“Estamos en contacto constante con nuestros socios estadounidenses, les estamos agradecidos y esperamos que el tema de poner fina a la guerra de Rusia contra Ucrania también se plantee ahora, mientras el presidente de Estados Unidos se encuentra en China”, afirmó ayer Zelensky durante su enésima visita a la Unión Europea, esta vez a Rumanía. Aunque a juzgar por el pasaje que acompaña a Donald Trump a Beijing, formado por lo más alto de las élites empresariales, fundamentalmente tecnológicas, el elemento central de la visita estadounidense no será geopolítico, sino puramente económico. E incluso en lo político, el papel de China en Ucrania ha sido siempre limitado, lo que contrasta con la percepción de que Beijing podría jugar un rol más relevante en la otra guerra que ocupa a Donald Trump, la de Irán. Salvo para la Unión Europea, la guerra de Ucrania ha perdido gran parte de la centralidad que adquirió en 2022 y es uno más de los muchos conflictos que se están produciendo en el mundo. Aun así, persiste en Zelensky la esperanza de que alguien, sea Estados Unidos o sea China, obligue a Rusia a detener la guerra y aceptar la vía de un alto el fuego para dar paso a una negociación incierta que Kiev dilataría hasta la saciedad para evitar las duras concesiones que implicaría una paz definitiva.
“No cejamos en nuestros esfuerzos diplomáticos y esperamos que la presión sobre Rusia, junto con las negociaciones en diversos formatos, ayude a lograr la paz”, añadió el presidente ucraniano, que a pesar del claro endurecimiento de su discurso estos últimos meses, sigue añadiendo, posiblemente sin creer en ella, la coletilla de buscar la paz. Nada en el frente ni en la retaguardia indica que vaya a cumplirse esa certeza que nuevamente planteó Trump el martes por la noche, cuando afirmó estar seguro de que un acuerdo está a la vuelta de la esquina, el equivalente rusoucraniano a afirmar, como el presidente de Estados Unidos insiste en hacer a menudo, que Irán ha aceptado entregar a su Gobierno el uranio altamente enriquecido que se encuentra en el país. La esperanza es lo último que se pierde, aunque esté basada en imposibles como pensar que China puede presionar a Rusia para detener la guerra o que Irán va a aceptar los términos de capitulación que le ofrece la Casa Blanca.
Al otro lado del frente, también el Kremlin se agarra a una exigencia que tendrá que refrendar con avances en el frente. Saliendo al paso de la especulación sobre el significado de las palabras de Vladimir Putin sobre la posibilidad de que la guerra esté llegando a su fin, el portavoz del presidente ruso insistió en que nada ha cambiado y todo depende de la decisión de Ucrania de aceptar la oferta rusa y abandonar la parte de Donbass aún bajo su control. Al contrario que en Zaporozhie, las fuerzas rusas aún avanzan ligera y muy lentamente en Donetsk, el territorio en el que se concentra gran parte de la lucha de la primera línea. Como había reafirmado Yuri Ushakov días antes, Rusia está dispuesta a continuar luchando hasta obtener ese objetivo, ya sea por la vía diplomática o militar, por lo que el asesor de política exterior de Vladimir Putin insistió en que las negociaciones no avanzarán hasta que Kiev dé el paso que se le exige, retirarse de Donetsk, una condición que el presidente ucraniano no puede cumplir si no es bajo coacción de Estados Unidos.
“En ese momento”, añadió ayer Dmitry Peskov, “se establecerá un alto el fuego y las partes podrán, con tranquilidad, entablar negociaciones que, por cierto, serán inevitablemente muy complejas y contendrán una gran cantidad de detalles importantes”. Rusia no renuncia a conseguir su objetivo territorial y deja claro que la negociación tiene que ir más allá de una hoja de ruta que quepa en un post de la red social de Donald Trump. La experiencia de siete años de intentos de reescribir el acuerdo de Minsk son instructivos en este sentido.
En lo que las tres partes parecen coincidir es en que el actual proceso de diálogo se encuentra totalmente bloqueado. Las palabras de la semana pasada de Marco Rubio son mucho más realistas que los deseos de Donald Trump. Estados Unidos estará si es útil, pero abandonará si considera que no hay avances. El hecho de que Rusia haya colocado en la agenda mediática el nombre de Gerhard Schröder, un candidato que no tiene ninguna posibilidad de ser aceptado por Ucrania y la UE, es un indicador de que el Kremlin es consciente de que, en algún momento, tendrá que negociar con Bruselas, actual proveedor principal de Ucrania y parte mucho más directamente implicada en la guerra que Estados Unidos. Como era de esperar, tras las palabras de Vladimir Putin y una primera respuesta desde Alemania mencionando a otro candidato a la mediación, el actual presidente Steinmeier, Der Spiegel mencionaba ayer el nombre de Angela Merkel, de quien se afirma que es una personalidad política con una trayectoria acreditada, conoce tanto a Putin como a Zelensky y habla ruso. La excanciller alemana insiste en que nadie ha contactado con ella y que no se ha planteado si aceptaría tal propuesta. Merkel fue durante más de seis años la persona más interesada en que el proceso de Minsk lograra la paz e incluso en los meses finales de mandato trató de impulsar un nuevo formato de negociación que, según explicó en 2022, fue imposible ante el desinterés de los países de la Unión Europea. La paz no es una prioridad ahora, como tampoco lo fue en Estambul ni durante los siete años de Minsk.
