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La Europa de los valores y la guerra

“La esencia de la Europa geopolítica en plena exhibición: predicar valores, pero solo para los adversarios. Los amigos ungidos reciben un pase libre incluso si pisotean la democracia”, comentó ayer en las redes sociales Eldar Mamedov, el Quincy Institute, uno de los pocos think-tanks que no cuentan con financiación del complejo militar-industrial y cuya función es defender la paz y preguntarse por qué Estados Unidos siempre está en guerra. El comentario de Mamedov se refería a lo publicado por Kenneth Roth, exdirector ejecutivo de Human Rights Watch y un hombre al que difícilmente puede acusarse de tener sentimientos prorrusos. “Los gobiernos europeos se encuentran hoy en Armenia para impedir que Rusia socave la celebración de unas elecciones parlamentarias libres y justas el 7 de junio, pero están haciendo caso omiso del menoscabo de la democracia por parte del primer ministro [armenio] Nikol Pashinyan, quien reprime a la oposición política”, escribió Roth en referencia a la cumbre de la Comunidad Política Europea, un artificio promovido en los últimos años para hacer ostentación de la idea de Europa invitando únicamente a aquellos países que comparten los valores correctos. “Un foro donde defenderemos la paz y la democracia, bienes públicos globales cada vez más amenazados. Unidad en nuestros valores. Coherencia en nuestras decisiones. Los dos pilares sobre los que Europa debe responder a los retos de nuestro tiempo”, comentó Pedro Sánchez con la convicción de quien no tiene por qué explicar cómo el “no a la guerra” es compatible con defender la necesidad de conceder 90.000 millones de euros para garantizar dos años más de lucha en Ucrania ni explicar el pacifismo de duplicar el gasto militar en nombre de una amenaza, la rusa, que difícilmente puede justificarse en el lugar más alejado de Europa.

En esa Europa de los valores y la coherencia destaca, por ejemplo, Francia, cuyo presidente insistía el domingo en que “confía en nosotros Estados Unidos, pero somos respetados y confían en nosotros los iraníes”. Nadie esconde que el encuentro de estos días en Armenia se produce en un punto álgido de la teatral disputa intra-OTAN que se prolonga, con sus vaivenes, desde que los países europeos se ofendieran al ver que las amenazas de Donald Trump no se limitan a los enemigos sino que se extienden también a los países aliados. La cuestión de Groenlandia, cerrada en falso sin que la Casa Blanca pudiera cantar completamente la victoria -al menos de momento-, inició un camino en el que los desencuentros se repiten en Ucrania y también en Irán, donde las capitales europeas quieren mostrar su valía, pero sin unirse a la guerra de agresión de Donald Trump. Las palabras de Macron buscan reinsertar a la Unión Europea y el Reino Unido en la cuestión de Oriente Medio, en la que los países europeos son un espectador más, pero uno que, por su pasado colonial en la zona, exige ser tenido en cuenta sin admitir su papel en la destrucción causada. En la Europa de la venda en los ojos, se da por hecho que Irán confía en países como Francia, que junto a Alemania y el Reino Unido activaron el mecanismo automático del acuerdo nuclear de 2015 cuando se lo requirió Estados Unidos, que lo había abandonado unilateralmente. Sigue leyendo

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