Donald Trump llegó al poder hace ahora un año con la promesa de poner fin a la guerra de Ucrania, algo que consideraba una misión sencilla que solo él podía conseguir. A lo largo de los doce meses que lleva al mando, el actual presidente ha querido insistir siempre que ha podido en su percepción de que esta guerra jamás habría ocurrido bajo su control. Vladimir Putin, argumenta, vio la debilidad de Joe Biden y decidió iniciar una guerra que Donald Trump no recuerda que procede de 2014. Y aunque se jacta de haber sido el primero en enviar misiles antitanque Javelin a Ucrania, ha olvidado que, pese a intentarlo, no fue capaz de resolver el conflicto de Donbass, sin el que la actual guerra no puede entenderse. Sin conocimiento del conflicto y armado únicamente con su autopercepción de ser el mejor en el arte de hacer tratos, Donald Trump se embarcó en una tarea que sigue insistiendo en que finalizará pronto.
Desde hace varios meses, cada contacto termina con un comunicado optimista en el que se anuncian avances tangibles hacia la resolución. Estados Unidos ha confirmado ya que su documento de garantías de seguridad está listo para su firma una vez que Kiev alcance un acuerdo de paz con Rusia y a juzgar por la actitud de Kiril Dmitriev, principal enviado ruso para las negociaciones con Steve Witkoff, la segunda negociación bilateral parece también relativamente avanzada. Dmitriev, jefe del Fondo Ruso de Inversiones Directas es una figura puramente económica y que no representa al Ministerio de Asuntos Exteriores sino directamente a Vladimir Putin, además de a sí mismo. Su objetivo es claro y pasa por la recuperación de la relación comercial entre Moscú y Washington. Su labor es, de esa forma, mucho más sencilla que la de la delegación que acudirá el miércoles a tratar cuestiones militares, de seguridad y, quizá territoriales con el equipo ucraniano. Esa diferencia explica la tranquilidad con la que Dmitriev publica vídeos haciendo surf en Miami tras sus encuentros con Witkoff o se mofa de la incapacidad de la diplomacia europea, mientras que Yuri Ushakov, asesor de política exterior de Vladimir Putin, o Sergey Lavrov, ministro de Asuntos Exteriores, se preguntan públicamente a qué tipo de acuerdo se refiere Estados Unidos cuando habla de que ya solo queda una única cuestión que pactar, el aspecto territorial. Sigue leyendo
Ayer, con la hostilidad habitual cada vez que Ucrania recuerda a la Unión Soviética, EuromaidanPR, medio de propaganda por excelencia del Estado nacido del cambio irregular de Gobierno de febrero de 2014, tiraba del archivo histórico para explicar por qué las negociaciones para lograr la paz se están prolongando tanto. “Occidente lo llamaba señor no. Andrei Gromiko fue ministro de Asuntos Exteriores soviético durante 28 años y negoció con seis presidentes estadounidenses. Henry Kissinger llego a decir: «Si puedes enfrentarte a Gromiko durante una hora y sobrevivir, entonces puedes empezar a considerarte diplomático»” escribía para añadir que “su método era simple: mantener el ritmo hasta que los oponentes se agoten, exigir lo imposible, culpar al otro lado y usar el tiempo para fortalecer su posición sobre el terreno”. Cualquier proyección de una versión manipulada de la historia es buena para explicar el presente. “Ese mismo manual se está utilizando ahora en Abu Dabi”, alega EuromaidanPR. “La ex diplomática ucraniana Iuliia Osmolovska explica cómo la diplomacia rusa moderna combina las tácticas maratónicas de Gromiko con la guerra psicológica de la KGB, y por qué el análisis coste-beneficio occidental sigue fallando contra los negociadores que valoran el miedo por encima de las ganancias”, sentencia para aferrarse a uno de los argumentos más perezosos que pueden utilizarse, la KGB.
El completo desinterés de los países europeos y del lado Demócrata el establishment estadounidense ha hecho que la maquinaria mediática haya centrado sus argumentos en la idea de que Ucrania mostraba su voluntad de paz, mientras que Rusia ha rechazado cada apertura a la diplomacia que se le ha ofrecido. Ese ha sido el discurso de Kaja Kallas desde que los países europeos tuvieran que abandonar a regañadientes su discurso de victoria en favor de la idea de la paz justa hace ahora un año. “No hablamos con los rusos” ha afirmado recientemente Kaja Kallas, que se escudó en que “los estadounidenses ya están hablando con ellos y dándoles todas las concesiones en nombre de Ucrania”. La cara visible del discurso que afirma que la ausencia de diplomacia es culpa de Rusia admite el desinterés por el más mínimo diálogo continental. Sigue leyendo
“El ejército de Putin está de rodillas”, afirma un artículo publicado esta semana por The Telegraph, uno de los medios más implicados en la causa ucraniana, que ve que “un Putin desesperado se acerca al final”. Su diagnóstico es claro, el esfuerzo militar ruso se encuentra al borde del colapso, por lo que “Ucrania debería negociar desde una posición de fuerza, no bailar como el oso para complacer a Washington”. Completamente apartados del proceso de negociación liderado por Estados Unidos y que recientemente ha comenzado su fase bilateral de contactos directos entre Rusia y Ucrania, los países europeos han perdido el poco protagonismo que Washington había reservado para ellos en el proceso diplomático. Estados Unidos espera que las capitales europeas costeen gran la misión armada que –con ayuda externa de Washington- vigile el futuro alto el fuego y se hagan cargo de las partes menos lucrativas de la reconstrucción, pero, por el momento, prefiere mantener a sus aliados continentales lejos de la mesa de negociaciones.
De esa forma, el trumpismo ha anulado la capacidad europea de condicionar el desarrollo de la diplomacia, una necesidad que se basa en opiniones como la mostrada por el artículo británico y que la administración estadounidense considera una muestra de deseos, no una representación de la realidad. Sin embargo, el sueño de poder poner a Rusia entre la espada y la pared no ha desaparecido en el establishment europeo, que intenta convencerse a sí mismo de que sus planteamientos anteriores al fracaso de la contraofensiva terrestre siguen vigentes y que solo con un esfuerzo más será posible obligar a Moscú a acatar las condiciones de capitulación que Zelensky pretendía imponer con su Fórmula de Paz y Plan de Victoria. Sigue leyendo
“Los ancianos de Kyiv tiemblan tras los ataques rusos a la electricidad y la calefacción. Los voluntarios de la fundación Starenki entregan alimentos y artículos esenciales a los ancianos mientras Rusia intensifica sus ataques contra la infraestructura eléctrica y de calefacción de Ucrania, sumiendo a los residentes de Kiev en la oscuridad y el frío mientras las temperaturas caen hasta 20 grados bajo cero”, afirmaba ayer AFP, mostrando un sufrimiento que no es inédito en la guerra de Ucrania, sino que se ha padecido durante años en las zonas cercanas al frente. Sin embargo, el enfoque es diferente cuando los desastres humanitarios se producen en la capital de un país o en el lado del frente cuya población importa más a los potenciales lectores. “El frío”, recuerda AFP, “es especialmente doloroso para la población anciana”. Aunque se trata de una verdad evidente, es preciso recordar que no siempre se ha tratado como tal.
El reportaje muestra el drama de una pareja de ancianos vestidos con ropa de invierno y la cabeza tapada en un modesto apartamento en el que, sin calefacción y escaso suministro eléctrico, tratan de sobrevivir a la guerra de alguna manera, una imagen que no difiere en exceso de las que han podido verse un invierno tras otro en Donbass desde hace prácticamente doce años. El sufrimiento humano es el mismo a uno y otro lado del frente, pero el tratamiento informativo nunca lo ha sido. En el caso de Donbass, hay que añadir un factor más, el tratamiento que les ha dado el Gobierno de Kiev. Ultraliberal y desinteresado en cumplir una labor de redistribución o protección de la población más vulnerable, el ejecutivo de Petro Poroshenko interrumpió el pago de salarios públicos, pensiones y prestaciones sociales a la población de Donbass. Meses después, el entonces presidente ucraniano oficializó la decisión por decreto. En febrero de 2015, uno de los puntos de la parte política del acuerdo de alto el fuego implicaba la reanudación de las relaciones económicas y comerciales entre Kiev, Donetsk y Lugansk. Contra la letra y el espíritu de ese planteamiento, Ucrania no solo no trabajó para recuperar esos lazos, sino que impuso un bloqueo bancario, comercial y de transporte con el que aspiraba a utilizar el arma económica para conseguir lo que no había conseguido con la militar, obligar a Donbass a rendirse. Sigue leyendo
Territorios, seguridad o alto el fuego son los términos más repetidos estos días por los medios que informan sobre el desarrollo de las negociaciones Rusia-Ucrania. La situación ucraniana sigue siendo dramática y miles de personas tienen que refugiarse en los “puntos calientes” instalados en algunas ciudades para paliar el terrible frío que sufre la parte de la población que ha quedado sin calefacción a causa de los incesantes ataques rusos con drones y misiles. Para paliar esa situación y dar tiempo a la negociación, Donald Trump anunció ayer que había solicitado a Vladimir Putin que Rusia cese en los ataques contra las infraestructuras energéticas ucranianas durante una semana. Según Volodymyr Zelensky, ese alto el fuego parcial comenzó anoche. La semana de tregua energética que Donald Trump afirma que ha conseguido arrancar a Vladimir Putin solo puede mitigar ligeramente el sufrimiento de la población, ya que difícilmente puede dar tiempo a realizar las reparaciones masivas que se requieren. A la destrucción de las infraestructuras energéticas hay que añadir los daños que estos días ha sufrido el puerto de Odessa, una de las principales arterias logísticas del país, con lo que se acumula una parálisis de la economía que mina aún más las dificultades de Ucrania para sostener sus ingresos y poder seguir financiando la guerra.
Como forma más sencilla de proyectar sus problemas sobre su enemigo, Kiev insiste repetidamente en que la economía rusa comienza a estancarse y pone en esa deriva de reducción del elevado crecimiento de los primeros años de la guerra su principal esperanza. El lento descenso económico ruso es también la base sobre la que The Wall Street Journal argumenta el escenario más favorable a Ucrania de los tres que plantea para 2026: todo sigue igual, cansancio de Ucrania y cansancio de Rusia. Curiosamente, pese a las evidentes dificultades, la situación económica no es el motivo por el que el medio señala como posibilidad el agotamiento de Ucrania. En su caso, la causa por la que ese medio occidental considera posible un colapso militar de Ucrania es la dificultad de movilización para cubrir las bajas causadas en el frente. La voluntad occidental de no preguntarse en ningún momento cuáles son las bajas reales de Ucrania evita el alarmismo y permite seguir insistiendo, como hace esta semana un estudio al que da voz The New York Times y que solo se centra en el caso ruso, en que las bajas de Moscú duplican a las de Kiev. Sigue leyendo
“No permitir que el agresor ruso eluda su responsabilidad, exigirle cuentas, incluida la indemnización por los daños causados a Ucrania, a nuestros ciudadanos y a las personas jurídicas, es un componente inseparable y obligatorio de la paz futura”, ha afirmado en su última entrevista concedida a un medio ucraniano, Evropeiska Pravda, el ministro de Asuntos Exteriores de Ucrania Andriy SIbiha. Sus palabras son una indicación clara de las aspiraciones de Ucrania y de sus aliados europeos en uno de los tres temas que van a determinar si habrá o no de acuerdo entre Moscú y Kiev. La guerra se juega en las cuestiones de la seguridad, territorios y reparaciones de guerra. Desde hace prácticamente un año, se sabe que Rusia está dispuesta a poner sobre la mesa sus activos retenidos en los países occidentales desde 2022 a causa de la invasión de Ucrania, una admisión de facto tanto de culpa como de responsabilidad por una reconstrucción que, debido a los daños producidos, será multimillonaria y llevará años. Sin embargo, las exigencias maximalistas han sido siempre parte del discurso de Ucrania, convencida de que el apoyo occidental hace posible imponer a Rusia unas condiciones de capitulación que no se corresponden con el equilibrio de fuerzas.
Aunque sobreestimar sus fuerzas y subestimar las contrarias ha sido un error en el que han caído ambos bandos, ha sido Kiev quien ha calibrado peor sus capacidades y sus exigencias públicas. Cuando preparaba la contraofensiva con la que esperaba romper el frente de Zaporozhie y poner contra las cuerdas a Rusia para negociar en posición de superioridad absoluta, Ucrania presentó unas exigencias de capitulación que meses después iban a sonar totalmente fuera de lugar. Actualmente, se repite la situación con la exigencia de reparaciones de guerra, una demanda que Ucrania plantea a sabiendas de que no obtendrá, principalmente porque Kiev no desea utilizar esos fondos rusos para la reconstrucción sino para la militarización, y espera obtener ambos, tanto los casi 300.000 millones de dólares retenidos como una cantidad que formalmente se presente como reparaciones de guerra. En la exigencia hay una parte de humillación a Rusia, de quien se espera que oficialmente acepte cargar con toda la culpa de la guerra a pesar de que la invasión de 2022 habría sido inconcebible sin la guerra de Donbass iniciada por el Gobierno de Turchinov-Yatseniuk en 2014, y también el anuncio de que las reclamaciones no se detendrán en el momento en el que haya un acuerdo de alto el fuego. Sigue leyendo
Aunque sin grandes filtraciones, van conociéndose poco a poco algunos detalles sobre la primera reunión en la que, con la mediación de Estados Unidos, Rusia y Ucrania negociaron directamente algunos de los aspectos esenciales de la guerra. Como era de esperar, la imagen más exageradamente optimista se ha publicado en Axios. “Tanto Putin como Zelensky acordaron enviar a sus negociadores. Esto demuestra que creen que se está avanzando”, afirma un oficial estadounidense citado por Barak Ravid, cuyo artículo cita a un segundo representante con una postura aún más positiva. “En la última hora de la reunión que Kushner y Witkoff mantuvieron con Putin, el presidente ruso dijo que quiere ver una solución diplomática a esta guerra. Envió una delegación bastante importante a Abu Dabi”, insiste. Ninguno de esos comentarios es representativo de nada, como muestran los siete años de reuniones periódicas entre las partes enfrentadas en la guerra de Donbass, que cordialmente acordaban seguir negociando mientras dejaban pasar el tiempo. En esta ocasión, la buena voluntad mostrada por ambos países, que no han emitido una sola queja sobre la reunión o la actitud de la otra parte esta semana, se debe fundamentalmente a la certeza de que una actitud constructiva es el camino para conseguir una mejor relación con Donald Trump, de cuyo cambiante estado de ánimo dependen las exigencias que hará a cada una de las dos capitales. Sin posibilidad de negociar de forma directa, autónoma y sin las interferencias externas que minaron el proceso de Estambul, Rusia y Ucrania se han condenado a tener que seguir los pasos marcados por Estados Unidos.
Gestionado directamente por Donald Trump con Volodymyr Zelensky por un lado y Steve Witkoff y Vladimir Putin por otro, y anunciado de la noche a la mañana, sin dar tiempo a actores externos para impedir o condicionar su celebración, el encuentro contó con la ausencia deliberada de los países europeos, signo de que Washington sigue considerando a los aliados continentales de Ucrania un lastre a la hora de llegar a un acuerdo. Sin ninguna decisión concreta, ni grandes anuncios, tampoco se ha producido la reacción nerviosa que ha llegado de Bruselas en ocasiones anteriores en las que la UE ha considerado cerca un acuerdo que no era de su gusto. Recién cerrado –al menos de momento- el conflicto interno dentro del bloque atlantista a raíz de las aspiraciones estadounidenses de adquirir Groenlandia, los países europeos ni siquiera han tratado esta vez de alzar la voz, advertir de lo inútil de dialogar con Vladimir Putin o de advertir de la trampa que siempre ven en la aceptación rusa de acudir a una mesa de negociación cuando se le ofrece una. Sigue leyendo
“Hemos hablado con el equipo estadounidense sobre la vía económica, en concreto, la reconstrucción. Quiero agradecer al secretario Bessent, a Jared Kushner y a Larry Fink, de BlackRock, por su enfoque constructivo. Un principio importante que todos compartimos es que, para que la reconstrucción sea de alta calidad y el crecimiento económico tras esta guerra sea real, las garantías de seguridad genuinas deben ser la base. Cuando hay seguridad, todo lo demás es posible”, afirmó Volodymyyr Zelensky en su videomensaje diario a la nación el 10 de diciembre. Si a ello se le añade un comentario realizado la última semana de 2025 en una entrevista concedida a Fox News, en la que el presidente ucraniano afirmaba que Rusia podía olvidarse de su “oferta” de apoyar la reconstrucción de Ucrania vendiéndole “energía barata”, se puede obtener la lógica de gran parte del planteamiento de Kiev para la recuperación económica del país en caso de alto el fuego.
Las palabras de Zelensky indican la prioridad de lograr un acuerdo con Estados Unidos para obtener garantías de seguridad de Washington. Pese a las dudas sobre la fiabilidad de Estados Unidos como socio teniendo en cuenta que hace apenas unos días amenazaba la integridad territorial de uno de sus aliados, Ucrania no concibe el compromiso de seguridad que espera de sus aliados sin la participación directa de Estados Unidos. Ese acuerdo, y no uno con Rusia, es la base sobre la que Kiev quiere construir su futuro como país integrado política y militarmente –sea de facto o de iure con la adhesión a la OTAN- en la familia europea. Ayer, el presidente ucraniano afirmó que el acuerdo entre Estados Unidos y Ucrania está listo “al 100%”, a la espera únicamente de que Washington elija una fecha y un lugar para su firma. La pataleta de Zelensky, con su anuncio de ignorar el Foro de Davos debido a que no iba a producirse la ratificación de ningún acuerdo, indica que Ucrania espera una gran ceremonia con la que presentar a su población un tratado con el que argumentar que el futuro del país está garantizado y marcar un antes y un después en la historia política, económica y militar de Ucrania. La completa ausencia de prisa por parte de Estados Unidos en la firma de estos acuerdos, tanto las garantías de seguridad como el plan de prosperidad, indica que, al contrario que Ucrania, que espera esos acuerdos como prerrequisito para llegar a un acuerdo con Rusia, para Washington la parte central es lograr un entendimiento con Moscú para resolver la cuestión militar y posteriormente ratificar sus acuerdos de económicos y de seguridad con Bankova y el Kremlin. Sigue leyendo
Los países europeos están “financiando la guerra contra sí mismos”, afirmó la semana pasada en su aparición en el Foro de Davos el siempre sonriente Scott Bessent. Veterano de todo tipo de instituciones financieras y fondos del gran capital, entre ellos el de George Soros, considerado por el trumpismo el peor de los enemigos, el secretario del Tesoro de Estados Unidos no duda en usar su calmado tono para aleccionar tanto a aliados como a enemigos. Estados Unidos llegaba a Davos para mirar por encima del hombro al resto del mundo, orgulloso de su actuación en Venezuela, con su operación de secuestro del presidente Maduro, de la facilidad con la que había causado el desconcierto en los países europeos con la cuestión de Groenlandia y de la impunidad con la que sus fuerzas y cuerpos de seguridad imponen su ley en la frontera y en el resto de su territorio. Con la misma facilidad con la que oficiales como Kristi Noem o Stephen Miller califican de terroristas domésticos a las miles de personas que se manifiestan estos días contra las redadas de ICE en Minnesota, el equipo de política exterior de Trump ofende a los aliados despreciando su participación en guerras comunes o mofándose de no saber gestionar la actual.
Estados Unidos cuenta con una ventaja clara, la que le han dado los países europeos que, para garantizar mantener el apoyo logístico de Washington, no han dudado en dar a Donald Trump todo aquello que pedía. La lista es larga y no incluye únicamente aspectos materiales. Los países europeos se vieron obligados a adoptar el discurso de paz y a abandonar el de victoria cuando Washington impuso, sin necesidad de consensuarlo, el objetivo de lograr el final de la guerra. Para conseguir mantener el interés de Donald Trump en Ucrania, Kiev puso sobre la mesa su riqueza natural y los países europeos comenzaron a decir sí sin matices a prácticamente todo lo que exigía Estados Unidos: un acuerdo comercial en sus términos, compromiso de adquisición de más armas estadounidenses y un sistema en el que Washington obtendría beneficios de la venta del material que los países europeos enviarían a Ucrania. Las muestras de lealtad y vasallaje, que en lo político se han manifestado en forma de ausencia de condena de las flagrantes violaciones estadounidenses del derecho internacional en lugares como Irán o Venezuela, no ha reportado los beneficios esperados. Sigue leyendo
Acostumbrado a ser el centro de atención, Volodynyr Zelensky llegó a Davos consciente de que no iba a producirse ninguna ceremonia de firma de los dos grandes acuerdos que Ucrania y Estados Unidos llevan meses negociando, las garantías de seguridad y el plan económico, bautizado como Plan de Prosperidad. Las prioridades de la semana eran otras –Groenlandia y la presentación de la Junta de Paz de Donald Trump- y Washington no comparte las prisas que Ucrania tiene por firmar esos documentos. En estos cuatro años, Estados Unidos ha conseguido todo lo que esperaba de esta guerra cuyo final está buscando y que le está reportando enormes beneficios. La ruptura continental que ha supuesto la guerra ha creado una barrera que no se eliminará con el alto el fuego. Los países europeos han sustituido la dependencia del gas ruso por el estadounidense, han duplicado el gasto militar y han pasado a adquirir a Estados Unidos las armas que posteriormente envían a Ucrania.
El acuerdo comercial alcanzado por Úrsula von der Leyen en verano y negociado íntegramente según los términos estadounidenses, implica un compromiso de fuertes inversiones europeas en armas y productos energéticos estadounidenses, promesas imposibles que Estados Unidos exigirá que se cumplan. Instalado en los beneficios, Washington ha dejado de tener prisa por conseguir acuerdos parciales que no entrarán en vigor antes de la resolución final.
Para Ucrania, cualquier firma de un acuerdo con Estados Unidos es una señal de apoyo de su aliado más importante, una herramienta que explotar en las negociaciones con Rusia que, tras un año de pasos previos, han comenzado este fin de semana en Abu Dabi y a las que Ucrania habría deseado llegar habiéndose garantizado ya la presencia estadounidense en las garantías de seguridad más allá del alto el fuego y un paquete económico con el que alardear de la prosperidad futura. Sigue leyendo
Ayer, el recién nombrado ministro de Defensa de Ucrania, Miajail Fedorov, anunció la incorporación de Serhiy Sternenko a su equipo como asesor en materia de desarrollo de drones. El nombramiento supone un paso importante tanto para Volodymyr Zelensky, que está incorporando a su Gobierno a todo tipo de figuras vinculadas a la guerra, una estrategia con la que anular posibles rivales, como para Serhiy Sternenko, que vuelve a ampliar su ya variada red de alianzas. Aunque no se pretende profundizar en esta cuestión en esta serie de artículos, conviene realizar una breve mención a otros grupos u organizaciones, algunas de dimensión pública, que participan, al menos en algún momento, en las acciones favorables a Sternenko, tanto durante sus peripecias judiciales como en el frente del combate callejero.
