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Una disputa energética y geopolítica

En pleno auge del nerviosismo energético a causa de la guerra iniciada por Estados Unidos e Israel contra Irán, Ucrania ha recibido finalmente la notificación de Eslovaquia del corte de la energía de emergencia que recibía del país vecino. En 2022, cuando la Unión Europea luchaba a marchas forzadas por abandonar completamente las importaciones de materias primas rusas aceptando precios más altos por energía políticamente más aceptable, Ucrania se ofreció como el socio imprescindible capaz de resolver la situación. Sin mencionar que todo se debía a la amplia red de centrales eléctricas y nucleares con las que la Unión Soviética había desarrollado el país y lo había preparado para un escenario de guerra de alta intensidad como el actual, Ucrania se ofrecía a exportar la energía excedente de la que disponía. La oferta era posible porque Rusia esperó seis meses para hacer aquello que Estados Unidos hizo el primer día en Irak, destruir las infraestructuras energéticas. E incluso entonces, Rusia se limitó en 2022 a atacar las infraestructuras de distribución eléctrica, no de producción, paso que no ha dado realmente hasta este último invierno, en el que ha causado una gravísima situación humanitaria para la población civil. En este tiempo, Ucrania ha pasado de verse como proveedora de energía, con los ingresos que eso implica, a perceptora de electricidad, en parte como ayuda humanitaria.  

La disputa actual con Eslovaquia y Hungría, los dos países díscolos de la Unión Europea que defienden la opción de la negociación en lugar de la continuación de la guerra hasta lograr una posición de fuerza y que se han desmarcado de la idea de abandonar completamente las adquisiciones de energía rusa, no se limita a la cuestión eléctrica. En enero de este año, un bombardeo del que Ucrania culpa a Rusia –aspecto que no se pone en duda, ya que cada palabra que llega de Kiev es un hecho que no requiere de verificación- causó daños en el último oleoducto que aún transportaba petróleo ruso a la Unión Europea. Estos últimos días, Vladimir Putin ha dejado la puerta abierta a reanudar la relación comercial con la UE si se ofrecen garantías a largo plazo, como a redirigir las exportaciones hacia otros mercados, pero, por el momento Moscú mantiene dos clientes fijos en el bloque comunitario. Ambos, Bratislava y Budapest, exigen a Ucrania que repare inmediatamente el oleoducto y que reanude el tránsito de petróleo ruso. Por muy raro que pudiera parecer, a pesar de la guerra, ni Rusia ha detenido los pagos por el tránsito de la materia prima a través de Ucrania, ni Kiev ha interrumpido el paso ni ha renegado de los ingresos. La realidad es que la continuación de ese comercio beneficiaba a ambas partes: Rusia obtiene ingresos por la venta de petróleo, aunque tenga que aceptar ofrecer descuentos, y Ucrania hace lo propio en un contexto de escasez de ingresos propios más allá de los subsidios que recibe de sus socios.   Sigue leyendo

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