«Si Rusia se retira de las negociaciones, Ucrania buscará otros formatos para obligarla a poner fin a la guerra”, afirmó ayer Volodymyr Zelensky, ahondando un poco más en su tendencia a anunciar el fracaso inminente del proceso de negociación Estados Unidos-Rusia-Ucrania. Con esas palabras, el presidente ucraniano no busca describir la situación real, aunque negociar con Steve Witkoff después de ver el significado que tienen para Donald Trump los procesos diplomáticos en los que participa no es una tarea sencilla, sino que muestra sus deseos.
Al igual que les ocurre a los países europeos, la resolución de la guerra que plantea Washington y que, única propuesta diplomática sobre la mesa, un acuerdo diplomático supone un problema para Kiev, ya que implica un planteamiento que no considera aceptable después del sacrificio realizado por Ucrania durante los últimos cuatro –o doce– años. Según los términos que se manejan actualmente, Kiev obtendría de su aliado estadounidense las garantías de seguridad que le negó en 2022, cuando ese gesto podría haber facilitado el final de la fase activa del conflicto antes de que se produjeran gran parte de la muerte y destrucción.
Ese tratado de seguridad con Estados Unidos contaría, al menos según Kirilo Budanov, con el beneplácito de la Federación Rusa. Sin embargo, supondría aceptar implícitamente la pérdida de alrededor del 20% del territorio nacional según las fronteras de 1991 internacionalmente reconocidas. Después de cuatro años de guerra directa y de otros ocho de conflicto político activo por Crimea y Donbass, el mayor castigo para Ucrania, al igual que para sus aliados europeos, sería la readmisión de Rusia en las relaciones internacionales de Occidente como un país más, un Estado normal con el que tratar política y económicamente.
La sensación de injusticia, o de ambición desmedida de quien cree que haber derramado sangre propia y ajena en la lucha contra el enemigo común le da derecho a poder presentar más exigencias a sus aliados, aumenta en los momentos en los que la coyuntura internacional lo favorece. El inicio de la nueva guerra de Estados Unidos e Israel, a la que políticamente se ha sumado todo el bloque occidental prácticamente sin matices -en realidad, el único país que se ha desmarcado relativamente ha sido España, que ha rechazado cualquier permiso a Washington para utilizar las bases de Rota y Morón en una guerra que ha calificado de ilegal-, ofrece a Zelensky una nueva oportunidad de hacer valer la importancia de Ucrania. “También traeremos expertos de Ucrania… para ayudar a los socios del Golfo a derribar los drones iraníes”, afirmó ayer sir Keir Starmer en su anuncio a la nación de que el Reino Unido permitirá a Estados Unidos utilizar las bases de Akrotiri y Diego García en esta lucha contra Irán que, como la que les enfrenta a Rusia en Ucrania, es común aunque los países europeos no participen directamente en las acciones ofensivas.