Por un lado, Serhiy Sternenko, Beria recibe, en distintas fases de su proceso judicial, el respaldo de partidos parlamentarios. Destacan, en este sentido, la posición pro-Sternenko de partidos como Holos de Svyatoslav Vakarchuk, Solidaridad Europea de Petro Poroshenko y Batkivshchyna de Yulia Tymoshenko. En el bloque pro-Zelensky, algunos representantes del partido Servidor del Pueblo también muestran por entonces su disposición a apoyarlo. El propio Sternenko no niega que algunos de estos partidos le ofrecieron un escaño en la Verkhovna Rada incluso antes de las elecciones parlamentarias de 2019.
Sin embargo, por encima de todos los grupos y personajes señalados, sobresale el papel de Petro Poroshenko. En la crónica de la BBC sobre la acción de marzo de 2021 en Bankova, Petro Poroshenko es señalado “como el cardenal gris de las protestas actuales”. Las huellas del «interesado» Poroshenko en las paredes de la calle Bankova fueron intuidas, por ejemplo, por el diputado de Avakov, Anton Gerashchenko. Myjailo Podolyak escribía al respecto, por su parte, sobre la «sed revanchista» del expresidente: «La fealdad del sábado fue organizada precisa y exclusivamente por la codicia de Poroshenko«, afirmaba. Sigue leyendo
Resuelta, al menos de momento, la cuestión de Groenlandia gracias a una negociación entre Donald Trump y Mark Rutte –es la OTAN la que negocia y no el país afectado ni, por supuesto, el territorio en cuestión-, que ofreció a Washington aún más control en la isla ártica, ayer fue el día en el que el presidente de Estados Unidos presentó su plan para Oriente Medio y el Consejo de Paz con el que aspira a suplantar a las Naciones Unidas. Pese a que el mandato de ese grupo de personas seleccionadas por Donald Trump para crear una franja de Gaza al servicio de sus intereses, la Carta fundacional de esa “organización internacional” no menciona el territorio en ningún momento, posiblemente porque su ambición no es de implantación regional, sino global. La idea de un Consejo de Paz presidido por Donald Trump aparece en el plan de 28 puntos negociado por Steve Witkoff y Kiril Dmitriev y en el de 20 puntos propuesto por Zelensky como base de la resolución de la guerra rusoucraniana, que ayer recuperó parte del protagonismo perdido.
En su discurso de presentación del Consejo de Paz, en el que insistió nuevamente en la falsedad de haber resuelto 8 guerras –entre las que incluye la guerra Israel-Irán, que Estados Unidos y su proxy regional causaron-, Donald Trump anunció estar a punto de lograr la novena resolución, signo de un nuevo empuje diplomático en las negociaciones con Kiev y Moscú. Como Steve Witkoff, que insiste en que la negociación se reduce a un único problema “salvable”, el presidente de Estados Unidos mostró su optimismo a la hora de lograr la resolución de la guerra que “iba a ser la más sencilla”. Sin embargo, en su encuentro de ayer con Zelensky, que como se anunció el día anterior viajó finalmente a Davos al haber conseguido el compromiso de una imagen con Trump, no se produjo ninguna firma. Ni las garantías de seguridad ni el llamado Plan de Prosperidad están aún listos para la firma de los dos presidentes, signo de que ni siquiera la negociación bilateral Estados Unidos-Ucrania está tan cerca de estar lista como se había dado a entender. Menos aún se sabe de la otra parte de la negociación, lo respectivo a las conversaciones Estados Unidos-Rusia, que se preodujeron a altas horas de la noche tras la llegada a Moscú del enviado de Trump para Rusia Steve Witkoff y Jared Kushner –el yerno y confidente del presidente, sin ningún puesto oficial- para reunirse a lo largo del día con Vladimir Putin. A juzgar por las palabras de Yuri Ushakov, que insistió en que no habrá «paz duradera» si no se resuelve la cuestión territorial, sigue sin haber entendimiento en esta cuestión clave. Sigue leyendo
La llegada de Donald Trump a Suiza fue ayer la noticia del día en el Foro de Davos. Tras el comentado discurso del primer ministro canadiense Mark Carney, que calificó de “parcialmente falso” el orden internacional basado en reglas que los países occidentales han defendido a capa y espada hasta que la coacción y las amenazas se han dirigido a ellos, el presidente de Estados Unidos era la persona más esperada. En su rueda de prensa, Trump insistió en haber logrado la paz en ocho guerras, fue incapaz de pronunciar correctamente la palabra Azerbaiyán, criticó a los países europeos por desviarse del camino y exigió el inicio de las conversaciones para adquirir su última obsesión, Groenlandia, que en una ocasión confundió con Islandia. La pugna interna en el bloque atlántico ha hecho tremendamente extraña esta cumbre de Davos y ha deslucido incluso el principal anuncio de Trump, el Consejo de Paz con el que aspira a sustituir a Naciones Unidas y que parece querer presidir más allá de la finalización de su mandato como presidente de Estados Unidos. Tras el anuncio de Francia, ayer Alemania rechazó también su presencia en ese organismo, algo que habría sido mucho más difícil antes de que Washington comenzara a amenazar agresivamente a sus aliados hasta lograr lo que quería, un cheque en blanco. Por la noche, Trump anunció en su red social personal un acuerdo marco con la OTAN para el uso de Groenlandia y futuras conversaciones para la instalación de su Golden Dome, el sueño dorado de un escudo antimisiles infalible. Ese principio de acuerdo entre Trump y Rutte aleja, al menos temporalmente, la imposición de aranceles contra los países europeos, pero ante la indefinición de los términos, el hecho de que lo haya negociado la OTAN y no los propios países implicados y la incertidumbre de si será suficiente para Donald Trump, no resuelve la disputa.
La compleja coyuntura actual ha hecho también que Ucrania pase a un segundo o tercer plano en el Foro de Davos, un encuentro que Zelensky acostumbra a utilizar para colocar su discurso en la prensa internacional y mantener reuniones con representantes de las grandes empresas mundiales con la intención de lograr presencia del gran capital occidental en la Ucrania del futuro. Aunque lejos de Davos, el Gobierno de Kiev ha querido utilizar esta semana para reafirmar esas aspiraciones. Nombrado para introducir las tecnologías más modernas en el sector militar, el nuevo ministro de Defensa de Ucrania, Mijailo Fedorov, conocido por su gamificación de la guerra, anunció ayer la intención de lograr un acuerdo con Palantir, una de las grandes empresas dedicadas a todo tipo de cuestiones vinculadas a la gestión de datos, vigilancia y otros aspectos que se ubican en zonas aún más grises. “Fedorov dijo que el Ministerio de Defensa ucraniano colaboraría con la empresa tecnológica Palantir para poner en marcha una «data room […] basada en datos reales de guerra» para que los aliados de Ucrania entrenaran su IA y ayudaran a interceptar los drones enemigos y proteger el espacio aéreo ucraniano”, explicaba ayer Financial Times, que citaba al ministro afirmando que “los socios quieren nuestros datos. Crearemos un sistema en el que puedan entrenar sus productos de software utilizando nuestros datos”. Sigue leyendo
Como ya habían anticipado medios como Financial Times, ayer Volodymyr Zelensky confirmó la cancelación, al menos de momento, de su vista anual al Foro de Davos, una ausencia relevante que muestra cómo ha cambiado la coyuntura internacional este último año y la posición complicada en la que queda Ucrania en el contexto de pugna interna dentro del bloque occidental. Ucrania fue protagonista de los primeros meses del año pasado, cuando Pete Hegseth dio a los aliados europeos de la OTAN la desagradable noticia de que no era realista aspirar a recuperar la integridad territorial de Ucrania -la victoria por la que Kiev y sus socios continentales decían estar luchando- como parte de un acuerdo de paz. Desde entonces, Zelensky, de la mano de von der Leyen, Starmer, Macron o Merz ha luchado por mantener el interés de Donald Trump en una guerra que no le gusta, pero para la que las armas e inteligencia estadounidenses son indispensables. Sin embargo, la situación ha cambiado notablemente y el lugar de Ucrania en los titulares ha sido ocupado por el aumento de otros conflictos políticos internacionales, entre los que destacan las ambiciones expansionistas de Donald Trump y su voluntad de amenazar tanto a aliados como a enemigos en su búsqueda de más territorio, más control del comercio global de materias primas y bienes clave y, sobre todo, más poder.
La cuestión de Groenlandia, que rápidamente eclipsó la cuestión de Venezuela, se ha convertido en el eje que actualmente vertebra el discurso relativo a las relaciones entre los países europeos y Estados Unidos. A ello hay que añadir la presentación del “Consejo de Paz” con el que Donald Trump parece querer suplantar el sistema multilateral de Naciones Unidas por otro hecho a su medida y en el que tiene capacidad de veto. Su presentación el jueves pretende eclipsar todos los actos previos y posteriores de un foro que se ha convertido en un debate sobre las relaciones entre Estados Unidos y el resto del mundo, sin dejar excesivo espacio para temas como la guerra de Ucrania, escenario secundario de la lucha de grandes potencias. Sigue leyendo
“Este acuerdo será legalmente vinculante. Su aplicación será supervisada y garantizada por el Consejo de Paz, presidido por el presidente Donald J. Trump. Se impondrán sanciones en caso de incumplimiento”, afirmaba el penúltimo punto del plan de 28 puntos negociado por Steve Witkoff y Kiril Dmitriev filtrado a finales de noviembre y que se ha convertido en la base sobre la que se está negociando actualmente la resolución a la guerra rusoucraniana. Aunque gran parte de los puntos de ese plan inicial han sido eliminados o modificados, el penúltimo de los 20 puntos presentados por Zelensky como la revisión ucraniana del plan sigue siendo la presidencia de Donald Trump en ese Consejo de Paz encargado de monitorizar la paz y castigar las infracciones. Como siempre quedó claro, el modelo de ese Consejo es el plan presentado por Steve Witkoff para el alto el fuego en Gaza, territorio cuyo Gobierno quedaría en manos de un consejo ejecutivo que supervisaría una administración tecnocrática aprobada por los poderes mundiales, un planteamiento colonial que se ha confirmado de forma definitiva en el momento en el que se ha comprobado que no hay una sola persona palestina como representante en ese cuerpo más similar a un virreinato colonial que a un intento de lograr la paz.
Ni Rusia ni Ucrania se encuentran en una situación equiparable a la de Hamas, una milicia que se ha enfrentado a una potencia nuclear con total control de los cielos en una lucha tan desigual que durante una larga fase Israel luchaba únicamente contra edificios y población desarmada sin que sufriera siquiera la respuesta de los cohetes de las facciones palestinas. Las diferencias entre la situación en Gaza y en Ucrania son notorias, por lo que llama la atención la voluntad de Estados Unidos de utilizar esa misma idea e imponerla a dos Estados internacionalmente reconocidos y que a priori no deberían prestarse a dejar en manos de un actor externo sus asuntos internos. Hace tiempo que Estados Unidos dejó de ser la única superpotencia y el momento unipolar quedó en el pasado. Sin embargo, en esta nueva era de la paz por medio de la coerción económica y la amenaza de uso de la fuerza, nadie quiere ofender a Donald Trump y ofrecerle aviones de lujo, medallas del Nobel de la Paz, otorgarle premios o proponerle como virrey de los diferentes conflictos mundiales se ha convertido en la norma.
Las negociaciones de este fin de semana entre Estados Unidos y Ucrania en Miami no parecen haber logrado grandes avances, pero la diplomacia continuará esta semana en Davos, foro del que Donald Trump pretende hacer su show personal y en el que continuará presionando a los países europeos en relación con el tema que más le ocupa en estos momentos, el intento de obligar a los países europeos a vender Groenlandia a Estados Unidos. Los países europeos, por su parte, esperaban disponer del foro para presionar a Donald Trump en relación con la resolución del conflicto ucraniano, para lo que exigen mejores condiciones territoriales para Ucrania y más sanciones contra Rusia. “La principal amenaza de seguridad para Europa actualmente viene de Rusia por medio de la guerra de Ucrania, no de Groenlandia”, afirmó ayer el canciller Merz, que aún aspira a convencer a Estados Unidos de cesar en sus intentos de adquirir un territorio soberano de un aliado de la OTAN –siempre sin preguntar a su población- a base de insistir en que el peligro ruso no está en el Ártico sino en Ucrania, algo a lo que Donald Trump nunca ha sido especialmente receptivo.
“América Primero no es América sola”, afirmó ayer Scott Bessent negando nuevamente el aislacionismo de Donald Trrump, para quien ese eslogan de su campaña parece significar Estados Unidos por encima de todo. Así lo demuestra la idea del Consejo de Paz que Rusia y Ucrania parecen aceptar como parte de la resolución del conflicto en Europa y cuya base está en el acuerdo para Oriente Medio. La carta fundacional de dicha organización ejecutiva se ha conocido estos días publicada en la prensa israelí y las invitaciones que numerosos líderes mundiales han recibido confirman la intención estadounidense de su puesta en marcha a la mayor brevedad. Lo publicado hasta ahora indica que el Consejo de Paz de Donald Trump no es un mero Gobierno para la ocupación de Gaza, sino un planteamiento con el que Estados Unidos pretende gestionar la resolución de conflictos y ejercer un control del que carece en la Asamblea General o el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas. Y aunque son países como Rusia o China los que son habitualmente calificados de potencias revisionistas, esa idea está presente ya desde el preámbulo del documento del Consejo de Paz, una enmienda a la totalidad del sistema de legalidad internacional implantado tras la Segunda Guerra Mundial y en el que Estados Unidos parece creer que no dispone del poder suficiente.
“Declarando que una paz duradera requiere un juicio pragmático, soluciones sensatas y el valor de alejarse de enfoques e instituciones que con demasiada frecuencia han fracasado;
Reconociendo que la paz duradera se afianza cuando se empodera a las personas para que se hagan cargo y asuman la responsabilidad de su futuro;
Afirmando que solo una asociación sostenida y orientada a los resultados, basada en cargas y compromisos compartidos, puede garantizar la paz en lugares donde durante demasiado tiempo ha resultado difícil de alcanzar;
Lamentando que demasiados enfoques de la consolidación de la paz fomenten la dependencia perpetua e institucionalicen la crisis en lugar de ayudar a las personas a superarla;
Haciendo hincapié en la necesidad de un organismo internacional de consolidación de la paz más ágil y eficaz; y
Decididos a reunir una coalición de Estados dispuestos a comprometerse con la cooperación práctica y la acción eficaz,
Guiados por el juicio y honrando la justicia, las Partes adoptan por la presente la Carta de la Junta de la Paz”, reza el inicio del documento, que define como misión de la Junta de Paz “promover la estabilidad, restablecer una gobernanza fiable y respetuosa con la ley, y garantizar una paz duradera en las zonas afectadas o amenazadas por conflictos”. Aunque teóricamente pensada para Gaza, esta Carta no menciona en ningún momento ese territorio palestino y parece aspirar a ser un actor ejecutivo no solo en ese conflicto, sino a nivel global. Este organismo creado por y para Donald Trump ya ha comenzado a notificar las invitaciones a participar. La ecléctica lista de invitados –la Unión Europea, Turquía, Qatar, Francia, únco país que ha dado a entender que rechazará la posición, Argentina, Paraguay, Italia, Vietnam, Brasil, Egipto como único país africano confirmado, Austria, India, Rusia o Bielorrusia son algunos de ellos- muestra la aleatoriedad y discrecionalidad de la actuación de Estados Unidos y su voluntad de rodearse de líderes fuertes y países incapaces de decir no a Washington. Según el Capítulo II, el Consejo de Paz estará compuesta por los jefes de Estado o de Gobierno de los países miembros. “La pertenencia a la Junta de Paz está limitada a los Estados invitados a participar por el Presidente, y comienza tras la notificación de que el Estado ha aceptado quedar vinculado por la presente Carta, de conformidad con el Capítulo XI”, afirma la Carta, que designa a Donald Trump presidente de un organismo que da signos de querer sustituir al sistema de Naciones Unidas.
El presidente del Consejo de Paz obtiene 35 menciones en el documento, que le otorga el mando para determinar los países participantes, nombrar a su sucesor, vetar o aprobar aquello votado por los países miembros, suspender o expulsar a miembros, renovar al Consejo, convocar reuniones o tener “la autoridad exclusiva para crear, modificar o disolver entidades subsidiarias necesarias o apropiadas para cumplir con la misión del Consejo de Paz. Por supuesto, el presidente tiene también el poder para seleccionar, nombrar y cesar a los miembros del Consejo Ejecutivo, ese que en el caso de Gaza ha llenado de multimillonarios, amigos, su yerno o el exprimer ministro británico Tony Blair.
Como todo en este organismo multilateral solo en apariencia y absolutamente dictatorial en su planteamiento real, también la actuación de ese Consejo Ejecutivo depende de Donald Trump, que aspira a crear unas Naciones Unidas o un Gobierno mundial en el que ostente el máximo poder. También las decisiones del Consejo Ejecutivo, cuyos miembros son nombrados por Donald Trump, estarían sometidas al derecho de veto de Donald Trump.
Aunque el discurso político del momento continúa instalado en Groenlandia y en las amenazas estadounidenses a los países europeos, las ambiciones imperiales del presidente de Estados Unidos no se limitan al continente americano. Ejemplos como el intento de suplantar el sistema de legalidad internacional y de organismos multilaterales como las Naciones Unidas en favor de un organismo en el que Donald Trump pueda rodearse de incondicionales y se otorgue la capacidad de veto de cualquier decisión o votación indican un cambio sustancial en las intenciones de Estados Unidos, una administración dispuesta a imponer su voluntad en Gaza, en Ucrania o en cualquier otro conflicto en el que considere que sus intereses están en juego. Como se confirmó ayer, Estados Unidos exige un pago mínimo de mil millones de dólares a cualquier Estado que aspire a ser miembro permanente del Consejo de Paz, una aportación que se insiste en que, en el caso de Gaza se destinará a la reconstrucción. Sin embargo, los precedentes de los últimos días tanto en Ucrania como en Venezuela dejan claro a qué se pretende dedicar los ingresos obtenidos en los territorios que, voluntariamente o no, están siendo administrados a modo de colonia. En Ucrania, el primer contrato de explotación de minerales ha recaído en un aliado de Trump, Ronald Lauder. El primer pago obtenido de los ingresos que Estados Unidos expropia de la venta de petróleo venezolano ha ido a parar a Vitol, la empresa de otro, John Addison. Parece difícil imaginar que una parte importante de los contratos de construcción que pudieran iniciarse en Gaza no fueran a parar a personas como Jared Kushner o Steve Witkoff, que ya han mostrado su interés por participar en el boom de la construcción -al servicio del turismo y del gran capital occidental- del territorio palestino. Ese es el modelo de relaciones internacionales y cooperación internacional que propone Donald Trump y que Rusia y Ucrania se han mostrado abiertas a permitir como vía de resolución de la guerra que les enfrenta.
Perdido en la vorágine en la que se han convertido las relaciones internacionales y su discurso mediático ha quedado esta semana el intento de Francia de destacar la importancia de la colaboración dentro del bloque atlantista en busca de los objetivos comunes. “Sé que es muy pronto para ti”, se disculpa Emmanuel Macron, de pie, exultante de felicidad, en una sala llena de hombres trajeados mientras saluda a Donald Trump, hablando al manos libres de su teléfono móvil. “Estoy con Starmer, Merz y Zelensky”, continúa el presidente francés, “Zelensky ha aceptado tu propuesta de alto el fuego incondicional”. Era el 10 de mayo, al día siguiente de la celebración en Moscú del Día del a Victoria, desfile al que Vladimir Putin había acudido junto al presidente chino Xi Jinping en un gesto que, sin duda, quería desmentir de la forma más gráfica posible el aislamiento internacional de Rusia que los países europeos llevaban tres años proclamando. A apenas unos centenares de kilómetros, Zelensky realizó un ejercicio similar, en este caso acompañado de los jefes de Estado o de Gobierno de las potencias europeas, que aprovecharon el viaje para presentar un ultimátum de 48 horas a Rusia, a quien se exigía la aceptación incondicional de un alto el fuego impuesto por los países occidentales, prerrequisito para un futuro proceso de negociación que no esbozaban, pero en el que tendrían el control.
Lo que se jugaba entonces era qué tipo de proceso diplomático iba a imponerse: la idea europea de valorar las intenciones rusas a partir de un alto el fuego y una negociación futura o el inicio del diálogo en busca de un resolución y alto el fuego final. En términos políticos, el principal objetivo de las tres partes en liza –Rusia, Ucrania y los países europeos- era conseguir el beneplácito de Donald Trump, cuya opinión era la más determinante para todos ellos. En la parte colectiva de la llamada de Macron, con el teléfono en la mesa mostrado el nombre del receptor, Donald Trump, todos los participantes insisten en la necesidad de continuar presionando a Rusia. Eran los tiempos en los que, con la estrategia de incentivos y amenazas del plan Kellogg-Fleitz, la parte considerada un obstáculo para la paz podía recibir el castigo estadounidense. Esa era, al menos, la esperanza de Volodymyr Zelenksy al solicitar a su homólogo estadounidense más sanciones contra Rusia en caso de que Vladimir Putin no aceptara el alto el fuego que se le intentaba imponer. La respuesta de Rusia fue similar a la europea, apelar a Donald Trump a base de un gesto, convocar una primera reunión del formato Estambul para retomar las negociaciones abandonadas en 2022 y que incluso académicos o think-tankers estadounidenses como Samuel Charap o Sergey Radchenko consideraron una base sobre la que retomar la diplomacia interrumpida en busca de un acuerdo.
Desde entonces, alabar a Donald Trump ha sido el principal elemento de la negociación, algo especialmente evidente en el caso de los países europeos, participantes indirectos en la guerra, pero encargados por Estados Unidos de hacerse cargo del coste de la guerra y la posguerra. Así lo comunicó Pete Hegseth hace casi un año en un discurso en el que los aliados europeos de la OTAN no quisieron ver el inicio de una relación vertical en la que quien consideraban un aliado al que tratar como iguales, se presentaba como un rival que pretendía imponer sus condiciones desde arriba. El terror que causó durante semanas la posibilidad de que Estados Unidos abandonara el continente a su suerte en unas condiciones de guerra y dejara a Ucrania a merced de Rusia obligó a reconducir el discurso y la política europea. El rearme decretado por von der Leyen fue justificado ante el peligro ruso. Si Rusia triunfa en Ucrania, se ha advertido constantemente desde entonces, los países de la OTAN y la UE serán los siguientes. Sin embargo, el cambio que provocó el inicio de la política de rearme no fue un fortalecimiento o muestras de mayor agresividad por parte de Rusia, sino la amenaza estadounidense de abandono del papel de principal proveedor de la seguridad del continente ante la aparición de otros escenarios prioritarios.
