“Múnich, día 3: Zelensky solicita misiles Tomahawk y Patriot. En una reunión a puerta cerrada, los legisladores le preguntaron cuántos misiles necesitaba y cuáles eran sus planes para ellos. «Describió con gran detalle cómo los misiles Tomahawk podrían ayudar a cambiar el equilibrio militar», afirmó Lindsey Graham”. Así describió la jornada de ayer el reportero de defensa de Politico. Al igual que otros años, Ucrania ha ocupado un espacio privilegiado en la cumbre de Múnich, en la que el presidente ucraniano ha contado con una gran plataforma para colocar un mensaje que sus aliados europeos continuaron difundiendo ayer. “Si se limita el tamaño del ejército ucraniano, también debería limitarse el de Rusia. Donde Rusia ha causado daños en Ucrania, Rusia debe pagar. No a la amnistía para los crímenes de guerra; retorno de los niños ucranianos deportados. Esto es realmente lo mínimo que Rusia debería aceptar si la paz es su objetivo”, afirmó en su discurso Kaja Kallas, de quien recientemente se ha conocido que se dispone a presentar a los países miembros una lista de concesiones que la Unión Europea deberá exigir a Rusia.
Sin ninguna capacidad de exigir nada a Rusia teniendo en cuenta que los países europeos no han sido capaces de desarrollar un plan de victoria para Ucrania –que habría requerido una guerra total contra la Federación Rusa para la que ningún ejército continental está preparado- y sin más argumentos para el diálogo que órdenes que cumplir, las palabras de Kallas son el reflejo del supremacismo europeo occidental con respecto al resto del continente y del mundo. Ausente de las negociaciones, la Unión Europea se permite el lujo de tratar de imponer las condiciones de una posible resolución de la guerra. Como ha insistido repetidamente el ministro de Asuntos Exteriores de Polonia, Radek Sikorski, “si estamos pagando, si esto está afectando nuestra seguridad y no sólo la de Ucrania, entonces merecemos un lugar en la mesa, porque el resultado de esta guerra nos afectará”. Sigue leyendo
Coherente con su estilo habitual de enaltecer la fortaleza de su país, exagerar el peligro ruso y dibujar una caricatura de su enemigo, Zelensky realizó ayer un discurso dirigido a las élites políticas de sus aliados y oponentes. Como en cada ocasión en la que es consciente de que dispone de la atención mundial, el presidente ucraniano se centró en dejar claro qué espera de cada uno de los actores que participan directa e indirectamente en la guerra. Al contrario que hace unos días en Davos, cuando su discurso fue preparado en un momento de disputa interna entre Estados Unidos y sus aliados europeos y el presidente ucraniano optó por tomar parte del lado de Trump, su intervención de ayer no fue una crítica abierta a las capitales europeas, aunque sí una nueva lista de acciones que Ucrania espera de ellas.
“Gracias a todos los líderes europeos que invierten en PURL y en otros programas conjuntos de defensa”, afirmó el presidente ucraniano en referencia a la Lista de Necesidades Prioritarias de Ucrania, gracias a la cual sigue obteniendo armas estadounidenses adquiridas por sus socios europeos. “PURL es el programa que nos permite comprar misiles Patriot en Estados Unidos y otras armas que protegen a los ucranianos de los ataques rusos, por supuesto. La mayoría de los misiles de defensa aérea capaces de detener los misiles balísticos rusos nos llegan gracias a PURL. Y PURL existe gracias a Europa; es cierto: Europa financia nuestra capacidad para detener ataques balísticos. Gracias a todos los que nos ayudan. ¡Gracias!”, insistió Zelensky para resaltar la importancia de la continuación del envío de armas y lanzar sutilmente una advertencia por una de las últimas disputas entre los países de la Unión Europea. Sigue leyendo
Han pasado apenas unos días desde el final del Foro de Davos, una edición celebrada en plena disputa occidental por la cuestión de Groenlandia, que hizo de la cumbre una forma de terapia colectiva para determinar qué hacer, ya sea para salvar el orden internacional basado en reglas, el orden de 1945 que “ha dado ocho décadas de paz” a los países occidentales –que no han dudado en infligir la guerra y la agresión sobre otros países- o para buscar la mejor manera de sustituirlo. Las declaraciones que han realizado los y las diferentes oficiales occidentales los días anteriores al inicio ayer de la Conferencia de Seguridad de Múnich indican que el proceso continúa y que la agenda seguirá esa misma lógica. El caso más claro es, sin duda, el de Macron, que en una extensa conversación mantenida con varios de los medios escritos más importantes del continente, explicó que Europa –es decir, la Unión Europea, Reino Unido y Noruega- ve cómo se ponen en duda tres aspectos que consideraba certezas. Según el presidente francés, la construcción europea se ha sustentado sobre la base de que Estados Unidos se encargaría de la seguridad, Rusia suministraría energía barata y China sería un mercado interminable para la exportación. En este momento en el que las tres certezas han desaparecido, los países europeos buscan su camino para convertirse en una potencia geopolítica para la nueva era. Esta semana, Francia por un lado y Alemania e Italia por otro, han presentado sus propuestas, una lucha entre un modelo de endeudamiento e inversión común basado en la “protección, no proteccionismo” propuesto por Macron y la desregulación y atlantismo de Merz y Meloni. El debate se encuentra aún en su fase inicial y aunque promete una lucha política entre dos posiciones encontradas, hay una certeza: todos los bandos, a excepción de las habituales excepciones, consideran la guerra de Ucrania como el proyecto geopolítico con el que la Unión Europea debe mostrar su carta de presentación. En plena negociación en busca de una resolución política al conflicto, la guerra de Ucrania será, junto a la relación con Estados Unidos, uno de los temas protagonistas de la cumbre de Múnich.
Cargado con una intensa agenda, Volodymyr Zelensky llegó ayer a Múnich anunciando reuniones bilaterales con Friedrich Merz, la primera ministra danesa Mette Frederiksen, el presidente finlandés Alxander Stubb, tres de sus principales patrocinadores, pero también con Reza Pahlavi, hijo del último shah de Persia y aspirante a convertirse en el Juan Guaidó de Irán. El enemigo común, Irán, que Zelensky vincula directamente a Rusia por la colaboración militar entre los dos países, une a los proxis occidentales, cuyo discurso resulta indistinguible. Sigue leyendo
El caso Sternenko sintetiza las principales contradicciones y tensiones de la Ucrania contemporánea, vistas desde la perspectiva liberal de los grupos proeuropeos: la lucha por la reforma judicial, el enfrentamiento entre nacionalismo y fuerzas prorrusas, la influencia de ONG y actores internacionales, y el papel de la movilización social en la defensa de los derechos y de la identidad nacional. En este contexto, Serhiy Sternenko se consolida entre el nacionalismo liberal ucraniano como un símbolo de la resistencia, la justicia y la aspiración europea, tratando de hacer ver que su historia judicial evidencia la persistencia de estructuras de poder heredadas y la necesidad de una reforma profunda.
Su éxito político y social avanza desde febrero de 2022 en paralelo a su papel de recaudador de fondos para la dotación de drones al ejército de Ucrania. Y cristaliza con la creación, en febrero de 2025, junto a Oleksandr Skarlat, de la fundación benéfica Comunidad Sternenko para hacer realidad el lema de que “Ayudar al Ejército es la mejor inversión”, una tarea para la que cuenta ahora con el apoyo del exministro de exteriores de Ucrania, Dmytro Kuleba. En la estrategia de recaudación de fondos de la fundación, además de las transmisiones en directo a través de la demostración del éxito de sus drones en el frente, también está presente la venta de distinto material, entre el que llama la atención la camiseta cuyo lema resume a la perfección la filosofía de Sternenko y del nacionalismo liberal ucraniano en general: «Nuestra rusofobia no es suficiente». En 2026, Sternenko ya forma parte del equipo del flamante ministro de Defensa Fedorov, como colaborador de la reforma del ejército para potenciar el uso de drones. Sigue leyendo
“Zelensky planea convocar elecciones en mayo, según Financial Times”, titulaba ayer El País, que a continuación subtitulaba que “Estados Unidos presiona a Ucrania para celebrar los comicios y sellar un acuerdo de paz antes de junio”. La suma de esas dos afirmaciones es la representación perfecta de la confusión que existe a nivel mediático y político en Europa sobre cómo transcurren las negociaciones, qué busca cada uno de los bandos y quién lleva la voz cantante. El artículo, que se limita a repetir que los puntos polémicos de unas negociaciones en las que insiste en que no se han producido resultados tangibles son Donbass y el control de la central nuclear de Zaporozhie, no llega a explicar si Zelensky pretende convocar elecciones o si está siendo presionado para hacerlo.
Como el resto de medios de comunicación, El País trata de dar sentido a los acontecimientos partiendo de la exclusiva publicada por Financial Times, un medio que ha destacado por contar con buenas fuentes tanto en Ucrania como en la administración estadounidense, y la reacción del Gobierno ucraniano tras la publicación. “La Oficina del Presidente ucraniano negó este miércoles informaciones según las cuales el jefe de Estado, Volodymyr Zelensky tendría intención de anunciar la convocatoria de elecciones presidenciales y un referéndum sobre un posible acuerdo de paz con Rusia, al señalar que la situación de seguridad sigue siendo una condición clave”, afirmaba por la tarde EFE citando un comunicado emitido por la oficina dirigida por Kirilo Budanov, una de las caras visibles de la negociación. “Mientras no haya seguridad, no habrá anuncios”, afirma la Oficina del Presidente, que siempre ha insistido en que, en las condiciones actuales, un proceso electoral es imposible y que ha utilizado ese argumento para exigir un alto el fuego. Sigue leyendo
Instaladas desde febrero de 2022, o incluso antes, en un estado mental de guerra que trasciende al escenario militar de Rusia y Ucrania, las autoridades de los países de la Unión Europea continúan buscando argumentos para ahondar aún más en esa situación. Una guerra de alta intensidad en el continente, a la que hay que sumar otros ocho años de otra de baja intensidad en Donbass han supuesto más de una década de escenario militar que ha provocado numerosos cambios. 2014, con el cambio irregular de Gobierno apoyado por los países occidentales, la intervención rusa en Crimea y el estallido de las protestas de Donetsk y Lugansk dando lugar a la Operación antiterrorista decretada por Yatseniuk y Turchinov –lo que ahora se conoce en los medios como invasión rusa-, trajo consigo las primeras sanciones sectoriales, un notable empeoramiento de las relaciones diplomáticas entre Rusia y el resto del continente y el inicio del rearme.
Como explicaba el año pasado el economista Adam Tooze en un artículo publicado por Financial Times, en la conocida como “década perdida”, “según datos del SIPRI, el gasto acumulado de los miembros europeos de la OTAN durante ese periodo ascendió a más de 3.150 millones de dólares, en dólares de 2023. Una cifra muy superior a la de Rusia. Hoy en día, existe un consenso generalizado en que Europa necesita más fuerzas de combate desplegables. Pero Europa ya cuenta con 1,47 millones de hombres y mujeres uniformados, es decir, más tropas en servicio activo que Estados Unidos. El escándalo no es que los presupuestos de defensa europeos no se hayan duplicado ya. El escándalo es que Europa gasta tanto y obtiene tan poco a cambio: ninguna disuasión eficaz, pocas tropas desplegables, ningún arsenal de armas para suministrar a Ucrania”. El rearme decretado por Úrsula von der Leyen y aceptado con entusiasmo por los países miembros no se correspondía con necesidades objetivas de aumento presupuestario, con un gasto colectivo muy superior al ruso –los presupuestos de Francia y Alemania en paz superan al de Rusia en guerra-, ni a una falta de soldados que desplegar en un frente imaginario contra un ejército que según los medios occidentales está siempre al borde del colapso final. Sigue leyendo
I
nevitable. Europa necesita a Rusia para sobrevivir”, escribió ayer Kiril Dmitriev, que negocia con Steve Witkoff en nombre de Rusia sin tener siquiera un puesto diplomático en el Gobierno y que es, sin duda, el hombre más feliz del país con el desarrollo de los contactos Moscú-Washington. El jefe del Fondo Ruso de Inversiones Directas, que espera beneficiarse de un acuerdo con Estados Unidos que reanude las relaciones económicas entre los dos países, reaccionaba a un artículo del que posiblemente solo ha leído su poco afortunado titular, “Europa se está preparando para dar un giro hacia Putin”. Dmitriev se jacta de titulares que ni siquiera se corresponden con el contenido del texto, pero ignora los actos de los países europeos y de Estados Unidos. El artículo al que se refería, publicado por Foreign Policy, se refiere únicamente a los tímidos contactos diplomáticos que varios países europeos pretenden mantener con Rusia para evitar quedar a merced de Estados Unidos en esta cuestión y no se plantea siquiera la posibilidad de la reanudación de las relaciones comerciales o diplomáticas normales entre los países occidentales y Moscú. A pesar de la reciente visita del ministro de Asuntos Exteriores de Suiza, que obsequió a Lavrov con una pieza de Tchaikovski como recordatorio de que Rusia es parte de Europa, y de un enviado diplomático de Emmanuel Macron, el Ministerio de Asuntos Exteriores de la Federación Rusa no los considera un punto de inflexión, sino que los ve con gran escepticismo, recelo y quizá incluso algo de hostilidad. El contraste entre la excesiva confianza que muestra Dmitriev en cada ocasión que muestra su opinión y la postura de la diplomacia rusa es cada vez más llamativa.