Desde el pasado sábado, Zelensky, que ha comenzado a publicar sus mensajes de aliento a Estados Unidos contra Irán en farsi, ha visto la ocasión de rentabilizar la experiencia de Ucrania en la guerra moderna, marcada fundamentalmente por los drones. Como ya es de sobra conocido y Kiev se encarga de repetirlo siempre que es posible, en 2022 Moscú acudió a Teherán en busca de ayuda. El ejército ruso, con ocho años de desventaja con respecto al ucraniano, bregado en las trincheras de Donbass y ya consciente de la importancia de las aeronaves no tripuladas en el tipo de guerra que se estaba librando, había quedado atrás en ese sector. Como otros ejércitos europeos, el ruso se había centrado en armamento llamativo que presentar en ferias de armamento y tanto la preparación de infantería como aspectos menos rentables en términos de ventas habían quedado atrás. Los Shahed, el modelo que ahora todos los países tratan de replicar, supusieron para Moscú una ayuda imprescindible en un momento en el que Rusia tenía que adaptarse a una nueva forma de hacer la guerra y se estaba viendo superada por el uso de drones de relativamente escasa sofisticación, pero creciente eficiencia. Y aunque Ucrania sigue buscando presentarse a sí misma como la defensa de Occidente en una guerra común contra un eje imaginario formado por Rusia, Irán y Corea del Norte –a las que, dependiendo del estado de las relaciones entre Beijing y Washington, se añade a veces a China– y utiliza la idea de la lucha contra “los drones iraníes” como herramienta de propaganda, hace muchos años que los Shahed se producen masivamente en Rusia y han sido ampliamente modificados y mejorados para adaptarlos a las necesidades de la guerra. Sin embargo, el argumento sigue siendo útil para Zelensky, que está utilizándololo activamente en este momento en el que drones que sí son iraníes atacan objetivos estadounidenses o británicos en Bahréin, Kuwait, Arabia Saudí, Jordania, Qatar, Emiratos Árabes Unidos o incluso Chipre en respuesta a la agresión sufrida.
La solidaridad ucraniana no está con el país agredido, sino con sus aliados geopolíticos, con los que ahora trata de hacerse útil. «La situación en Oriente Medio demuestra lo difícil que es proporcionar una protección total contra los misiles y los drones «shahed». Incluso en los países del Golfo, que cuentan con sistemas de defensa aérea más avanzados que los que nos han proporcionado hasta ahora nuestros socios y los tienen en mayor cantidad, no todos los misiles balísticos son interceptados. También hubo «shaheds» que la defensa aérea de la región no ha detenido. Ahora todo el mundo puede ver que la experiencia de Ucrania en materia de defensa es, en muchos aspectos, insustituible», escribió Zelensky, que posteriormente ofreció amablemente, los servicios de Ucrania, socio aparentemente imprescindible a la hora de rescatar a Occidente de la agresión iraní. «Estamos dispuestos a compartir esta experiencia y a ayudar a las naciones que han ayudado a Ucrania este invierno y a lo largo de esta guerra. Estamos dispuestos a trabajar en el desarrollo de las capacidades defensivas comunes de Europa. Europa debe disponer de suficientes misiles de defensa aérea, suficiente experiencia en el derribo de drones y una producción suficiente de drones interceptores modernos. Juntos, podemos hacerlo realidad», añadió.
Ninguna ayuda es gratis y con esa participación, Ucrania busca un objetivo que persigue desde hace mucho tiempo, la integración en las estructuras militares occidentales o, en otras palabras, poder verse a sí misma como miembro oficioso de la OTAN, paso previo para volver a exigir la adhesión oficial. Evidentemente, cada oferta de Ucrania, un país que depende de sus aliados para obtener su financiación y armamento, es una forma de solicitar más asistencia. En su conversación con Friedrich Merz, uno de los líderes europeos que más firmemente se ha alineado con Estados Unidos, el presidente ucraniano insistió, por ejemplo, en las necesidades de misiles para la defensa aérea. El país que quiere salvar los cielos del mundo de los drones iraníes no puede defender el suyo propio.
Ayer, Bloomberg añadía un matiz más sobre la forma en la que Ucrania quiere rentabilizar la asistencia que ofrece a sus aliados. “Volodymyr Zelensky se ha ofrecido a enviar a sus mejores expertos en derribar drones iraníes a Oriente Medio si los líderes de la región convencen a Vladimir Putin de aceptar una tregua de un mes en la guerra de Rusia contra Ucrania”, escribía el medio. Teniendo en cuenta que no hay argumento político que vaya a conseguir que Rusia ceda en la forma de lograr la resolución de la guerra –un alto el fuego con vagas promesas de negociación futura tiene en Moscú un aspecto excesivamente similar a los acuerdos de Minsk–, la exigencia ucraniana es la misma de siempre, más presión política, pero, sobre todo, económica y militar contra Rusia.
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