Ni el miedo ni las advertencias estadounidenses han desaparecido desde entonces. La Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos deja claro que los países europeos han de tomar el control de la seguridad de un continente que ya no es escenario protagonista o secundario, sino terciario de la lucha de grandes potencias. Europa es un gran mercado en el que vender armas, productos energéticos, agrícolas y tecnológicos y un continente en el que promocionar a fuerzas de extrema derecha afines a la visión social y cultural del trumpismo. Pero a pesar de lo explícito del abandono de la alianza intercontinental como prioridad, la reacción europea fue la de negar el cambio. “He leído que seguimos siendo aliados”, afirmó Kaja Kallas en un foro celebrado en Qatar. Negar la realidad se sumaba a la política de dar a Estados Unidos todo aquello que pidiera, una actitud perfectamente ilustrada por la imagen de von der Leyen y otros representantes europeos con el pulgar hacia arriba en el campo de golf de Donald Trump, donde el presidente de Estados Unidos los había convocado para ratificar un acuerdo comercial en el que se garantizaban todas las exigencias de Washington. Lo mismo ocurrió en el caso de la financiación de Ucrania. Sin rechistar, los países europeos aceptaron la propuesta estadounidense para un mecanismo en el que Estados Unidos suministra las armas para que los países europeos las adquirieran y enviaran a Ucrania. La actitud de vasallaje se debía fundamentalmente a la necesidad de conseguir que, a cambio de esas concesiones, Estados Unidos no abandonara la causa de Ucrania, principal, si no único, proyecto geopolítico de la Unión Europea.
Para disgusto de las capitales europeas, la respuesta estadounidense no ha sido la esperada. Apartados de las negociaciones directas, los aliados europeos luchan vía el proxy ucraniano contra una resolución de la guerra que haga perder a Ucrania más territorio que el deseado y tenga en cuenta las exigencias de seguridad de la Federación Rusa. A las dificultades para financiar el Estado y las Fuerzas Armadas de Ucrania y mantener el interés de Donald Trump hay que añadir ahora las ambiciones estadounidenses por adquirir Groenlandia y las amenazas de introducción de aranceles contra varios países europeos a los que el presidente de Estados Unidos acusa de intransigencia.
“Los tres mayores grupos proeuropeos del Parlamento Europeo, el Grupo Popular, el Progresista y Renew Europe, pospondrán la ratificación del acuerdo comercial entre la UE y Estados Unidos del año pasado. El Parlamento Europeo importa. Los parlamentos importan en las democracias”, escribió Siegfried Mureasan, vicepresidente del Parlamento Europeo a raíz del anuncio de Donald Trump, que propone ignorar el acuerdo comercial alcanzado el año pasado como herramienta para conseguir sus objetivos, una deslealtad que ha conseguido enfadar a una parte del establishment europeo.
“Hay que empezar a pensar bien en todos los elementos de resistencia —de disuasión y represalia dura— ante las agresiones, los abusos, los chantajes. Pensarlo bien y, sin provocar, hacerlo ver bien. No es fácil. Podemos infligir represalias dolorosas para Estados Unidos pero todas acarrean peligrosas consecuencias —golpeo a los gigantes tech, expulsión de tropas estadounidenses en Europa, fin de la compra de armamento estadounidense—. Es hora de trabajar en ese pensamiento, afinarlo, cristalizarlo, usarlo como elemento disuasorio. Nosotros tenemos graves dependencias, pero para Estados Unidos perder sus alianzas por completo es un suicidio, y una acción concertada y verdaderamente decidida sobre un plan bien elaborado puede conseguir mucho. No somos tan débiles si actuamos juntos con tino y decisión”, escribe en un artículo publicado por El País este domingo el analista Andrea Rizzi. Aunque el artículo está destinado a ser una crítica severa a la política nacional de Donald Trump y a las ameanzas a Europa, el texto está ilustrado con una imagen del presidente de Estados Unidos saludando a Vladimir Putin, ya que, según esta versión, “el asalto que sufre Europa desde Oriente y Occidente tiene de manera cada vez más evidente los rasgos de esa nebulosa ideológica que cuajó en Italia hace un siglo”.
Hace solo dos semanas, los países europeos se negaban a condenar la agresión ilegal y no provocada contra Venezuela en la que Estados Unidos secuestró a Nicolás Maduro y Cilia Flores. El periódico en el que ahora se clama que “ha llegado la hora de la resistencia antifascista”, porque “ya no es la hora de autonomía estratégica o reducción de dependencia” ha celebrado la operación estadounidense como la liberación de Venezuela sin más crítica que no instalar en el poder a María Corina Machado. La reacción europea a lo ocurrido en Caracas es perfectamente representativa de la tendencia de los últimos meses. Tanto es así que incluso la cobarde postura del Gobierno de España, ni con Maduro ni con la intervención de Donald Trump, ha sido considerada un ejemplo de resistencia a la actuación unilateral de Estados Unidos completamente al margen del derecho internacional. La tónica general europea ha oscilado entre la celebración explícita de Macron, que se congratuló ya que “el pueblo venezolano ha sido liberado” y la ambigüedad de quienes, como Starmer o Merz, han querido resaltar que todo es legalmente muy complejo y es mejor dejar pasar el tiempo, una fórmula perfecta para evitar posicionarse que habría funcionado si el siguiente objetivo de Donald Trump hubiera sido Cuba, Colombia o Irán en lugar de Groenlandia.
“La integridad territorial y la soberanía son principios fundamentales del derecho internacional. Son esenciales para Europa y para la comunidad internacional en su conjunto. Hemos subrayado constantemente nuestro interés transatlántico compartido en la paz y la seguridad en el Ártico, incluso a través de la OTAN. El ejercicio danés, coordinado previamente y realizado con aliados, responde a la necesidad de fortalecer la seguridad en el Ártico y no representa ninguna amenaza para nadie. La UE se solidariza plenamente con Dinamarca y el pueblo de Groenlandia. El diálogo sigue siendo esencial y nos comprometemos a continuar el proceso iniciado la semana pasada entre el Reino de Dinamarca y Estados Unidos. Los aranceles socavarían las relaciones transatlánticas y provocarían una peligrosa espiral descendente. Europa permanecerá unida, coordinada y comprometida con la defensa de su soberanía”, escribió Úrsula von der Leyen. En su tendencia habitual, los países europeos descubren el derecho internacional, la importancia de la integridad territorial y lo nocivo de las guerras comerciales cuando se perciben como la parte agredida.
“China y Rusia deben estar disfrutando al máximo. Son ellos quienes se benefician de las divisiones entre los aliados. Si la seguridad de Groenlandia está en riesgo, podemos abordarlo dentro de la OTAN. Los aranceles corren el riesgo de empobrecer a Europa y a Estados Unidos y socavar nuestra prosperidad compartida. Tampoco podemos permitir que nuestra disputa nos distraiga de nuestra tarea principal: ayudar a poner fin a la guerra de Rusia contra Ucrania”, se lamentó ayer Kaja Kallas, para quien cada conflicto parece enmarcarse en la disputa con Rusia. “Cuando el tren ya se estrelló pero aún tienes esperanza de poder cenar en el vagón restaurante. Las garantías de seguridad estadounidenses eran como el gas soviético/ruso barato: un pilar de la feliz y próspera existencia de Europa durante décadas. Ahora ambos han desaparecido y, siendo realistas, no se restaurarán por completo. El liderazgo europeo necesita aprender a desenvolverse en esta nueva realidad. La rigidez ideológica robótica, diseñada para la época anterior y para políticas fallidas y autodesacreditadas, no son el camino a seguir”, escribió, en respuesta al mensaje de la jefa de la diplomacia europea, Leonid Ragozin. Pero, aunque el enfado europeo comienza a ser perceptible y líderes como Macron proponen la activación del mecanismo anticoerción de la UE, el espectro de la subordinación sigue siendo palpable. Apenas unas horas después de la amenaza de aranceles, los países europeos retiraron la veintena de tropas que habían enviado a Groenlandia. El continente europeo no puede asumir una guerra comercial con su principal aliado.
“La relación entre Canadá y China ha sido distante e incierta durante casi una década. Estamos cambiando eso, con una nueva asociación estratégica que beneficia a los pueblos de ambas naciones”, ha anunciado Mark Carney, primer ministro de Canadá, país que hace no tanto colaboró con Estados Unidos para detener a una ejecutiva de Huawei en plena guerra comercial de los países occidentales contra la marca china, cuyo crecimiento era una amenaza. La relativa claridad con la que Canadá ha visto la necesidad de una apertura a China aún no se ha producido en el continente europeo, cuya capacidad de ofender a Donald Trump es mucho más limitada, ya que Francia, Alemania o el Reino Unido se juegan algo más que la integridad territorial de Dinamarca y no pueden permitirse perder a su aliado indispensable para poder poner en marcha la deseada misión de paz de la Coalición de Voluntarios en Ucrania, aún el centro de la política exterior continental.
“La Tercera Guerra Mundial comienza cuando Trump anexa Groenlandia y luego los europeos se movilizan contra Rusia, porque ese es el único plan que tienen”, escribió sarcásticamente la semana pasada la activista Almut Rochowanski. La reacción europea ha demostrado que su enfoque no era incorrecto y que cada cuestión de política internacional se plantea en términos del enfrentamiento con Rusia. El problema de que Donald Trump amenace indiscriminadamente a oponentes y aliados no es la muestra de imperialismo o el intento de desmantelar el sistema de Naciones Unidas para imponer un orden basado en sus órdenes y fuerza, sino que puede hacer felices a Vladimir Putin o Xi Jinping.
Ayer, el recién nombrado jefe de la Oficina del Presidente de Ucrania, Kirilo Budanov, anunció su llegada a Estados Unidos para negociar la “paz justa” con Steve WItkoff, Jared Kushner y Dan Driscoll. Los nombres de esa delegación indican el desinterés de Marco Rubio, el oficial con el que la diplomacia europea admite preferir reunirse, y la importancia de dos aspectos clave, el económico, representado por Kushner, y el militar, con Driscoll en representación del Pentágono. El encuentro de este fin de semana con Ucrania inicia una nueva ronda de conversaciones por parte de WItkoff y el yerno de Donald Trump, cuya visita se espera en Moscú próximamente. SI Estados Unidos aspira a que las conversaciones se conviertan en algo más que una lista de términos acordados por Kiev y Washington pero que no pueden ponerse en práctica porque no se ha incluido en la negociación a la otra parte de la guerra, el formato tendrá que cambiar para pasar a tratar los temas en disputa en términos que puedan resultar creíbles y que hagan posible conciliar las exigencias de las partes.
Mientras tanto, Rusia, Ucrania y Estados Unidos continuarán concretando acuerdos bilaterales incompatibles entre ellos y dando tiempo a la guerra para seguir causando destrucción masiva. “Rusia está intentando asestar el golpe de gracia en la guerra de Ucrania. Lo nuevo en este informe no es sólo que los misiles rusos estén apuntando a la capacidad generadora sino que también estén impactando subestaciones. El objetivo es destruir la red eléctrica de modo que, incluso si las centrales nucleares siguen funcionando, no puedan suministrar energía a las aldeas. Zelensky ya declaró el estado de emergencia energética y el gobierno está organizando comidas calientes para los residentes en las ciudades. La situación ahora es crítica y la gente no podrá resistir mucho tiempo en estas condiciones porque ha llegado el pleno invierno. Para que conste, la OTAN hizo exactamente lo mismo en la guerra de Yugoslavia, bombardeando el 80% de las centrales eléctricas de Serbia. Rusia aprendió esto de nosotros”, escribió ayer Ben Aris, un periodista con amplia experiencia en Rusia. Sigue leyendo
La publicación de la Estrategia de Seguridad de Estados Unidos, el superficial análisis que se ha hecho de su planteamiento, la invocación de la Doctrina Monroe para justificar el dominio estadounidense sobre toda América y el enfrentamiento con los aliados europeos por Groenlandia han provocado una oleada de artículos que argumentan que, en su repliegue continental Donald Trump pretende crear un mundo repartido entre grandes potencias. En ese supuesto retorno al mundo de ayer antes de 1914, cuando los imperios se enfrentaron entre ellos en la enésima reconfiguración de las relaciones de poder entre centros y periferias, el planeta quedaría dividido en esferas de influencia. Como ha quedado constatado en los innumerables titulares en los que la única crítica a la agresión contra Venezuela y el secuestro de Nicolás Maduro y Cilia Flores es que da vía libre a Vladimir Putin y Xi Jinping en sus respectivas regiones, el temor europeo es que el aislacionismo de Trump deje Asia-Pacífico en manos de China y Europa en las de la Federación Rusa.
Aunque el repliegue continental como base de la proyección del poder estadounidense es real y se manifiesta de forma explícita en la Estrategia de Seguridad Nacional, esta nueva situación no implica aislacionismo sino una nueva forma de un intervencionismo que ha bombardeado siete países en el último año y que pretende utilizar América -todo el continente, incluida Groenlandia- como la profundidad estratégica desde la que defenderse de peligros inexistentes y atacar para mantener su hegemonía. Las amenazas de Donald Trump a los aliados europeos y sus últimas palabras contra Zelensky han reafirmado la sensación de Bruselas, París, Berlín o Londres de que Donald Trump busca un acercamiento a Rusia y China que les reste todo su poder blando y los aparte de cualquier posibilidad de estar cerca de la toma de decisiones a nivel geopolítico. Sigue leyendo
“Fue Rusia quien rechazó el plan de paz preparado por Estados Unidos, no Zelensky. La única respuesta rusa fueron nuevos ataques con misiles contra ciudades ucranianas. Por eso, la única solución es aumentar la presión sobre Rusia. Y todos lo sabéis”, escribió ayer el primer ministro de Polonia Donald Tusk, que hace unos días apelaba a los tres mosqueteros para proclamar un “uno para todos y todos para uno” en busca de unidad en el bloque atlantista. El comentario de ayer de Donald Tusk respondía a una “exclusiva” publicada por Reuters en la que la persona más importante del proceso de negociación, Donald Trump, volvía a realizar unas declaraciones que no han sido del gusto de los aliados europeos. “Trump dice que Zelensky, no Putin, está retrasando un acuerdo de paz en Ucrania”, titulaba la agencia en una breve nota en la que afirmaba que “en una entrevista exclusiva en el Despacho Oval el miércoles, Trump dijo que el presidente ruso Vladimir Putin está dispuesto a poner fin a su invasión de Ucrania, que dura ya casi cuatro años. Zelensky, según el presidente estadounidense, se ha mostrado más reticente”.
El texto no cita las palabras textuales del presidente de Estados Unidos, que tampoco explica en qué términos ha mostrado Rusia estar dispuesta a “poner fin a su invasión”, teniendo en cuenta que ese no es un término que haya sido utilizado en ningún momento por el Kremlin para describir la guerra. La rápida reacción de aliados como Polonia en defensa de Zelensky responde, al estado de las negociaciones y a la forma en la que se están gestionando. Aunque los contactos con Rusia prosiguen y Kiril Dmitriev se ha reunido con Steve Witkoff en paralelo a los encuentros Estados Unidos-Ucrania, por última vez en París tras el anuncio de principio de acuerdo de las garantías de seguridad para Kiev, la negociación se encuentra aún en la fase bilateral. En este punto, el tema de negociación son las garantías de seguridad que Occidente exige a sus socios, aspecto que quiere tener atado y bien atado para posteriormente tratar de rebajar las demandas de Washington en la cuestión territorial, que debe actuar como zanahoria para que Moscú acate unas condiciones a priori inaceptables en materia de seguridad. Sigue leyendo
Honor no es la única fuerza activa que converge en la movilización a favor de Serhiy Sternenko, Beria, en su acción contra la justicia ucraniana. También participan de las acciones de protesta una serie de organizaciones no gubernamentales, de perfil nacionalista, pero también liberal (en el sentido, habitualmente utilizado en Ucrania, de compromiso con la estrategia euroatlántica de la Unión Europea). Estas fuerzas acusaban por entonces al presidente Zelensky de proteger a “fuerzas prorrusas disfrazadas en Ucrania que buscan venganza”.
En esa movilización de la sociedad civil, en especial tras la sentencia condenatoria del 23 de febrero de 2021, destaca el papel de los activistas favorables a la reforma de la justicia en Ucrania. Un ejemplo significativo de este compromiso militante, nacionalista ucraniano y proliberal europeo, es el papel desempeñado por algunas de las personas que son o fueron responsables de la dirección ejecutiva de la Fundación DEJURE como Maryna Jromyj o Myjailo Zhernakov. Sigue leyendo
Frenético en sus ritmos y con todo tipo de frentes abiertos –la agresión contra Venezuela, las amenazas a Cuba, el anuncio de Trump de que “la ayuda está de camino” para alentar las protestas en Irán, la continuación de los ataques en la guerra rusoucraniana y las dudas europeas sobre qué hacer para evitar un enfrentamiento político interno dentro del bloque de la OTAN por Groenlandia-, los países europeos intentan seguir el curso de los acontecimientos tratando de darse la mayor importancia posible. La Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos los ha degradado a teatro secundario de las relaciones internacionales y ni siquiera la blanda respuesta de las capitales europeas –callando, publicando comunicados insulsos de condenas que no lo eran o simplemente calificando la cuestión de “muy compleja”- ha conseguido sorprender positivamente a Donald Trump. Tras celebrar lo que considera un éxito rotundo y definitivo, el presidente de Estados Unidos ha puesto su mirada en Groenlandia sin pararse a pensar en el potencial conflicto que ello supone con sus teóricos socios europeos, con los que se ha comprometido a gestionar las garantías de seguridad que colectivamente pretenden ofrecer a Ucrania en caso de alto el fuego.
Incapaces de responder a ninguno de los grandes conflictos internacionales aportando ideas, vías de resolución o medidas constructivas, los países europeos se han aferrado a las cuestiones que les son más cómodas, defender las protestas en Irán y amenazar a Teherán con más sanciones y continuar aprovechándose de la coyuntura para exagerar el peligro ruso y dar así una respuesta a la cuestión de Groenlandia y justificar la continuación de su política en relación a la guerra en Europa. Francia y el Reino Unido siguen trabajando para crear ese contingente de 15.000 tropas que enviar a la Ucrania del futuro, en la que un alto el fuego y prudencial distancia del frente protejan a los efectivos europeos de un enfrentamiento con Rusia para el que ninguno de los dos ejércitos está preparado. Sin embargo, ante lo improbable de una aceptación inmediata por parte de Moscú de ese despliegue europeo, el anuncio es, por el momento, un brindis al sol sin ningún compromiso de crear realmente la logística de esa hipotética misión ni de enviar tropas ante el riesgo de un ataque ruso. Sigue leyendo
Estados Unidos no necesita Groenlandia por los recursos naturales, ha insistido esta semana Donald Trump, sino por motivos de seguridad nacional. Exagerando hasta el ridículo la presencia de buques rusos y chinos –cuyas rutas comerciales por el ártico no pasan por Groenlandia-, Trump ha querido remarcar la idea de peligro de infiltración, control o incluso captura de la isla más grande del planeta si Estados Unidos no interviene. Y aunque el presidente de Estados Unidos se ha jactado de su buena relación con Vladimir Putin y Xi Jinping, de los que ha insistido que no espera más ataques contra Ucrania ni una invasión de Taiwán respectivamente, el peligro que supuestamente suponen ambas potencias es útil a la hora de sugerir que la OTAN no es capaz de proteger el territorio e insistir en que Dinamarca ha de vendérselo a Estados Unidos. “No quiero a China y a Rusia de vecinos”, declaró públicamente olvidando que, en el estrecho de Bering, es ya vecino de Rusia. Ese fue precisamente uno de los grandes mensajes de la cumbre de Alaska. Pese a la retórica de Trump, tres aspectos fuertemente interrelacionados –la posición militar estratégica del territorio, su cercanía a las rutas comerciales del futuro en el Ártico y la riqueza natural- son la base por la que Donald Trump se ha interesado por Groenlandia, una idea que, según John Bolton, le fue presentada por Ronald Lauder. Heredero de la fortuna de la marca de cosméticos Estée Lauder, el multimillonario, amigo de Donald Trump desde los tiempos universitarios de ambos, es una figura recurrente tanto en el mundo de los negocios como en el de la política e incluso la diplomacia.
En su información sobre la adjudicación del primer gran contrato de explotación de los recursos naturales ucranianos en el marco del acuerdo de minerales firmado por Scott Bessent y Yulia Svyrydonova el año pasado a un consorcio encabezado Ronald Lauder, The New York Times recuerda que, según John Bolton, fue él quien convenció a Donald Trump de la importancia de Groenlandia. Recién retirado de la junta de Estée Lauder, el multimillonario se dispone a ser el modelo para otras empresas estadounidenses en Ucrania en la explotación del litio, un mineral clave en la producción de baterías. Las materias primas –fundamentalmente las reservas confirmadas tierras raras, uranio y hierro, además de los posibles yacimientos petróleo y gas- fueron los motivos iniciales del interés del trumpismo en Groenlandia, aunque la idea de Lauder no era buscar la propiedad, sino el derecho de explotar el territorio. En otras palabras, hacer en esa región bajo control de Dinamarca lo que su consorcio va a poder hacer en Ucrania. Sigue leyendo
Triunfalismos europeos aparte, la guerra continúa según la dinámica habitual. El reciente ataque combinado ruso, que dejó a un millar de edificios residenciales –es decir, miles de familias- sin calefacción en la parte más dura del invierno no contó solo con los habituales drones y misiles, sino que Rusia utilizo, otra vez sin carga explosiva, su misil más novedoso, el Oreshnik. Se trataba del segundo uso de este tipo de arma en la guerra, tras su uso el año pasado en Dnipropetrovsk, donde el objetivo fue la fábrica en la que, en tiempos soviéticos, se producían los misiles intercontinentales. Aunque la información sigue siendo escasa, se cree que el Oreshnik lanzado la semana pasada tuvo como objetivo una planta de reparación de la aviación, una forma de tratar de ganar la batalla por los cielos de Ucrania.