Hace unos días, centrándose en las relaciones económicas, Sergey Lavrov denunció las presiones que está ejerciendo Estados Unidos contra Rusia en aspectos bilaterales de las relaciones entre Moscú y terceros países. “Ahora mismo, después de los eventos de Venezuela, nuestras empresas están siendo abiertamente obligadas a abandonar el país”, afirmó criticando a Washington, no a Caracas. Días después, Lavrov condenó también la presión que Estados Unidos está ejerciendo contra Cuba, cuya economía pretende ahogar mientras Rusia busca la forma de paliar las graves consecuencias de la intensificación del bloqueo. A las palabras de entonces del ministro, que insistió en que Rusia seguirá enviando petróleo a la isla –no lo ha hecho estas semanas y la situación es ya crítica-, Dmitry Peskov añadió ayer que el Kremlin trabaja con el Gobierno cubano para buscar soluciones a la situación actual. El deseo ruso de apoyar a Cuba choca con sus posibilidades y con la voluntad de Estados Unidos de imponer sus normas por la fuerza en cualquier lugar del mundo. Ayer mismo, Pete Hegseth anunció la captura de un petrolero en el océano Índico. Según la información aportada, el buque habría escapado del asedio estadounidense en el Caribe para ser finalmente capturado en el Índico. Los analistas políticos pueden haber llegado a la conclusión de que la Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos renuncia a la lucha por mantener la hegemonía, pero los actos de Washington muestran la firme determinación de mantener el dominio global de sectores como el comercio de petróleo, herramientas de control de la economía. Sigue leyendo
Miles de personas murieron”, afirma Serhiy Volinsky, más conocido como Volina, que añade que “fue un gran fracaso, una tragedia, un infierno en la tierra”. El soldado, que alcanzó la fama al quedar sitiado en el subsuelo de Azovstal junto al resto del contingente ucraniano en la batalla perdida de Mariupol, se refiere a la lucha ucraniana en la zona de Krinky, una de esas operaciones que ponen en cuestión gran parte del discurso occidental sobre la guerra. Situado en la margen izquierda del rio Dniéper, en la parte de Jersón bajo control ruso, Krinky es un símbolo de la forma en la que Ucrania ha optado por hacer la guerra. Porque, pese al discurso actual de Ucrania y sus aliados occidentales, que insisten en que su victoria está en lograr las garantías de seguridad que Estados Unidos está dispuesta a prometer, la guerra se juega en el territorio. Los conflictos bélicos son, ante todo, sufrimiento humano, muerte y destrucción, pero su resolución depende en gran parte de cuánto territorio controla cada uno de los bandos en conflicto. El control territorial es el reflejo de la fuerza, que posteriormente intenta proyectarse en los procesos de negociación.
Esa realidad era especialmente clara en los primeros años de la guerra, cuando cualquier avance era considerado signo de fortaleza. Así ocurrió en agosto de 2024, cuando Ucrania sacrificó la posibilidad de negociar una tregua parcial que excluyera de los objetivos aceptables las infraestructuras energéticas. En aquel momento, en la balanza coste-beneficio que suponía garantizar mantener el suministro de luz, agua y calefacción a la población y la industria había que colocar también la posibilidad de realizar ataques de larga distancia contra refinerías y buques de la flota fantasma rusa. La guerra no se gana defendiendo, ha insistido este año Oleksandr Syrsky, que promete seguir atacando. Su solución al problema del avance ruso en Donbass fue el ataque contra Kursk, una gran operación terrestre –posiblemente la última de este conflicto- con la que capturar una parte importante de un oblast ruso, humillar al Kremlin, incapaz de defender sus fronteras, y conseguir un éxito mediático que justificara un nuevo aumento del suministro militar. Sigue leyendo
«Hay quienes en Occidente no se oponen a una guerra larga porque significaría agotar a Rusia, incluso si eso implica la desaparición de Ucrania y cuesta vidas ucranianas», afirmó, en un momento de especial lucidez, el presidente ucraniano Volodymyr Zelensky. Era marzo de 2022, apenas habían transcurrido unas semanas desde la invasión rusa, su portavoz Oleskiy Arestovich ya comenzaba a utilizar el discurso de que Rusia estaba a pocos ataques de quedarse sin misiles y Kiev y Moscú negociaban en Estambul y sin mediación internacional lo que a punto estuvo de ser un acuerdo de paz. Con la capital ucraniana prácticamente sitiada y sin signos de los aliados occidentales de dar a Ucrania el material y personal necesario para derrotar militarmente a Rusia en el frente, Ucrania había optado por negociar.
Sin embargo, las palabras de Zelensky no eran un reproche a sus aliados por fomentar la continuación de la guerra en lugar de la paz, sino una manera de exigir un suministro masivo de armas que permitiera a Ucrania derrotar a Rusia de manera rápida. Cada semana que transcurría, con Rusia atascada en las trincheras de los alrededores de la capital e inmersa en una lucha urbana por Mariupol que se prolongaría durante semanas, Kiev comenzó a confiar en la capacidad de sus aliados de movilizar asistencia militar ofensiva y en las posibilidades de su ejército de detener la ofensiva rusa. La visita de Boris Johnson a Kiev no tuvo el objetivo de obligar a Ucrania a seguir luchando e impedir así un acuerdo, sino la promesa de que Zelensky y Zaluzhny dispondrían de la ayuda necesaria para hacer lo que deseaban, seguir luchando y evitar tener que realizar las duras concesiones que le exigía Rusia, especialmente en materia de seguridad. Sigue leyendo
“Martín Lutero dijo una vez: «Un pedo feliz nunca sale de un culo miserable». No nos sirve de nada andar constantemente con la cabeza gacha y quejarnos de lo terrible que es la situación con los enemigos de la democracia. No, depende de nosotros, de la pasión con la que defendamos esta democracia”, afirmó el domingo el ministro de Defensa de Alemania Boris Pistorius, que a pesar del cambio de liderazgo en el Gobierno mantuvo su cartera tras la derrota electoral de Olaf Scholz y la llegada al poder de Friedrich Merz. Mucho más favorable a aumentar el gasto militar y a liderar el esfuerzo de movilización de recursos militares para la guerra de Ucrania, Pistorius destacó más en el Gobierno del socialdemócrata Scholz, que aún mantenía cierto reparo a abrazar el régimen de guerra a causa de sus muchos años de militancia pacifista, que en el de Merz, en el que su postura beligerante es la única postura. Considerado débil, ya que su primer instinto fue enviar a Ucrania material de protección para los soldados en lugar de munición, Scholz dio paso a un hombre mucho más duro y que se ha propuesto que Alemania lidere, no solo el suministro de armas a Ucrania, sino el esfuerzo de rearme a nivel europeo.
En la Europa del rearme, la guerra implica tanto el aumento de la producción del material bélico del pasado como el diseño y fabricación de aquellos elementos que han modificado la forma de luchar. La contraofensiva terrestre de 2023 dejó claros los límites de los modos en los que los países europeos creían que aún se libraba la guerra. Mucho antes de que la operación ofensiva se pusiera en marcha, Ucrania cantó victoria con el anuncio de Alemania de la aprobación del envío de los deseados tanques Leopard, considerados los mejores de Occidente y, por supuesto, muy superiores a cualquier modelo que Rusia pudiera enviar al frente. Scholz, que durante meses había intentado impedir el momento en el que tanques alemanes se dirigieran al este para luchar contra las tropas rusas, fue sometido a una campaña política y mediática internacional hasta que finalmente accedió al deseo ucraniano que, sin embargo, nunca se hizo realidad del todo. Los tanques alemanes, británicos y blindados estadounidenses no pudieron, como esperaban, romper el frente de Zaporozhie y aproximarse a Crimea para obligar a Rusia a negociar una paz en condiciones de capitulación. La guerra ha evolucionado notablemente desde ese momento, pero las innovaciones existentes hacían ya de este un conflicto moderno que implica un cambio a la hora de planificar la defensa de la paz y el peligro de la lucha. Sigue leyendo
Con aún más tensión que hace unos días, Estados Unidos, Rusia y Ucrania se han reunido esta semana en Abu Dabi para continuar las negociaciones trilaterales con las que Washington aspira a conseguir finalmente encarrillar el proceso de paz hacia un alto el fuego. El encuentro se produjo apenas unas horas después de que Rusia diera por concluida una tregua que Ucrania exigía que se prolongara hasta el viernes. Las imágenes de los pisos de Kiev con temperaturas bajo cero en su interior y las dificultades de las autoridades para paliar los daños acumulados en las infraestructuras energéticas hacen que la situación sea tan extrema para la población civil que, como afirma esta semana The New York Times, “por la paz, más ucranianos se plantean lo que antes era impensable: ceder territorio”. El medio recoge los resultados de una encuesta realizada por el Instituto Internacional de Sociología de Kiev, que afirma que un 40% de la población estaría dispuesta a aceptar las exigencias territoriales rusas de ceder todo Donbass a cambio de la paz. Aunque la población ucraniana residente en las partes del territorio bajo control de Kiev sigue rechazando mayoritariamente la cesión de Donbass a cambio de paz y garantías de seguridad, el porcentaje de quienes estarían dispuestos a cruzar esa línea roja rompe el discurso de unidad de Zelensky, que insiste en que congelar el frente sería ya una concesión importante por parte de Ucrania.
El presidente ucraniano parece no querer entender que mantener la línea del frente no sería una concesión, sino el reflejo del resultado de la guerra, en la que, tras cuatro años de suministro militar y financiero constante –Radek Sikorski ha mencionado la cifra de 200.000 millones de euros invertidos en la guerra en este tiempo-, no ha sido capaz de recuperar el territorio perdido. Obligar a Moscú a aceptar aquello que lleva años intentado evitar, la presencia de la OTAN en Ucrania y el uso del país como herramienta política y militar contra Rusia, puede lograrse de dos maneras: ofreciendo al Kremlin algo que compense lo que solo puede considerarse una derrota en el aspecto de seguridad de esta guerra o, por la vía europea y ucraniana de presionar hasta que la economía colapse. Sigue leyendo
Tal y como de forma correcta señalaba la BBC al analizar en marzo de 2021 el movimiento a favor de Serhiy Sternenko, Beria, e caracterizaba por ser la primera línea de actuación nacionalista en la que “los grupos de extrema derecha más radicales no asisten, y de forma manifiesta, a las movilizaciones a favor de Sternenko, considerándolas «liberales». Por tanto, una cuestión esencial a considerar, teniendo en cuenta su origen vinculado a la extrema derecha ucraniana, es la aportación del movimiento Honor-Sternenko a la ideología nacionalista en Ucrania. En especial si se tiene en cuenta la dinámica más reciente del Cuerpo Azov, más propenso a acercarse a esta visión política en su conflicto con el Tercer Cuerpo de Biletsky.
En una entrevista con la publicación ucraniana «Liga», en respuesta a una pregunta sobre su autoidentificación ideológica, Sergei Sternenko respondía: «Soy un derechista con posiciones liberales sobre la economía«, posición que ha extendido, en coherencia con los valores dominantes en la Unión Europea, al tratamiento de las minorías sociales. Sigue leyendo
“El invierno es muy largo, pero llegará la primavera. Tened fuerza. Gloria a Ucrania”, proclamó ayer el secretario general de la OTAN, Mark Rutte, desde la tribuna de la Rada ucraniana en su visita a Kiev. El mensaje es el mismo que el lanzado por Keith Kellogg antes de dejar su puesto como enviado de Trump para Ucrania. “SI Ucrania supera el invierno, tendrá ventaja en la guerra”, afirmó el general, recuperando una falsa esperanza que Zelensky ya había utilizado en 2022. El subtexto de ambas declaraciones es el mismo, el sufrimiento de la población ucraniana es menos importante que los objetivos geopolíticos, por lo que el país debe mantenerse firme y seguir por el camino marcado, una idea que comparten con el presidente ucraniano, dispuesto a aumentar los precios de la factura de la luz para la población que ni siquiera tiene suministro.
