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Complicidad en un crimen de guerra

Al margen de la retórica mediática, contradiciendo la forma en la que se ha creado la narrativa, la Fiscalía alemana ha dado esta semana muestras de una independencia que incomoda a las autoridades políticas. Desde que quedó claro que las investigaciones de los diferentes países no iban a encontrar la mano del Kremlin en los atentados contra el Nord Stream, una versión que siempre careció de sentido, los países europeos se han centrado en convencer a la población de que, en realidad, las bombas que lo hicieron explotar no eran el problema. La culpa no fue del equipo de buzos que colocó e hizo estallar los explosivos, sino de aquellas personas que aprobaron el proyecto y lo llevaron a cabo. Como cara más visible de quienes defendieron la unión directa entre Rusia y Alemania por medio del Nord Stream, Angela Merkel ha sido el nombre más repetido por quienes han querido desviar la atención alegando que el crimen no fue el atentado que destruyó tres de las cuatro tuberías submarinas, sino la propia existencia del gasoducto. Esa versión ha tenido dos centros -Polonia y los países bálticos por un lado y Estados Unidos por otro- que, por motivos diferentes -odio irracional a todo lo ruso en los primeros e intento de eliminar a la competencia en el segundo-, han coincidido en la lucha contra el Nord Stream como proyecto político inaceptable que iba a consolidar el poder ruso en el continente europeo.

Desde este punto de vista, la eliminación del Nord Stream ha sido un favor a Alemania, que se ha podido así eliminar de un plumazo el grave lastre de la dependencia del gas barato ruso, una versión de los hechos coherente con la lógica de las sanciones de Estados Unidos. En 2022, debió quedar claro que cualquier sanción al sector energético ruso era, en realidad, una medida dirigida también contra Alemania, único rival industrial de Estados Unidos en el continente. La pérdida de acceso, en parte voluntario a causa de la invasión de Ucrania y posteriormente obligado también por la destrucción del Nord Stream, ha supuesto para Alemania una caída en la competitividad de su industria, basada en la certeza de contar siempre con grandes cantidades de energía a precios reducidos. De ahí que Berlín haya tratado de paliar sus carencias en los últimos años a base de subvenciones y el actual keynesianimo militar, que busca utilizar el rearme como forma de reactivar la economía. Sigue leyendo

Reportes del frente archivados.

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