Exultante por el resultado de sus negociaciones, o por su percepción de ellas, Donald Trump anunciaba el viernes por la tarde, a tiempo para un cierre favorable de los mercados antes del fin de semana, la reapertura del “estrecho de Irán” y presagiaba un acuerdo rápido con el país persa. Falsamente o no, el presidente de Estados Unidos alegaba que ya no quedan puntos importantes por acordar. Horas antes, Donald Trump había anunciado que, tras sus conversaciones con el presidente del Líbano y el primer ministro de Israel -por separado, sin contacto directo entre ellos-, los dos países habían acordado un alto el fuego en ese escenario de la guerra en Oriente Medio. Aunque posteriormente tratara de desvincularlo de las negociaciones con Irán, el cese de la violencia en el Líbano era una de las exigencias de Irán para continuar negociando con Washington. En su estilo de vender la piel del oso antes de cazarlo, Trump se jactó de que se trata de la décima guerra que resuelve. Tras meses en los que mencionaba ocho guerras, el presidente de Estados Unidos ha sumado dos más a los conflictos que solo ha resuelto en su imaginación. El líder de la Casa Blanca parece haber decidido que ha terminado dos veces la guerra de Irán que él mismo comenzó.
Donald Trump no ha solucionado las guerras entre Kosovo y Serbia o Egipto y Etiopía porque nadie disparó un solo tiro; no fue él quien detuvo el escarceo entre India y Pakistán ni entre Camboya y Tailandia, dos conflictos que persisten; llegó al poder cuando la guerra entre Armenia y Azerbaiyán ya había terminado; no hay cese de la violencia en la República Democrática del Congo y lo que ocurre actualmente en Gaza puede considerarse muchas cosas, pero de ninguna manera puede calificarse de paz.
Sin embargo, en su imaginación, el presidente de Estados Unidos ha resuelto ya todos esos conflictos que, si se reanudan, podrán ser contados de nuevo como otra guerra solucionada por la estratégica inteligencia del trumpismo, que solo percibe como decepcionante su incapacidad para conseguir un rápido final de la guerra en Ucrania. La ausencia de avances en la negociación y la distracción que ha supuesto la situación en Oriente Medio para el equipo diplomático estadounidense encargado del diálogo de paz -Steve Witkoff y Jared Kushner- ha puesto en pausa el proceso de paz entre Rusia y Ucrania. Movido por la inercia de sus actos, especialmente de aquellos que percibe como exitosos -la rápida victoria contra Maduro hizo a Trump creer que asesinar al ayatolá Jameneí colapsaría inmediatamente Irán-, es previsible que cualquier principio de acuerdo en Irán cause un nuevo impulso negociador para la guerra en Europa. “Las conversaciones lideradas por Estados Unidos para poner fin a la guerra en Ucrania se han suspendido. El interés de la Administración Trump por Irán podría ser la razón inmediata, pero no es la causa subyacente. En realidad, las negociaciones ya se habían estancado debido a un problema más grave: la forma en que Estados Unidos ha estructurado el proceso de paz”, comentan en un artículo publicado en Foreign Affairs el experto de Rand Samuel Charap y Jennifer Kavanagh, de la Universidad de Georgetown.
Los expertos recuerdan que, hasta ahora, la estrategia trumpista se ha basado en la lógica de paz por territorios, según la cual Ucrania obtendría las garantías de seguridad de Estados Unidos que lleva años buscando y que Joe Biden le negó en 2022 a cambio de aceptar dejar caer la parte de Donetsk aún bajo control ucraniano. Aunque no se explica en el artículo, este planteamiento supondría concesiones importantes para ambos bandos a cambio de algo que exigen: Rusia tendría que aceptar la presencia de la OTAN en territorio ucraniano a cambio de un pequeño territorio que no ha capturado por la fuerza, mientras que Ucrania tendría que sacrificar territorio para obtener el tratado de seguridad que busca. La forma en la que Donald Trump acostumbra a tratar a los aliados, muchas veces confundidos con enemigos, y su propensión a romper acuerdos hace un poco más difícil para Kiev creer que Estados Unidos vaya a interpretar el documento pactado de la misma forma que Ucrania. Es más, las diferencias de interpretación ya se han puesto de manifiesto, un argumento más para que Kiev trate de resistirse a la estrategia de Trump. Aunque Ucrania se escuda en la idea de que, en caso de obtener los puntos fuertes de Slavyansk o Kramatorsk, Rusia tendría campo abierto para reanudar la guerra en dirección a Kiev, es evidente que el elemento decisivo es que ni siquiera quienes han negociado con Estados Unidos las garantías de seguridad están convencidos de que Washington fuera a intervenir en su defensa en caso de un ataque ruso.