Ucrania atraviesa lo más duro del invierno y lo hace nuevamente con ataques contra las infraestructuras energéticas. Más de una treintena de misiles y centenares de drones rusos bombardearon, rompiendo una tregua que Moscú niega que estuviera en vigor, varias centrales ucranianas. “Después del ataque ruso de hoy, el trabajo de nuestro equipo negociador se ajustará en consecuencia”, afirmó Volodymyr Zelensky en referencia a las conversaciones de Abu Dabi, una reunión que debía celebrarse el fin de semana y que marcaba el periodo de tregua parcial. En realidad, pocos son los cambios que Ucrania pueda hacer, ya que su postura ha quedado perfectamente clara: las cuestiones de seguridad, reconstrucción y prosperidad se tratarán en un acuerdo Kiev-Washington que ya está pactado, mientras que el aspecto territorial ha de resolverse sin concesiones. Recientemente, el presidente ucraniano insistió en que Ucrania no reconocerá ni de iure ni de facto ninguna pérdida territorial. La única forma para no reconocer siquiera de facto esas pérdidas es que no haya mención a los territorios en el documento que Ucrania firme, lo que da a entender que Kiev busca un doble acuerdo Estados Unidos-Ucrania y Estados Unidos-Rusia que detalle el marco de resolución, pero que no haya ninguna firma ucraniana en un documento que admita que las partes bajo control ruso seguirán siendo territorio de facto ruso. Sigue leyendo
Ayer, con la hostilidad habitual cada vez que Ucrania recuerda a la Unión Soviética, EuromaidanPR, medio de propaganda por excelencia del Estado nacido del cambio irregular de Gobierno de febrero de 2014, tiraba del archivo histórico para explicar por qué las negociaciones para lograr la paz se están prolongando tanto. “Occidente lo llamaba señor no. Andrei Gromiko fue ministro de Asuntos Exteriores soviético durante 28 años y negoció con seis presidentes estadounidenses. Henry Kissinger llego a decir: «Si puedes enfrentarte a Gromiko durante una hora y sobrevivir, entonces puedes empezar a considerarte diplomático»” escribía para añadir que “su método era simple: mantener el ritmo hasta que los oponentes se agoten, exigir lo imposible, culpar al otro lado y usar el tiempo para fortalecer su posición sobre el terreno”. Cualquier proyección de una versión manipulada de la historia es buena para explicar el presente. “Ese mismo manual se está utilizando ahora en Abu Dabi”, alega EuromaidanPR. “La ex diplomática ucraniana Iuliia Osmolovska explica cómo la diplomacia rusa moderna combina las tácticas maratónicas de Gromiko con la guerra psicológica de la KGB, y por qué el análisis coste-beneficio occidental sigue fallando contra los negociadores que valoran el miedo por encima de las ganancias”, sentencia para aferrarse a uno de los argumentos más perezosos que pueden utilizarse, la KGB.
El completo desinterés de los países europeos y del lado Demócrata el establishment estadounidense ha hecho que la maquinaria mediática haya centrado sus argumentos en la idea de que Ucrania mostraba su voluntad de paz, mientras que Rusia ha rechazado cada apertura a la diplomacia que se le ha ofrecido. Ese ha sido el discurso de Kaja Kallas desde que los países europeos tuvieran que abandonar a regañadientes su discurso de victoria en favor de la idea de la paz justa hace ahora un año. “No hablamos con los rusos” ha afirmado recientemente Kaja Kallas, que se escudó en que “los estadounidenses ya están hablando con ellos y dándoles todas las concesiones en nombre de Ucrania”. La cara visible del discurso que afirma que la ausencia de diplomacia es culpa de Rusia admite el desinterés por el más mínimo diálogo continental. Sigue leyendo
“El ejército de Putin está de rodillas”, afirma un artículo publicado esta semana por The Telegraph, uno de los medios más implicados en la causa ucraniana, que ve que “un Putin desesperado se acerca al final”. Su diagnóstico es claro, el esfuerzo militar ruso se encuentra al borde del colapso, por lo que “Ucrania debería negociar desde una posición de fuerza, no bailar como el oso para complacer a Washington”. Completamente apartados del proceso de negociación liderado por Estados Unidos y que recientemente ha comenzado su fase bilateral de contactos directos entre Rusia y Ucrania, los países europeos han perdido el poco protagonismo que Washington había reservado para ellos en el proceso diplomático. Estados Unidos espera que las capitales europeas costeen gran la misión armada que –con ayuda externa de Washington- vigile el futuro alto el fuego y se hagan cargo de las partes menos lucrativas de la reconstrucción, pero, por el momento, prefiere mantener a sus aliados continentales lejos de la mesa de negociaciones.
De esa forma, el trumpismo ha anulado la capacidad europea de condicionar el desarrollo de la diplomacia, una necesidad que se basa en opiniones como la mostrada por el artículo británico y que la administración estadounidense considera una muestra de deseos, no una representación de la realidad. Sin embargo, el sueño de poder poner a Rusia entre la espada y la pared no ha desaparecido en el establishment europeo, que intenta convencerse a sí mismo de que sus planteamientos anteriores al fracaso de la contraofensiva terrestre siguen vigentes y que solo con un esfuerzo más será posible obligar a Moscú a acatar las condiciones de capitulación que Zelensky pretendía imponer con su Fórmula de Paz y Plan de Victoria. Sigue leyendo
“Los ancianos de Kyiv tiemblan tras los ataques rusos a la electricidad y la calefacción. Los voluntarios de la fundación Starenki entregan alimentos y artículos esenciales a los ancianos mientras Rusia intensifica sus ataques contra la infraestructura eléctrica y de calefacción de Ucrania, sumiendo a los residentes de Kiev en la oscuridad y el frío mientras las temperaturas caen hasta 20 grados bajo cero”, afirmaba ayer AFP, mostrando un sufrimiento que no es inédito en la guerra de Ucrania, sino que se ha padecido durante años en las zonas cercanas al frente. Sin embargo, el enfoque es diferente cuando los desastres humanitarios se producen en la capital de un país o en el lado del frente cuya población importa más a los potenciales lectores. “El frío”, recuerda AFP, “es especialmente doloroso para la población anciana”. Aunque se trata de una verdad evidente, es preciso recordar que no siempre se ha tratado como tal.
El reportaje muestra el drama de una pareja de ancianos vestidos con ropa de invierno y la cabeza tapada en un modesto apartamento en el que, sin calefacción y escaso suministro eléctrico, tratan de sobrevivir a la guerra de alguna manera, una imagen que no difiere en exceso de las que han podido verse un invierno tras otro en Donbass desde hace prácticamente doce años. El sufrimiento humano es el mismo a uno y otro lado del frente, pero el tratamiento informativo nunca lo ha sido. En el caso de Donbass, hay que añadir un factor más, el tratamiento que les ha dado el Gobierno de Kiev. Ultraliberal y desinteresado en cumplir una labor de redistribución o protección de la población más vulnerable, el ejecutivo de Petro Poroshenko interrumpió el pago de salarios públicos, pensiones y prestaciones sociales a la población de Donbass. Meses después, el entonces presidente ucraniano oficializó la decisión por decreto. En febrero de 2015, uno de los puntos de la parte política del acuerdo de alto el fuego implicaba la reanudación de las relaciones económicas y comerciales entre Kiev, Donetsk y Lugansk. Contra la letra y el espíritu de ese planteamiento, Ucrania no solo no trabajó para recuperar esos lazos, sino que impuso un bloqueo bancario, comercial y de transporte con el que aspiraba a utilizar el arma económica para conseguir lo que no había conseguido con la militar, obligar a Donbass a rendirse. Sigue leyendo
Territorios, seguridad o alto el fuego son los términos más repetidos estos días por los medios que informan sobre el desarrollo de las negociaciones Rusia-Ucrania. La situación ucraniana sigue siendo dramática y miles de personas tienen que refugiarse en los “puntos calientes” instalados en algunas ciudades para paliar el terrible frío que sufre la parte de la población que ha quedado sin calefacción a causa de los incesantes ataques rusos con drones y misiles. Para paliar esa situación y dar tiempo a la negociación, Donald Trump anunció ayer que había solicitado a Vladimir Putin que Rusia cese en los ataques contra las infraestructuras energéticas ucranianas durante una semana. Según Volodymyr Zelensky, ese alto el fuego parcial comenzó anoche. La semana de tregua energética que Donald Trump afirma que ha conseguido arrancar a Vladimir Putin solo puede mitigar ligeramente el sufrimiento de la población, ya que difícilmente puede dar tiempo a realizar las reparaciones masivas que se requieren. A la destrucción de las infraestructuras energéticas hay que añadir los daños que estos días ha sufrido el puerto de Odessa, una de las principales arterias logísticas del país, con lo que se acumula una parálisis de la economía que mina aún más las dificultades de Ucrania para sostener sus ingresos y poder seguir financiando la guerra.
Como forma más sencilla de proyectar sus problemas sobre su enemigo, Kiev insiste repetidamente en que la economía rusa comienza a estancarse y pone en esa deriva de reducción del elevado crecimiento de los primeros años de la guerra su principal esperanza. El lento descenso económico ruso es también la base sobre la que The Wall Street Journal argumenta el escenario más favorable a Ucrania de los tres que plantea para 2026: todo sigue igual, cansancio de Ucrania y cansancio de Rusia. Curiosamente, pese a las evidentes dificultades, la situación económica no es el motivo por el que el medio señala como posibilidad el agotamiento de Ucrania. En su caso, la causa por la que ese medio occidental considera posible un colapso militar de Ucrania es la dificultad de movilización para cubrir las bajas causadas en el frente. La voluntad occidental de no preguntarse en ningún momento cuáles son las bajas reales de Ucrania evita el alarmismo y permite seguir insistiendo, como hace esta semana un estudio al que da voz The New York Times y que solo se centra en el caso ruso, en que las bajas de Moscú duplican a las de Kiev. Sigue leyendo
“No permitir que el agresor ruso eluda su responsabilidad, exigirle cuentas, incluida la indemnización por los daños causados a Ucrania, a nuestros ciudadanos y a las personas jurídicas, es un componente inseparable y obligatorio de la paz futura”, ha afirmado en su última entrevista concedida a un medio ucraniano, Evropeiska Pravda, el ministro de Asuntos Exteriores de Ucrania Andriy SIbiha. Sus palabras son una indicación clara de las aspiraciones de Ucrania y de sus aliados europeos en uno de los tres temas que van a determinar si habrá o no de acuerdo entre Moscú y Kiev. La guerra se juega en las cuestiones de la seguridad, territorios y reparaciones de guerra. Desde hace prácticamente un año, se sabe que Rusia está dispuesta a poner sobre la mesa sus activos retenidos en los países occidentales desde 2022 a causa de la invasión de Ucrania, una admisión de facto tanto de culpa como de responsabilidad por una reconstrucción que, debido a los daños producidos, será multimillonaria y llevará años. Sin embargo, las exigencias maximalistas han sido siempre parte del discurso de Ucrania, convencida de que el apoyo occidental hace posible imponer a Rusia unas condiciones de capitulación que no se corresponden con el equilibrio de fuerzas.
Aunque sobreestimar sus fuerzas y subestimar las contrarias ha sido un error en el que han caído ambos bandos, ha sido Kiev quien ha calibrado peor sus capacidades y sus exigencias públicas. Cuando preparaba la contraofensiva con la que esperaba romper el frente de Zaporozhie y poner contra las cuerdas a Rusia para negociar en posición de superioridad absoluta, Ucrania presentó unas exigencias de capitulación que meses después iban a sonar totalmente fuera de lugar. Actualmente, se repite la situación con la exigencia de reparaciones de guerra, una demanda que Ucrania plantea a sabiendas de que no obtendrá, principalmente porque Kiev no desea utilizar esos fondos rusos para la reconstrucción sino para la militarización, y espera obtener ambos, tanto los casi 300.000 millones de dólares retenidos como una cantidad que formalmente se presente como reparaciones de guerra. En la exigencia hay una parte de humillación a Rusia, de quien se espera que oficialmente acepte cargar con toda la culpa de la guerra a pesar de que la invasión de 2022 habría sido inconcebible sin la guerra de Donbass iniciada por el Gobierno de Turchinov-Yatseniuk en 2014, y también el anuncio de que las reclamaciones no se detendrán en el momento en el que haya un acuerdo de alto el fuego. Sigue leyendo
Aunque sin grandes filtraciones, van conociéndose poco a poco algunos detalles sobre la primera reunión en la que, con la mediación de Estados Unidos, Rusia y Ucrania negociaron directamente algunos de los aspectos esenciales de la guerra. Como era de esperar, la imagen más exageradamente optimista se ha publicado en Axios. “Tanto Putin como Zelensky acordaron enviar a sus negociadores. Esto demuestra que creen que se está avanzando”, afirma un oficial estadounidense citado por Barak Ravid, cuyo artículo cita a un segundo representante con una postura aún más positiva. “En la última hora de la reunión que Kushner y Witkoff mantuvieron con Putin, el presidente ruso dijo que quiere ver una solución diplomática a esta guerra. Envió una delegación bastante importante a Abu Dabi”, insiste. Ninguno de esos comentarios es representativo de nada, como muestran los siete años de reuniones periódicas entre las partes enfrentadas en la guerra de Donbass, que cordialmente acordaban seguir negociando mientras dejaban pasar el tiempo. En esta ocasión, la buena voluntad mostrada por ambos países, que no han emitido una sola queja sobre la reunión o la actitud de la otra parte esta semana, se debe fundamentalmente a la certeza de que una actitud constructiva es el camino para conseguir una mejor relación con Donald Trump, de cuyo cambiante estado de ánimo dependen las exigencias que hará a cada una de las dos capitales. Sin posibilidad de negociar de forma directa, autónoma y sin las interferencias externas que minaron el proceso de Estambul, Rusia y Ucrania se han condenado a tener que seguir los pasos marcados por Estados Unidos.
