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La UE busca un lugar en las negociaciones

Sobre la mesa desde hace varios meses, especialmente desde que la relación Unión Europea-Estados Unidos empeoró a raíz de la guerra de Irán y las exigencias de Donald Trump de una sumisión aún más clara de los países europeos, Bruselas vuelve a plantearse la necesidad de insertarse definitivamente en las negociaciones Rusia-Ucrania-Estados Unidos. “Entre los gobiernos europeos existe una creciente conciencia de que pronto podrían verse en la necesidad de designar a alguien para que se enfrente al líder ruso, Vladímir Putin, en conversaciones directas sobre un acuerdo de paz para Ucrania”, escribía hace unos días Politico, que no utilizaba por casualidad el verbo enfrentarse, ya que es precisamente eso lo que la UE aspira a hacer. Desde la llegada al poder de Donald Trump la parte más beligerante y belicista, la UE , fue a la zaga de Ucrania a la hora de dar el giro lingüístico hacia un discurso que hablara de la necesidad de la paz en lugar de enfocarse, como se había hecho hasta ese momento, en la obligación de luchar por la victoria. Aunque la definición de paz y de victoria es esencialmente la misma y solo se trataba de adaptar el discurso a las necesidades de la relación con Donald Trump, que había designado oficialmente la guerra como estúpida, Bruselas ha sido el último actor en comprender la necesidad de esconder, al menos de vez en cuando, que sus exigencias siguen siendo las mismas y pasan por el irrealizable objetivo de recuperar la integridad territorial de Ucrania, algo que solo puede conseguirse con la derrota militar, económica y política completa de la Federación Rusa.

Los acontecimientos de las últimas semanas han preocupado aún más a los países e instituciones europeas, que siempre han temido más la paz que la continuación de una guerra en la que, salvo excepciones contadas, no corren ningún peligro y en la que su única preocupación real es conseguir la financiación necesaria para su sostenimiento.  El acuerdo Putin-Trump para la exportación de diésel ruso ha recordado a Bruselas que Estados Unidos y Rusia son los dos países con capacidad de decisión -Rusia, que costea su guerra, puede decidir hasta cuándo seguir luchando y Estados Unidos, que provee las armas más importantes, puede decidir por Ucrania cuándo ya no puede continuar- y pueden ejercerla sin siquiera pedir su opinión a Bruselas. El resultado de la breve gira de Witkoff, que ha trasladado a Rusia las nuevas propuestas y pretende dar un impulso a la negociación en busca de una paz por medio de la resolución del conflicto, es un motivo añadido de preocupación, que hace más importante la designación de una persona encargada de participar en las negociaciones para, ante todo, evitar que se crucen las principales líneas rojas europeas.

“El principal problema es decidir quién debería asumir una tarea tan arriesgada”, afirma Politico, que argumenta la “urgencia” en el viaje de Witkoff a Noruega y Rusia, una confirmación más de que para la UE cualquier diplomacia que incluya a Rusia es considerada peligrosa. El artículo cita al presidente checo, Petr Pavel, que realiza un buen resumen de cuál es el punto de partida de Bruselas, que no cuenta con ningún candidato aparente, por una parte, porque hasta ahora su papel en la diplomacia ha sido inexistente -o incluso contraproducente como agente de bloqueo- y sus dirigentes se han destacado como principales portavoces de la idea de lucha hasta la victoria final. “El presidente Putin no reconoce a la Unión Europea como autoridad”, se lamentó Pavel, que añadió la que puede entenderse como explicación del desprecio ruso por la UE, afirmando que Vladimir Putin “no quiere hablar con Ursula von der Leyen, no habla con Kaja Kallas. Ha dejado de hablar con otros líderes europeos, incluido Emmanuel Macron”. La UE, continuó, “debería designar a una persona o a un grupo de personas que hablen en nombre de Europa. No tienen por qué ser necesariamente representantes de la UE o de la OTAN, sino simplemente líderes a los que los demás otorguen un mandato para negociar”.

Moscú difícilmente va a aceptar como interlocutora a Úrsula von der Leyen y siempre rechazará a Kaja Kallas, considerada una de las portavoces de la facción más belicista y exprimera ministra de un país en el que no se respetan los derechos de la población de origen ruso. Antonio Costa, una opción que, según se valoró durante el verano, sí sería aceptable para Rusia, recibió todo tipo de críticas por el canal de comunicación abierto con el Kremlin y no parece interesado en repetir la experiencia, por lo que la UE busca activamente un candidato. Según las fuentes de Politico, Antonio Costa ha negado la posibilidad de “hablar con Putin ahora”, pese a que esa misma persona insiste en que “Costa debería empezar a hablar con Putin si queremos desempeñar un papel en las negociaciones. Al no hablar, estamos haciendo el juego a nuestros adversarios”. Esa es la única preocupación negociadora de la UE en estos momentos, que Rusia y Estados Unidos, nuestros adversarios, lleven la voz cantante.