“El Gobierno hace bien en buscar un fin negociado a los combates”, insisten Charap y Kavanagh, que argumentan que “la guerra entre Rusia y Ucrania ha sido tremendamente destructiva, ante todo para los ucranianos, pero también para la seguridad regional e internacional, para el crecimiento económico mundial y para las reservas militares de Estados Unidos y sus aliados. Sin embargo, estructurar un acuerdo de paz en torno al intercambio de territorio por garantías de seguridad aún no ha funcionado y es poco probable que lo haga en el futuro. Este enfoque exagera la importancia del territorio para Rusia y la importancia de las garantías occidentales para Ucrania. Y pasa por alto el principal reto a la hora de poner fin a cualquier guerra, lo que los politólogos denominan el «problema del compromiso creíble»: convencer a una de las partes beligerantes de que su enemigo se comprometerá realmente con la paz”.
Los autores explican con detalle que la solución de seguridad a cambio de territorios no ha funcionado, ya que, pese a dar a ambas partes algo de lo que exige, no resuelve sus principales preocupaciones. Llegar a esta conclusión implica estudiar los objetivos reales de las partes en conflicto. “Antes de dejar de luchar, Moscú quiere resolver las preocupaciones de seguridad más amplias que sus líderes han expresado constantemente: saber que Ucrania se convierta en una base avanzada de la OTAN o que Kiev intente recuperar su territorio por la fuerza. Y el control total sobre Donbass no disipará estos temores. Poseer la región no limitaría, por ejemplo, las futuras capacidades militares de Ucrania, incluida su adquisición continuada de sistemas occidentales de alta gama. No impediría que Kiev se uniera a las alianzas occidentales. Y no impediría que Ucrania acogiera a fuerzas de la OTAN”, explica el artículo, reflejando algo que es evidente desde 2022. Para Rusia, lo más importante es garantizar su seguridad con respecto a la expansión de la alianza de la Guerra Fría, creada, como recordó recientemente Donald Tusk, “contra la Unión Soviética, es decir, contra Moscú”.
“De hecho, las garantías de seguridad que se están debatiendo actualmente podrían dar lugar al despliegue de tropas de la OTAN en territorio ucraniano”, escriben Charap y Kavanagh, que añaden que “las garantías que Kiev está negociando con sus socios occidentales darían lugar a una «coalición de voluntarios» liderada por Francia y el Reino Unido, que desplegaría fuerzas en Ucrania tras un alto el fuego y a que Europa respaldaría a un ejército de 800.000 efectivos ucraniano en tiempos de paz. Este resultado acabaría por acentuar la percepción de inseguridad de Rusia, independientemente de cuánto territorio consiga Moscú en el acuerdo”. El acuerdo de seguridad para Ucrania y territorios para Rusia implicaría para Moscú aceptar la presencia de la OTAN en sus fronteras de facto, es decir, exactamente el escenario que el Kremlin trataba de impedir con su entrada en la guerra.
Para Ucrania, la parte de Donetsk que el trumpismo le exige que ceda al ser solo “unos pocos kilómetros cuadrados en una dirección o en otra”, se percibe según explican Charap y Kavanagh como “esencial para proteger el terreno estepario, en su mayor parte llano, situado al oeste. Aunque operar en estas zonas abiertas supondría sus propios retos para Rusia, incluida una mayor vulnerabilidad a los ataques con drones, ceder el resto de Donbass dejaría al resto del país más expuesto y, por lo tanto, vulnerable a la conquista. Las garantías de seguridad occidentales podrían compensar esta vulnerabilidad si realmente aseguraran que la OTAN entraría en combate en caso de que Rusia volviera a atacar. Pero Estados Unidos y Europa no pueden ofrecer tales garantías de forma creíble”.
En pocas palabras, la opción trumpista de tratar de cerrar esta guerra entregando Donetsk a Rusia y ofreciendo a Ucrania promesas de seguridad futura a base de introducir tropas de la OTAN en el territorio no resuelve para nadie la cuestión de la seguridad, prioritaria por encima de la cuestión territorial tanto para Kiev como para Moscú. “Si los oficiales estadounidenses quieren poner fin a la larga y sangrienta guerra entre Rusia y Ucrania, deben dejar de basar el proceso en una fórmula limitada de «territorio a cambio de garantías de seguridad». En su lugar, deben adoptar un enfoque integral que permita tanto a Moscú como a Ucrania confiar en su seguridad a largo plazo y que trace un rumbo hacia una relación menos hostil y más sostenible”, insisten Charap y Kavanagh en una admisión poco común de algo que es evidente desde antes incluso de la invasión rusa.