Gestionado directamente por Donald Trump con Volodymyr Zelensky por un lado y Steve Witkoff y Vladimir Putin por otro, y anunciado de la noche a la mañana, sin dar tiempo a actores externos para impedir o condicionar su celebración, el encuentro contó con la ausencia deliberada de los países europeos, signo de que Washington sigue considerando a los aliados continentales de Ucrania un lastre a la hora de llegar a un acuerdo. Sin ninguna decisión concreta, ni grandes anuncios, tampoco se ha producido la reacción nerviosa que ha llegado de Bruselas en ocasiones anteriores en las que la UE ha considerado cerca un acuerdo que no era de su gusto. Recién cerrado –al menos de momento- el conflicto interno dentro del bloque atlantista a raíz de las aspiraciones estadounidenses de adquirir Groenlandia, los países europeos ni siquiera han tratado esta vez de alzar la voz, advertir de lo inútil de dialogar con Vladimir Putin o de advertir de la trampa que siempre ven en la aceptación rusa de acudir a una mesa de negociación cuando se le ofrece una. Sigue leyendo
“Hemos hablado con el equipo estadounidense sobre la vía económica, en concreto, la reconstrucción. Quiero agradecer al secretario Bessent, a Jared Kushner y a Larry Fink, de BlackRock, por su enfoque constructivo. Un principio importante que todos compartimos es que, para que la reconstrucción sea de alta calidad y el crecimiento económico tras esta guerra sea real, las garantías de seguridad genuinas deben ser la base. Cuando hay seguridad, todo lo demás es posible”, afirmó Volodymyyr Zelensky en su videomensaje diario a la nación el 10 de diciembre. Si a ello se le añade un comentario realizado la última semana de 2025 en una entrevista concedida a Fox News, en la que el presidente ucraniano afirmaba que Rusia podía olvidarse de su “oferta” de apoyar la reconstrucción de Ucrania vendiéndole “energía barata”, se puede obtener la lógica de gran parte del planteamiento de Kiev para la recuperación económica del país en caso de alto el fuego.
Las palabras de Zelensky indican la prioridad de lograr un acuerdo con Estados Unidos para obtener garantías de seguridad de Washington. Pese a las dudas sobre la fiabilidad de Estados Unidos como socio teniendo en cuenta que hace apenas unos días amenazaba la integridad territorial de uno de sus aliados, Ucrania no concibe el compromiso de seguridad que espera de sus aliados sin la participación directa de Estados Unidos. Ese acuerdo, y no uno con Rusia, es la base sobre la que Kiev quiere construir su futuro como país integrado política y militarmente –sea de facto o de iure con la adhesión a la OTAN- en la familia europea. Ayer, el presidente ucraniano afirmó que el acuerdo entre Estados Unidos y Ucrania está listo “al 100%”, a la espera únicamente de que Washington elija una fecha y un lugar para su firma. La pataleta de Zelensky, con su anuncio de ignorar el Foro de Davos debido a que no iba a producirse la ratificación de ningún acuerdo, indica que Ucrania espera una gran ceremonia con la que presentar a su población un tratado con el que argumentar que el futuro del país está garantizado y marcar un antes y un después en la historia política, económica y militar de Ucrania. La completa ausencia de prisa por parte de Estados Unidos en la firma de estos acuerdos, tanto las garantías de seguridad como el plan de prosperidad, indica que, al contrario que Ucrania, que espera esos acuerdos como prerrequisito para llegar a un acuerdo con Rusia, para Washington la parte central es lograr un entendimiento con Moscú para resolver la cuestión militar y posteriormente ratificar sus acuerdos de económicos y de seguridad con Bankova y el Kremlin. Sigue leyendo
Los países europeos están “financiando la guerra contra sí mismos”, afirmó la semana pasada en su aparición en el Foro de Davos el siempre sonriente Scott Bessent. Veterano de todo tipo de instituciones financieras y fondos del gran capital, entre ellos el de George Soros, considerado por el trumpismo el peor de los enemigos, el secretario del Tesoro de Estados Unidos no duda en usar su calmado tono para aleccionar tanto a aliados como a enemigos. Estados Unidos llegaba a Davos para mirar por encima del hombro al resto del mundo, orgulloso de su actuación en Venezuela, con su operación de secuestro del presidente Maduro, de la facilidad con la que había causado el desconcierto en los países europeos con la cuestión de Groenlandia y de la impunidad con la que sus fuerzas y cuerpos de seguridad imponen su ley en la frontera y en el resto de su territorio. Con la misma facilidad con la que oficiales como Kristi Noem o Stephen Miller califican de terroristas domésticos a las miles de personas que se manifiestan estos días contra las redadas de ICE en Minnesota, el equipo de política exterior de Trump ofende a los aliados despreciando su participación en guerras comunes o mofándose de no saber gestionar la actual.
Estados Unidos cuenta con una ventaja clara, la que le han dado los países europeos que, para garantizar mantener el apoyo logístico de Washington, no han dudado en dar a Donald Trump todo aquello que pedía. La lista es larga y no incluye únicamente aspectos materiales. Los países europeos se vieron obligados a adoptar el discurso de paz y a abandonar el de victoria cuando Washington impuso, sin necesidad de consensuarlo, el objetivo de lograr el final de la guerra. Para conseguir mantener el interés de Donald Trump en Ucrania, Kiev puso sobre la mesa su riqueza natural y los países europeos comenzaron a decir sí sin matices a prácticamente todo lo que exigía Estados Unidos: un acuerdo comercial en sus términos, compromiso de adquisición de más armas estadounidenses y un sistema en el que Washington obtendría beneficios de la venta del material que los países europeos enviarían a Ucrania. Las muestras de lealtad y vasallaje, que en lo político se han manifestado en forma de ausencia de condena de las flagrantes violaciones estadounidenses del derecho internacional en lugares como Irán o Venezuela, no ha reportado los beneficios esperados. Sigue leyendo
Acostumbrado a ser el centro de atención, Volodynyr Zelensky llegó a Davos consciente de que no iba a producirse ninguna ceremonia de firma de los dos grandes acuerdos que Ucrania y Estados Unidos llevan meses negociando, las garantías de seguridad y el plan económico, bautizado como Plan de Prosperidad. Las prioridades de la semana eran otras –Groenlandia y la presentación de la Junta de Paz de Donald Trump- y Washington no comparte las prisas que Ucrania tiene por firmar esos documentos. En estos cuatro años, Estados Unidos ha conseguido todo lo que esperaba de esta guerra cuyo final está buscando y que le está reportando enormes beneficios. La ruptura continental que ha supuesto la guerra ha creado una barrera que no se eliminará con el alto el fuego. Los países europeos han sustituido la dependencia del gas ruso por el estadounidense, han duplicado el gasto militar y han pasado a adquirir a Estados Unidos las armas que posteriormente envían a Ucrania.
El acuerdo comercial alcanzado por Úrsula von der Leyen en verano y negociado íntegramente según los términos estadounidenses, implica un compromiso de fuertes inversiones europeas en armas y productos energéticos estadounidenses, promesas imposibles que Estados Unidos exigirá que se cumplan. Instalado en los beneficios, Washington ha dejado de tener prisa por conseguir acuerdos parciales que no entrarán en vigor antes de la resolución final.
Para Ucrania, cualquier firma de un acuerdo con Estados Unidos es una señal de apoyo de su aliado más importante, una herramienta que explotar en las negociaciones con Rusia que, tras un año de pasos previos, han comenzado este fin de semana en Abu Dabi y a las que Ucrania habría deseado llegar habiéndose garantizado ya la presencia estadounidense en las garantías de seguridad más allá del alto el fuego y un paquete económico con el que alardear de la prosperidad futura. Sigue leyendo
Ayer, el recién nombrado ministro de Defensa de Ucrania, Miajail Fedorov, anunció la incorporación de Serhiy Sternenko a su equipo como asesor en materia de desarrollo de drones. El nombramiento supone un paso importante tanto para Volodymyr Zelensky, que está incorporando a su Gobierno a todo tipo de figuras vinculadas a la guerra, una estrategia con la que anular posibles rivales, como para Serhiy Sternenko, que vuelve a ampliar su ya variada red de alianzas. Aunque no se pretende profundizar en esta cuestión en esta serie de artículos, conviene realizar una breve mención a otros grupos u organizaciones, algunas de dimensión pública, que participan, al menos en algún momento, en las acciones favorables a Sternenko, tanto durante sus peripecias judiciales como en el frente del combate callejero.
Por un lado, Serhiy Sternenko, Beria recibe, en distintas fases de su proceso judicial, el respaldo de partidos parlamentarios. Destacan, en este sentido, la posición pro-Sternenko de partidos como Holos de Svyatoslav Vakarchuk, Solidaridad Europea de Petro Poroshenko y Batkivshchyna de Yulia Tymoshenko. En el bloque pro-Zelensky, algunos representantes del partido Servidor del Pueblo también muestran por entonces su disposición a apoyarlo. El propio Sternenko no niega que algunos de estos partidos le ofrecieron un escaño en la Verkhovna Rada incluso antes de las elecciones parlamentarias de 2019.
Sin embargo, por encima de todos los grupos y personajes señalados, sobresale el papel de Petro Poroshenko. En la crónica de la BBC sobre la acción de marzo de 2021 en Bankova, Petro Poroshenko es señalado “como el cardenal gris de las protestas actuales”. Las huellas del «interesado» Poroshenko en las paredes de la calle Bankova fueron intuidas, por ejemplo, por el diputado de Avakov, Anton Gerashchenko. Myjailo Podolyak escribía al respecto, por su parte, sobre la «sed revanchista» del expresidente: «La fealdad del sábado fue organizada precisa y exclusivamente por la codicia de Poroshenko«, afirmaba. Sigue leyendo
Resuelta, al menos de momento, la cuestión de Groenlandia gracias a una negociación entre Donald Trump y Mark Rutte –es la OTAN la que negocia y no el país afectado ni, por supuesto, el territorio en cuestión-, que ofreció a Washington aún más control en la isla ártica, ayer fue el día en el que el presidente de Estados Unidos presentó su plan para Oriente Medio y el Consejo de Paz con el que aspira a suplantar a las Naciones Unidas. Pese a que el mandato de ese grupo de personas seleccionadas por Donald Trump para crear una franja de Gaza al servicio de sus intereses, la Carta fundacional de esa “organización internacional” no menciona el territorio en ningún momento, posiblemente porque su ambición no es de implantación regional, sino global. La idea de un Consejo de Paz presidido por Donald Trump aparece en el plan de 28 puntos negociado por Steve Witkoff y Kiril Dmitriev y en el de 20 puntos propuesto por Zelensky como base de la resolución de la guerra rusoucraniana, que ayer recuperó parte del protagonismo perdido.
En su discurso de presentación del Consejo de Paz, en el que insistió nuevamente en la falsedad de haber resuelto 8 guerras –entre las que incluye la guerra Israel-Irán, que Estados Unidos y su proxy regional causaron-, Donald Trump anunció estar a punto de lograr la novena resolución, signo de un nuevo empuje diplomático en las negociaciones con Kiev y Moscú. Como Steve Witkoff, que insiste en que la negociación se reduce a un único problema “salvable”, el presidente de Estados Unidos mostró su optimismo a la hora de lograr la resolución de la guerra que “iba a ser la más sencilla”. Sin embargo, en su encuentro de ayer con Zelensky, que como se anunció el día anterior viajó finalmente a Davos al haber conseguido el compromiso de una imagen con Trump, no se produjo ninguna firma. Ni las garantías de seguridad ni el llamado Plan de Prosperidad están aún listos para la firma de los dos presidentes, signo de que ni siquiera la negociación bilateral Estados Unidos-Ucrania está tan cerca de estar lista como se había dado a entender. Menos aún se sabe de la otra parte de la negociación, lo respectivo a las conversaciones Estados Unidos-Rusia, que se preodujeron a altas horas de la noche tras la llegada a Moscú del enviado de Trump para Rusia Steve Witkoff y Jared Kushner –el yerno y confidente del presidente, sin ningún puesto oficial- para reunirse a lo largo del día con Vladimir Putin. A juzgar por las palabras de Yuri Ushakov, que insistió en que no habrá «paz duradera» si no se resuelve la cuestión territorial, sigue sin haber entendimiento en esta cuestión clave. Sigue leyendo
La llegada de Donald Trump a Suiza fue ayer la noticia del día en el Foro de Davos. Tras el comentado discurso del primer ministro canadiense Mark Carney, que calificó de “parcialmente falso” el orden internacional basado en reglas que los países occidentales han defendido a capa y espada hasta que la coacción y las amenazas se han dirigido a ellos, el presidente de Estados Unidos era la persona más esperada. En su rueda de prensa, Trump insistió en haber logrado la paz en ocho guerras, fue incapaz de pronunciar correctamente la palabra Azerbaiyán, criticó a los países europeos por desviarse del camino y exigió el inicio de las conversaciones para adquirir su última obsesión, Groenlandia, que en una ocasión confundió con Islandia. La pugna interna en el bloque atlántico ha hecho tremendamente extraña esta cumbre de Davos y ha deslucido incluso el principal anuncio de Trump, el Consejo de Paz con el que aspira a sustituir a Naciones Unidas y que parece querer presidir más allá de la finalización de su mandato como presidente de Estados Unidos. Tras el anuncio de Francia, ayer Alemania rechazó también su presencia en ese organismo, algo que habría sido mucho más difícil antes de que Washington comenzara a amenazar agresivamente a sus aliados hasta lograr lo que quería, un cheque en blanco. Por la noche, Trump anunció en su red social personal un acuerdo marco con la OTAN para el uso de Groenlandia y futuras conversaciones para la instalación de su Golden Dome, el sueño dorado de un escudo antimisiles infalible. Ese principio de acuerdo entre Trump y Rutte aleja, al menos temporalmente, la imposición de aranceles contra los países europeos, pero ante la indefinición de los términos, el hecho de que lo haya negociado la OTAN y no los propios países implicados y la incertidumbre de si será suficiente para Donald Trump, no resuelve la disputa.