“En general, parece impresionante, pero los resultados aún no están claros. Me pregunto cuántos Oreshniks se habrán fabricado ya. De esa forma, se podrían haber usado varios misiles», escribió el experto militar ruso Dmitry Stefanovich, que añadió que, además de las repetidas hipótesis sobre el porqué del uso de un Oreshnik en estos momentos, “no se puede descartar que, en este caso particular, se haya demostrado la disposición a utilizar las Fuerzas de Misiles Estratégicos en caso de un intento de ataque de decapitación. Y esto, claramente, no estaba dirigido contra Kiev”. Teniendo en cuenta el momento, apenas unos días después de que Estados Unidos irrumpiera en Venezuela para secuestrar a Nicolás Maduro y Volodymyyr Zelensky sugiriera públicamente a Washington que hiciera lo propio en Rusia, no se puede descartar la intención rusa de lanzar una seria advertencia. Moscú sigue mostrando públicamente una postura constructiva, defiende siempre que puede a Donald Trump como un hombre interesado en la paz, pero también ha de ser consciente de que no hay garantías de que vaya a producirse un acuerdo, por lo que la escalada sigue siendo uno de los escenarios posibles para este año. En esas condiciones, demostrar fuerza militar no solo responde a presionar a Ucrania dejando claro que puede conseguir sus objetivos por la vía de la guerra en caso de que continúe, sino que tiene formas de responder a cualquier intento de seguir los consejos de Zelensky, que ha creado tendencia. Ayer, los medios ucranianos y británicos recogían la respuesta del ministro de Defensa del Gobierno laborista británico a la pregunta de a quién secuestraría. “Elegiría a Putin”, respondió John Healey. Sigue leyendo
Aunque el protagonismo mediático de la negociación para buscar el final de la guerra rusoucraniana se centra generalmente en los aspectos militares, como anunció Zelensky, Ucrania y Estados Unidos negocian también un documento económico, algo no menos importante e igualmente vinculado a la seguridad. Desde 2022, la presencia ecnoómica de los países occidentales ha sido considerada una garantía de que la Unión Europea, el Reino Unido y Estados Unidos no puedan abandonar Ucrania a su suerte una vez logrados sus objetivos, como ocurrió en Afganistán en los años 90, o admitiendo el fracaso, al estilo del abandono del gobierno de Hamid Karzai en 2021. Las reuniones para conseguir inversiones del gran capital, entre ellas las de los principales fondos buitre, han avanzado en paralelo al intento de lograr una vinculación directa de Estados Unidos en la economía de la Ucrania del futuro. La lógica es simple y, como ha demostrado la guerra, no siempre fiable: Rusia no se atreverá a atacar activos económicos de Estados Unidos. La lógica del acuerdo de minerales iba algo más lejos, ya que implica presencia directa en sectores estratégicos que Washington tendría que proteger. Ese es el camino que Ucrania ha seguido, con una negociación de un “plan de prosperidad” que, en realidad, forma parte de las garantías de seguridad. A mayor aspiración de beneficio de Estados Unidos, más certeza para Ucrania de la continuación de la presencia de su aliado sobre el terreno e integración económica y política en el bloque occidental, primer paso hacia la adhesión militar.
Recientemente se ha hablado mucho de los avances realizados por la Coalición de Voluntarios en su negociación para la creacion de hubs militares en Ucrania y otros aspectos de la militarización del país después de la guerra, pero, a juzgar por algunas publicaciones, los progresos son aún más relevantes en el llamado “paquete de prosperidad”, el nombre típicamente traumpista que se ha dado al documento económico que ha de vincular a Ucrania y Estados Unidos en el futuro. “Estados Unidos y Ucrania firmarán un acuerdo de reconstrucción por valor de 800.000 millones de dólares”, titulaba el viernes The Telegraph, que añadía que “Trump y Zelensky concluirán un acuerdo de prosperidad y garantías de seguridad en Davos”. No hay mejor lugar para firmar un acuerdo que pone en manos de las grandes empresas internacionales el futuro económico del país que el Foro de Davos. Sigue leyendo
El jueves, la embajada de Estados Unidos advertía a sus ciudadanos en Ucrania del peligro de un inminente ataque ruso con misiles, mensaje que fue repetido por Zelensky en su videocomunicado diario a la nación. Esta semana extraña, en la que una cumbre de decenas de jefes de Estado y de Gobierno de la Unión Europea y la OTAN para llegar a un acuerdo de seguridad con Ucrania ha pasado totalmente desapercibida a causa de la agresión estadounidense contra Venezuela, ha culminado con el bombardeo del que advertía Washington. “Putin no quiere la paz; la respuesta de Rusia a la diplomacia es más misiles y destrucción. Este patrón letal de importantes ataques rusos recurrentes se repetirá hasta que ayudemos a Ucrania a romperlo”, escribió Kaja Kallas, para quien las reuniones internas del bloque occidental, que explícitamente excluyen a Rusia, son el modelo de diplomacia que Rusia simplemente tiene que aceptar. Esta forma de gestionar un proceso de paz complejo, pero que Estados Unidos ha enrevesado aún más al tratar de compaginar equipos con ideas contradictorias entre sí en el trabajo bilateral con Rusia y Ucrania y mantener abierta la tercera vía de diálogo con los países europeos, implica que no puede haber alto el fuego hasta que se produzca un acuerdo entre las partes en conflicto.
La situación en el frente diplomático continúa en la lucha de trincheras: Rusia exige unas condiciones de seguridad que son contrarias a lo que exige Ucrania y los países europeos ofrecen el exactamente el escenario que trataba de impedir con su intervención militar. Por el momento, las negociaciones siguen transcurriendo en términos absolutamente inaceptables para los países en conflicto. La cuestión territorial perjudica a Ucrania, a quien Trump le exige que renuncie en la práctica a una parte de Donbass –posiblemente como zona desmilitarizada o zona de libre comercio-, demanda que Zelensky lleva meses intentando rechazar y encontrándose con la tozudez de Estados Unidos, consciente de que ha de ofrecer algo a Rusia para conseguir que acepte lo imposible, cruzar todas sus líneas rojas en materia de seguridad. La presencia de países de la OTAN en sus fronteras es algo que no podrá justificar a su población presentando como éxito las ganancias territoriales en el sur de Ucrania y Donbass, especialmente si no se produce un levantamiento de sanciones. Sigue leyendo
“Que Estados Unidos le haga a Kadirov lo mismo que le hizo a Maduro. Quizás entonces Putin lo verá y reflexionará sobre ello”, afirmó ayer Volodymyr Zelensky, apelando una vez más a que Estados Unidos aplique la táctica del secuestro contra una de las principales potencias nucleares del mundo. Los casi cuatro años en los que Ucrania ha ido consiguiendo poco a poco todo lo que exigía a sus aliados, el despliegue del pasado sábado contra uno de los pocos aliados de Rusia en América y la captura -un robo a mano armada en alta mar- del petrolero Marinera, que pese navegaba bajo bandera rusa, han envalentonado aún más al presidente ucraniano, de por sí proclive a sobredimensionar su fuerza. Zelensky padece también la tendencia de dar por hechas victorias que aún no se han consumado, una estrategia que busca presionar por igual a sus oponentes y aliados, algo que comparte con su homólogo estadounidense. Donald Trump, la persona más importante ahora mismo para Kiev, ya que de su opinión dependen tanto la estructura de seguridad de Ucrania como las posibilidades de conseguir un acuerdo de paz, sigue siendo el principal receptor de los mensajes de Zelensky, que ayer insistió nuevamente en que el acuerdo de garantías de seguridad está “terminado en la práctica a falta de una reunión” con el presidente de Estados Unidos.
Quizá para contrarrestar la ausencia de entusiasmo mediático tras la reunión de la Coalición de Voluntarios, con la participación de Steve Witkoff y Jared Kushner, el flamante jefe de la Oficina del Presidente recordó ayer que no todo lo acordado puede hacerse público, dando a entender un progreso aún mayor en busca de una arquitectura de seguridad que satisface a Ucrania. El motivo de ese júbilo ucraniano es la firma tras la reunión de París de una declaración de intenciones de sus aliados europeos -pero no de Estados Unidos- para ofrecer garantías de seguridad a Ucrania tras el alto el fuego. Calificada de histórica, la cumbre, en la que participaron gran parte de los jefes de Estado o de Gobierno de la Unión Europea, además de los primeros ministros del Reino Unido y Canadá, culminó con una ceremonia tan solemne como la ratificación de un acuerdo que aún no está terminado y que depende de una negociación externa entre dos hombres cuya relación personal no siempre ha permitido un diálogo fructífero. Sigue leyendo
A punto de alcanzar la veintena de paquetes de sanciones desde el 24 de febrero de 2022, la insistencia en las malas condiciones de la economía rusa, siempre al borde de la recesión -ocultando los países europeos que también lo están- o del colapso, sigue siendo una parte fundamental del discurso occidental. Para la UE, esa herramienta económica, la esperanza de que, si la guerra se alarga lo suficiente, Rusia no podrá seguir luchando es uno de los argumentos para seguir exigiendo a Estados Unidos unas condiciones de paz para Ucrania que no se corresponden en absoluto con la realidad. En el caso de Washington, que ha realizado este año un intento de aproximación diplomática y económica a Rusia, el argumento es el péndulo que se mueve al eco del humor de Donald Trump. En ocasiones, la Federación Rusa es un aliado demasiado grande en términos económicos y militares, mientras que, en otras, Rusia es un país que sufre gracias a las sanciones impuestas por Estados Unidos.
Al contrario que los neocon que trabajaron durante años para conseguir su guerra en Irak, Donald Trump no ha tenido ningún problema en admitir que Washington quiere quedarse con el petróleo de Venezuela. Una de las primeras órdenes de Marco Rubio, que aspira ahora a jugar un rol similar al de un virrey colonial, ha sido precisamente prohibir que Venezuela venda su petróleo a oponentes de Estados Unidos. Pese a la descarbonización y aumento del peso de las energías renovables en el mercado energético, el petróleo sigue siendo una materia prima clave de la economía actual y el control de sus flujos da a quien disponga de él una ventaja cualitativa sobre sus competidores. El deseo estadounidense de ejercer ese control en el mercado global no se limita a Venezuela o Irán, sino que se extiende a Rusia.
Desde la tribuna de la Asamblea General de Naciones Unidas, Donald Trump reprochó a los países europeos seguir comprando petróleo ruso y exigió que esas adquisiciones terminen. India sufrió la imposición de aranceles por su colaboración energética con Rusia, que había redirigido al subcontinente una parte importante del petróleo que antaño enviaba a los países europeos. La semana pasada, Bloomberg anunciaba que tres buques con petróleo ruso habían declarado puertos indios como su destino final, dando por hecho que, pese a las amenazas, India no ha renunciado al petróleo ruso tal y como exigía Donald Trump, que también impuso sanciones contra las dos grandes empresas petroleras rusas. Aunque ilegales al tratarse de medidas coercitivas unilaterales, el control que Washington ejerce sobre los flujos comerciales hace de esas sanciones peligrosas para la economía rusa.
Casi cuatro años después del inicio de la campaña de sanciones occidentales con ambición de destrucción de la economía rusa, Moscú ha desarrollado estrategias para esquivar las sanciones. Y si caen las exportaciones de Rosneft, ascienden las de otras empresas menores. Y si la flota con la que las empresas acostumbraban a exportar la materia prima está sancionada, se crean flotas alternativas –las mal llamadas “flotas fantasma”, término utilizado por la prensa para demonizar un comercio que simplemente se realiza al margen del control occidental y de sus empresas de seguros- para continuar navegando. Los problemas asociados a esa práctica son evidentes. Al tratarse de buques antiguos, el riesgo de averías y accidentes aumenta, como lo hacen también las probabilidades de catástrofes medioambientales. Como ya ha demostrado Ucrania, esos buques quedan también expuestos a los ataques con drones a centenares de kilómetros del frente. Y, como pudo verse ayer, están también expuestos a la piratería de Estados Unidos y sus aliados. Con la inestimable colaboración del Reino Unido, las tropas estadounidenses abordaron ayer el buque Marinera, un petrolero de la flota fantasma de Venezuela que había esquivado el primer ataque estadounidense y, registrado ya como parte de la flota rusa, navegaba hacia el norte del Atlántico, previsiblemente en dirección a Rusia. “El bloqueo al petróleo venezolano sancionado e ilícito continúa EN PLENO EFECTO —en cualquier parte del mundo”, escribió el secretario de Guerra de Estados Unidos. Según la versión de Pete Hegseth, parece haber dos tipos de petróleo, el lícito, es decir, aquel cuyo comercio está bajo control de Estados Unidos, y el ilícito, el que escapa al dominio del gobierno global del sector. El abordaje y la detención del buque -ilegal, al tratarse de unas sanciones unilaterales y contra un petróleo inexistente, ya que el buque no contenía carga- se produjo poco antes de que llegaran los buques y el submarino que Rusia había enviado para escoltar al Marinera, que huía de la depredadora persecución desde hace dos semanas.
La respuesta rusa ha sido previsiblemente medida. No enfadar a Donald Trump sigue siendo la máxima de la relación con Estados Unidos, que sigue cruzando líneas rojas con la impunidad de quien impone y aplica las normas dentro de sus fronteras y más allá de ellas, con la extraterritorialidad -aplicación de la legislación de un país en un territorio que no es el suyo- de la que solo disfrutan quienes pueden aplicarla por la fuerza. “El 24 de diciembre de 2025, el buque «Mariner» recibió un permiso temporal para navegar bajo la bandera estatal de la Federación de Rusia, emitido de conformidad con la legislación rusa y el derecho internacional. Hoy alrededor de las 15:00 (hora de Moscú), en mar abierto fuera de las aguas territoriales de ningún estado, las fuerzas navales de EE. UU. abordaron el buque y se perdió la comunicación con el mismo. De conformidad con las normas de la Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar de 1982, en mar abierto se aplica un régimen de libertad de navegación y ningún Estado tiene derecho a usar la fuerza contra buques debidamente registrados en las jurisdicciones de otros Estados”, denunciaba el comunicado del Ministerio de Transporte de la Federación Rusa, que exigía que se respeten los derechos de la tripulación de nacionalidad rusa y que los detenidos sean puestos en libertad a la mayor brevedad. La incautación del buque no solo recuerda que Estados Unidos impone contra Venezuela un bloqueo ilegal, en sí un acto de guerra, sino que está dispuesto a utilizar tácticas bucaneras también contra el petróleo ruso, un precedente peligroso que apunta a otra escalada en la lucha económica.
A las medidas coercitivas impuestas por Estados Unidos y al intento de Washington de quedarse con el negocio exterior de las empresas petroleras rusas vetadas –otra declaración de su intención de monopolizar el comercio de petróleo- hay que añadir lo que, con su sorna habitual, Ucrania califica como sus propias sanciones. Desde el verano, con la inestimable ayuda de inteligencia de Estados Unidos, determinado a debilitar al máximo a uno de sus grandes rivales en el sector, Ucrania ataca repetidamente refinerías de petróleo en diferentes zonas de Rusia. Pese al intento de Kiev de presentar estas acciones como un elemento capaz de reducir la producción de gasolina hasta paralizar al ejército, no se ha producido ninguno de los efectos que Ucrania desea ver. Constante en su actuación y terca en su voluntad de seguir repitiendo la misma acción esperando un resultado diferente, Ucrania sigue exigiendo a sus aliados más misiles para golpear esas infraestructuras civiles que son clave para la economía rusa. Y lo hace aparentemente sin esperar una respuesta equivalente.
El aspecto económicamente más vulnerable de Ucrania no es su producción energética, sino su valor comercial, especialmente sus puertos, con el de Odessa a la cabeza. “A lo largo de diciembre, los ataques rusos se han centrado en Odessa, el principal centro de exportación de cereales de Ucrania y su vía de comunicación económica con el resto del mundo. Los ataques han dañado infraestructuras, depósitos de almacenamiento y redes eléctricas, además de causar la muerte y heridas a decenas de personas. Los analistas afirman que reflejan cómo Rusia busca cada vez más formas de debilitar la economía de Ucrania”, escribía la semana pasada The Wall Street Journal, que en ningún momento mencionaba que estos ataques son la respuesta rusa a una larga campaña con la que Ucrania ha admitido abiertamente buscar destruir la economía rusa. “Definitivamente quieren aislar a Odesa y otras ciudades en términos de infraestructura. Están atacando y destruyendo tanto a las personas como a la economía al reducir nuestra capacidad de exportación a través del corredor marítimo”, se quejó la semana pasada Zelensky en su habitual estilo de exagerar las bajas humanas y ocultar que las acciones rusas solo han aumentado cuando lo han hecho los ataques ucranianos contra las infraestructuras energéticas rusas.
“Alrededor del 90% de la producción agrícola de Ucrania se exporta por mar, según el Ministerio de Desarrollo de Comunidades y Territorios de Ucrania, que estima que seis puertos de la región de Odesa gestionaron alrededor de 76 millones de toneladas de carga durante 11 meses de 2025. Ucrania ha aprendido a proteger este comercio utilizando drones navales para mantener a raya a la Flota del Mar Negro de Rusia”, escribe The Wall Street Journal destacando la importancia de Odessa para la economía ucraniana y su vulnerabilidad, siempre sin recordar que los misiles y drones no solo vuelan en la dirección Crimea-Odessa sino también en la opuesta y olvidando convenientemente que solo Ucrania ha amenazado sistemáticamente buques comerciales. En plena escalada de la guerra económica, Kiev se sorprende porque Rusia esté “destruyendo todos los elementos de la cadena logística de exportaciones”.
La caída de Andriy Ermak, cesado tras el estallido de un caso de corrupción que afectó directamente al círculo más cercano al presidente de Ucrania, ha resultado ser aún más relevante de lo que aparentó en un principio. El caso no solo se ha llevado por delante al consejero más importante de Volodymyr Zelensky, sino que ha resultado ser el inicio de una transformación mucho más amplia. El caso obligó a uno de los amigos más cercanos de Zelensky a huir del país -una salida permitida y privilegiada, por lo que, al contrario que otros hombres en edad militar, no tuvo que huir del país por los Cárpatos ni jugarse la vida cruzando ríos en los que decenas han perdido la vida- y apartó definitivamente del poder a Ermak, que hasta entonces había resultado intocable. A priori de forma contradictoria, la causa no ha afectado a Rustem Umerov, presidente del Consejo de Defensa y Seguridad Nacional, un puesto que puede equipararse al de asesor de seguridad nacional y en el que no solo se ha mantenido, sino que ha ampliado sus poderes al heredar de Andriy Ermak el rol de encabezar las delegaciones negociadoras con los aliados europeos y estadounidenses.
Desde la caída de Ermak, Zelensky no se ha limitado a sustituir a quien hasta entonces había sido su confidente y asesor ejecutivo más cercano, sino que se ha producido un cambio de rumbo claro acorde a la coyuntura y necesidades actuales. Ayer, Zelensky volvió a reunirse con los jefes de Estado o de Gobierno de los países que integran la Coalición de Voluntarios, dispuestos a enviar un contingente de tropas a la Ucrania posterior a un posible alto el fuego siempre que Estados Unidos aporte una cobertura y garantías de seguridad. Estas reuniones, que se prolongan desde hace meses y en las que no se pueden tomar las decisiones definitivas, son, en realidad, una herramienta de presión a Washington en busca de concesiones en materia de seguridad. Sigue leyendo
La crisis Honor-Azov de 2020Si la separación entre Honor y Azov se fundamenta en el conflicto del grupo de Filimonov con Botsman, la fase de ruptura definitiva coincide en el tiempo con la participación de Honor en las acciones de apoyo a Serhiy Sternenko durante sus imputaciones judiciales de 2020.
En paralelo a la progresiva ruptura con las fuerzas pro-Avakov tras el conflicto de Protasiv Yar, en la primavera de 2020 Honor se presenta ante Azov con una apuesta decidida por Sternenko.
En ese periodo, la situación judicial de Sternenko da un giro como consecuencia del nombramiento de Iryna Venediktova, vilipendiada por ciertos sectores por vínculos con Avakov, como Fiscal General de Ucrania. La nueva fiscal general se muestra dispuesta a relanzar los procesos penales contra el activista y a promover la imputación del activista de Odessa por la muerte de Ivan Kuznetsov. El 4 de mayo, el voluntario nacionalista Roman Sinicyn adelantaba en este sentido que el SBU, junto con la Fiscalía General, estaba preparando un documento de acusación contra Sternenko, calificando la acción contra Kuznetsov de asesinato premeditado.
Previamente, el 5 de marzo, Andriy Portnov anticipaaba que el activista de Odessa sería considerado penalmente responsable de asesinato intencionado con agravantes, aunque denunciaba maniobras posteriores del Fiscal General Ryaboshapka, que aún había sido sustituido. El 17 de abril, Portnov celebraba la petición judicial del traspaso del caso del SBU a la policía, aunque el 21 se lamentaba de la resistencia de la nueva Fiscal Venediktova a aplicar la decisión judicial. Para entonces, Portnov empezaba a tomar conciencia de las dificultades a la que se enfrentaría, incluidas las propias posiciones de los fiscales, a través de la práctica de la incomparecencia de fiscales e imputado y otras formas de obstrucción, para llevar a buen puerto su acción judicial contra Sternenko.
En el lado opuesto del espectro político, la imputación de Beria se presenta por el movimiento nacionalista pro-Sternenko como una estrategia de revancha de las fuerzas prorrusas en Ucrania que encontrará fuerte resistencia en el mundo derechista de los ultras del fútbol ucraniano en el que se desenvuelven los militantes de Honor.
El 5 de mayo, los ultras del Dynamo de Kiev emiten un comunicado en su página de Facebook en la que señalan seguir de cerca “la situación en torno al caso del activista y nacionalista Serhiy Sternenko” y que “si las fuerzas antiucranianas intentan imputar ilegalmente de asesinato o detener a Serhiy, anunciaremos de inmediato una movilización general y una concentración de protesta”. Lanzan un llamamiento a los fans a mantenerse al tanto de los acontecimientos, afirmando que “¡Los ucranianos tienen derecho a la legítima defensa!”.
El 6 de mayo, Honor se adhiere a la declaración de una de las facciones de los fans del Dynamo, el bloque Родичі (Familiares) del que es miembro el propio Filimonov. En ella se afirma que, en caso de que se impute a Sternenko, no se quedarán al margen. “Llevamos dos años observando una campaña constante de propagandistas y políticos prorrusos, cuyo objetivo es convencer a la sociedad de que Sternenko no tenía derecho a defenderse de los ataques, a proteger la propiedad de la comunidad o a prohibir los conciertos de estrellas rusas en su ciudad. Estamos convencidos de que Serhiy está siendo perseguido por atreverse a ser ucraniano en Odessa. Si Sternenko es detenido, estamos dispuestos a convertirnos en una fuerza importante en el movimiento de protesta callejera en su apoyo”. Los cargos que pesaban sobre Sternenko, que durante años se había destacado por presionar a los jueces para impedir la puesta en libertad bajo fianza a los acusados por el caso 2 de mayo, que finalmente serían absueltos, eran secuestro y homicidio.
Ese mismo día, otros grupos ultras del fútbol ucraniano se adhieren a la posición de los fanáticos del Dynamo, entre ellos una de las facciones del Chernomorets de Odessa. El llamamiento ultra es bienvenido por figuras políticas entonces relevantes, por ejemplo, la exministra de Sanidad con Poroshenko, Ulana Suprun, una de las más fervientes defensoras de Sternenko y considerada, junto a su marido un exponente claro de la importancia política de la diáspora ucraniana procedente de Norteamérica.
El impulso de la movilización a favor de Sternenko desencadena una reacción en Azov, un ámbito poco propenso a simpatizar con el activista de Odessa. A primeros de mayo, tanto Strana como NewsOne recogen la dura acusación de Andriy Biletsky contra Sternenko en una entrevista en el canal ZIK TV. Desconcertado ante el hecho de que se calificara a Sternenko de «nacionalista», Biletsky afirmaba: «¿Qué clase de nacionalista es? Todo Odessa sabe perfectamente que este hombre administraba burdeles y garitos de drogas, mientras que la mayoría de los miembros del Praviy Sektor luchaban con honor en el frente«.
