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Donbass y los planes de Ucrania

“Trump quiere que la guerra termine pronto, pero pronto significa a costa de alguien. No aceptaré una paz a costa de Ucrania”, afirmó hace unas semanas Volodymyr Zelensky, que ha aprovechado el tiempo en el que la guerra contra Irán copaba las portadas y el interés de Donald Trump, Steve Witkoff y Jared Kushner para endurecer notablemente su discurso. El subtexto de esas declaraciones es claro: rechazar la idea de la resolución del conflicto por la vía de las garantías de seguridad a cambio del territorio de Donetsk que el trumpismo ve como la pieza que puede desbloquear las negociaciones. La exigencia de cesión de la parte de Donbass aún bajo control ucraniano es también el eje central de un artículo publicado por The Kyiv Independent en el que Mykola Bielieskov, del Instituto Nacional de Estudios Estratégicos de Ucrania analiza la realidad actual y el qué hacer para lograr una mejor posición política, económica y militar.

“A medida que el proceso de paz de Trump en la guerra entre Ucrania y Rusia fue avanzando a lo largo de 2025, el Kremlin planteó la idea de que una retirada unilateral de las fuerzas ucranianas del noroeste de la región de Donetsk era un requisito previo fundamental para el alto el fuego y el acuerdo. El Kremlin presentó la cuestión como una concesión relativamente menor, digna del noble objetivo de poner fin a las hostilidades”, comienza Bielieskov, simplificando al máximo un año de negociaciones y presentando como principal exigencia rusa la cuestión territorial que, como han insistido repetidamente Sergey Lavrov o Yuri Ushakov, es solo una parte de lo que Rusia busca conseguir en una negociación en la que la parte más relevante sigue siendo la cuestión de la seguridad y no la territorial, en la que sería mucho más sencillo que Moscú hiciera concesiones. Sin embargo, alegar que lo único que Moscú busca en Ucrania es territorio favorece la tesis de que esta guerra es un simple conflicto colonial en la que el imperialismo ruso busca expansión y que nada tiene que ver con el legado del enfrentamiento de la Guerra Fría y la expansión hacia sus fronteras de una alianza militar que ha demostrado desde 1991 que no es una alianza defensiva.

En la simplificación de los hechos, Bielieskov añade que “Donald Trump mordió en gran medida este anzuelo ruso. El éxito de la estrategia de Moscú se hace evidente en cómo la Casa Blanca ha presentado la defensa constante de Volodymyr Zelensky de los intereses nacionales de Ucrania como un obstáculo importante para la paz”. El analista olvida los momentos en los que Trump ha apuntado sus acusaciones hacia Rusia, el aumento de las sanciones contra Moscú o el apoyo que Estados Unidos ha otorgado a Kiev para atacar los intereses petrolíferos rusos que Ucrania ataca ahora a su antojo y, en ocasiones, ocultando sus drones en el espacio aéreo de la Unión Europea. Pero, ante todo, Bielieskov olvida que, desde 2022, en cada ocasión en la que se ha producido algún tipo de diálogo, ha quedado claro que la prioridad de los dos países era la seguridad. En la primavera de ese año, cuando la oferta rusa fue la más generosa en términos territoriales, uno de los aspectos que hizo imposible el acuerdo fue la ausencia de garantías de seguridad de Estados Unidos, que ofrece ahora lo que negó en aquel momento. Al contrario que para Rusia, el planteamiento de Donald Trump da a Ucrania su principal objetivo, a cambio, eso sí, de un sacrificio importante: aceptar la frontera de facto en toda la línea del frente y sacrificar el resto de Donbass.

“Zelensky ha rechazado todas esas exigencias. El presidente ucraniano carece por completo de autoridad legal para ceder territorio ucraniano”, escribe Bielieskov con otro argumento muy repetido, pero que, teniendo en cuenta que no se va a exigir a Ucrania un reconocimiento oficial de la pérdida de territorios, la cuestión es menos legal y más de posibilidad política y militar. El principal problema no sería la legalidad, sino el peligro que pudiera implicar para Zelensky que, como suele destacar el periodista Mark Ames, es un presidente de origen judío en un país en el que neonazis y todo tipo de grupos fascistas cuentan con una importante fuerza militar. “Los riesgos políticos en Ucrania son, sin duda, importantes, pero ceder la región de Donetsk a Rusia es, ante todo, problemático tanto desde el punto de vista militar como estratégico. En la actualidad, la aglomeración fortificada de Slavyansk-Kramatorsk constituye el núcleo del sistema de defensa de Ucrania”, añade el artículo, que insiste en la idea que Zelensky repite actualmente, que ese territorio sería utilizado por la Federación Rusa para lanzar otra ofensiva en dirección a Kiev.

Esa posibilidad, mera especulación sobre la que construir una amenaza eterna de peligro ruso, es útil para justificar la militarización y una exigencia ucraniana que Zelensky volvió a plantear el jueves en una entrevista concedida a la CNN. “Tener tropas extranjeras desplegadas a lo largo de la línea de contacto haría que fuera muy peligroso para Rusia comenzar una nueva guerra. Temen a las fuerzas de apoyo, las bases y los representantes internacionales. Si no tenemos esta presencia, ninguna palabra detendrá a Putin”, afirmó el presidente ucraniano insistiendo en una exigencia, una fuerza de paz internacional, que Ucrania plantea periódicamente desde 2014. Esa línea del frente ha de ser, por supuesto, aquella que deje la guerra y que solo puede ser corregida a favor de Ucrania, concretamente en Energodar, donde se encuentra la central nuclear de Zaporozhie que Kiev exige recuperar y que Rusia ha de aceptar bajo presión de los aliados occidentales.