La compleja coyuntura actual ha hecho también que Ucrania pase a un segundo o tercer plano en el Foro de Davos, un encuentro que Zelensky acostumbra a utilizar para colocar su discurso en la prensa internacional y mantener reuniones con representantes de las grandes empresas mundiales con la intención de lograr presencia del gran capital occidental en la Ucrania del futuro. Aunque lejos de Davos, el Gobierno de Kiev ha querido utilizar esta semana para reafirmar esas aspiraciones. Nombrado para introducir las tecnologías más modernas en el sector militar, el nuevo ministro de Defensa de Ucrania, Mijailo Fedorov, conocido por su gamificación de la guerra, anunció ayer la intención de lograr un acuerdo con Palantir, una de las grandes empresas dedicadas a todo tipo de cuestiones vinculadas a la gestión de datos, vigilancia y otros aspectos que se ubican en zonas aún más grises. “Fedorov dijo que el Ministerio de Defensa ucraniano colaboraría con la empresa tecnológica Palantir para poner en marcha una «data room […] basada en datos reales de guerra» para que los aliados de Ucrania entrenaran su IA y ayudaran a interceptar los drones enemigos y proteger el espacio aéreo ucraniano”, explicaba ayer Financial Times, que citaba al ministro afirmando que “los socios quieren nuestros datos. Crearemos un sistema en el que puedan entrenar sus productos de software utilizando nuestros datos”. Sigue leyendo
Como ya habían anticipado medios como Financial Times, ayer Volodymyr Zelensky confirmó la cancelación, al menos de momento, de su vista anual al Foro de Davos, una ausencia relevante que muestra cómo ha cambiado la coyuntura internacional este último año y la posición complicada en la que queda Ucrania en el contexto de pugna interna dentro del bloque occidental. Ucrania fue protagonista de los primeros meses del año pasado, cuando Pete Hegseth dio a los aliados europeos de la OTAN la desagradable noticia de que no era realista aspirar a recuperar la integridad territorial de Ucrania -la victoria por la que Kiev y sus socios continentales decían estar luchando- como parte de un acuerdo de paz. Desde entonces, Zelensky, de la mano de von der Leyen, Starmer, Macron o Merz ha luchado por mantener el interés de Donald Trump en una guerra que no le gusta, pero para la que las armas e inteligencia estadounidenses son indispensables. Sin embargo, la situación ha cambiado notablemente y el lugar de Ucrania en los titulares ha sido ocupado por el aumento de otros conflictos políticos internacionales, entre los que destacan las ambiciones expansionistas de Donald Trump y su voluntad de amenazar tanto a aliados como a enemigos en su búsqueda de más territorio, más control del comercio global de materias primas y bienes clave y, sobre todo, más poder.
La cuestión de Groenlandia, que rápidamente eclipsó la cuestión de Venezuela, se ha convertido en el eje que actualmente vertebra el discurso relativo a las relaciones entre los países europeos y Estados Unidos. A ello hay que añadir la presentación del “Consejo de Paz” con el que Donald Trump parece querer suplantar el sistema multilateral de Naciones Unidas por otro hecho a su medida y en el que tiene capacidad de veto. Su presentación el jueves pretende eclipsar todos los actos previos y posteriores de un foro que se ha convertido en un debate sobre las relaciones entre Estados Unidos y el resto del mundo, sin dejar excesivo espacio para temas como la guerra de Ucrania, escenario secundario de la lucha de grandes potencias. Sigue leyendo
“Este acuerdo será legalmente vinculante. Su aplicación será supervisada y garantizada por el Consejo de Paz, presidido por el presidente Donald J. Trump. Se impondrán sanciones en caso de incumplimiento”, afirmaba el penúltimo punto del plan de 28 puntos negociado por Steve Witkoff y Kiril Dmitriev filtrado a finales de noviembre y que se ha convertido en la base sobre la que se está negociando actualmente la resolución a la guerra rusoucraniana. Aunque gran parte de los puntos de ese plan inicial han sido eliminados o modificados, el penúltimo de los 20 puntos presentados por Zelensky como la revisión ucraniana del plan sigue siendo la presidencia de Donald Trump en ese Consejo de Paz encargado de monitorizar la paz y castigar las infracciones. Como siempre quedó claro, el modelo de ese Consejo es el plan presentado por Steve Witkoff para el alto el fuego en Gaza, territorio cuyo Gobierno quedaría en manos de un consejo ejecutivo que supervisaría una administración tecnocrática aprobada por los poderes mundiales, un planteamiento colonial que se ha confirmado de forma definitiva en el momento en el que se ha comprobado que no hay una sola persona palestina como representante en ese cuerpo más similar a un virreinato colonial que a un intento de lograr la paz.
Ni Rusia ni Ucrania se encuentran en una situación equiparable a la de Hamas, una milicia que se ha enfrentado a una potencia nuclear con total control de los cielos en una lucha tan desigual que durante una larga fase Israel luchaba únicamente contra edificios y población desarmada sin que sufriera siquiera la respuesta de los cohetes de las facciones palestinas. Las diferencias entre la situación en Gaza y en Ucrania son notorias, por lo que llama la atención la voluntad de Estados Unidos de utilizar esa misma idea e imponerla a dos Estados internacionalmente reconocidos y que a priori no deberían prestarse a dejar en manos de un actor externo sus asuntos internos. Hace tiempo que Estados Unidos dejó de ser la única superpotencia y el momento unipolar quedó en el pasado. Sin embargo, en esta nueva era de la paz por medio de la coerción económica y la amenaza de uso de la fuerza, nadie quiere ofender a Donald Trump y ofrecerle aviones de lujo, medallas del Nobel de la Paz, otorgarle premios o proponerle como virrey de los diferentes conflictos mundiales se ha convertido en la norma. Sigue leyendo
Perdido en la vorágine en la que se han convertido las relaciones internacionales y su discurso mediático ha quedado esta semana el intento de Francia de destacar la importancia de la colaboración dentro del bloque atlantista en busca de los objetivos comunes. “Sé que es muy pronto para ti”, se disculpa Emmanuel Macron, de pie, exultante de felicidad, en una sala llena de hombres trajeados mientras saluda a Donald Trump, hablando al manos libres de su teléfono móvil. “Estoy con Starmer, Merz y Zelensky”, continúa el presidente francés, “Zelensky ha aceptado tu propuesta de alto el fuego incondicional”. Era el 10 de mayo, al día siguiente de la celebración en Moscú del Día del a Victoria, desfile al que Vladimir Putin había acudido junto al presidente chino Xi Jinping en un gesto que, sin duda, quería desmentir de la forma más gráfica posible el aislamiento internacional de Rusia que los países europeos llevaban tres años proclamando. A apenas unos centenares de kilómetros, Zelensky realizó un ejercicio similar, en este caso acompañado de los jefes de Estado o de Gobierno de las potencias europeas, que aprovecharon el viaje para presentar un ultimátum de 48 horas a Rusia, a quien se exigía la aceptación incondicional de un alto el fuego impuesto por los países occidentales, prerrequisito para un futuro proceso de negociación que no esbozaban, pero en el que tendrían el control.
Lo que se jugaba entonces era qué tipo de proceso diplomático iba a imponerse: la idea europea de valorar las intenciones rusas a partir de un alto el fuego y una negociación futura o el inicio del diálogo en busca de un resolución y alto el fuego final. En términos políticos, el principal objetivo de las tres partes en liza –Rusia, Ucrania y los países europeos- era conseguir el beneplácito de Donald Trump, cuya opinión era la más determinante para todos ellos. En la parte colectiva de la llamada de Macron, con el teléfono en la mesa mostrado el nombre del receptor, Donald Trump, todos los participantes insisten en la necesidad de continuar presionando a Rusia. Eran los tiempos en los que, con la estrategia de incentivos y amenazas del plan Kellogg-Fleitz, la parte considerada un obstáculo para la paz podía recibir el castigo estadounidense. Esa era, al menos, la esperanza de Volodymyr Zelenksy al solicitar a su homólogo estadounidense más sanciones contra Rusia en caso de que Vladimir Putin no aceptara el alto el fuego que se le intentaba imponer. La respuesta de Rusia fue similar a la europea, apelar a Donald Trump a base de un gesto, convocar una primera reunión del formato Estambul para retomar las negociaciones abandonadas en 2022 y que incluso académicos o think-tankers estadounidenses como Samuel Charap o Sergey Radchenko consideraron una base sobre la que retomar la diplomacia interrumpida en busca de un acuerdo. Sigue leyendo
Ayer, el recién nombrado jefe de la Oficina del Presidente de Ucrania, Kirilo Budanov, anunció su llegada a Estados Unidos para negociar la “paz justa” con Steve WItkoff, Jared Kushner y Dan Driscoll. Los nombres de esa delegación indican el desinterés de Marco Rubio, el oficial con el que la diplomacia europea admite preferir reunirse, y la importancia de dos aspectos clave, el económico, representado por Kushner, y el militar, con Driscoll en representación del Pentágono. El encuentro de este fin de semana con Ucrania inicia una nueva ronda de conversaciones por parte de WItkoff y el yerno de Donald Trump, cuya visita se espera en Moscú próximamente. SI Estados Unidos aspira a que las conversaciones se conviertan en algo más que una lista de términos acordados por Kiev y Washington pero que no pueden ponerse en práctica porque no se ha incluido en la negociación a la otra parte de la guerra, el formato tendrá que cambiar para pasar a tratar los temas en disputa en términos que puedan resultar creíbles y que hagan posible conciliar las exigencias de las partes.
Mientras tanto, Rusia, Ucrania y Estados Unidos continuarán concretando acuerdos bilaterales incompatibles entre ellos y dando tiempo a la guerra para seguir causando destrucción masiva. “Rusia está intentando asestar el golpe de gracia en la guerra de Ucrania. Lo nuevo en este informe no es sólo que los misiles rusos estén apuntando a la capacidad generadora sino que también estén impactando subestaciones. El objetivo es destruir la red eléctrica de modo que, incluso si las centrales nucleares siguen funcionando, no puedan suministrar energía a las aldeas. Zelensky ya declaró el estado de emergencia energética y el gobierno está organizando comidas calientes para los residentes en las ciudades. La situación ahora es crítica y la gente no podrá resistir mucho tiempo en estas condiciones porque ha llegado el pleno invierno. Para que conste, la OTAN hizo exactamente lo mismo en la guerra de Yugoslavia, bombardeando el 80% de las centrales eléctricas de Serbia. Rusia aprendió esto de nosotros”, escribió ayer Ben Aris, un periodista con amplia experiencia en Rusia. Sigue leyendo
La publicación de la Estrategia de Seguridad de Estados Unidos, el superficial análisis que se ha hecho de su planteamiento, la invocación de la Doctrina Monroe para justificar el dominio estadounidense sobre toda América y el enfrentamiento con los aliados europeos por Groenlandia han provocado una oleada de artículos que argumentan que, en su repliegue continental Donald Trump pretende crear un mundo repartido entre grandes potencias. En ese supuesto retorno al mundo de ayer antes de 1914, cuando los imperios se enfrentaron entre ellos en la enésima reconfiguración de las relaciones de poder entre centros y periferias, el planeta quedaría dividido en esferas de influencia. Como ha quedado constatado en los innumerables titulares en los que la única crítica a la agresión contra Venezuela y el secuestro de Nicolás Maduro y Cilia Flores es que da vía libre a Vladimir Putin y Xi Jinping en sus respectivas regiones, el temor europeo es que el aislacionismo de Trump deje Asia-Pacífico en manos de China y Europa en las de la Federación Rusa.
Aunque el repliegue continental como base de la proyección del poder estadounidense es real y se manifiesta de forma explícita en la Estrategia de Seguridad Nacional, esta nueva situación no implica aislacionismo sino una nueva forma de un intervencionismo que ha bombardeado siete países en el último año y que pretende utilizar América -todo el continente, incluida Groenlandia- como la profundidad estratégica desde la que defenderse de peligros inexistentes y atacar para mantener su hegemonía. Las amenazas de Donald Trump a los aliados europeos y sus últimas palabras contra Zelensky han reafirmado la sensación de Bruselas, París, Berlín o Londres de que Donald Trump busca un acercamiento a Rusia y China que les reste todo su poder blando y los aparte de cualquier posibilidad de estar cerca de la toma de decisiones a nivel geopolítico. Sigue leyendo
“Fue Rusia quien rechazó el plan de paz preparado por Estados Unidos, no Zelensky. La única respuesta rusa fueron nuevos ataques con misiles contra ciudades ucranianas. Por eso, la única solución es aumentar la presión sobre Rusia. Y todos lo sabéis”, escribió ayer el primer ministro de Polonia Donald Tusk, que hace unos días apelaba a los tres mosqueteros para proclamar un “uno para todos y todos para uno” en busca de unidad en el bloque atlantista. El comentario de ayer de Donald Tusk respondía a una “exclusiva” publicada por Reuters en la que la persona más importante del proceso de negociación, Donald Trump, volvía a realizar unas declaraciones que no han sido del gusto de los aliados europeos. “Trump dice que Zelensky, no Putin, está retrasando un acuerdo de paz en Ucrania”, titulaba la agencia en una breve nota en la que afirmaba que “en una entrevista exclusiva en el Despacho Oval el miércoles, Trump dijo que el presidente ruso Vladimir Putin está dispuesto a poner fin a su invasión de Ucrania, que dura ya casi cuatro años. Zelensky, según el presidente estadounidense, se ha mostrado más reticente”.