El 7 de mayo, Biletsky convoca a Serhiy Filimonov a una reunión a la que éste acude junto a otros antiguos camaradas de Azov, Nazar Kravchenko e Igor Malyar. Según la versión de Filimonov, en ese encuentro al que las dos partes acuden armadas, Biletsky se queja de la posición de Honor respecto a Sternenko y busca conocer quién está detrás de la organización de la acción en apoyo de Beria tanto en los medios como entre los ultras del fútbol. En respuesta a sus argumentos, Filimonov y sus acompañantes se enfrentan a todo tipo de amenazas y golpes por parte de una treintena de seguidores de Biletsky a quien el líder de Honor “respetaba hasta entonces como comandante y consideraba mi amigo”. En declaraciones a Radio Svoboda, Filimonov dice salir de la reunión “no como una víctima, sino decepcionado”.
En un mensaje del 8 de mayo, Nazariy Kravchenko señala que el objetivo de Azov en la reunión fue intentar convencerles de que no apoyaran a Serhiy Sternenko desde posiciones muy críticas con el activista de Odessa. “Los principales argumentos fueron golpes en la cabeza e interrogatorios”. Adelantando la posición de Honor, Kravchenko se reafirmaba entonces en su opción pro-Sternenko, señalando que “no abandonaban a los suyos”.
En un mensaje posterior en Facebook, el mismo 8 de mayo, Masi Nayem, abogado habitual de Sternenko y hermano del considerado padre del Maidan, aprovechaba el conflicto para situar el marco político de la futura movilización a su favor: la confrontación con el entonces, en términos nacionalistas, tímido gobierno Zelensky. “Y la pregunta para la Oficina del Presidente de Ucrania es: ¿Es esta la justicia de la que habló V. Zelensky? ¿O todavía tenemos que esperar?”, aseguraba en esa dirección Nayem.
El día 9, Novynarnia profundizaba en la versión de Filimonov, previamente adelantada en Facebook, situando la causa última del incidente en el deseo de Biletsky de «monopolizar el movimiento nacionalista» y de controlar todo el entorno de los ex participantes de Azov y del movimiento de derecha, evitando la consolidación de alternativas políticas al Cuerpo Nacional. Según Filimonov, “Biletsky sueña con convertirse en el padre de la nación y no necesita competidores … Y aquí está un tal Sternenko, al que todo el mundo se refiere, a quien todo el mundo observa, a quien todo el mundo ama. Por supuesto, esta es una historia muy dolorosa para él”.
En cualquier caso, Filimonov cree estar entonces en posición de fuerza. Afirma tener, frente a las acciones de descrédito de Biletsky, “muchas más oportunidades” para desacreditarle a él, convencido de que muchos militantes de Azov y del Cuerpo Nacional se pondrían de su lado (ya había sentido el apoyo de mucha gente de ese entorno, incluidos algunos jefes de las filiales del Cuerpo Nacional). En una respuesta a Yuri Butusov sobre la cuestión, Biletsky se muestra a la defensiva, apoyando el derecho a la defensa de Sternenko y solidarizándose con él ante el ataque de “los medios rusos y las fuerzas prorrusas en Ucrania”. Para Biletsky, sin embargo, la posición de Filimonov y de su grupo es deshonesta, siendo el argumento pro-Sternenko una “falsa razón” para “ensombrecer” al movimiento Azov. Señala que estará al lado de Sternenko en su próximo juicio, algo que nunca llegaría a suceder, al menos de forma públicamente relevante.
En una entrevista para Troublemakers Ukraine en torno al 12 de mayo, los entrevistadores preguntan a Filimonov si se estaba produciendo una lucha por el control de la fuerza de los ultras del fútbol que, antes del incidente de Sternenko, estaba estrechamente asociada con Azov y el Cuerpo Nacional. Filimonov responde que “en el caso Sternenko, la basura —Avakov, Sharii y Portnov—, curiosamente, está pronunciando las mismas palabras contra Serhiy. Parece que es vital para ellos encerrarlo a cualquier precio. Y entonces, de repente, Andriy Biletsky, que ha estado participando en los canales de Medvedchuk y soltando tonterías contra Sternenko, irrumpe en este coro de rusos y policías. Y es extraño. Parece que el comandante ha caído en malas compañías”. “Lo explico con el hecho de que se están preparando cosas extremadamente malas ahora mismo —Sternenko, Antonenko y muchos otros están bajo amenaza de prisión—, y quienes están detrás de estas tonterías son de vital importancia para que los aficionados se queden en casa. Eso es lo que veo”.
Filimonov precisa el contexto político de su apoyo a Sternenko, situándolo en el proceso Maidán durante el cual los ultras del fútbol, base posterior del movimiento Azov, se pusieron del lado del combate contra “la agresión rusa” [que, por entonces, no se había aún traducido en nada concreto, siendo la secesión de Crimea posterior a Maidán] y “entre esta gente, seguramente habrá quienes estén organizados, tengan principios y estén listos para actuar”. Según Filimonov, “en la situación de Sternenko, la postura de cualquier ucraniano normal es clara y predecible: el sistema no ataca a Serhiy, sino a cada uno de nosotros. El sistema quiere castigar al ucraniano que se resistió a los agresores que lo atacaron a él y a su novia. Esto no debe permitirse”. “Están sucediendo cosas alarmantes en el país. Necesitamos mantenernos unidos contra el mal real. Hay muchísimo por todas partes”.
Desde posiciones críticas con el nacionalismo, Sergey Spiridonov mencionaba un posible escenario de redistribución del poder y del liderazgo dentro del entorno radical. En ese proceso, que continúa hoy en día, los socios occidentales del nacionalismo ucraniano se orientarían a respaldar y a promover a Serhiy Sternenko, resistiéndose Biletsky a promocionar a la nueva estrella nacionalista.
Tras el incidente violento, la crisis entre Honor-Sternenko y Azov se acentúa. El 18 de mayo, chesno.org publica información comprometedora en la que Nazar Kravchenko acusa a sus antiguos compañeros del Cuerpo Nacional, entre ellos Biletsky y Botsman, de prácticas de malversación y financiación ilegal, prácticas en las que el propio Kravchenko señala haber participado.
Tras la crisis de mayo con Biletsky, se acentúa el enfrentamiento de Honor con el establishment ucraniano, en particular con el ministro del Interior, y apoyo de todos los batallones punitivos de voluntarios post-2014, incluido Azov, Arsen Avakov. La demanda de resignación de Avakov, aprovechando cualquier pretexto útil, se mantiene como uno de los principales ejes de confluencia entre Honor y Sternenko.
Un ejemplo de estas acciones es la convocatoria de las fuerzas ultranacionalistas el 5 de junio de 2020 para pedir la dimisión de Avakov en la que Filimonov acusa de forma indirecta a las partes ausentes, entre ellas Azov, agradeciendo a las organizaciones participantes: “¡Gracias «Svoboda», Praviy Sektor y veteranos de la guerra en el este, porque hoy estuvimos todos juntos!”. Un planteamiento que muestra un cisma más profundo entre la versión nacional-ucraniana clásica, defendida por los grupos dominantes en la zona occidental de Ucrania, como Svoboda o el Praviy Sektor, y la versión nacionalista de los rusófonos de Azov, con gran peso en el la parte más oriental de Ucrania.
Tras el relanzamiento en 2020 de la acción judicial contra Sternenko, el acercamiento organizativo entre Honor y Sternenko se traduce en una extensión de la movilización en las calles a su favor. A partir de ese momento, Honor se convierte en una especie de guardia pretoriana del nuevo héroe mediático nacionalista ucraniano y seguirá en la calle la evolución del recorrido judicial del exmiembro del Praviy Sektor.
Esta movilización se observa ya en el momento en el que, el 11 de junio de 2020, Sternenko se presenta ante el órgano judicial encargado de entregarle la notificación de su imputación en el caso Kuznetsov. En esta audiencia judicial, Sternenko es imputado por el asesinato intencional y posesión ilegal de arma blanca. Los esfuerzos del equipo judicial de Portnov alcanzan entonces su punto álgido, aunque sin consideración por el tribunal de los agravantes que llevaban al equipo Portnov a solicitar cadena perpetua.
La vista del 11 de junio se ve entorpecida por enfrentamientos en el exterior entre varios cientos de partidarios de Sternenko y la policía. Con posterioridad, los manifestantes continúan su protesta frente a los apartamentos donde la fiscal Iryna Venediktova y el presidente Volodymyr Zelensky están registrados.
Unos días después, el 15 de junio, el Tribunal del Distrito Shevchenkivsky de Kiev dicta una medida cautelar contra Sternenko consistente en arresto domiciliario continuo durante 60 días. Portnov empezaba ya a intuir la voluntad de la Fiscalía General de evitar el ingreso en prisión de Beria.
En una aproximación a la nueva fase de movilizaciones en favor del imputado Sternenko, un artículo de la BBC presentaba la acción judicial contra el activista de Odessa como uno de los “juicios más sonados de la historia moderna de Ucrania” y describía de esta forma el acto de protesta en el día de la primera audiencia contra él: “El proceso se asemejaba a un mitin político, con el «héroe de la ocasión» —el propio Sternenko (oficialmente sospechoso)— apareciendo de vez en cuando. Sternenko, un orador hábil y con gran capacidad de expresión … cambió ante el tribunal la camiseta que solían llevar sus conocidos por una chaqueta elegante y gafas”. Profundizando en el cambio de imagen del activista, continuaba: “Al observar el comportamiento actual de Sternenko ante las cámaras, es difícil evitar la impresión de que no es un activista callejero, aunque sea uno de los más conocidos en Ucrania, sino un político de pleno derecho. Aquí está, animando a sus partidarios, ignorando preguntas incómodas de canales de televisión claramente desleales ante los vítores de aprobación de la multitud, y ampliando el contexto al abogar por la protección legislativa del derecho de los ciudadanos a la legítima defensa…”. La tendencia de la prensa occidental a blanquear a los activistas nacionalistas, igual que el intento de Sternenko de hacer olvidar su pasado violento sin renegar de él, precede en varios años a la invasión rusa.
La BBC recogía los agravios de los partidarios de Sternenko, en particular la reivindicación del principio de autodefensa frente a la acción de venganza de las fuerzas Antimaidán en un proceso de retroceso, sancionado por el gobierno Zelensky, respecto a los logros de Ucrania durante la «revolución de la dignidad». Beria gestionaba aún más hábilmente la situación para, antes de la sentencia, afirmar en su discurso a sus apoyos: “No sé si saldré a verlos después de que se anuncie el veredicto… Sea cual sea la decisión, estoy convencido de que no perderemos. Si la decisión de hoy es ilegal, será el principio del fin para ellos. Hay más de cien personas aquí hoy. No entienden que si pisotean los derechos humanos y se dedican a la persecución política, entonces, en lugar de cientos, miles, decenas, y si es necesario, cientos de miles saldrán a la calle”.
Honor estará a partir de entonces presente en las distintas convocatorias que acompañarán el desarrollo de las distintas convocatorias judiciales del periodo contra Sternenko. En ese proceso, la presión política y mediática nacionalista buscará atenuar al máximo las intenciones judiciales en el caso Kuznetsov. Así, ya el 6 de agosto, el Tribunal del Distrito de Shevchenkivsky de Kiev suaviza la medida cautelar contra Sternenko, sustituyendo el arresto domiciliario permanente por arresto domiciliario nocturno. Aunque tras ser traspasado el caso a Odessa, el 31 de agosto la Fiscalía vuelve a solicitar nuevamente la detención de Sternenko, el 28 de septiembre, el tribunal Distrito de Prymorsky de Odessa rechaza la solicitud y confirma el arresto domiciliario nocturno para el activista.
Pero las cosas se complican para Sternenko tras la reapertura del juicio por el secuestro y extorsión de Sherbych. Previendo una sentencia desfavorable, el 19 de febrero de 2021, unos días antes de su publicación, Honor señala en Telegram que “el caso es una porquería, igual que nuestro sistema judicial. Solo un policía, un fiscal, un delincuente o un borracho canalla que atropella a la gente puede ser absuelto. Y una persona normal [NR: en referencia a Sternenko] solo puede merecer justicia mediante la publicidad y el apoyo público. Es muy importante apoyar a Serhiy ahora, porque mañana cualquiera podría estar en su lugar”.
El 23 de febrero sale la sentencia condenatoria contra Sternenko: siete años y tres meses de prisión con confiscación de la mitad de sus bienes por el secuestro en abril de 2015 de Sergei Sherbych. A pesar de las evidencias en su contra, que se confirmarán en las distintas fases posteriores del trámite judicial, Honor afirma que “las autoridades encarcelaron a Serhiy Sternenko por un caso falso. Este es un desafío para todos los ciudadanos. Hoy, o estás con Serhiy o esperando a que vengan a por ti. Ha comenzado una nueva era en Ucrania. No desesperéis: ¡ganaremos sin duda!”. En otro post del mismo día se sitúa el contexto de la acción, vinculada de nuevo a la demanda de acciones judiciales contra representantes del mundo ruso: “Cuando Zelensky cerró los canales de Medvedchuk, la gente común lo apoyó … Cuando Shariy fue declarado en busca y captura, la gente común lo apoyó … Cuando este sinvergüenza quiso encarcelar a Serhiy Sternenko, la gente común quiso darles una paliza. Porque dos buenas acciones no dan derecho a la estupidez. Patriotas sin recursos organizaron manifestaciones en todas las grandes ciudades. Los ucranianos están de nuevo dispuestos a salir a las calles para exigir justicia”. Todo ello con un insulto directo a la Administración de la época: “Payaso (Zelensky)”, sentenciaba sugiriendo, como es habitual en las luchas políticas ucranianas, algún tipo de conspiración prorrusa.
Con posterioridad, Honor calienta el ambiente en un proceso de movilización que, además de una manifestación masiva el 27 de febrero (“Justicia para Sternenko, justicia para todos”), culminará con los eventos del 20 de marzo en Bankova, enfrente de la Administración presidencial. En sus proclamas en Telegram señala que, en el caso Sternenko como en otros, todo “está siendo fabricado desde lo más alto” y que “el 23 de febrero, Serhiy Sternenko fue encarcelado cínicamente por no guardar silencio”.
El 26 de febrero, Filimonov realiza un llamamiento “a todo aquel/la que se considere nacionalista” en el que, apuntando siempre al mismo enemigo, señala: “En 12 horas, comenzarán las acciones indefinidas en todo el país para la liberación del preso político Serhiy Sternenko. Esto significa que cada uno de nosotros tiene 12 horas para decidir si se une a la defensa de quien hoy es el principal objeto de odio de toda la agencia del Kremlin, de todos los medios prorrusos y de todos los secuaces de Putin en nuestro país. Llevo varios meses observando cómo la quinta columna intenta, con habilidad y convicción, engaña a la derecha ucraniana para dejar a uno de los críticos acérrimos del ocupante sin apoyo nacionalista. Por supuesto, depende de usted decidir si apoya a la persona a quien el ocupante quiere silenciar hoy, pero pregúntese: ¿puede seguir considerándose nacionalista manteniéndose al margen?”. Ese mismo 26, Honor recuerda que en la acción “el uso de símbolos de partidos durante el evento se considerará sabotaje deliberado. Ningún partido utilizará el nombre de Serhiy Sternenko ni de otros presos políticos para obtener dividendos políticos”.
El 4 de marzo, Honor acusa directamente a Zelensky. Señala que desde el 23 de febrero “miles de personas en Ucrania y en el extranjero han salido a las calles para expresar su protesta, pues entienden que el silencio mantiene a la gente encarcelada. Pero durante todo este tiempo, el presidente, garante de nuestros derechos y libertades, no ha dicho nada. Y aunque Zelensky y su círculo admiten que nuestro sistema judicial ha demostrado su incompetencia, no hacen nada para impngedir que esta maquinaria represiva proteja a criminales y envíe a inocentes a prisión”. Y en una nueva fase de movilización se anuncia que “el 8 de marzo le recordaremos esto al presidente en su residencia estatal”. El día 13 vuelve a recordar que “el presidente ha decidido ignorar por completo nuestra protesta pacífica. Llevamos dos semanas esperando”.
Haciéndose eco del proceso de movilización que culmina el 20 de marzo con los ataques en Bankova, la BBC señala unos días después que las acciones en favor de Sternenko, ya ligadas en su visión a las propuestas de reforma judicial, constituían las protestas más masivas y activas contra el Gobierno Zelensky, con indicios de que podrían intensificarse y agravarse en sus consecuencias.
Entre los organizadores, la activista de la rama ucraniana del Comité Helsinki de Derechos Humanos, Maryna Jromykh, entonces gerente del área de Militancia y Comunicación del grupo, señalaba en esa dirección: «Si el presidente ignora lo sucedido el sábado, no me sorprendería que la próxima manifestación adoptara medidas aún más radicales. No lo digo como organizadora, sino como alguien que observa las tendencias«, advertía antes de aconsejar a Zelensky que “debería actuar como un hombre de estado, no como un crío intimidado por Avakov”. Para la activista «Zelensky está cometiendo el mismo error que su predecesor: ignorar las demandas del pueblo«. Según Jromykh, “Nuestras acciones dependen de las suyas”. Según ella, no habrá protestas si las autoridades empiezan a responder a las demandas de los manifestantes. Estas exigencias incluyen la liberación de Sternenko y otros presos políticos, sanciones contra figuras prorrusas, con mención específica a una actuación directa contra Andriy Portnov, y la renuncia de altos cargos como Iryna Venediktova y Arsen Avakov.
Por su parte, Filimonov, al referirse a posibles nuevas acciones, en paralelo a la siguiente audiencia contra Sternenko, respondía de la siguiente manera a la pregunta de si habrá enfrentamientos con la policía: “Si nos golpean, habrá una acción. Si no nos escuchan y hay represión, entonces el escenario es diferente”; “Si no hay justicia, el pueblo y la sociedad civil tienen derecho a elegir los métodos. En cualquier caso, estamos seguros de que la gente ya está harta de lo que está sucediendo en el país”. Además de la tendencia a ver agentes rusos en cada esquina, cada paso de la extrema derecha se produce en estos años denunciando una represión contra los grupos nacionalistas por parte de Zelensky que nunca iba a producirse.
En paralelo a la defensa de Sternenko, Honor sigue promoviendo acciones de ataque a los medios y grupos considerados prorrusos. Así, Filimonov y su grupo participan en la acción del 24 de febrero de 2021 contra el grupo de Anatoly Shariy. Ese día, un grupo de Honor irrumpe en la sala de reuniones del Ayuntamiento de Kramatorsk y protagoniza una pelea con representantes del grupo político de Shariy.
La acción del 20 de marzo de 2021 en Bankova pronto empieza a traducirse en resultados favorables para Sternenko. En abril, el tribunal de apelaciones mantiene la culpabilidad del activista, pero conmuta la pena por un año de libertad condicional.
El 1 de mayo, Honor empieza a cantar victoria por la liberación de Sternenko: “Amigos, esta publicación es de gratitud. Gracias a ustedes —ciudadanos comprometidos, periodistas y movimientos sociales que han protestado durante más de 500 días, escribiendo, recordando y sin olvidar— las autoridades han comenzado a atender parcialmente nuestras demandas comunes. Serhiy Sternenko está en casa, pero los difíciles e inciertos juicios continúan … ¡Gracias! Ustedes son el verdadero poder, y esto es evidente para todos, tanto en el gobierno como en las calles. Sin embargo, esto está lejos de ser el final. Así que permanezcamos unidos. ¡La verdad prevalecerá!”.
Sin embargo, el 21 de mayo el Tribunal de Primorsky de la ciudad de Odesa autoriza de nuevo la detención de Serhiy Sternenko para evitar sus habituales incomparecencias y forzar su presencia en la audiencia prevista del caso Sherbych. La respuesta es una convocatoria de manifestación para el día 22 ante la Oficina del Presidente exigiendo justicia para Sternenko. El 27 se señala que el siguiente lunes Sternenko será enviado a prisión, según la información facilitada por fuentes del Tribunal de Apelación de Odesa. “Esto ocurre a pesar de que el caso se ha desmoronado en los tribunales: los abogados desbarataron todos los argumentos absurdos de la fiscalía y los testimonios confusos del supuesto delincuente [en realidad el perjudicado por las acciones violentas de Sternenko y su grupo]. Sin embargo, la presión sobre el tribunal sigue siendo tremendamente intensa por parte de las filas de Avakov y Medvedchuk . Este domingo a las 18:00 estaremos en la Presidencia y no permitiremos que los opresores nos arrebaten la justicia”.
Finalmente, el 31 Sternenko y Honor consiguen casi todos sus objetivos en el caso Sherbych: “El caso fabricado sobre las «300 grivnas» se desmoronó en la corte de apelaciones. Pero aún no había que encontrar una prueba, así que Sternenko recibió una condena condicional de un año por una sola bala. La historia dista mucho de ser perfecta, pero precisamente gracias a la calle, Serhiy no acabó hoy en una colonia penal. Y por eso, muchas gracias a todos. Esto no ha terminado aún, y quedan muchas acciones por delante. Pero sí, poco a poco, les enseñaremos democracia a las autoridades”.
Es el punto culminante de unas movilizaciones cuyos impulsores presentan como el “último argumento” de la sociedad civil frente a la inacción gubernamental, apoyada en la presión internacional y la cobertura mediática, amplificadoras ambas del impacto de las protestas.
Poco antes de la invasión rusa, el 10 de febrero de 2022, el Tribunal Penal de Casación revisó el caso y finalmente anuló la condena por el caso Sherbych a pesar de haber quedado acreditada durante todo el proceso judicial la participación de Sternenko en los hechos.
A primeros de 2022, la acción callejera de Honor aún se mantenía viva, con una convocatoria contra la televisión Nash, propiedad del “agente ruso”, según Filimonov, Eugene Murayev. Pero soplaban ya vientos de guerra.
La colaboración de Honor con Sternenko se traduce entonces en la rápida organización el 12 de febrero de una manifestación de resistencia ucraniana, la llamada Marcha de la Unidad. Organizada por Filimonov y Sternenko “para mostrarle al enemigo que los ucranianos están listos para defenderse”, siguiendo el modelo habitual: los dos aliados instan “a todos a abstenerse de las banderas de las organizaciones y los partidos políticos” y a desfilar “unidos por la bandera amarilla azul”. Con mucho menor éxito de participación, intentarán luego replicar el acto en Odessa.
Se trata de las últimas iniciativas de activismo civil de Filimonov. Honor se convertirá, tras la invasión rusa, en una unidad de combate. A primeros de marzo se publica una foto de Honor en la que aparecen Filimonov y Sternenko y se señala que están a la espera de órdenes. Algunas fuentes permiten situar el lugar en alguna parte de la carretera Zhytomyr-Kyiv. El día 5 de marzo vuelve a acreditarse la presencia de Sternenko con Honor.