La propuesta de los autores pasa por la participación de todas las partes, incluida la Unión Europea, en una negociación mucho más profunda y complicada, cuya aspiración sería resolver el conflicto rusoucraniano, pero atendiendo a las causas profundas, es decir, los temores de seguridad existentes a ambos lados del frente. Para ello, Charap y Kavanagh insisten en que “Moscú debería establecer límites al despliegue de sus fuerzas, misiles y armamento pesado cerca del territorio ucraniano y en las zonas de Ucrania que ha ocupado. Ambas partes podrían comprometerse a no acoger fuerzas extranjeras en su territorio. Para Rusia, estas condiciones podrían resultar aceptables, ya que un Kiev formalmente no alineado y armado con fines defensivos no representaría el tipo de amenaza grave que justificara el despliegue de capacidades militares ofensivas cerca de la línea del frente. Para Ucrania, las restricciones al despliegue ruso ofrecerían garantías de que Moscú no está planeando una nueva invasión, o al menos asegurarían que Kiev disponga de un amplio margen de aviso antes de que se produzca cualquier agresión futura”.
“Para tranquilizar a Ucrania, Estados Unidos y sus aliados europeos podrían asumir compromisos jurídicamente vinculantes para proporcionar ayuda militar —incluidos sistemas de defensa aérea, proyectiles de artillería y otra munición de precisión de corto alcance— siguiendo un calendario establecido. También podrían comprometerse a crear reservas de estas armas y de otras más potentes fuera del territorio ucraniano, de modo que se pudiera aumentar el suministro en caso de una nueva agresión”, garantías que, según los autores, “dejarían a Ucrania en mejor situación que las promesas grandilocuentes de apoyo militar directo, en las que Kiev no puede confiar y que Moscú no aceptará”. En realidad, la propuesta no se aleja en exceso de la militarización continental que plantean los países europeos, aunque intenta evitar el escenario coreano de paz extremada y masivamente armada directamente en la línea de separación de las partes.
Pero la base de este planteamiento, que daría a Ucrania las armas que exige y el apoyo perpetuo que demanda de sus aliados, es que “como parte de un futuro acuerdo, por ejemplo, Ucrania podría comprometerse formalmente a no adherirse a ninguna alianza militar, aceptar un estatus permanente de no alineación y establecer límites autoimpuestos a sus fuerzas en niveles que no restrinjan su capacidad defensiva, pero que sí limiten la ofensiva. Al asumir estos compromisos, Kiev transmitiría de forma creíble que pretende defender militarmente solo las zonas que aún están bajo su control. Seguiría oponiéndose a la ocupación rusa, pero únicamente por medios pacíficos”.
Militarización, control de armamento o certeza de disponer del material necesario para reanudar las hostilidades se complementan con la concesión que ni Kiev ni sus aliados occidentales han querido hacer en todo este tiempo, la renuncia a la OTAN. Porque, al final, Charap y Kavanagh llegan, sin mencionarlo y quizá sin siquiera darse cuenta, al escenario que ya se dibujaba en 2021: la necesidad de una arquitectura de seguridad continental que supere el marco de la Guerra Fría y que no esté basada en la perpetua expansión de una alianza creada contra una de las grandes potencias europeas. La renuncia de la OTAN a su expansión a Ucrania, sumada al compromiso de cumplimiento de los acuerdos de Minsk pudo haber devuelto todo Donbass bajo control de Kiev y haber evitado una guerra que ha causado centenares de miles de muertes y una destrucción que llevará décadas reconstruir. Cuatro años después, la solución sigue siendo la misma en términos de seguridad, pero con un cambio fundamental en la estructura territorial que ni las tropas ucranianas ni los discursos europeos podrán modificar.
Sin embargo, como en 2022, ni Ucrania ni la Unión Europea están dispuestas a crear esas condiciones de seguridad continental, sino que buscan ahondar en una estructura militarizada específicamente contra Moscú. “Si Estados Unidos realmente piensa en retirarse de la OTAN, entonces la seguridad europea se basará únicamente en la Unión Europea. Pero no en su forma actual. Creo que la UE está en una situación en la que necesita más países”, ha escrito recientemente Zelensky, que ha especificado que “el Reino Unido, Ucrania, Turquía y Noruega. Estos son cuatro países fuertes, que forman parte de Europa. Juntos, el Reino Unido, Ucrania y Turquía tienen ejércitos que son más fuertes que el ejército de Rusia. Sin Ucrania y Turquía, Europa no puede igualar a Rusia. Con los cuatro países a bordo, puedes arrebatar el control de los mares, tener cielos seguros y las fuerzas terrestres más grandes”. Todo en Europa sigue midiéndose en términos de guerra -caliente o fría-, unas condiciones que hacen imposible negociar una paz entendida como ausencia de conflicto, no solo ausencia de guerra.
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