El texto no cita las palabras textuales del presidente de Estados Unidos, que tampoco explica en qué términos ha mostrado Rusia estar dispuesta a “poner fin a su invasión”, teniendo en cuenta que ese no es un término que haya sido utilizado en ningún momento por el Kremlin para describir la guerra. La rápida reacción de aliados como Polonia en defensa de Zelensky responde, al estado de las negociaciones y a la forma en la que se están gestionando. Aunque los contactos con Rusia prosiguen y Kiril Dmitriev se ha reunido con Steve Witkoff en paralelo a los encuentros Estados Unidos-Ucrania, por última vez en París tras el anuncio de principio de acuerdo de las garantías de seguridad para Kiev, la negociación se encuentra aún en la fase bilateral. En este punto, el tema de negociación son las garantías de seguridad que Occidente exige a sus socios, aspecto que quiere tener atado y bien atado para posteriormente tratar de rebajar las demandas de Washington en la cuestión territorial, que debe actuar como zanahoria para que Moscú acate unas condiciones a priori inaceptables en materia de seguridad. Sigue leyendo
Honor no es la única fuerza activa que converge en la movilización a favor de Serhiy Sternenko, Beria, en su acción contra la justicia ucraniana. También participan de las acciones de protesta una serie de organizaciones no gubernamentales, de perfil nacionalista, pero también liberal (en el sentido, habitualmente utilizado en Ucrania, de compromiso con la estrategia euroatlántica de la Unión Europea). Estas fuerzas acusaban por entonces al presidente Zelensky de proteger a “fuerzas prorrusas disfrazadas en Ucrania que buscan venganza”.
En esa movilización de la sociedad civil, en especial tras la sentencia condenatoria del 23 de febrero de 2021, destaca el papel de los activistas favorables a la reforma de la justicia en Ucrania. Un ejemplo significativo de este compromiso militante, nacionalista ucraniano y proliberal europeo, es el papel desempeñado por algunas de las personas que son o fueron responsables de la dirección ejecutiva de la Fundación DEJURE como Maryna Jromyj o Myjailo Zhernakov. Sigue leyendo
Frenético en sus ritmos y con todo tipo de frentes abiertos –la agresión contra Venezuela, las amenazas a Cuba, el anuncio de Trump de que “la ayuda está de camino” para alentar las protestas en Irán, la continuación de los ataques en la guerra rusoucraniana y las dudas europeas sobre qué hacer para evitar un enfrentamiento político interno dentro del bloque de la OTAN por Groenlandia-, los países europeos intentan seguir el curso de los acontecimientos tratando de darse la mayor importancia posible. La Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos los ha degradado a teatro secundario de las relaciones internacionales y ni siquiera la blanda respuesta de las capitales europeas –callando, publicando comunicados insulsos de condenas que no lo eran o simplemente calificando la cuestión de “muy compleja”- ha conseguido sorprender positivamente a Donald Trump. Tras celebrar lo que considera un éxito rotundo y definitivo, el presidente de Estados Unidos ha puesto su mirada en Groenlandia sin pararse a pensar en el potencial conflicto que ello supone con sus teóricos socios europeos, con los que se ha comprometido a gestionar las garantías de seguridad que colectivamente pretenden ofrecer a Ucrania en caso de alto el fuego.
Incapaces de responder a ninguno de los grandes conflictos internacionales aportando ideas, vías de resolución o medidas constructivas, los países europeos se han aferrado a las cuestiones que les son más cómodas, defender las protestas en Irán y amenazar a Teherán con más sanciones y continuar aprovechándose de la coyuntura para exagerar el peligro ruso y dar así una respuesta a la cuestión de Groenlandia y justificar la continuación de su política en relación a la guerra en Europa. Francia y el Reino Unido siguen trabajando para crear ese contingente de 15.000 tropas que enviar a la Ucrania del futuro, en la que un alto el fuego y prudencial distancia del frente protejan a los efectivos europeos de un enfrentamiento con Rusia para el que ninguno de los dos ejércitos está preparado. Sin embargo, ante lo improbable de una aceptación inmediata por parte de Moscú de ese despliegue europeo, el anuncio es, por el momento, un brindis al sol sin ningún compromiso de crear realmente la logística de esa hipotética misión ni de enviar tropas ante el riesgo de un ataque ruso. Sigue leyendo
Estados Unidos no necesita Groenlandia por los recursos naturales, ha insistido esta semana Donald Trump, sino por motivos de seguridad nacional. Exagerando hasta el ridículo la presencia de buques rusos y chinos –cuyas rutas comerciales por el ártico no pasan por Groenlandia-, Trump ha querido remarcar la idea de peligro de infiltración, control o incluso captura de la isla más grande del planeta si Estados Unidos no interviene. Y aunque el presidente de Estados Unidos se ha jactado de su buena relación con Vladimir Putin y Xi Jinping, de los que ha insistido que no espera más ataques contra Ucrania ni una invasión de Taiwán respectivamente, el peligro que supuestamente suponen ambas potencias es útil a la hora de sugerir que la OTAN no es capaz de proteger el territorio e insistir en que Dinamarca ha de vendérselo a Estados Unidos. “No quiero a China y a Rusia de vecinos”, declaró públicamente olvidando que, en el estrecho de Bering, es ya vecino de Rusia. Ese fue precisamente uno de los grandes mensajes de la cumbre de Alaska. Pese a la retórica de Trump, tres aspectos fuertemente interrelacionados –la posición militar estratégica del territorio, su cercanía a las rutas comerciales del futuro en el Ártico y la riqueza natural- son la base por la que Donald Trump se ha interesado por Groenlandia, una idea que, según John Bolton, le fue presentada por Ronald Lauder. Heredero de la fortuna de la marca de cosméticos Estée Lauder, el multimillonario, amigo de Donald Trump desde los tiempos universitarios de ambos, es una figura recurrente tanto en el mundo de los negocios como en el de la política e incluso la diplomacia.
En su información sobre la adjudicación del primer gran contrato de explotación de los recursos naturales ucranianos en el marco del acuerdo de minerales firmado por Scott Bessent y Yulia Svyrydonova el año pasado a un consorcio encabezado Ronald Lauder, The New York Times recuerda que, según John Bolton, fue él quien convenció a Donald Trump de la importancia de Groenlandia. Recién retirado de la junta de Estée Lauder, el multimillonario se dispone a ser el modelo para otras empresas estadounidenses en Ucrania en la explotación del litio, un mineral clave en la producción de baterías. Las materias primas –fundamentalmente las reservas confirmadas tierras raras, uranio y hierro, además de los posibles yacimientos petróleo y gas- fueron los motivos iniciales del interés del trumpismo en Groenlandia, aunque la idea de Lauder no era buscar la propiedad, sino el derecho de explotar el territorio. En otras palabras, hacer en esa región bajo control de Dinamarca lo que su consorcio va a poder hacer en Ucrania. Sigue leyendo
Triunfalismos europeos aparte, la guerra continúa según la dinámica habitual. El reciente ataque combinado ruso, que dejó a un millar de edificios residenciales –es decir, miles de familias- sin calefacción en la parte más dura del invierno no contó solo con los habituales drones y misiles, sino que Rusia utilizo, otra vez sin carga explosiva, su misil más novedoso, el Oreshnik. Se trataba del segundo uso de este tipo de arma en la guerra, tras su uso el año pasado en Dnipropetrovsk, donde el objetivo fue la fábrica en la que, en tiempos soviéticos, se producían los misiles intercontinentales. Aunque la información sigue siendo escasa, se cree que el Oreshnik lanzado la semana pasada tuvo como objetivo una planta de reparación de la aviación, una forma de tratar de ganar la batalla por los cielos de Ucrania.
“En general, parece impresionante, pero los resultados aún no están claros. Me pregunto cuántos Oreshniks se habrán fabricado ya. De esa forma, se podrían haber usado varios misiles», escribió el experto militar ruso Dmitry Stefanovich, que añadió que, además de las repetidas hipótesis sobre el porqué del uso de un Oreshnik en estos momentos, “no se puede descartar que, en este caso particular, se haya demostrado la disposición a utilizar las Fuerzas de Misiles Estratégicos en caso de un intento de ataque de decapitación. Y esto, claramente, no estaba dirigido contra Kiev”. Teniendo en cuenta el momento, apenas unos días después de que Estados Unidos irrumpiera en Venezuela para secuestrar a Nicolás Maduro y Volodymyyr Zelensky sugiriera públicamente a Washington que hiciera lo propio en Rusia, no se puede descartar la intención rusa de lanzar una seria advertencia. Moscú sigue mostrando públicamente una postura constructiva, defiende siempre que puede a Donald Trump como un hombre interesado en la paz, pero también ha de ser consciente de que no hay garantías de que vaya a producirse un acuerdo, por lo que la escalada sigue siendo uno de los escenarios posibles para este año. En esas condiciones, demostrar fuerza militar no solo responde a presionar a Ucrania dejando claro que puede conseguir sus objetivos por la vía de la guerra en caso de que continúe, sino que tiene formas de responder a cualquier intento de seguir los consejos de Zelensky, que ha creado tendencia. Ayer, los medios ucranianos y británicos recogían la respuesta del ministro de Defensa del Gobierno laborista británico a la pregunta de a quién secuestraría. “Elegiría a Putin”, respondió John Healey. Sigue leyendo
Aunque el protagonismo mediático de la negociación para buscar el final de la guerra rusoucraniana se centra generalmente en los aspectos militares, como anunció Zelensky, Ucrania y Estados Unidos negocian también un documento económico, algo no menos importante e igualmente vinculado a la seguridad. Desde 2022, la presencia ecnoómica de los países occidentales ha sido considerada una garantía de que la Unión Europea, el Reino Unido y Estados Unidos no puedan abandonar Ucrania a su suerte una vez logrados sus objetivos, como ocurrió en Afganistán en los años 90, o admitiendo el fracaso, al estilo del abandono del gobierno de Hamid Karzai en 2021. Las reuniones para conseguir inversiones del gran capital, entre ellas las de los principales fondos buitre, han avanzado en paralelo al intento de lograr una vinculación directa de Estados Unidos en la economía de la Ucrania del futuro. La lógica es simple y, como ha demostrado la guerra, no siempre fiable: Rusia no se atreverá a atacar activos económicos de Estados Unidos. La lógica del acuerdo de minerales iba algo más lejos, ya que implica presencia directa en sectores estratégicos que Washington tendría que proteger. Ese es el camino que Ucrania ha seguido, con una negociación de un “plan de prosperidad” que, en realidad, forma parte de las garantías de seguridad. A mayor aspiración de beneficio de Estados Unidos, más certeza para Ucrania de la continuación de la presencia de su aliado sobre el terreno e integración económica y política en el bloque occidental, primer paso hacia la adhesión militar.
Recientemente se ha hablado mucho de los avances realizados por la Coalición de Voluntarios en su negociación para la creacion de hubs militares en Ucrania y otros aspectos de la militarización del país después de la guerra, pero, a juzgar por algunas publicaciones, los progresos son aún más relevantes en el llamado “paquete de prosperidad”, el nombre típicamente traumpista que se ha dado al documento económico que ha de vincular a Ucrania y Estados Unidos en el futuro. “Estados Unidos y Ucrania firmarán un acuerdo de reconstrucción por valor de 800.000 millones de dólares”, titulaba el viernes The Telegraph, que añadía que “Trump y Zelensky concluirán un acuerdo de prosperidad y garantías de seguridad en Davos”. No hay mejor lugar para firmar un acuerdo que pone en manos de las grandes empresas internacionales el futuro económico del país que el Foro de Davos. Sigue leyendo
El jueves, la embajada de Estados Unidos advertía a sus ciudadanos en Ucrania del peligro de un inminente ataque ruso con misiles, mensaje que fue repetido por Zelensky en su videocomunicado diario a la nación. Esta semana extraña, en la que una cumbre de decenas de jefes de Estado y de Gobierno de la Unión Europea y la OTAN para llegar a un acuerdo de seguridad con Ucrania ha pasado totalmente desapercibida a causa de la agresión estadounidense contra Venezuela, ha culminado con el bombardeo del que advertía Washington. “Putin no quiere la paz; la respuesta de Rusia a la diplomacia es más misiles y destrucción. Este patrón letal de importantes ataques rusos recurrentes se repetirá hasta que ayudemos a Ucrania a romperlo”, escribió Kaja Kallas, para quien las reuniones internas del bloque occidental, que explícitamente excluyen a Rusia, son el modelo de diplomacia que Rusia simplemente tiene que aceptar. Esta forma de gestionar un proceso de paz complejo, pero que Estados Unidos ha enrevesado aún más al tratar de compaginar equipos con ideas contradictorias entre sí en el trabajo bilateral con Rusia y Ucrania y mantener abierta la tercera vía de diálogo con los países europeos, implica que no puede haber alto el fuego hasta que se produzca un acuerdo entre las partes en conflicto.