Sin embargo, estas imágenes militares de Sternenko pronto desaparecen. Acusado, al igual que otros activistas promotores de las movilizaciones a su favor, de huir de la movilización, con acta de persecución por parte de algún tribunal local, Sternenko retoma la vida de bloguero e influencer, centrado ahora en conseguir recursos para drones del ejército ucraniano. Mantendrá durante un tiempo la costumbre de repostear mensajes de Filimonov y de su unidad militar, costumbre que irá poco a poco desapareciendo tras el acceso del líder de Honor al puesto de mando en los Lobos de Da Vinci.
Es el fin, quizás provisional, de la acción callejera conjunta de Sternenko y Honor, pero el punto de partida de un protagonismo aún mayor de Sternenko como activista y recaudador de fondos para la adquisición de material militar a favor del Ejército de Ucrania.
En el peor día posible, con toda la atención política mundial centrada en Caracas, Ucrania celebró el sábado una reunión que llevaba días preparando y que esperaba que fuera un gran acto de relaciones públicas. Días antes, Volodymyr Zelensky había presentado el importante acuerdo para celebrar dicha cumbre de asesores de seguridad nacional de los países de la Coalición de Voluntarios en Ucrania. Se mantenía entonces la falsa esperanza de que Steve Witkoff y Jared Kushner, ninguno de ellos asesor de seguridad nacional de Trump, acudieran de forma presencial a una reunión en la que nunca iban a implicarse en exceso. Estados Unidos tiene claro cuáles son los formatos en los que se toman decisiones y la Coalición de Voluntarios no es uno de ellos. Sin atención mediática, la reunión quedó reducida al insulso comunicado de Kirilo Budanov, el primero de su nueva etapa de político respetable.
“Por encargo del presidente de Ucrania, se celebró una importante reunión con los asesores de seguridad nacional de los países socios de Ucrania, miembros de la Coalición de Voluntarios, que habían llegado a Kiev”, explicaba Budanov con un mensaje que hasta la semana pasada habría correspondido a Rustem Umerov. Como indicaba la semana pasada el periodista opositor ruso Leonid Ragozin, el nombramiento del exlíder de la inteligencia militar y principal patrón de los grupos neonazis y otras gamas de marrón fascista armados y entrenados para matar en el frente y en la retaguardia es un paso más en la consolidación del dominio del Estado “securocrático”, es decir, de la dictadura de las estructuras de seguridad del país, esas de las que forman parte quienes hasta ahora han sido asociados o subordinados de Budanov en el GUR. Sigue leyendo
“Os dije que dejarais de de decir aislacionista”, titulaba ayer TIm Barker, cuyo reciente libro es la crónica de cómo Estados Unidos ha basado su crecimiento económico en una versión muy particular del keynesianismo militar, concretamente en el uso del conflicto militar o la amenaza de guerra, entre ellas la nuclear, para favorecer las inversiones, pero sin ofrecer a la población la parte social que preveía el keynesianismo original. El académico reaccionaba, no solo a la agresión estadounidense de ayer contra Venezuela, sino a la interpretación malintencionada de la Estrategia de Seguridad Nacional de Donald Trump. “La Estrategia de Seguridad Nacional recientemente publicada por la Casa Blanca vuelve a hacer surgir la pregunta de si los americanos se están volviendo aislacionistas”, había escrito, por ejemplo, Karl Rove, una de las personas más cercanas a George W. Bush, el hombre que hizo de la guerra contra el terror el centro de la política y la economía de Estados Unidos.
La base de esa visión del mundo era el nationbuilding, la construcción nacional con la que el mesianismo cristiano evangélico, que aún no se había convertido tan claramente en el nacionalismo cristiano del que hoy hace bandera el trumpismo, iba a expandir los ideales democráticos y la economía capitalista. La construcción nacional era también la idea-fuerza que sustentaba el intervencionismo humanitario, ese que dio lugar a eufemismos como el bombardeo humanitario y que hizo de la guerra eterna, en aquel momento centrada en Oriente Medio, una cuestión bipartidista en la que las disidencias pacifistas eran la excepción en el consenso liberal y conservador. Sigue leyendo
Su muerte siempre resultó extraña, desde el propio anuncio a la forma en la que supuestamente se había producido. Su brigada, el Cuerpo de Voluntarios Rusos, RDK, lo anunció en las redes sociales sin apenas detallas y otorgando a su líder un final heroico, el final del guerrero que destacaba Maksym Zhoryn en su sentido homenaje. Denis Kapustin, White Rex, había caído en el frente a causa del impacto de un dron FPV en algún lugar del frente de Zaporozhie, uno de los dos actualmente activos. Las dudas comenzaron a surgir nada más producirse el anuncio del RDK, acompañado por una foto en blanco y negro de su líder caído. Al igual que otras figuras cuya importancia no es militar, como Andriy Biletsky, Kapustin no se había prodigado especialmente por el frente y su grupo se ha dedicado fundamentalmente a acciones concretas como parte de las fuerzas especiales del Directorio General de la inteligencia militar de Ucrania, es decir, de Kirilo Budanov, y a redadas como la que hizo famoso al grupo en aldeas puramente civiles de la parte rusa de la frontera.
El único detalle que hacía creíble que Kapustin hubiera sido destinado al frente era la muerte de al menos cinco soldados del grupo esa misma semana, algo que ha sido explicado como la consecuencia de la dificultad de Ucrania para reponer sus filas a causa de las bajas y dificultades de reclutamiento. Aunque en la entrevista que concedió a Fox News en su visita a Estados Unidos Zelensky afirmó que, por primera vez en la guerra, Rusia había sufrido pérdidas netas en el año (menor reclutamiento que muertes en el frente), no es Rusia quien está teniendo problemas para sustituir a los soldados muertos, heridos o que han de ser relevados al terminar sus rotaciones. La presencia de grupos como RDK, que en ningún momento ha sido concebido como unidad de infantería, es solo una evidencia más al respecto. Sigue leyendo
“Zelensky afirma en su discurso de Año Nuevo que el acuerdo de paz está listo al 90”, titulaba ayer la BBC en su noticia sobre las palabras del presidente ucraniano, que al contrario que hace una semana, no deseó la muerte a Vladimir Putin. Las palabras de Zelensky en referencia al acuerdo de paz vinieron acompañadas de los habituales matices. En primer lugar, ese 90% lleva semanas estático pese al optimismo mostrado por Kiev y Washington y las maratonianas sesiones de negociaciones que se han producido en Kiev, Moscú, Ginebra y Miami durante los últimos meses. En segundo lugar, en esos “últimos diez metros” mencionados hace un tiempo por Keith Kellogg, es donde se encuentran los aspectos más complicados de la resolución, que son también aquellos que han definido la guerra durante todo este tiempo: el territorio, la seguridad y la reconstrucción, directamente vinculada a la exigencia ucraniana y europea de recibir reparaciones por parte de Rusia.
Como era de esperar teniendo en cuenta que los activos rusos siempre han sido vistos como una forma de financiación de la guerra y no de la paz, ni Kiev ni las capitales europeas han aceptado la idea estadounidense de su uso para la reconstrucción de Ucrania. Inmovilizados hasta que la Unión Europea decida que Rusia no supone un peligro militar, político o económico, los activos rusos han dejado de ser parte de la negociación. En paralelo, y sin necesidad de ganar la guerra, prerrequisito habitual para imponer las condiciones de paz, Ucrania ha aumentado el volumen de sus exigencias de obtener reparaciones por parte de Rusia. “Nos interesa que Rusia nos dé el dinero, y que sea en concepto de reparaciones. Para nosotros, lo importante es recibir el dinero para reconstruir nuestro Estado”, escribió Zelensky después de exigir a sus aliados hacer todo lo posible por eliminar del plan de paz los 100.000 millones de dólares de dinero ruso que la propuesta de Witkoff preveía para la reconstrucción de Ucrania. Sigue leyendo
IntroducciónTras el segundo acuerdo de Minsk, en el periodo de transición marcado por la ilusión de paz previa a la guerra a gran escala, Serhiy Sternenko llega a convertirse en uno de los activistas más conocidos de la Ucrania post-Maidán. Exlíder de la célula de Odessa del grupo ultranacionalista Praviy Sektor entre 2014 y 2017, se consolida a partir de entonces como una de las figuras más mediáticas en la política y en la sociedad civil ucraniana, actuando como bloguero, influencer y recaudador de fondos militares.
Pero Sternenko sigue siendo también ese personaje oscuro a quien es imposible desvincular de su historia próxima al submundo de los negocios sucios y de los grupos mafiosos y violentos. Autor del apuñalamiento mortal a un hombre ya indefenso que, en su agonía, era grabado con la cámara de un portátil por su pareja, Natalia Usatenko, ha sido acusado ante los tribunales de recibir ingresos del narcotráfico (2014), de secuestro, tortura y extorsión de un político local de Odessa (caso Sherbych en 2015), de alteración del orden público en un contexto relacionado con el control de los ingresos del narcotráfico (2017) y del asesinato de un hombre desarmado que además ya había tratado de huir, Ivan Kuznetsov (2018). Y, aunque nunca ha cumplido pena de cárcel, en alguna fase del procedimiento judicial ha sido condenado por alguno de esos cargos.
En la dimensión política, lo más relevante del caso Sternenko es su afirmación como referente esencial de la parte del nacionalismo ucraniano más claramente vinculada a la defensa del proyecto y de los valores liberales de la Unión Europea en Ucrania, todo aquello que implica un compromiso firme con la integración europea y euroatlántica, la democracia -que nunca incluye a la oposición no nacionalista, rápidamente calificada de prorrusa y, por lo tanto, inaceptable-, la liberalización económica y comercial y las reformas políticas y de mercado.
Analizar la figura de Sternenko exige estudiar -en varios capítulos- las distintas dinámicas que han permitido a este personaje dudoso y oscuro, transformarse en los años previos a la guerra a gran escala en un héroe del activismo callejero y mediático, una especie de gran guerrero anticorrupción en el seno del movimiento pro-europeo en Ucrania.
Por un lado, la convergencia de Sternenko con algunas de las fuerzas participantes en la acción activista, en particular el grupo Honor, provoca la ruptura del control de la violencia callejera en Kiev por parte de Azov, situando al exlíder del Praviy Sektor en una posición de liderazgo. Por otro lado, la confrontación creciente de algunos movimientos pro-liberales con la nueva administración Zelensky, inicialmente propensa a favorecer la participación en la vida estatal de personajes relevantes durante el periodo Yanukovich, facilitará su confluencia con la dinámica militante de Honor y Sternenko. Estas dos dinámicas, unidas a la vinculación de Sternenko a alguna de las estructuras profundas del Estado ucraniano, tendrán fuertes implicaciones en la reconfiguración de la ideología nacionalista ucraniana, en especial en la consolidación de una visión liquidacionista de toda presencia de influencia rusa, o prorrusa. En este contexto, el caso Sternenko se convierte en uno de los más significativos en la transformación y radicalización de la sociedad nacionalista en Ucrania, tanto antes como después de la invasión rusa de 2022.
El encumbramiento de Sternenko como figura alternativa de la acción activista en Ucrania es el aspecto principal en la carrera política de este militante que, a mediados de la pasada década, era conocido por sus compañeros de acción violenta en Odessa como Beria. Sin embargo, la historia de su participación en la represión del movimiento opositor Antimaidán en Odessa, con los sucesos del 2 de mayo como referencia más simbólica, también aporta luz sobre los orígenes de la guerra en Ucrania, en especial en su dimensión más propiamente de combate entre fuerzas que se enfrentan en un terreno con grandes componentes de conflicto civil interno. Lo mismo puede decirse del papel que llegará a desempeñar Sternenko en el periodo de la guerra a gran escala en donde, lejos del frente, se convierte en un exitoso recaudador de fondos para dotar de material, en particular de drones, al ejército de Ucrania. Se trata de cuestiones previas y posteriores a su encumbramiento como héroe nacionalista liberal que merecerían sin duda una aproximación específica.
En declaraciones a la BBC, Sternenko señalaba en 2020 no tener ambiciones políticas. No obstante, los procesos judiciales en su contra aumentaron su visibilidad y popularidad y facilitaron su fulgurante acceso a la fama como bloguero y activista. En el periodo previo a la guerra a gran escala esta circunstancia no sólo allanaba el camino para una posible futura carrera política, sino que convertía a Sternenko en referente principal de una fuerza de reacción callejera a favor de las tesis dominantes entre las fuerzas nacionalistas ucranianas.
En Kiev, entre 2019 y 2022 la salida a la palestra de Honor, liderada por Serhiy Filimonov como fuerza desgajada del movimiento Azov, resulta decisiva para consolidar el proceso. En este sentido, Honor se perfila en gran medida a partir de la imputación de Sternenko como grupo de apoyo al activista de Odessa, aunque la convergencia de intereses es anterior, bien visible ya a lo largo de 2019.
Después de la muerte de Ivan Kuznetsov en la noche del 23 al 24 de mayo de 2018, con su agonía grabada y emitida en directo por Serhiy Sternenko y Natalia Usatenko en lo que Beria ve un acto de legítima defensa y la familia de Kuznetsov un asesinato premeditado (la única arma presente fue la navaja de Sternenko), la posición del antiguo líder del Praviy Sektor en Odessa empieza a complicarse en esa ciudad. A pesar de convertirse en la base para la actuación parapolicial contra la oposición en la zona, apoyado por algunas estructuras del Estado, el grupo de Beria nunca llegó a contar con los suficientes seguidores como para convertirse en fuerzas políticas activistas o políticas con capacidad de control del poder en Odessa. De hecho, la relación entre el Praviy Sektor y Sternenko se complica y abandona el movimiento en 2017 (según Volodymyr Boiko habría sido en realidad expulsado de la organización por intentar obtener, sin participar en la guerra del Donbass, un certificado de participación en la operación ATO). Beria funda justo con posterioridad la ONG Nebayduzhi, recoge Peter Korotaev en su blog Events in Ukraine, en paralelo a la solicitud de incorporación al consejo cívico de la Oficina Nacional Anticorrupción de Ucrania (NABU), una de las instituciones anticorrupción creadas por y para Occidente y que actualmente acechan al entorno de Zelensky.
Entre 2017 y 2018, la fama de Sternenko empieza a crecer fuera de Odessa. Es un momento en el que las acciones judiciales contra él por su participación en acciones violentas o delictivas en esa ciudad progresan, una dinámica de la que el antiguo militante del Praviy Sektor acusa al alcalde de la ciudad, Gennady Trujanov -a quien Zelensky ha retirado este año la nacionalidad y la alcaldía-, y a la policía (más concretamente, al entonces ministro del Interior Arsen Avakov). El hecho de que sea llevado a juicio varias veces y sufra hasta tres ataques en seis meses a lo largo de 2018 acrecienta su fama, aunque no precisamente en Odessa donde muchos, incluso entre los hooligans del fútbol, le acusan de hipocresía en la relación con sus antiguos camaradas y conexión con el mundo de las drogas.
Además, en 2019, la Fiscalía General de Ucrania asume el control del caso de los ataques contra Sternenko, dado que entre los sospechosos podrían figurar agentes de la policía de Odessa con vínculos con los atacantes, lo que supone el traslado a Kiev de las actuaciones. Es una medida que Sternenko agradece expresamente “a los diputados Ihor Lutsenko, Andriy Denisenko, Volodymyr Parasyuk, Andriy Biletsky, Yegor Sobolev, Andriy Illienko, Mustafa Nayem, Ihor Guz, Yuriy Bereg, Oksana Korchynska y muchos otros por su apoyo y su petición a la Fiscalía General sobre la necesidad de transferir la investigación a un organismo independiente de Odessa, donde existe desde hace tiempo un claro conflicto de intereses entre los jefes de las fuerzas del orden y yo”. El traslado de sus casos fuera de la ciudad y los apoyos crecientes que recibe en la capital llevan a Sternenko a refugiarse en Kiev en 2019. Ahí se convierte en un bloguero influyente y en un activista crítico, habitualmente enfrentado -desde posiciones ultranacionalistas y antirrusas- con los gobiernos de turno, tanto al de Poroshenko como especialmente al de Zelensky. Aunque, en ambos casos, con un elemento en común: los ataques específicamente dirigidos contra el liderazgo del Ministerio del Interior de Arsen Avakov, considerado por entonces como el principal patrono del movimiento Azov.
Como señala Ukrainska Pravda, Beria se involucra cada vez más en las acciones de dimensión nacional de los grupos liberales en Ucrania contra el responsable del Ministerio del Interior, Arsen Avakov y a favor del movimiento que exige castigo para los asesinos de la activista de Jerson, Katya Handziuk. En 2019, Sternenko se convierte además en uno de los organizadores de la campaña “Avakov es el Diablo”, dirigida contra el entonces Ministro del Interior, Avakov.
Una serie de acontecimientos en ese periodo, en particular los juicios por los casos Sherbych [un caso de 2015 marcado por el secuestro y extorsión de este político local, vinculado al partido Rodina, por un grupo con participación de Sternenko] y Kuznetsov le permitirán situarse como uno de los principales protagonistas de la acción de las fuerzas nacionalistas y antirrusas en la Ucrania inmediatamente anterior a la guerra a gran escala.
En paralelo a la llegada de Sternenko a Kiev, enmarcados sus miembros en origen en la acción de los grupos del movimiento Azov, en particular del Cuerpo Civil y del Corpus Nacional, entre finales de 2018 y principios de 2019, el grupo Honor de Serhiy Filimonov se independiza de forma progresiva del bloque de Biletsky en lo que constituye uno de los episodios más significativos de ruptura interna en el movimiento Azov antes de la invasión rusa. El origen del proceso hay que buscarlo en los conflictos de poder y de control dentro del Corpus Nacional, en particular en la lucha con Sergei Korotkij (Botsman), un neonazi de origen bielorruso llegado de Rusia entonces vinculado al movimiento Azov, por el control de las acciones civiles del movimiento, en particular en el marco del conflicto por la reserva natural de Protasiv Yar.
La convergencia de intereses entre Sternenko y Honor, el grupo de Filimonov, se hace visible a lo largo del año 2019 con la participación conjunta en distintas movilizaciones. Aunque no exclusivo, el objetivo central de estas movilizaciones es profundizar en la exclusión política de las personas más representativas del mundo considerado prorruso, calificativo utilizado como arma para deslegitimar a cualquier contrario.
En esta línea, un ejemplo de las acciones en la que se visibiliza la acción conjunta de Sternenko y de Honor es la del 2 de julio de 2019 en la que, bajo el lema de “No más tolerancia” cientos de activistas se congregan en la Plaza de la Independencia de Kiev para protestar contra la decisión de la Comisión Electoral Central de inscribir al bloguero Anatoly Shariy y al exjefe de la Administración Presidencial de Viktor Yanukovych, Andriy Klyuyev, como candidatos a diputados del pueblo en las elecciones anticipadas a la Rada Suprema del 21 de julio. Además, los activistas convocaban a la ciudadanía a acudir al Tribunal Constitucional el 4 de julio para apoyar la legalidad de la ley de lustración/depuración de funcionarios vinculados al régimen comunista.
En la acción, según un artículo de Radio Svoboda y otro de Canal24, los activistas dicen protestar contra la «venganza prorrusa«, portando carteles con lemas como «No podemos tolerar esto más«, «Los separatistas no tienen cabida en la Rada«, «Estamos hartos de esta mierda«, “Portnov, tu juicio llegará pronto”. Y aparece un rasgo esencial en la visión Sternenko-Filimonov de la movilización que impulsarán hasta 2022: la uniformización activista. Así, para reforzar el papel de la sociedad civil, se prohíbe la presencia en el acto de banderas o imágenes de partido. La sociedad civil nacionalista ucraniana debe presentarse unida a juicio del nuevo movimiento Honor-Sternenko.
Campaña “No más tolerancia” en Kiev- con Sternenko y Filimonov (2º y3º por la izquierda)
El día siguiente, Sternenko hace el siguiente balance del acto en su Instagram: “Ya no lo soportamos. Ayer fuimos a protestar. Fue una protesta generalizada. Estamos hartos de las gentes sin escrúpulos, de Medvedchuk con sus canales de televisión y de la total falta de justicia. Nos reunimos para escucharnos y sentirnos conectados. Para decirnos: «Estamos listos y no lo toleraremos». Y así será. Si el nuevo gobierno no saca sus propias conclusiones, tendrá que desaparecer. Junto con los Portnov, Shariy, Klyuyev, Avakov. Porque ya no lo soportamos”.
La mención a Medvedchuk muestra, en particular, el interés de los activistas por las acciones dirigidas a liquidar su imperio mediático. Sin embargo, no hay que olvidar que, por aquel entonces, el partido de Medvedchuk lideraba las encuestas de intención de voto para las futuras elecciones legislativas. El intento de Maidán de eliminar de la vida política a cualquier partido considerado “prorruso” corría el riesgo de fracasar. La presión nacionalista fue una parte de la actuación del Estado contra Medvedchuk, finalmente entregado a Rusia como prisionero de una guerra en la que no había participado.
Las acciones de Sternenko y Honor representan un ataque directo a personalidades consideradas prorrusas, pero también se extienden a algunas personas cercanas a Zelensky en las fases iniciales de su primer mandato. Destaca en particular la estrategia explícita de destrucción del poder de las estructuras de Avakov, una cuestión que implicaba el enfrentamiento al movimiento Azov dirigido por Andriy Biletsky.
La confrontación con Avakov constituye, de hecho, un rasgo esencial en la posición militante de Sternenko quien, desde 2014, se convierte en Odessa en uno de los críticos más activos de la dirección del Ministerio del Interior. En mítines y ruedas de prensa, denuncia las acciones de la policía local contra los activistas, la falta de reformas a favor en su favor y las detenciones que consideraba políticas, como en el caso del asesinato de Oles Buzina, con manifestaciones en contra de Avakov por el caso todavía en 2015, con participación conjunta (también aquí) en alguna ocasión con miembros del cuerpo civil de Azov.
La línea anti-Avakov se plasma en distintas acciones en este periodo de confluencia entre Sternenko y Honor. El 6 de febrero de 2019, por ejemplo, representantes de Honor, Filimonov a la cabeza, protagonizan una acción frente a la residencia de Avakov en Italia. Cuelgan retratos de figuras públicas y periodistas asesinados y golpeados en la valla que rodea la villa, sin que los autores intelectuales y organizadores de dichos ataques y asesinatos hubieran sido todavía identificados.
Tras la acción, varios de los participantes empezaron a tener problemas para entrar en países de la Unión Europea. En relación con ello, el 13 de septiembre de 2019 Sternenko publica un post en su Telegram en el que acusa a Avakov, entonces todavía ministro del Interior, de estar utilizando los acuerdos intergubernamentales internacionales entre policías para impedir el libre movimiento de opositores. Menciona que la denegación de entrada a la UE a Nazariy Kravchenko es el tercer caso conocido después de los casos de Serhiy Filimonov y Oleksandr Rudomanov a los que también se les denegó injustificadamente, según Sternenko, la entrada a los países del espacio Schengen.