“La burbuja de Bruselas”, afirma Politico con esa expresión que deja claro que incluso los medios más proeuropeos son conscientes de que la UE vive en su propia realidad, “debe aceptar que un acuerdo con Putin y Trump no se regirá por los protocolos de la UE, en opinión de un diplomático de un país de la Unión Europea al que, al igual que a otros citados en este artículo, se le ha concedido el anonimato para abordar asuntos delicados”. “No podemos presentarnos con dos o tres personas que hablen todas en nombre de la UE”, explica el diplomático, que deja ver que, pese a la retórica de unidad, la división interna sobre qué hacer y cómo conseguirlo es evidente.

Entre los candidatos a ser el hombre de la Unión Europea en unas futuras negociaciones Estados Unidos-Rusia-Ucrania, Politico menciona dos nombres. El primero es Bjorne Seibert, jefe de personal de Úrsula von der Leyen, que también trabajó para la actual jefa de la Comisión Europea en su etapa de ministra de Defensa de Alemania. Seibert, cuyo nombramiento sería, en la práctica, encargar la negociación a un proxy de von der Leyen, ha estado presente esta semana en las conversaciones Estados Unidos-Ucrania en Oslo, auspiciadas por el primer ministro noruego y por el segundo candidato, Alexander Stubb. “Hay dos factores clave que juegan a su favor: podría decirse que mantiene la mejor relación con Trump de entre todos los líderes de la UE, y Finlandia cuenta con una larga experiencia en el trato con Rusia, ambos países comparten una frontera de 1.300 kilómetros y han estado en guerra en el pasado”, escribe Politico sin recordar que Finlandia, como el resto de los países nórdicos ha sido, junto al resto de países bálticos, el eje más beligerante del continente. En realidad, el único activo de Stubb es la necesidad de Moscú de mantener contento a Donald Trump y aceptar a uno de sus europeos favoritos puede convertirse en el gesto necesario que está dispuesto a hacer el Kremlin, al menos a juzgar por las palabras de Dmitry Peskov, que no rechazó la figura del presidente finlandés como interlocutor.

En este baile de nombres, de cambios de posición que realmente no lo son -Ucrania sigue insistiendo en el alto el fuego como prerrequisito de una futura negociación y Rusia busca un alto el fuego solo como ratificación de una paz definitiva-, los medios han olvidado rápidamente cuáles son los objetivos de las partes. Como los países europeos, Ucrania busca una negociación en la que no se produzca un tratado final que haga permanente la pérdida de ningún territorio y que no obligue a Kiev a aceptar un estatus de neutralidad, una postura que camufla hablando de paz al referirse a un alto el fuego que suena peligrosamente familiar en la Federación Rusa. Aunque la postura rusa es tan clara como la ucraniana, en raras ocasiones se plantea de forma tan explícita como la verbalizó el miércoles Dmitry Polyansky, actual embajador de Rusia en la OSCE. Refiriéndose a la idea de la “paz plena”, es decir, definitiva y sobre la base de un tratado final, el diplomático afirmó que no solo Zelensky muestra desinterés, sino que comparten esa postura “también sus patrocinadores europeos, que ya intentaron en una ocasión socavar los acuerdos que conducirían a una paz duradera y sostenible: los acuerdos alcanzados por los presidentes ruso y estadounidense en Anchorage hace poco más de un año. Su principal objetivo ahora es conseguir una tregua e imponernos de nuevo un acuerdo basado en los «acuerdos de Minsk», que ellos mismos violaron”. “Eso no va a suceder. Ya no confiamos en vosotros ni en vuestros protegidos de Kiev”, sentenció Polyansky dirigiéndose a los países europeos. Al margen de los nombres y de los actores que sean invitados a la negociación para controlar los posibles daños que pudiera hacer un acuerdo Estados Unidos-Rusia, todo pasa por ver quién consigue imponer el tipo de negociación y de resolución que se busque: una imagen de alto el fuego que pueda repetir el escenario de Minsk, una paz que no lo fue, o un acuerdo final en el que todas las partes tengan que ceder, pero que cuente con unos términos claros a los que tengan que someterse Kiev, Moscú y también las capitales europeas.

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