La situación en el frente diplomático continúa en la lucha de trincheras: Rusia exige unas condiciones de seguridad que son contrarias a lo que exige Ucrania y los países europeos ofrecen el exactamente el escenario que trataba de impedir con su intervención militar. Por el momento, las negociaciones siguen transcurriendo en términos absolutamente inaceptables para los países en conflicto. La cuestión territorial perjudica a Ucrania, a quien Trump le exige que renuncie en la práctica a una parte de Donbass –posiblemente como zona desmilitarizada o zona de libre comercio-, demanda que Zelensky lleva meses intentando rechazar y encontrándose con la tozudez de Estados Unidos, consciente de que ha de ofrecer algo a Rusia para conseguir que acepte lo imposible, cruzar todas sus líneas rojas en materia de seguridad. La presencia de países de la OTAN en sus fronteras es algo que no podrá justificar a su población presentando como éxito las ganancias territoriales en el sur de Ucrania y Donbass, especialmente si no se produce un levantamiento de sanciones. Sigue leyendo
“Que Estados Unidos le haga a Kadirov lo mismo que le hizo a Maduro. Quizás entonces Putin lo verá y reflexionará sobre ello”, afirmó ayer Volodymyr Zelensky, apelando una vez más a que Estados Unidos aplique la táctica del secuestro contra una de las principales potencias nucleares del mundo. Los casi cuatro años en los que Ucrania ha ido consiguiendo poco a poco todo lo que exigía a sus aliados, el despliegue del pasado sábado contra uno de los pocos aliados de Rusia en América y la captura -un robo a mano armada en alta mar- del petrolero Marinera, que pese navegaba bajo bandera rusa, han envalentonado aún más al presidente ucraniano, de por sí proclive a sobredimensionar su fuerza. Zelensky padece también la tendencia de dar por hechas victorias que aún no se han consumado, una estrategia que busca presionar por igual a sus oponentes y aliados, algo que comparte con su homólogo estadounidense. Donald Trump, la persona más importante ahora mismo para Kiev, ya que de su opinión dependen tanto la estructura de seguridad de Ucrania como las posibilidades de conseguir un acuerdo de paz, sigue siendo el principal receptor de los mensajes de Zelensky, que ayer insistió nuevamente en que el acuerdo de garantías de seguridad está “terminado en la práctica a falta de una reunión” con el presidente de Estados Unidos.
Quizá para contrarrestar la ausencia de entusiasmo mediático tras la reunión de la Coalición de Voluntarios, con la participación de Steve Witkoff y Jared Kushner, el flamante jefe de la Oficina del Presidente recordó ayer que no todo lo acordado puede hacerse público, dando a entender un progreso aún mayor en busca de una arquitectura de seguridad que satisface a Ucrania. El motivo de ese júbilo ucraniano es la firma tras la reunión de París de una declaración de intenciones de sus aliados europeos -pero no de Estados Unidos- para ofrecer garantías de seguridad a Ucrania tras el alto el fuego. Calificada de histórica, la cumbre, en la que participaron gran parte de los jefes de Estado o de Gobierno de la Unión Europea, además de los primeros ministros del Reino Unido y Canadá, culminó con una ceremonia tan solemne como la ratificación de un acuerdo que aún no está terminado y que depende de una negociación externa entre dos hombres cuya relación personal no siempre ha permitido un diálogo fructífero. Sigue leyendo
A punto de alcanzar la veintena de paquetes de sanciones desde el 24 de febrero de 2022, la insistencia en las malas condiciones de la economía rusa, siempre al borde de la recesión -ocultando los países europeos que también lo están- o del colapso, sigue siendo una parte fundamental del discurso occidental. Para la UE, esa herramienta económica, la esperanza de que, si la guerra se alarga lo suficiente, Rusia no podrá seguir luchando es uno de los argumentos para seguir exigiendo a Estados Unidos unas condiciones de paz para Ucrania que no se corresponden en absoluto con la realidad. En el caso de Washington, que ha realizado este año un intento de aproximación diplomática y económica a Rusia, el argumento es el péndulo que se mueve al eco del humor de Donald Trump. En ocasiones, la Federación Rusa es un aliado demasiado grande en términos económicos y militares, mientras que, en otras, Rusia es un país que sufre gracias a las sanciones impuestas por Estados Unidos.
Al contrario que los neocon que trabajaron durante años para conseguir su guerra en Irak, Donald Trump no ha tenido ningún problema en admitir que Washington quiere quedarse con el petróleo de Venezuela. Una de las primeras órdenes de Marco Rubio, que aspira ahora a jugar un rol similar al de un virrey colonial, ha sido precisamente prohibir que Venezuela venda su petróleo a oponentes de Estados Unidos. Pese a la descarbonización y aumento del peso de las energías renovables en el mercado energético, el petróleo sigue siendo una materia prima clave de la economía actual y el control de sus flujos da a quien disponga de él una ventaja cualitativa sobre sus competidores. El deseo estadounidense de ejercer ese control en el mercado global no se limita a Venezuela o Irán, sino que se extiende a Rusia. Sigue leyendo
La caída de Andriy Ermak, cesado tras el estallido de un caso de corrupción que afectó directamente al círculo más cercano al presidente de Ucrania, ha resultado ser aún más relevante de lo que aparentó en un principio. El caso no solo se ha llevado por delante al consejero más importante de Volodymyr Zelensky, sino que ha resultado ser el inicio de una transformación mucho más amplia. El caso obligó a uno de los amigos más cercanos de Zelensky a huir del país -una salida permitida y privilegiada, por lo que, al contrario que otros hombres en edad militar, no tuvo que huir del país por los Cárpatos ni jugarse la vida cruzando ríos en los que decenas han perdido la vida- y apartó definitivamente del poder a Ermak, que hasta entonces había resultado intocable. A priori de forma contradictoria, la causa no ha afectado a Rustem Umerov, presidente del Consejo de Defensa y Seguridad Nacional, un puesto que puede equipararse al de asesor de seguridad nacional y en el que no solo se ha mantenido, sino que ha ampliado sus poderes al heredar de Andriy Ermak el rol de encabezar las delegaciones negociadoras con los aliados europeos y estadounidenses.
Desde la caída de Ermak, Zelensky no se ha limitado a sustituir a quien hasta entonces había sido su confidente y asesor ejecutivo más cercano, sino que se ha producido un cambio de rumbo claro acorde a la coyuntura y necesidades actuales. Ayer, Zelensky volvió a reunirse con los jefes de Estado o de Gobierno de los países que integran la Coalición de Voluntarios, dispuestos a enviar un contingente de tropas a la Ucrania posterior a un posible alto el fuego siempre que Estados Unidos aporte una cobertura y garantías de seguridad. Estas reuniones, que se prolongan desde hace meses y en las que no se pueden tomar las decisiones definitivas, son, en realidad, una herramienta de presión a Washington en busca de concesiones en materia de seguridad. Sigue leyendo
La crisis Honor-Azov de 2020Si la separación entre Honor y Azov se fundamenta en el conflicto del grupo de Filimonov con Botsman, la fase de ruptura definitiva coincide en el tiempo con la participación de Honor en las acciones de apoyo a Serhiy Sternenko durante sus imputaciones judiciales de 2020.
En paralelo a la progresiva ruptura con las fuerzas pro-Avakov tras el conflicto de Protasiv Yar, en la primavera de 2020 Honor se presenta ante Azov con una apuesta decidida por Sternenko.
En ese periodo, la situación judicial de Sternenko da un giro como consecuencia del nombramiento de Iryna Venediktova, vilipendiada por ciertos sectores por vínculos con Avakov, como Fiscal General de Ucrania. La nueva fiscal general se muestra dispuesta a relanzar los procesos penales contra el activista y a promover la imputación del activista de Odessa por la muerte de Ivan Kuznetsov. El 4 de mayo, el voluntario nacionalista Roman Sinicyn adelantaba en este sentido que el SBU, junto con la Fiscalía General, estaba preparando un documento de acusación contra Sternenko, calificando la acción contra Kuznetsov de asesinato premeditado. Sigue leyendo
En el peor día posible, con toda la atención política mundial centrada en Caracas, Ucrania celebró el sábado una reunión que llevaba días preparando y que esperaba que fuera un gran acto de relaciones públicas. Días antes, Volodymyr Zelensky había presentado el importante acuerdo para celebrar dicha cumbre de asesores de seguridad nacional de los países de la Coalición de Voluntarios en Ucrania. Se mantenía entonces la falsa esperanza de que Steve Witkoff y Jared Kushner, ninguno de ellos asesor de seguridad nacional de Trump, acudieran de forma presencial a una reunión en la que nunca iban a implicarse en exceso. Estados Unidos tiene claro cuáles son los formatos en los que se toman decisiones y la Coalición de Voluntarios no es uno de ellos. Sin atención mediática, la reunión quedó reducida al insulso comunicado de Kirilo Budanov, el primero de su nueva etapa de político respetable.
“Por encargo del presidente de Ucrania, se celebró una importante reunión con los asesores de seguridad nacional de los países socios de Ucrania, miembros de la Coalición de Voluntarios, que habían llegado a Kiev”, explicaba Budanov con un mensaje que hasta la semana pasada habría correspondido a Rustem Umerov. Como indicaba la semana pasada el periodista opositor ruso Leonid Ragozin, el nombramiento del exlíder de la inteligencia militar y principal patrón de los grupos neonazis y otras gamas de marrón fascista armados y entrenados para matar en el frente y en la retaguardia es un paso más en la consolidación del dominio del Estado “securocrático”, es decir, de la dictadura de las estructuras de seguridad del país, esas de las que forman parte quienes hasta ahora han sido asociados o subordinados de Budanov en el GUR. Sigue leyendo
“Os dije que dejarais de de decir aislacionista”, titulaba ayer TIm Barker, cuyo reciente libro es la crónica de cómo Estados Unidos ha basado su crecimiento económico en una versión muy particular del keynesianismo militar, concretamente en el uso del conflicto militar o la amenaza de guerra, entre ellas la nuclear, para favorecer las inversiones, pero sin ofrecer a la población la parte social que preveía el keynesianismo original. El académico reaccionaba, no solo a la agresión estadounidense de ayer contra Venezuela, sino a la interpretación malintencionada de la Estrategia de Seguridad Nacional de Donald Trump. “La Estrategia de Seguridad Nacional recientemente publicada por la Casa Blanca vuelve a hacer surgir la pregunta de si los americanos se están volviendo aislacionistas”, había escrito, por ejemplo, Karl Rove, una de las personas más cercanas a George W. Bush, el hombre que hizo de la guerra contra el terror el centro de la política y la economía de Estados Unidos.
La base de esa visión del mundo era el nationbuilding, la construcción nacional con la que el mesianismo cristiano evangélico, que aún no se había convertido tan claramente en el nacionalismo cristiano del que hoy hace bandera el trumpismo, iba a expandir los ideales democráticos y la economía capitalista. La construcción nacional era también la idea-fuerza que sustentaba el intervencionismo humanitario, ese que dio lugar a eufemismos como el bombardeo humanitario y que hizo de la guerra eterna, en aquel momento centrada en Oriente Medio, una cuestión bipartidista en la que las disidencias pacifistas eran la excepción en el consenso liberal y conservador. Sigue leyendo
Su muerte siempre resultó extraña, desde el propio anuncio a la forma en la que supuestamente se había producido. Su brigada, el Cuerpo de Voluntarios Rusos, RDK, lo anunció en las redes sociales sin apenas detallas y otorgando a su líder un final heroico, el final del guerrero que destacaba Maksym Zhoryn en su sentido homenaje. Denis Kapustin, White Rex, había caído en el frente a causa del impacto de un dron FPV en algún lugar del frente de Zaporozhie, uno de los dos actualmente activos. Las dudas comenzaron a surgir nada más producirse el anuncio del RDK, acompañado por una foto en blanco y negro de su líder caído. Al igual que otras figuras cuya importancia no es militar, como Andriy Biletsky, Kapustin no se había prodigado especialmente por el frente y su grupo se ha dedicado fundamentalmente a acciones concretas como parte de las fuerzas especiales del Directorio General de la inteligencia militar de Ucrania, es decir, de Kirilo Budanov, y a redadas como la que hizo famoso al grupo en aldeas puramente civiles de la parte rusa de la frontera.