En esas aspiraciones de máximos, que dependen de la capacidad de Ucrania de mantener sus posiciones en el frente, para lo que precisa un aumento de la financiación y del suministro de armas que vaya más allá de los 90.000 millones de euros que la Unión Europea le garantiza para los próximos dos años. Pero incluso así, la posibilidad de que Ucrania pueda mantener intacta la línea del frente no es creíble siquiera para los expertos del Instituto Nacional de Estudios Estratégicos de Ucrania. “Es probable que la dinámica en el frente no se caracterice «ni por un avance ruso significativo ni por una estabilización total». Es probable que Ucrania continúe con su estrategia de «ceder terreno a cambio de infligir el máximo de bajas a Rusia», tal y como hizo en 2024 y 2025”, admite Bieliekov, que describe la a la perfección el objetivo de Ucrania y que se aferra a la idea de que Rusia pierde 30.000 soldados al mes en la guerra, un dato de la desinformación ucraniana que hace semanas que se ha convertido en dogma tratado como hecho sin necesidad de verificación.

Es evidente que la mención a ceder terreno se refiere a la pérdida de Donbass, la parte del territorio que también Estados Unidos considera que Ucrania perderá y que exige que ceda a cambio de conseguir garantías de seguridad y aceptar el final de la guerra. “La posibilidad de que Ucrania acabe perdiendo la parte noroeste de la región de Donetsk tras intensos combates no justifica la rendición inmediata de esos territorios. Con las tecnologías, las tácticas y los efectivos actuales, Rusia tardaría hasta finales de 2027 en ocupar por completo el noroeste de la región de Donetsk, lo que le supondría un alto coste en vidas humanas”, escribe Bieliekov, sin miedo a admitir que el principal objetivo no es mantener el territorio, sino causar bajas rusas. En otras palabras, Ucrania ve la continuación de la guerra como una oportunidad para continuar causando bajas rusas incluso siendo consciente de cuál va a ser el resultado final.

El argumento de Bieliekov para justificar el sacrificio de más vidas ucranianas y rusas es instructivo a pesar de todo. “Cuando la Unión Soviética exigió a Finlandia que cediera el istmo de Carelia en 1939, Finlandia se negó y, antes que capitular, libró dos grandes guerras. Aunque Finlandia acabó perdiendo el territorio, su feroz resistencia causó devastadoras bajas entre las tropas soviéticas, lo que convenció a Moscú de que era preferible una Finlandia libre a una conquistada”, escribe, sin mencionar que el resultado final de neutralidad, la finlandización que Ucrania ha rechazado durante años y que, como recuerda Leonid Ragozin, podría haber evitado la guerra. “Tengo la edad suficiente para recordar cuando el término «finlandización» se utilizaba de forma peyorativa para referirse a quienes instaban a Ucrania a luchar hasta el fin del régimen de Putin y la desaparición de Rusia. Hubo una campaña a gran escala, respaldada por una horda de bots y trolls, que se oponía a esa idea y la desacreditaba, acosando e intimidando a quienes la mencionaban”, escribió Ragozin, que se pregunta “¿para qué ha sido todo el sacrificio? ¿Para volver a la situación en la que se encontraba Ucrania en 2013, pero habiendo perdido el 20% del territorio, una cuarta parte de la población y gran parte de las infraestructuras esenciales? ¿Para conseguir una versión de pacotilla de la «finlandización», sin ni siquiera un atisbo del auge económico y la libertad política de que disfrutó Finlandia durante las décadas posteriores a la Segunda Guerra Mundial? ¿Para lograr una versión etnonacionalista de la «putinización» en lugar de una verdadera «finlandización»?”, comentó el periodista, que desde hace varios años defiende, pese a su evidente oposición al Gobierno ruso, la opción de la negociación para evitar el sacrificio de más vidas cuando el resultado de cómo transcurrirá la guerra le parece evidente.

Aun así, Zelensky insiste en la justificación moral. “Si le pedimos amablemente a Putin “¿podrías por favor encontrar un compromiso?”, no funcionará. Putin es culpable, pero él no lo piensa así. Por eso Trump, Xi, Modi, ellos tienen que hablar con Putin para que detenga esta guerra. No pueden pedirle a Ucrania que pare. Nosotros no somos los agresores”, sentenció en sus declaraciones a CNN el presidente ucraniano. Zelensky, que no ha dudado en defender la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán, sigue utilizando para Ucrania un argumento -que la agresión implica que la guerra debe acabar a su gusto- que solo aplica a su país, pero que no extiende a otros escenarios de guerras de agresión en lugares que considera enemigos. Mientras Ucrania no logre sus objetivos mínimos y cause a Rusia los daños que aspira a infligir, continuar luchando será el mal menor preferible.

“La guerra continúa porque demasiados oportunistas políticos temen el momento en que tendrán que responder a todas estas preguntas”, sentencia Ragozin. La guerra continúa porque, como afirmó la primera ministra danesa hace unos meses, la paz puede ser más peligrosa que la guerra y el sacrificio de vidas propias y ajenas es preferible a una paz imperfecta en la que tendrá que haber concesiones duras.

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