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Crimea, línea roja rusa y obsesión ucraniana

En su carta abierta a Vladimir Putin, rechazada rápidamente por Rusia tal y como era de esperar, Volodymyr Zelensky menciona varios aspectos que Moscú habitualmente apunta como causas de la guerra. En su línea de mantenerse en lo más superficial de los temas, el presidente ucraniano menciona a la OTAN, aspectos geopolíticos y la lengua rusa, todos ellos factores que han contribuido al desarrollo de los acontecimientos pese a la insistencia ucraniana y europea de que todo es simplemente fruto de la decisión de un hombre. En su falaz valoración de la situación, es curioso que Zelensky no cite los dos hechos que Ucrania más ha repetido para justificar las políticas que ha puesto en marcha esta última década y que han contribuido también a llevar al conflicto político a su fase militar: Crimea y Donbass. Aunque la línea directa que los aliados occidentales de Ucrania trazan entre lo que califican como “la primera invasión rusa de Ucrania” en 2014 y 2022 es falsa, nada era inevitable y puede señalarse con claridad los momentos en los que el conflicto debió evitarse, nada de lo que ocurre actualmente puede entenderse pasando por alto los ocho años exactos transcurridos entre el cambio irregular de Gobierno en Kiev y la invasión rusa. En cada momento en el que debieron prevalecer las cabezas frías que promovieran el diálogo en lugar de las escaladas políticas y posteriormente militares, quienes estuvieron en posiciones de poder optaron por el enfrentamiento, generalmente sin calibrar los riesgos o, quizá, viendo la guerra como una opción menos mala.

Ese fue, sin duda, el caso de Ucrania, que el 13 de abril de 2014 decretó la operación antiterrorista con la que trató de solucionar por la vía militar un problema político, que una parte del país no había aceptado lo que percibía como un golpe de estado con la intención de imponer una deriva nacionalista en la que social y económicamente no tenía nada que ganar. Los blindados enviados por el ejército ucraniano chocaron contra los cuerpos de la población de Slavyansk, que aún creía que su Gobierno no dispararía contra el pueblo, pero rápidamente llegaron grupos altamente ideologizados que formaban parte de los sectores más movilizados de la sociedad, la extrema derecha nacionalista que en Maidan y en los enfrentamientos posteriores en ciudades como Járkov había actuado como fuerza de choque de la vía revolucionaria. Tras su victoria electoral, Poroshenko, principal exponente de esa nueva tendencia nacionalista pese a haber participado en gobiernos de Viktor Yanukovich, prefirió lo que pensó que sería una guerra corta en lugar de una paz por medio de un compromiso que habría implicado mantener la legitimidad de las fuerzas políticas que aspiraban a representar los intereses de los sectores sociales contrarios a la nueva política de Maidan. Sigue leyendo

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