el resto del Estado, se ha basado en ver la victoria al alcance de la mano, la narrativa de Fedorov ha dado un gran vuelco. “Creo que ahora nos encontramos en un punto de inflexión que determinará nuestra trayectoria futura, pero parece que, poco a poco, estamos perdiendo”, sentenció Fedorov en declaraciones a Reuters. El frente, centro neurálgico de la narrativa del Estado ucraniano, cambia rápidamente dependiendo de las personas y de las necesidades del guion de cada representante político. La victoria y la derrota están siempre cerca para que puedan ser utilizadas en una gresca política que tiene más que ver con la reconfiguración del Estado más allá de la guerra que con la forma con la que las diferentes familias quieren lograr un objetivo que es común y que pasa siempre por seguir luchando hasta conseguir una utópica posición de fuerza para obligar a Rusia a ceder.
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