El único detalle que hacía creíble que Kapustin hubiera sido destinado al frente era la muerte de al menos cinco soldados del grupo esa misma semana, algo que ha sido explicado como la consecuencia de la dificultad de Ucrania para reponer sus filas a causa de las bajas y dificultades de reclutamiento. Aunque en la entrevista que concedió a Fox News en su visita a Estados Unidos Zelensky afirmó que, por primera vez en la guerra, Rusia había sufrido pérdidas netas en el año (menor reclutamiento que muertes en el frente), no es Rusia quien está teniendo problemas para sustituir a los soldados muertos, heridos o que han de ser relevados al terminar sus rotaciones. La presencia de grupos como RDK, que en ningún momento ha sido concebido como unidad de infantería, es solo una evidencia más al respecto. Sigue leyendo
“Zelensky afirma en su discurso de Año Nuevo que el acuerdo de paz está listo al 90”, titulaba ayer la BBC en su noticia sobre las palabras del presidente ucraniano, que al contrario que hace una semana, no deseó la muerte a Vladimir Putin. Las palabras de Zelensky en referencia al acuerdo de paz vinieron acompañadas de los habituales matices. En primer lugar, ese 90% lleva semanas estático pese al optimismo mostrado por Kiev y Washington y las maratonianas sesiones de negociaciones que se han producido en Kiev, Moscú, Ginebra y Miami durante los últimos meses. En segundo lugar, en esos “últimos diez metros” mencionados hace un tiempo por Keith Kellogg, es donde se encuentran los aspectos más complicados de la resolución, que son también aquellos que han definido la guerra durante todo este tiempo: el territorio, la seguridad y la reconstrucción, directamente vinculada a la exigencia ucraniana y europea de recibir reparaciones por parte de Rusia.
Como era de esperar teniendo en cuenta que los activos rusos siempre han sido vistos como una forma de financiación de la guerra y no de la paz, ni Kiev ni las capitales europeas han aceptado la idea estadounidense de su uso para la reconstrucción de Ucrania. Inmovilizados hasta que la Unión Europea decida que Rusia no supone un peligro militar, político o económico, los activos rusos han dejado de ser parte de la negociación. En paralelo, y sin necesidad de ganar la guerra, prerrequisito habitual para imponer las condiciones de paz, Ucrania ha aumentado el volumen de sus exigencias de obtener reparaciones por parte de Rusia. “Nos interesa que Rusia nos dé el dinero, y que sea en concepto de reparaciones. Para nosotros, lo importante es recibir el dinero para reconstruir nuestro Estado”, escribió Zelensky después de exigir a sus aliados hacer todo lo posible por eliminar del plan de paz los 100.000 millones de dólares de dinero ruso que la propuesta de Witkoff preveía para la reconstrucción de Ucrania. Sigue leyendo
IntroducciónTras el segundo acuerdo de Minsk, en el periodo de transición marcado por la ilusión de paz previa a la guerra a gran escala, Serhiy Sternenko llega a convertirse en uno de los activistas más conocidos de la Ucrania post-Maidán. Exlíder de la célula de Odessa del grupo ultranacionalista Praviy Sektor entre 2014 y 2017, se consolida a partir de entonces como una de las figuras más mediáticas en la política y en la sociedad civil ucraniana, actuando como bloguero, influencer y recaudador de fondos militares.
Pero Sternenko sigue siendo también ese personaje oscuro a quien es imposible desvincular de su historia próxima al submundo de los negocios sucios y de los grupos mafiosos y violentos. Autor del apuñalamiento mortal a un hombre ya indefenso que, en su agonía, era grabado con la cámara de un portátil por su pareja, Natalia Usatenko, ha sido acusado ante los tribunales de recibir ingresos del narcotráfico (2014), de secuestro, tortura y extorsión de un político local de Odessa (caso Sherbych en 2015), de alteración del orden público en un contexto relacionado con el control de los ingresos del narcotráfico (2017) y del asesinato de un hombre desarmado que además ya había tratado de huir, Ivan Kuznetsov (2018). Y, aunque nunca ha cumplido pena de cárcel, en alguna fase del procedimiento judicial ha sido condenado por alguno de esos cargos. Sigue leyendo
A un mes de que se cumpla el cuarto año de guerra entre Rusia y Ucrania y casi doce desde la victoria de Maidan, que dio lugar a los enfrentamientos que llevaron al conflicto de Donbass, 2025 ha dejado una mezcla de escalada y diplomacia intercaladas entre sí sin que exista aún ninguna certeza sobre qué dirección tomará en estos momentos que parecen decisivos. En unos días se cumplirán doce meses desde la toma de posesión de Donald Trump, que llegó al poder con la confianza de quien sobreestima su poder, su capacidad de controlar los acontecimientos y no conoce que la diplomacia es diferente cuando no se puede permitir usar la fuerza masiva contra su oponente.
El cambio que se ha producido en Estados Unidos ha marcado el año, ya que todas las partes han tenido que acomodarse a la retórica de paz del hombre que ha bombardeado al menos cinco países -Irán, Siria, Yemen, Somalia y Nigeria- además de las aguas internacionales del Caribe y el Pacífico. El final de la era Biden presagiaba un cambio fuera quien fuera la persona que alcanzara el poder en Estados Unidos, ya que se agotaban las posibilidades de Washington de continuar ofreciendo asistencia militar y económica eterna a Ucrania y no se esperaba de Kamala Harris el compromiso personal a favor de Ucrania que Biden mostró en su etapa de presidente y vicepresidente. El giro retórico hacia la paz se inició antes de la victoria de Trump, cuando su retorno parecía una posibilidad cada vez menos remota. Zelensky publicó su Plan de Victoria, una lista de actuaciones que sus aliados debían cumplir para obligar a Rusia a la paz, una paz entendida como la victoria de Ucrania, pero que permitía al presidente ucraniano una apertura para modelar su discurso ante las exigencias pacifistas de Donald Trump. Sigue leyendo
La tan esperada reunión Trump-Zelensky en la villa del presidente estadounidense en Florida comenzó horas antes de la convocatoria oficial, la una del mediodía, cuando los dos dirigentes se encontraron en Mar-a-lago ante la prensa internacional. Como ocurriera hace unos meses, cuando Zelensky esperaba ratificar públicamente el acuerdo de entrega de Tomahawks estadounidenses a Ucrania, Donald Trump inició el día con una conversación con Vladimir Putin. En aquella ocasión, es posible que los argumentos del presidente ruso fueran un factor para el cambio de opinión de Trump, que rechazó finalmente enviar a Ucrania los deseados misiles norteamericanos con los que atacar con más potencia la retaguardia rusa.
“Acabo de mantener una conversación telefónica buena y muy productiva con el presidente Putin de Rusia”, anunció Donald Trump en un post en su red social personal sin dar más datos que la hora de inicio de la reunión con Zelensky. Sin embargo, el hecho de que el mediador político del conflicto, Estados Unidos, buscara hablar con los dos presidentes el día en el que Ucrania buscaba cerrar su parte del acuerdo con Washington es, en sí, un dato relevante. Quizá lo sea aún más teniendo en cuenta que, según el asesor de política exterior de Vladimir Putin, Yuri Ushakov, la conversación se produjo a iniciativa de la Casa Blanca. Sigue leyendo
Aunque los conflictos no entienden de fechas señaladas ni cambian cuando lo hacen las estaciones o los años, diciembre es tradicionalmente un mes de valoración de lo ocurrido en los últimos doce meses, planteamiento de objetivos y estrategias y muestra de expectativas alrededor de los principales temas de la agenda. Horas antes de que Voloydymyr Zelensky se reuniera con Donald Trump en su campo de golf de Palm Springs, una entrevista concedida por Sergey Lavrov a la agencia pública TASS puede considerarse la valoración rusa del año en materia de política exterior. Como es natural tanto por la cantidad de recursos que Rusia ha dedicado durante los últimos casi cuatro años, y también por el momento clave en el que se encuentran las negociaciones, Ucrania es una parte importante del discurso de Lavrov que, sin embargo, realiza un repaso relevante al estado de las relaciones internacionales del momento desde el punto de vista de uno de los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas y una de las principales potencias nucleares.
Como casi todo hoy en día, la narrativa rusa parte del intento de conseguir una mejor relación con Estados Unidos, concretamente con su presidente. “Agradecemos los esfuerzos del presidente estadounidense Donald Trump y su equipo por alcanzar una solución pacífica. Nuestro objetivo es seguir colaborando con los negociadores estadounidenses para desarrollar acuerdos sostenibles que eliminen las causas fundamentales del conflicto”, afirma Lavrov. Tras tres años de ausencia de diálogo con Occidente, el proceso de negociación entre Estados Unidos, Ucrania y Rusia ha sido el principal cambio de 2025, que también ha traído un progresivo desequilibrio en la correlación de fuerzas militares a favor de Moscú que finalmente se ha plasmado en las exigencias territoriales rusas de retirada ucraniana de Donbass que Zelensky rechazó nuevamente ayer en su reunión con Trump. Desde el punto de vista ruso, la guerra cuenta con una dinámica clara en la que sus tropas serán capaces de obtener por la vía militar aquello que hasta ahora han exigido por la vía política. “Observamos que el régimen de Zelensky y sus proyectores europeos no están preparados para negociaciones constructivas”, comentó Lavrov en la entrevista para apuntar a la parte que Moscú considera que está saboteando las opciones de acuerdo. “Casi toda Europa, con pocas excepciones, está inyectando dinero y armas al régimen, soñando con el colapso de la economía rusa bajo la presión de las sanciones. Tras el cambio de administración en Estados Unidos, Europa y la Unión Europea se han convertido en el principal obstáculo para la paz. No ocultan sus planes de prepararse para la guerra con Rusia”, añadió para insistir en que Rusia no busca confrontación con los países europeos, pero ofrecería una respuesta “devastadora” ante cualquier ataque. Sigue leyendo
Volodymyr Zelensky viajó ayer a Estados Unidos para reunirse hoy con el presidente Donald Trump en el que se prevé como el encuentro más importante para determinar qué tipo de acuerdo pueden alcanzar Kiev y Washington, pero, sobre todo, si ese entendimiento puede ser compatible con las condiciones que Rusia está dispuesta a aceptar para poner fin a la guerra. “Creo que irá bien con él. Creo que irá bien con Putin”, alegó Donald Trump, aún optimista casi un año después de iniciar una negociación que erróneamente consideró que sería sencilla, rápida y basada únicamente en su buena relación personal con el presidente ruso. Ucrania llega a la reunión con fuertes exigencias y declaraciones de demandas a su enemigo ruso, a quien acusa de no aceptar un acuerdo que ni siquiera está diseñado completamente, y a su aliado, a quien siempre le pide más. Zelensky “no tiene nada hasta que yo lo apruebe”, afirmó Trump mostrando ciertas molestias con la actitud del presidente ucraniano, que esta semana ha publicado su plan dando a entender que se trataba de una propuesta conjunta ya aprobada por la Casa Blanca.
El viaje de Zelensky a Estados Unidos responde a la necesidad de concretar esos últimos puntos en los que la opinión de Bankova y de la Casa Blanca no coincide todavía. Como escribió ayer el presidente ucraniano, el tema de la reunión no se limitará a la cuestión más importante, las garantías de seguridad, sino que incluirá, al menos si Zelensky es capaz de imponer la agenda, las dos líneas rojas que repitió ayer: Donetsk y la central nuclear de Energodar, cuyo control espera obtener en la negociación. Como la central nuclear más grande de Europa, las instalaciones nucleares de Energodar, bajo control ruso desde marzo de 2022, siempre han sido un foco principal para Ucrania, pero su importancia aumenta actualmente teniendo en cuenta el nivel de destrucción que están sufriendo las infraestructuras de producción eléctrica. Ayer mismo, el ataque con misiles y drones rusos en Kiev -donde fueron alcanzados objetivos energéticos, industriales y también un edificio de pisos- y otras ciudades ucranianas, volvió a dejar sin luz ni calefacción a miles de familias en Ucrania en esta guerra energética que Kiev y Moscú luchan prácticamente a diario. Horas antes, Ucrania había utilizado sus Storm Shadows para atacar una refinería de petróleo en el sur de Rusia. Sigue leyendo
Ayer, tras varias semanas en las que se anunciaban avances, las tropas rusas mostraron imágenes de uno de sus soldados retirando la bandera azul y amarilla de Ucrania y cubriendo con la del Primer Batallón de la 106ª Brigada de Defensa Territorial del ejército ruso el principal monumento de la ciudad de Guliaipole. La estatua conmemora a una de las principales figuras históricas, Nestor Majnó, en la que era su ciudad natal y que fue su capital durante la insurrección anarquista que se produjo durante la guerra civil rusa. Ayer, incluso los medios ucranianos admitían que, posiblemente por primera vez, las tropas rusas habían capturado intacto un cuartel general ucraniano. Los medios afines a Kiev achacaban al abandono de los altos mandos el aparente colapso de este sector del frente. Las imágenes eran inequívocas y muestran claramente a las tropas rusas paseando tranquilamente por la plaza central de la destruida ciudad, sin que pudiera detectarse ninguna resistencia por parte de Ucrania.
Presencia no significa automáticamente control y las retiradas no necesariamente implican una derrota definitiva -como muestra la recuperación ucraniana de Kupyansk-, pero el avance ruso es claro y se ha producido de forma muy rápida en un sector en el que durante los tres años anteriores no había sido posible ningún progreso. En ese sentido, la situación es similar a la de Seversk, cuya pérdida ha sido finalmente anunciada por Ucrania, que ha utilizado la excusa del mal tiempo para evitar admitir que sus tropas están siendo superadas por las rusas en el frente clave de estos momentos de la guerra, el de Donbass. Aunque situada en Zaporozhie, la ciudad de Guliaipole puede considerarse parte de frente del oeste de Donetsk, donde las fuerzas rusas han puesto en evidencia las dificultades ucranianas para tapar los agujeros dejados por las pérdidas y las dificultades de movilización, un argumento para quienes defienden la necesidad de buscar un alto el fuego que evite más pérdidas. Sigue leyendo