Cansado de no conseguir absolutamente nada, Estados Unidos se plantea qué hacer con las negociaciones. Es probable que nada de ello pase por comprender la naturaleza de la guerra o por qué, después de doce años, se sigue luchando por Donbass. Washington ha llegado a la conclusión de que su única propuesta es la de garantías de seguridad para Ucrania a cambio de ceder Donbass a Rusia, una propuesta inaceptable para Kiev por la exigencia territorial y para Moscú por las implicaciones de seguridad. Un artículo publicado por Financial Times publicado ayer ahonda en esta cuestión. “Rusia y Ucrania consideran que hay pocas perspectivas de reactivar las conversaciones de paz mediadas por Estados Unidos, incluso una vez que termine la guerra en Oriente Medio, según fuentes conocedoras de las posiciones de ambas partes”, escribe el medio, que cita a un oficial ucraniano afirmando que “la parte estadounidense no ha logrado ningún avance con Rusia”. “Ya se ha negociado todo lo que se podía negociar”, añade.
“Ucrania consideró que las conversaciones ya se habían estancado en febrero, tras la última ronda de negociaciones con Rusia, y se sentía cada vez más frustrada porque Washington no presionaba a Vladimir Putin para que moderara sus exigencias, según afirmaron funcionarios ucranianos”, explica el artículo. Para entonces, Zelensky ya había dado un nuevo giro a su discurso, abandonado la paz como elemento central y había endurecido sus palabras hacia Estados Unidos, especialmente en lo referente a la posibilidad de aceptar la idea de perder Donbass y arriesgarse a que Washington no interprete en los mismos términos que Kiev el acuerdo de garantías de seguridad que ha ofrecido la Casa Blanca. El intento ucraniano de implicar a la Unión Europea, mucho más radical que el trumpismo en lo que respecta a la negociación con Rusia, responde a la necesidad de imponer condiciones más duras a Moscú y tratar de impedir tener que cumplir las exigencias del Kremlin.
Endurecer las condiciones exige una narrativa política que justifique esa necesidad. Para ello están tanto los medios como las autoridades europeas. “La verdad es que Rusia sigue intentando lograr la victoria en el campo de batalla sin renunciar a sus exigencias maximalistas», afirmó un alto diplomático alemán. «Las acciones de Rusia contradicen claramente cualquier supuesta voluntad de negociar·”, escribe Financial Times insistiendo en esa idea de la irracionalidad de los objetivos rusos y añadiendo el adjetivo “maximalista” con la intención de presentar la postura de Rusia como inamovible. Esa idea contradice la realidad, ya que es evidente que el Kremlin está dispuesto a aceptar unas condiciones de seguridad que en 2022 se habrían considerado de capitulación.
Si la realidad, las palabras y los actos rusos no son suficientes para alegar que Moscú aspira todavía a controlar Kiev, algo a lo que de forma evidente renunció -posiblemente no por deseo, sino por necesidad de supervivencia de sus tropas- con la retirada del norte de Ucrania en abril de 2022, siempre quedarán las filtraciones de inteligencia. “Los altos mandos rusos han convencido a Putin de que sus fuerzas podrían tomar todo el Donbás para otoño, según dos personas en contacto con el líder del Kremlin, otras dos familiarizadas con el asunto y un informe de inteligencia ucraniano compartido con FT”, escribe el medio presentando como hecho una filtración interesada de la inteligencia militar de uno de los países en guerra. “Putin planea entonces endurecer las condiciones de cualquier alto el fuego intensificando las exigencias territoriales de Rusia, según afirmaron tres de esas personas”, continúa el artículo a pesar de que no hay ninguna evidencia de que Moscú vaya a estar en esas condiciones a corto o medio plazo. El hecho de que se dé por hecho que Rusia considera que capturará todo Donbass en los próximos meses, algo que no se corresponde con la realidad del frente, debería ser suficiente para que cualquier periodista comprendiera que está siendo utilizado por una de las partes de la guerra para colocar un discurso con el que justificar el endurecimiento de su postura negociadora.
“Vadym Skibitskyi, subdirector de la inteligencia militar de Ucrania, declaró a FT el mes pasado que el éxito en el Donbás permitiría al Kremlin presionar con nuevas reivindicaciones territoriales. Putin argumentaría entonces que Jersón y Zaporizhie —dos regiones que Rusia afirma haber anexionado en 2022, aunque gran parte de ellas siguen bajo control ucraniano— también deberían ser cedidas, afirmó Skibitskyi”, prosigue el artículo que, conscientemente o no, ha caído en la trampa ucraniana de institucionalizar un discurso según el cual ceder Donbass no solo no resolvería la guerra, sino que sería solo dar a Rusia lo que quiere para poder seguir exigiendo siempre un poco más. Que no haya nada en el mundo real que apunte a que Moscú vaya a capturar Donbass en los próximos meses o que esté en condiciones de exigir más concesiones territoriales a Ucrania es solo un detalle sin importancia que puede contrarrestarse con más filtraciones de la inteligencia militar que, hasta hace solo unos meses, dirigía Kirilo Budanov, ahora al frente de la institución con más poder en el país, la Oficina del Presidente.
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