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Una historia que no se repite, pero que rima

“El secretario de Guerra de Estados Unidos, Pete Hegseth, afirma que la guerra con Irán podría durar hasta ocho semanas, y añade que EE. UU. e Israel esperan conseguir «un espacio aéreo sin oposición» sobre el país «en menos de una semana» y desatar «muerte y destrucción desde el cielo durante todo el día»”, escribía ayer Dropsite News para condensar en pocas palabras la eufórica y propagandística rueda de prensa del jefe del Pentágono, espoleado por una visión de la guerra que su país y su aliado regional israelí libran contra Irán, uno de los países más sancionados del mundo. “Pueden decir cuatro semanas, pero podrían ser seis, ocho o tres”, añadió Hegseth para definir el marco temporal de la guerra para finalmente sentenciar que “nosotros marcamos el ritmo”. La narrativa de Estados Unidos es clara y, al más puro estilo de su presidente, simple. “Irán está derrotado”, afirmó el martes por la noche Donald Trump con una idea que repite intercalada con la insistencia del peligro inminente que afirma que suponía una potencia militar que ahora hace ver como prácticamente desarmada en menos de una semana de guerra, un término que no utiliza para no infringir su promesa de no comenzar ningún conflicto bélico.  

La coherencia brilla por su ausencia y la épica de la nietzscheana guerra de Pete Hegseth se cae por su propio peso en el momento en el que se presta una mínima atención a los detalles. La herramienta de Estados Unidos para imponer su paz es la misma en cualquier lugar del mundo: su capacidad de dictar las normas económicas y la amenaza, en este caso el uso, de su poder militar abrumador, que ha de obligar a Irán, o a cualquier otro país que ose llevar la contraria, a la capitulación. El bombardeo masivo de ayer por la tarde contra Teherán, capital de Irán, o el hundimiento de un buque iraní en las costas de Sri Lanka, causando un centenar de muertes, son solo dos ejemplos de la forma en la que Estados Unidos reparte muerte por aire y mar. En una lucha desequilibrada, ya que pocos ejércitos del mundo podrían responder por sí mismos al imperio norteamericano, la lucha de Irán es muy diferente y se basa fundamentalmente en elevar los costes para Estados Unidos y para sus aliados, en este último caso, a base de obstaculizar sus economías, su extracción o transporte de gas o petróleo e interrupción del tráfico aéreo. En el caso de Estados Unidos, el juego de Irán es encarecer la guerra forzando a Washington a utilizar cantidades masivas de munición de defensa aérea. El hecho de que Estados Unidos esté utilizando Patriots cuyos misiles cuestan 4 millones de dólares para derribar Shaheds de 20.000 dólares es el mejor ejemplo, fundamentalmente por la capacidad iraní de producir esa munición barata y que contrasta con la escasez de munición para la defensa aérea que ya empiezan a temer varios aliados de Washington y que el pasado mes de junio acortó la primera parte de esta guerra contra Irán.   Sigue leyendo

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