En todo caso, la propuesta más llamativa de cristalización de la acción conjunta Honor-Sternenko en 2019 es la de creación en noviembre de ese año, rápidamente frustrada en este caso por el sistema político, de la denominada Academia de la Protesta Callejera.
En un post en Facebook en octubre, Honor adelantaba que su movimiento “lleva mucho tiempo pensando en cómo transferir las habilidades de organización de acciones callejeras a quienes estén dispuestos a unirse a nosotros u organizar sus eventos en la capital y otras ciudades, defendiendo la justicia y el derecho a expresar su postura”. De esta forma, las funciones de la Academia se concretarían en transferir las habilidades adquiridas en la organización de acciones callejeras y hacer realidad “el poder de la democracia” en las calles frente a la represión del Estado, aunque más claramente como mecanismo de reclutamiento interno y, como diría más ingenuamente Igor Malyar, como vía para consolidarse como “especialistas en este negocio” de la protesta callejera.
Entre los panelistas en el acto de presentación de la Academia, desarrollado en instalaciones propiedad de la activista Alisa Chirva, destacan, además de Sternenko y Filimonov, Maryna Jromykh y Oleksiy Kovzhun.
En esta fase de la historia de Honor se observa una extensión exterior de su acción, con participación de Filimonov y parte de su grupo, en particular Igor Malyar, en las revueltas antichinas de Hong Kong o en el conflicto con los chalecos amarillos en Francia. También están presentes en Barcelona durante el periodo del procés catalán.
A un mes de que se cumpla el cuarto año de guerra entre Rusia y Ucrania y casi doce desde la victoria de Maidan, que dio lugar a los enfrentamientos que llevaron al conflicto de Donbass, 2025 ha dejado una mezcla de escalada y diplomacia intercaladas entre sí sin que exista aún ninguna certeza sobre qué dirección tomará en estos momentos que parecen decisivos. En unos días se cumplirán doce meses desde la toma de posesión de Donald Trump, que llegó al poder con la confianza de quien sobreestima su poder, su capacidad de controlar los acontecimientos y no conoce que la diplomacia es diferente cuando no se puede permitir usar la fuerza masiva contra su oponente.
El cambio que se ha producido en Estados Unidos ha marcado el año, ya que todas las partes han tenido que acomodarse a la retórica de paz del hombre que ha bombardeado al menos cinco países -Irán, Siria, Yemen, Somalia y Nigeria- además de las aguas internacionales del Caribe y el Pacífico. El final de la era Biden presagiaba un cambio fuera quien fuera la persona que alcanzara el poder en Estados Unidos, ya que se agotaban las posibilidades de Washington de continuar ofreciendo asistencia militar y económica eterna a Ucrania y no se esperaba de Kamala Harris el compromiso personal a favor de Ucrania que Biden mostró en su etapa de presidente y vicepresidente. El giro retórico hacia la paz se inició antes de la victoria de Trump, cuando su retorno parecía una posibilidad cada vez menos remota. Zelensky publicó su Plan de Victoria, una lista de actuaciones que sus aliados debían cumplir para obligar a Rusia a la paz, una paz entendida como la victoria de Ucrania, pero que permitía al presidente ucraniano una apertura para modelar su discurso ante las exigencias pacifistas de Donald Trump. Sigue leyendo
La tan esperada reunión Trump-Zelensky en la villa del presidente estadounidense en Florida comenzó horas antes de la convocatoria oficial, la una del mediodía, cuando los dos dirigentes se encontraron en Mar-a-lago ante la prensa internacional. Como ocurriera hace unos meses, cuando Zelensky esperaba ratificar públicamente el acuerdo de entrega de Tomahawks estadounidenses a Ucrania, Donald Trump inició el día con una conversación con Vladimir Putin. En aquella ocasión, es posible que los argumentos del presidente ruso fueran un factor para el cambio de opinión de Trump, que rechazó finalmente enviar a Ucrania los deseados misiles norteamericanos con los que atacar con más potencia la retaguardia rusa.
“Acabo de mantener una conversación telefónica buena y muy productiva con el presidente Putin de Rusia”, anunció Donald Trump en un post en su red social personal sin dar más datos que la hora de inicio de la reunión con Zelensky. Sin embargo, el hecho de que el mediador político del conflicto, Estados Unidos, buscara hablar con los dos presidentes el día en el que Ucrania buscaba cerrar su parte del acuerdo con Washington es, en sí, un dato relevante. Quizá lo sea aún más teniendo en cuenta que, según el asesor de política exterior de Vladimir Putin, Yuri Ushakov, la conversación se produjo a iniciativa de la Casa Blanca. Sigue leyendo
Aunque los conflictos no entienden de fechas señaladas ni cambian cuando lo hacen las estaciones o los años, diciembre es tradicionalmente un mes de valoración de lo ocurrido en los últimos doce meses, planteamiento de objetivos y estrategias y muestra de expectativas alrededor de los principales temas de la agenda. Horas antes de que Voloydymyr Zelensky se reuniera con Donald Trump en su campo de golf de Palm Springs, una entrevista concedida por Sergey Lavrov a la agencia pública TASS puede considerarse la valoración rusa del año en materia de política exterior. Como es natural tanto por la cantidad de recursos que Rusia ha dedicado durante los últimos casi cuatro años, y también por el momento clave en el que se encuentran las negociaciones, Ucrania es una parte importante del discurso de Lavrov que, sin embargo, realiza un repaso relevante al estado de las relaciones internacionales del momento desde el punto de vista de uno de los cinco miembros permanentes del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas y una de las principales potencias nucleares.
Como casi todo hoy en día, la narrativa rusa parte del intento de conseguir una mejor relación con Estados Unidos, concretamente con su presidente. “Agradecemos los esfuerzos del presidente estadounidense Donald Trump y su equipo por alcanzar una solución pacífica. Nuestro objetivo es seguir colaborando con los negociadores estadounidenses para desarrollar acuerdos sostenibles que eliminen las causas fundamentales del conflicto”, afirma Lavrov. Tras tres años de ausencia de diálogo con Occidente, el proceso de negociación entre Estados Unidos, Ucrania y Rusia ha sido el principal cambio de 2025, que también ha traído un progresivo desequilibrio en la correlación de fuerzas militares a favor de Moscú que finalmente se ha plasmado en las exigencias territoriales rusas de retirada ucraniana de Donbass que Zelensky rechazó nuevamente ayer en su reunión con Trump. Desde el punto de vista ruso, la guerra cuenta con una dinámica clara en la que sus tropas serán capaces de obtener por la vía militar aquello que hasta ahora han exigido por la vía política. “Observamos que el régimen de Zelensky y sus proyectores europeos no están preparados para negociaciones constructivas”, comentó Lavrov en la entrevista para apuntar a la parte que Moscú considera que está saboteando las opciones de acuerdo. “Casi toda Europa, con pocas excepciones, está inyectando dinero y armas al régimen, soñando con el colapso de la economía rusa bajo la presión de las sanciones. Tras el cambio de administración en Estados Unidos, Europa y la Unión Europea se han convertido en el principal obstáculo para la paz. No ocultan sus planes de prepararse para la guerra con Rusia”, añadió para insistir en que Rusia no busca confrontación con los países europeos, pero ofrecería una respuesta “devastadora” ante cualquier ataque. Sigue leyendo
Volodymyr Zelensky viajó ayer a Estados Unidos para reunirse hoy con el presidente Donald Trump en el que se prevé como el encuentro más importante para determinar qué tipo de acuerdo pueden alcanzar Kiev y Washington, pero, sobre todo, si ese entendimiento puede ser compatible con las condiciones que Rusia está dispuesta a aceptar para poner fin a la guerra. “Creo que irá bien con él. Creo que irá bien con Putin”, alegó Donald Trump, aún optimista casi un año después de iniciar una negociación que erróneamente consideró que sería sencilla, rápida y basada únicamente en su buena relación personal con el presidente ruso. Ucrania llega a la reunión con fuertes exigencias y declaraciones de demandas a su enemigo ruso, a quien acusa de no aceptar un acuerdo que ni siquiera está diseñado completamente, y a su aliado, a quien siempre le pide más. Zelensky “no tiene nada hasta que yo lo apruebe”, afirmó Trump mostrando ciertas molestias con la actitud del presidente ucraniano, que esta semana ha publicado su plan dando a entender que se trataba de una propuesta conjunta ya aprobada por la Casa Blanca.
El viaje de Zelensky a Estados Unidos responde a la necesidad de concretar esos últimos puntos en los que la opinión de Bankova y de la Casa Blanca no coincide todavía. Como escribió ayer el presidente ucraniano, el tema de la reunión no se limitará a la cuestión más importante, las garantías de seguridad, sino que incluirá, al menos si Zelensky es capaz de imponer la agenda, las dos líneas rojas que repitió ayer: Donetsk y la central nuclear de Energodar, cuyo control espera obtener en la negociación. Como la central nuclear más grande de Europa, las instalaciones nucleares de Energodar, bajo control ruso desde marzo de 2022, siempre han sido un foco principal para Ucrania, pero su importancia aumenta actualmente teniendo en cuenta el nivel de destrucción que están sufriendo las infraestructuras de producción eléctrica. Ayer mismo, el ataque con misiles y drones rusos en Kiev -donde fueron alcanzados objetivos energéticos, industriales y también un edificio de pisos- y otras ciudades ucranianas, volvió a dejar sin luz ni calefacción a miles de familias en Ucrania en esta guerra energética que Kiev y Moscú luchan prácticamente a diario. Horas antes, Ucrania había utilizado sus Storm Shadows para atacar una refinería de petróleo en el sur de Rusia. Sigue leyendo
Ayer, tras varias semanas en las que se anunciaban avances, las tropas rusas mostraron imágenes de uno de sus soldados retirando la bandera azul y amarilla de Ucrania y cubriendo con la del Primer Batallón de la 106ª Brigada de Defensa Territorial del ejército ruso el principal monumento de la ciudad de Guliaipole. La estatua conmemora a una de las principales figuras históricas, Nestor Majnó, en la que era su ciudad natal y que fue su capital durante la insurrección anarquista que se produjo durante la guerra civil rusa. Ayer, incluso los medios ucranianos admitían que, posiblemente por primera vez, las tropas rusas habían capturado intacto un cuartel general ucraniano. Los medios afines a Kiev achacaban al abandono de los altos mandos el aparente colapso de este sector del frente. Las imágenes eran inequívocas y muestran claramente a las tropas rusas paseando tranquilamente por la plaza central de la destruida ciudad, sin que pudiera detectarse ninguna resistencia por parte de Ucrania.
Presencia no significa automáticamente control y las retiradas no necesariamente implican una derrota definitiva -como muestra la recuperación ucraniana de Kupyansk-, pero el avance ruso es claro y se ha producido de forma muy rápida en un sector en el que durante los tres años anteriores no había sido posible ningún progreso. En ese sentido, la situación es similar a la de Seversk, cuya pérdida ha sido finalmente anunciada por Ucrania, que ha utilizado la excusa del mal tiempo para evitar admitir que sus tropas están siendo superadas por las rusas en el frente clave de estos momentos de la guerra, el de Donbass. Aunque situada en Zaporozhie, la ciudad de Guliaipole puede considerarse parte de frente del oeste de Donetsk, donde las fuerzas rusas han puesto en evidencia las dificultades ucranianas para tapar los agujeros dejados por las pérdidas y las dificultades de movilización, un argumento para quienes defienden la necesidad de buscar un alto el fuego que evite más pérdidas. Sigue leyendo
Fracaso, colapso y aislamiento han sido algunos de los términos utilizados estos años por medios y autoridades políticas para describir el estado de la economía rusa, generalmente al margen de la realidad. No han conseguido el objetivo del colapso ruso los 19 paquetes de sanciones impuestos por la Unión Europea, la expulsión del sistema de pago internacional Swift, el cierre del mercado europeo, el veto a las dos grandes productoras de petróleo -Rosneft y Lukoil- y la amenaza de sanciones secundarias a aquellos países o empresas que sigan comerciando con sectores estratégicos rusos, fundamentalmente el energético, competidor que Estados Unidos está intentando derrotar escudándose en la guerra. No es cierto que Rusia haya transformado su sistema en una economía de guerra, como no lo es tampoco que no haya habido consecuencias -inflación, recalentamiento de la economía, recortes en otros ámbitos para potenciar la industria militar, etc.-, pero es posible que el mayor espejismo que se ha producido estos años es la falacia del aislamiento ruso.
Más interconectado que nunca, el mundo actual ofrece tanto facilidades como dificultades a la hora de realizar bloqueos, imponer sanciones y aislar países. La dependencia del dólar y la interconexión del comercio y especialmente de los servicios financieros pueden ejercer de barrera para impedir el acceso de determinados países a bienes o productos imprescindibles para el funcionamiento normal de la economía. La desconexión de los bancos rusos del sistema Swift, anunciada inmediatamente después de la invasión de Ucrania, debía ser esa opción nuclear que hiciera imposible el normal funcionamiento de la economía de la Federación Rusa, que no podría compensar las pérdidas derivadas de la falta de acceso a determinados mercados. Sin embargo, la conectividad y la incapacidad de los países occidentales de ejercer el poder blando que antaño abriera la posibilidad de imponer sus decisiones a todo el mundo ofrece facilidades para esquivar esas sanciones y lograr vías alternativas para la obtención de productos o componentes deseados. Sigue leyendo
El martes, en uno de sus muchos mensajes a la nación, Volodymyr Zelensky recordó el cambio que se ha producido en los últimos años como herramienta de acercamiento a la familia occidental, la celebración de la “navidad de verdad” según el calendario occidental y no el ortodoxo. Para enfado del papa León XIV, que ayer condenó la medida, las fechas no han acarreado un alto el fuego, rechazado por Rusia ante lo vacío de una tregua que no implica avanzar hacia una resolución y únicamente favorece a la parte que se encuentra a la defensiva. El cambio de las fechas en las que la población ucraniana ha de celebrar las fiestas no ha supuesto tampoco un alto el fuego en el frente informativo. En su discurso de ayer, el presidente ucraniano calificó a la población rusa como “personas sin dios” y que no tienen “nada en común con el cristianismo o cualquier cosa humana”. Sin mencionar el nombre de la persona a la que se refería, el presidente ucraniano afirmó que todos comparten un deseo, “que muera”. Horas antes y exigiendo una respuesta rápida de Moscú, Zelensky había dado a conocer el plan de 20 puntos con el que Ucrania está dispuesta a poner fin a la guerra. Pese a lo cuestionable de algunos puntos, especialmente el relativo al control de la central nuclear de Zaporozhie, pendiente de la continuación de las negociaciones con Washington, el presidente ucraniano alega que se trata del plan acordado por Kiev y Washington. Sin embargo, el contenido de los puntos publicados por las autoridades ucranianas deja claro que se trata de una operación mediática con la que Ucrania aspira a presionar tanto a su aliado estadounidense como a su oponente ruso en busca de un acuerdo más favorable para Kiev.
Como no podía ser de otra manera teniendo en cuenta la dependencia absoluta de Ucrania con respecto a sus aliados y proveedores de armas, que anula la capacidad de Kiev de decir no a Londres, París, Berlín y, sobre todo, Washington, el plan que el equipo de Zelensky negocia con el de Witkoff y que publicó ayer -previsiblemente de forma anticipada y sin coordinación con Washington- está basado en la propuesta de 28 puntos filtrada a la prensa hace unas semanas. Desde entonces, Zelensky ha realizado tres giras por la Unión Europea en busca de apoyo de su electorado más incondicional, jefes de Estado y de Gobierno occidentales, y ha ejercido de grupo de presión en busca de la actuación rápida para eliminar de la mesa de negociación el uso de los activos rusos retenidos en la UE. La ausencia de acuerdo ha impedido que la inmovilización definitiva de esos fondos suponga su puesta en manos de Ucrania para uso bélico, pero ha eliminado el peligro de que fueran utilizados para la reconstrucción a modo de reparaciones de guerra, ha dado a la UE la sensación de fuerza e impresión de tener algo que decir en la negociación y ha puesto a Kiev en una ligeramente mejor posición negociadora.
A) Si Rusia invade Ucrania, se lanzará una respuesta militar coordinada y se restablecerán todas las sanciones globales contra Rusia.
B) Si Ucrania invade Rusia o abre fuego contra territorio ruso sin provocación previa, las garantías de seguridad se considerarán nulas. Si Rusia abre fuego contra Ucrania, entrarán en vigor las garantías de seguridad.
C) Estados Unidos recibirá una compensación por proporcionar garantías de seguridad. (Esta disposición ha sido eliminada).
D) Los acuerdos bilaterales de seguridad firmados anteriormente entre Ucrania y unos 30 países seguirán vigentes.
A) Se creará un fondo de desarrollo para invertir en industrias de rápido crecimiento, como la tecnología, los centros de datos y la inteligencia artificial.
B) Estados Unidos y las empresas estadounidenses colaborarán con Ucrania para invertir conjuntamente en la restauración, modernización y explotación de la infraestructura de gas de Ucrania, incluidos los gasoductos e instalaciones de almacenamiento.
C) Se realizarán esfuerzos conjuntos para reconstruir las zonas devastadas por la guerra, centrándose en la restauración y modernización de ciudades y barrios residenciales.
D) Se dará prioridad al desarrollo de infraestructuras.
E) Se ampliará la extracción de minerales y recursos naturales.
F) El Banco Mundial proporcionará un paquete de financiación especial para apoyar la aceleración de estos esfuerzos.
G) Se creará un grupo de trabajo de alto nivel que incluirá el nombramiento de un destacado experto financiero mundial como administrador de la prosperidad para supervisar la aplicación del plan estratégico de recuperación y la prosperidad futura.
A) Determinar los movimientos de tropas necesarios para poner fin a la guerra y establecer posibles «zonas económicas libres», con la retirada de las tropas rusas de estas zonas.
B) Rusia debe retirar sus tropas de las zonas ocupadas de las regiones de Dnipropetrovsk, Nikolaev, Sumi y Járkov para que el acuerdo entre en vigor.
C) Se desplegarán fuerzas internacionales a lo largo de la línea del frente para supervisar la aplicación del acuerdo.
D) Las partes acuerdan cumplir las normas y obligaciones impuestas por los Convenios de Ginebra de 1949 y sus protocolos adicionales, incluidos los derechos humanos universales.
A) Intercambio de prisioneros entre todas las partes.
B) Se liberará a todos los civiles detenidos, incluidos menores y presos políticos.
C) Se tomarán medidas para abordar los problemas y aliviar el sufrimiento de las víctimas del conflicto.
“Rusia se está aproximando al impasse estratégico de la guerra”, afirma el general de brigada Andriy Biletsky en su última entrevista, publicada por el servicio de prensa de la Tercera Brigada de Asalto, que cada vez disfruta de más recursos y se aprovecha de la normalización del grupo que se ha producido a lo largo de los últimos años. Las palabras del líder blanco del movimiento Azov se producen en un momento en el que, con la excepción de Kupyansk, un frente en el que Rusia no tiene ningún incentivo para arriesgar en exceso en busca de avances que probablemente fueran a ser revertidos en la negociación, las tropas ucranianas se encuentran a la defensiva y perdiendo territorio. Ayer mismo, el mando ucraniano confirmó lo que era una evidencia hace varias semanas, la pérdida de Seversk y admitió que sus tropas se han replegado de la ciudad. En pocos días, Rusia consiguió lo que no había logrado en tres años, avanzar, irrumpir y capturar la ciudad, un cambio de tendencia en esa sensible zona del frente que apunta a una realidad opuesta a la que señala Biletsky.
El objetivo de sus declaraciones es el mismo que el de Zelensky, insistir en que Ucrania no está perdiendo la guerra y que Rusia no solo no la está ganando, sino que el sueño del colapso del enemigo sigue siendo posible. Confundir a los aliados con que esa narrativa de la propaganda ucraniana es la realidad es la base para exigir posteriormente una mayor aportación de asistencia militar y rechazar cruzar líneas rojas en la negociación aun a riesgo de que la ruptura de las negociaciones condene al país a la continuación de la guerra. Todo en Ucrania parece reducirse a la diferencia entre los presupuestos militares, fácil de solventar con una solución clara, más dinero de sus aliados europeos. “Debemos poner fin a esta guerra con una paz digna para Ucrania. Debemos garantizar la fortaleza de Ucrania en todas las circunstancias: armas, finanzas y apoyo político. Debemos garantizar que la resiliencia de Ucrania, incluyendo nuestro sector energético y nuestras prestaciones sociales, reciba un apoyo fiable. Sigue leyendo
“Durante los últimos tres días en Florida, la delegación ucraniana mantuvo una serie de reuniones productivas y constructivas con socios estadounidenses y europeos”, comienza el comunicado con el que Steve Witkoff informó de sus conversaciones con el equipo que Zelensky envió al campo de golf propiedad del enviado de Trump para continuar negociando la paz. En su comunicado, que el líder de la delegación ucraniana publicó también en su perfil en redes sociales, Witkoff añadía que “Ucrania sigue plenamente comprometida con el objetivo de una paz justa y sostenible”. “Durante los últimos dos días en Florida, el enviado especial ruso Kirill Dmitriev mantuvo reuniones productivas y constructivas con la delegación estadounidense para avanzar en el plan de paz del presidente Trump en Ucrania”, escribió cuatro horas después de publicar el primer post, insistiendo, en un comunicado mucho más breve y que no fue republicado por la delegación rusa, que “Rusia mantiene su pleno compromiso con el logro de la paz en Ucrania. Rusia valora altamente los esfuerzos y el apoyo de Estados Unidos para resolver el conflicto ucraniano y restablecer la seguridad global”.
El mensaje de Witkoff es claro: se está produciendo un trabajo continuado y activo en busca de la paz y las delegaciones de los dos países en guerra confían en la mediación estadounidense y agradecen su trabajo y muestran su compromiso con la paz. Sin ninguna filtración relevante sobre las cuestiones que se trataron ni más información que la ausencia de comunicados triunfalistas sobre los grandes avances que se han producido, las medidas palabras de Witkoff y el silencio de las delegaciones de Rusia y Ucrania pueden indicar un nuevo paso adelante en este extraño proceso de negociaciones, ya que el silencio suele indicar que existe un trabajo que las delegaciones participantes intentan no sabotear. Sigue leyendo
Como ha quedado claro con la publicación del plan de 28 puntos de Estados Unidos, las aspiraciones europeas de modificación, las negociaciones entre Umerov y Witkoff, las repetidas declaraciones ucranianas y la respuesta rusa, las cuestiones clave que determinarán la posibilidad de un acuerdo entre Moscú y Kiev van limitándose cuantitativamente, aunque no necesariamente cualitativamente. A día de hoy, los principales escollos son el estatus de la parte de Donbass que Kiev mantiene, el control de la central nuclear de Energodar, la financiación de la reconstrucción, las aspiraciones atlantistas de Ucrania y el límite de tropas ucranianas que el Gobierno de Kiev y sus aliados europeos están dispuestos a aceptar.
En la cuestión territorial, Zelensky insistió nuevamente ayer en que Ucrania se retirará el equivalente a la distancia que se retire Rusia, un guiño a Minsk que Ucrania sabe que no va a ocurrir. Al contrario que Ucrania, Rusia es consciente de que es capaz de continuar avanzando en Donbass, poniendo a Ucrania en una posición mucho más difícil en el futuro. Ucrania exige también la devolución de la central nuclear de Energodar, que el presidente ucraniano calificó de “nuestra central nuclear de Zaporozhie” para rechazar el término medio que propone Witkoff: control de facto ruso, supervisión estadounidense y reparto el 50% de la energía producida (posiblemente el arreglo más realista que puede darse en las condiciones actuales). Las declaraciones de Zelensky a lo largo de la semana indican que no hay tampoco voluntad de conformarse con las garantías de seguridad platino, similares a lo que ofrecería el Artículo V de la OTAN, que Trump está dispuesto a ofrecer y que Biden negó a Ucrania durante la negociación de Estambul. Sigue leyendo
“La guerra de Rusia contra Ucrania siempre ha sido y es una guerra contra algo más grande que las propias tierras de Ucrania. Y por eso Rusia nunca se conformará con tal o cual parte de nuestro territorio. Si alguien le da algo, no se conformará con nada”, afirmó ayer Volodymyr Zelensky, que añadió que “Putin está prolongando la guerra no solo por nuestro Donbass, quiere apartar a los pueblos de la toma de decisiones sobre el destino de sus países”. Desafiante en sus palabras y en sus actos, Zelensky insiste repetidamente en que “no aceptaremos que nos controle nadie”. Las palabras del presidente ucraniano forman parte de un cuidado discurso formado por dos ideas fundamentales. La primera es presentar la guerra y su continuación hasta conseguir el resultado esperado -que queda claro que no será la victoria, pero que espera que no sea el que se le está ofreciendo actualmente en lo que respecta a la solución territorial- como la lucha de liberación nacional de un Estado que ve amenazada su existencia como ente soberano. La segunda es alegar que Rusia desea mucho más de lo que afirma querer conseguir y que en cada una de sus palabras y de sus actos hay implícita una voluntad de agresión futura, contra Ucrania, contra Europa o contra el mundo.
Más allá del discurso, la soberanía ucraniana está amenazada, no solo en el plano militar, sino también en el económico y político, no necesariamente por Rusia. Ucrania ha comprometido parte de sus recursos a sus aliados occidentales, está dispuesta a hipotecar el país para dejar una parte cada vez más importante del Estado en manos del gran capital occidental y pierde población en cantidades preocupantes. Sin embargo, ninguno de esos aspectos se tiene en cuenta y la narrativa de Zelensky se limita a repetir hasta la saciedad que Moscú trata de destruir, no solo el Estado, sino la nación ucraniana. Aunque la pérdida de territorios es notable, -alrededor del 20% del segundo país más grande del continente-, lo que pone en peligro la viabilidad del Estado actualmente es la situación económica, la dependencia del exterior y la guerra, no la posibilidad de que Rusia vaya a capturar todo el territorio o incluso aquel sin el que el país no podría resistir por sí mismo, por ejemplo, la salida al mar Negro en Odessa. Pero la exigencia de cada vez más asistencia requiere para Kiev de una constante amenaza que utilizar ante sus aliados como reclamo para conseguir una mayor cantidad de financiación, armas o presencia política y militar en el país.
La manipulación de los hechos y de las palabras forma parte del discurso de cualquier guerra y la propaganda es parte integral de la comunicación política de las partes en conflicto. Dar la vuelta a las palabras de Vladimir Putin ha sido una constante de Ucrania y los países occidentales, una práctica que se lleva a su máxima expresión en los momentos en los que la amenaza de la paz comienza a asomar. Las palabras de Zelensky sobre la voluntad rusa de apartar a los pueblos del proceso de toma de decisiones es significativo por el momento en el que se produce. Por una parte, el presidente ucraniano se refiere a Ucrania, cuya soberanía define en términos de capacidad de decidir unilateralmente su adhesión a bloques como la OTAN sin la intervención de terceros países, fundamentalmente Rusia, pero también Estados Unidos que, en el momento actual, ejerce de barrera de contención de unas aspiraciones que Kiev ha convertido en exigencia. En ese sentido, la declaración de Zelensky es un alegato por el derecho de Ucrania a adherirse a un bloque que le ofreció un camino irreversible, que en privado le ha negado esa posibilidad, pero sigue insistiendo en mantener abierta la puerta, aunque solo sea para hacer perdurar el conflicto con Rusia.
Pero las palabras de Zelensky se produjeron poco después de que, en su habitualmente maratoniana rueda de prensa de final de año, Vladimir Putin anunciara la orden de facilitar la participación de la población de los territorios bajo control ruso en unas posibles elecciones ucranianas, cuya celebración ha sido una exigencia rusa que en los últimos tiempos se ha convertido también en la de Donald Trump. Aunque no había duda de que Ucrania tomaría las palabras del presidente ruso como una provocación, una demostración de las malas intenciones del enemigo ruso, la rapidez con la que ha respondido Zelensky es relevante. Es obvio que, pese a la insistencia ucraniana en la despoblación masiva, si no expulsión, que alega que se ha producido en los territorios bajo control ruso, el peso demográfico de las regiones de Zaporozhie, Jersón, Donetsk, Lugansk y Crimea sigue siendo relevante. A diferencia de la población de Jersón y Zaporozhie, considerada a todas luces propia, la de Crimea y Donbass siempre ha sido vista con desprecio y desinterés. Tanto es así que, en 2021, Zelensky recomendó mudarse a Rusia a la población de Donbass y Crimea que se sintiera rusa, una forma sutil de exigir su autoexpulsión del territorio del país. El interés de Ucrania en ambos casos ha sido siempre el territorio, no la población.
Ucrania no dudó en iniciar su operación antiterrorista en 2014, una forma de criminalizar una protesta que era generalizada y reducirla a un pueblo desleal al servicio del enemigo ruso. En estos años, las muestras de interés por el bienestar de hombres, mujeres y menores al otro lado de la línea de separación se ha manifestado en forma de bombardeos de artillería, la interrupción del pago de salarios, pensiones y prestaciones sociales a personas ancianas, discapacitadas o menores vulnerables y una década de insultos. Desde 2014, se han producido en Ucrania dos elecciones presidenciales, legislativas y locales, comicios en los que la posibilidad de voto de la población ucraniana residente en esos territorios nunca fue un factor de interés para Kiev, consciente de que el grueso del voto no iba a ir a ninguna de las grandes candidaturas de los grupos de poder que resultaron victoriosos en Maidan.
En aquel momento, la guerra en el este había sido ya de gran utilidad para crear un ambiente nacionalista que justificara la prohibición del Partido Comunista, de prácticamente toda opción de izquierdas -parlamentaria o no- y la demonización de parte de los partidos considerados prorrusos. Sin embargo, perduraban aún opciones políticas como el partido de Medvedchuk u otros resquicios del Partido de las Regiones, que había tenido en Donbass y Crimea sus principales caladeros de votos. Permitir la participación de la población de los territorios bajo control ruso -e incluso de la parte de Donbass bajo control ucraniano, donde Kiev intentó cancelar las elecciones locales por temor a victorias de partidos prorrusos– era garantía de obtener resultados menos favorables.
Ahora, cuando la exigencia electoral no es solo del enemigo ruso, sino del amigo americano, la situación es mucho más simple. La guerra hizo posible para Zelensky la prohibición de todo tipo de partidos considerados desleales y a los que, de forma justificada o no, acusó de prorrusos. Las formaciones herederas del Partido de las Regiones han sido deslegitimadas, demonizadas o cooptadas y han dejado de ser un factor electoral. El peligro de que la población de Donbass o Crimea pudiera tener relevancia votando a favor de bloques que el establishment ucraniano considerara incómodos es inexistente. Los once años transcurridos desde la victoria de Maidan y las dos guerras que se han vivido en el territorio de Ucrania han eliminado la división que existía entre partidos nacionalistas y prorrusos. Con todos los partidos no nacionalistas o críticos con Maidan prohibidos o eliminados, no existe ninguna opción mínimamente crítica que pudiera minar el statu quo.
La seguridad, el coste y la pregunta de cómo podrían ejercer su derecho al voto la población refugiada en el extranjero, las tropas de servicio o quienes han quedado atrapados al otro lado del frente han sido los argumentos con los que Zelensky ha rechazado hasta ahora celebrar unos comicios que la población no exige y en los que sus perspectivas dependerían del resultado de la guerra. Todas las encuestas publicadas muestran un mismo escenario: no hay deseo de celebrar unas elecciones de forma inmediata, Zelensky mantiene la confianza de la mayoría como presidente de guerra, pero no es la opción electoral con más opciones de disputar la presidencia. El riesgo para Zelensky o para el resto de futuros candidatos no es la población al otro lado del frente, que no contará con ninguna opción política de ruptura, sino el caos de la guerra y el posible malestar de la población por la situación en la que puede quedar el país en un futuro a corto plazo tras un hipotético alto el fuego. Y aun así, Zelensky no ha perdido el tiempo y se ha apresurado a rechazar la solución que Vladimir Putin ha querido dar a la pregunta de qué ocurrirá con el derecho al voto de la población ucraniana bajo control ruso. “No se pueden celebrar elecciones en territorios no controlados por Ucrania, temporalmente ocupados”, afirmó Zelensky, sin ningún pudor a contradecir una de sus exigencias habituales para negar la posibilidad de celebrar comicios. El argumento utilizado también ha sido el más previsible. “Porque está claro cómo se celebrarán, como siempre hace Rusia. Primero habla del resultado, incluso de sus propias elecciones internas, y solo después cuenta los votos”, afirmó Zelensky proclamando ya el fraude electoral de unos comicios que no desea. Como el perro del hortelano, que ni come ni deja comer, el presidente ucraniano es capaz de condenar que la población de Donbass o Crimea participe en los procesos electorales rusos, exige saber cómo participará en las elecciones ucranianas y niega cualquier posibilidad de que participen alegando preventivamente fraude electoral ruso. Cuando la situación no es favorable, las preguntas se entremezclan con las respuestas, creando un escenario en el que todo son reproches y ninguna opción es aceptable.
“Para nosotros hoy, la decisión de los líderes de la UE de proporcionar un préstamo sin intereses de 90.000 millones de euros a Ucrania es una victoria importante”, escribió ayer a media tarde Volodymyr Zelensky, cuyo equipo tardó horas en diseñar un discurso que consiguiera presentar como victoria un resultado que no pone en sus manos los activos rusos retenidos en la Unión Europea como Kiev llevaba semanas exigiendo. Ucrania ha conseguido la cantidad que buscaba -en realidad un parche temporal para el sostenimiento de un Estado y un ejército que precisan de inyecciones periódicas de cada vez más liquidez para poder seguir luchando contra un enemigo más grande-, pero no ha conseguido la segunda parte de su exigencia, castigar a Rusia. El “préstamo de reparación” ha fracasado y con él la principal iniciativa de Friedrich Merz, principal impulsor de utilizar los activos rusos como garantía de un préstamo que Ucrania no tendría que devolver y que sería utilizado para el sector militar, no para la reconstrucción tal y como se preveía en el plan de 28 puntos original presentado por el trumpismo como base para la negociación.
El halo de esperanza para Ucrania no es solo la cantidad de financiación que le promete la Unión Europea, que acudiendo al mercado de capital se hace responsable del sostenimiento de su nueva colonia, sino en que los activos rusos hayan quedado inmovilizados a largo plazo, lo que ha hecho que desaparezcan incluso de las propuestas estadounidenses. Según The Telegraph, los 100.000 millones de los fondos rusos que Washington esperaba destinar a la reconstrucción de Ucrania junto a otros 100.000 que aportaría la UE ya no forman parte de la negociación. Ese es el principal éxito de Zelensky, von der Leyen y Kallas esta semana, eliminar uno de los pocos alicientes que Rusia tenía para aceptar el plan de paz y eliminar de un plumazo una cantidad nada desdeñable que Ucrania iba a poder utilizar para su reconstrucción. La guerra es más importante que la reconstrucción y hay que olvidar el futuro para centrarse en el presente. Sigue leyendo
“Putin no quiere acabar esta guerra, pero creo que el presidente Trump puede hacerlo”, afirmó ayer Volodymyr Zelensky. Signo de que el proceso de negociación para lograr una resolución diplomática a la guerra se encuentra en un potencial punto de inflexión, el presidente ucraniano pronunció esas palabras en su cuarta visita a la Unión Europea desde el 1 de diciembre. El objetivo de este viaje, segundo esta semana tras su presencia en Berlín para la negociación política con Steve Witkoff bajo la tutela del canciller Merz, era apoyar la iniciativa de la Unión Europea de garantizar dos años más de financiación para Ucrania. “Tenemos un objetivo final: la paz para Ucrania a través de la fuerza. Y para ello es esencial cubrir las necesidades financieras de Ucrania para 2026-27. Hay dos propuestas sobre la mesa. Acordamos que hoy encontraremos una solución”, afirmó a su llegada Úrsula von der Leyen proclamando, en realidad, la paz a través de la guerra eterna. Un conflicto sin fin que, según el presidente Zelensky, solo Trump puede detener, pero ha de hacerlo dentro del cada vez más estrecho margen que dejan las exigencias de Ucrania y la Unión Europea que, incapaces de lograr la victoria militar ni de presentar un plan de paz, buscan hacer efectivo su poder de veto por la vía económica y elevando sus exigencias políticas. Para disgusto de Kallas, von der Leyen y Merz, el acuerdo alcanzado no cumple con todas las expectativas de apoyar a Ucrania y condenar simultáneamente a Rusia.
El planteamiento de la Comisión Europea es la aplicación práctica de la idea de apoyar a Ucrania mientras sea necesario y hacerlo a costa, si es preciso, de la integridad y supervivencia del propio país y su población. “Queremos usar activos rusos para financiar al ejército ucraniano durante al menos dos años más. No queremos que esta medida prolongue la guerra. Queremos que termine lo antes posible”, escribió en su cuenta oficial el canciller Friedrich Merz, sin ningún temor en caer en la contradicción de buscar dos años más de guerra bajo el argumento de que la UE no busca prolongarla. En línea con el intento de mostrar fortaleza y erigirse como líder de una «Europa» unida, el canciller Merz escribió a altas horas de la noche, cuando von der Leyen y Costa anunciaron el acuerdo, que «El paquete financiero para Ucrania ya está en marcha: Ucrania recibirá un préstamo sin intereses de 90.000 millones de euros, como sugerí. Esto envía una señal clara de Europa a Putin: esta guerra no merecerá la pena. Mantendremos los activos rusos congelados hasta que Rusia haya compensado a Ucrania». Sin miedo a las contradicciones, Merz se jacta ahora de haber liderado la opción que durante todo este tiempo ha criticado. «En mi opinión, debemos utilizar los activos rusos. Llevan una semana inmovilizados, por lo que Rusia no puede acceder a ellos. Deberíamos usarlos con un préstamo para apoyar a Ucrania durante los próximos dos años», había afirmado a la prensa a su llegada a la cumbre. Sigue leyendo
Conscientes de encontrarse en un momento decisivo, los actores que participan de forma directa o indirecta en el conflicto ucraniano trabajan para mejorar su posición negociadora a base de demostrar su fortaleza. El martes, el presidente ucraniano afirmó en un discurso que seguirá desmontado por todo el mundo las mentiras de Vladimir Putin. Como quedó claro la semana pasada, Volodymyr Zelensky pretende utilizar el ejemplo de Kupyansk, que Rusia dio falsamente por capturada hace semanas y donde Syrsky, generalmente conocido por sus flagrantes imprecisiones para dar una imagen más favorable del frente, afirma que Ucrania controla el 90% para alegar que la situación en el plano militar, aunque “complicada”, no es tan mala como se está haciendo ver. La lógica de este esfuerzo mediático-político es intentar que Estados Unidos abandone su exigencia de que Ucrania ceda a Rusia la parte de Donetsk que aún permanece su control y que considera que sería capturada por las tropas rusas en caso de continuación de la guerra. La agresiva estrategia de Volodymyr Zelensky para conseguir que las exigencias estadounidenses se rebajen en lo que respecta al aspecto territorial es convencer a Donald Trump de que todo es mentira, Vladimir Putin inventa los mapas que publican incluso los medios ucranianos, no hay problema de deserciones en las tropas de Kiev y son solo las tropas rusas las que mueren en la guerra. No ha calado en la conciencia del presidente ucraniano que la exigencia estadounidense no se debe únicamente a la certeza de que Kiev va a seguir perdiendo territorio en Donbass y que la siguiente oferta rusa será menos generosa, sino tampoco que la táctica de Washington es ofrecer a Rusia algo sustancial para que Moscú rebaje sus líneas rojas en materia de seguridad, el aspecto prioritario para Ucrania.
El presidente ucraniano, cuyo alto mando ni siquiera se ha molestado en alegar contraataques en una zona tan sensible como Seversk, capturada por Rusia en apenas unos días tras tres años y medio en los que la resistencia ucraniana, ahora colapsada, había impedido cualquier avance, espera que sus palabras en discursos públicos tengan más peso que la información de inteligencia de la que Estados Unidos dispone o la accesible para todo cualquier persona gracias al seguimiento diario que realizan todo tipo de analistas. En esa misión, Zelensky cuenta con el inestimable apoyo de sus aliados habituales, la prensa occidental, dispuesta a confundir sus deseos con el análisis y sus opiniones con la realidad absoluta. “Los estadounidenses afirman que Ucrania está perdiendo y se enfrenta a una derrota aplastante”, escribió Oliver Carroll, incondicional defensor de Ucrania y corresponsal de The Economist, que añadió que “el panorama es mucho más complejo”. El argumento es el mismo que el de Zelensky. “El contraataque en Kupyansk ha demostrado lo que se puede hacer. Rusia también está pagando un precio muy alto”, insistió para, solo entonces, recordar que el “panorama general sigue siendo bastante sombrío”. Sigue leyendo
“Creo que estamos más cerca de lo que hemos estado nunca”, afirmó el lunes por la noche Donald Trump. Nada de lo que está ocurriendo ahora puede sorprender, tampoco que este sea el momento en el que comienzan a producirse avances. Por primera vez desde el inicio de este heterodoxo proceso de diálogos bilaterales en el que se ha tardado meses en llegar a un documento sobre el que basar las negociaciones, es lógico que los únicos avances reales se vislumbren ahora, cuando la mediación estadounidense es un único equipo en contacto con los dos países, que ha dejado de decir a Kiev y Moscú lo que querían oír y que busca llegar a unos planteamientos claros que los dos países puedan valorar, renegociar y aceptar o rechazar y exponerse a consecuencias negativas. El planteamiento estadounidense es que, en caso de rechazo ruso, perdurarían las sanciones y posiblemente aumentaría el flujo de armamento a Ucrania, ya que nadie espera que Washington se desvincule completamente de la guerra de Ucrania, al menos en su faceta de vendedor de armas a los países europeos. En el caso ucraniano, rechazar un acuerdo pondría en riesgo la relación con Estados Unidos, pero, ante todo, implicaría continuar una guerra en la que el aumento de la asistencia militar no se ha traducido en una situación menos precaria para las maltrechas tropas ucranianas, que sufren ahora en zonas del frente en la que hasta hace unas semanas soportaban sin grandes dificultades los ataques rusos.
“Hoy o mañana finalizaremos los documentos, los nuestros. Entonces, creo que Estados Unidos mantendrá consultas con los rusos en los próximos días, y después mantendrá consultas con el presidente de Estados Unidos, y después nuestros equipos se reunirán”, afirmó ayer Zelensky dando por hecho que habrá acuerdo Washington-Kiev y tratando de pasar toda la presión a Moscú. En plena aplicación de lo que podría llamase doctrina Serrano Suñer, todo lo que pueda salir mal a partir de ahora será culpa de Rusia. Aunque no son excesivos los detalles que han trascendido sobre las negociaciones de los países europeos y Ucrania con Steve Witkoff, un empresario sin experiencia diplomática y mínimos -si no nulos- conocimientos sobre Rusia y Ucrania, Zelensky parece satisfecho con el resultado en el ámbito de la seguridad, cree tener completamente bajo control la cuestión de la reconstrucción y se niega a aceptar la realidad en los que respecta al aspecto territorial. Sigue leyendo
“Durante los últimos dos días, las negociaciones entre Ucrania y Estados Unidos han sido constructivas y productivas, con avances significativos. Esperamos alcanzar un acuerdo que nos acerque a la paz. Hay mucho ruido y especulaciones anónimas en los medios ahora mismo. Por favor, no se dejen engañar por rumores ni provocaciones. El equipo estadounidense dirigido por Steve Witkoff y Jared Kushner está trabajando de forma extremadamente constructiva para ayudar a Ucrania a encontrar una vía hacia un acuerdo de paz duradero. El equipo ucraniano está enormemente agradecido al presidente Trump y a su equipo por todos los esfuerzos que están realizando”, escribió ayer Rustem Umerov, líder de la delegación ucraniana que ha negociado durante dos días con Estados Unidos y bajo la protección de Alemania. El mensaje de Umerov, actual presidente del Consejo de Defensa y Seguridad de Ucrania y a quien no le ha perjudicado su aparición en el reciente escándalo de corrupción, resume a la perfección las ideas que la diplomacia ucraniana está repitiendo hasta la saciedad desde que concluyera el primer día de negociación.
Actualmente, cada comunicado sobre una negociación ha de tener un comentario favorable a Donald Trump, por lo que no son de extrañar las loas al equipo negociador de Estados Unidos, especialmente teniendo en cuenta que el yerno del presidente, Jared Kushner, forma parte del elenco de protagonistas que el domingo desembarcaron en Berlín para continuar con una negociación que, según varios medios europeos, ha sido “dura”. Sobre Kushner, Zelensky destacó el domingo la sorpresa positiva que supuso su presencia, ya que, como encargado de las cuestiones económicas, se habría la puerta a negociar esos aspectos tan importantes. En sus halagos, el presidente ucraniano no ahondó en la opinión que su equipo ha tenido siempre de los dos negociadores y de sus posicionamientos en esta negociación, pese a que la voluntad de Kiev de vetar a Witkoff de la misma forma que Moscú vetó a Kellogg ha sido un rumor persistente durante meses. Las palabras de Boris Pistorius en declaraciones a un medio alemán recuerdan que tampoco a las capitales europeas les complace tener que sentarse, como lo hizo Merz el domingo, frente a Steve Witkoff en una mesa de negociación. “Está claro que está lejos de ser la alineación ideal para este tipo de negociaciones. Pero, como se suele decir, solo puedes bailar con quien esté en la pista de baile”, afirmó Pistorius, dejando clara la opinión de los países europeos, pero también su resignación ante lo inevitable de la situación. No son ni Ucrania ni los países europeos quienes seleccionan al equipo negociador, sino Estados Unidos, signo inequívoco de quién ostenta el poder. Sigue leyendo