“La esperanza de vida media de un nuevo recluta ruso -desde su llegada a un campo de entrenamiento hasta la muerte en una zona de combate- se sitúa en algún punto entre 10 días y tres semanas. Una vez enviados al campo de batalla, sobreviven una media de 20 a 35 minutos”, afirma esta semana el historiador Peter Frankopan, que ha escrito de todo tipo de temas desde “el mundo desde el principio de los tiempos” a las nuevas rutas de la seda pasando por la primera cruzada. El experto en historia universal no tiene grandes conocimientos militares ni es experto en Rusia o en historia contemporánea. Sin embargo, su más que cuestionable dato, cuyo origen es probablemente un servicio de inteligencia tratando de colocar un mensaje político camuflado en forma de información objetiva -definición de libro del concepto de desinformación- ha conseguido instalarse como dogma en el análisis occidental estos últimos días.
“Una estadística absurdamente imposible de verificar, pero quién está comprobando”, comentaba Mark Ames, que añadía que “realmente están inundando la zona con relaciones públicas de «Rusia al borde del colapso» en esta operación de influencia de la OTAN”, algo que el periodista estadounidense consideraba una prueba más de la facilidad con la que el establishment político estadounidense es capaz de adherirse a determinadas narrativas que refuerzan su visión del mundo y justifican su forma de actuación. De entre las voces críticas con la aceptación sin matices de la idea de que los soldados rusos caen como moscas en el frente en una guerra imposible de sostener para cualquier país, destaca la de Branko Marcetic, habitual de medios como Jacobin, que comentaba que “este detalle proviene de un medio ucraniano financiado por la NED y la UE. Esta acusación contra Rusia -hombres siendo reclutados y enviados a morir rápidamente- es exactamente lo que está ocurriendo en Ucrania, un país con una población siete veces menor que la de Rusia. Ojalá los reporteros occidentales pensaran en lo que eso realmente significa”, escribía.
La coyuntura actual de clara vocación de escalada militar y mediática para justificar el aumento de la asistencia militar a Ucrania en busca de la negociación en posición de fuerza que no se pudo lograr con la contraofensiva de 2023 implica destacar cualquier dato que favorezca a Kiev. En esta labor son igualmente importantes las labores militares y las mediáticas. Es el caso de los datos de víctimas militares, esperanza de vida en el frente, equipamiento de las tropas o su instrucción son extremadamente útiles, ya que la censura militar implica que no hay cifras fiables sino filtraciones de las partes interesadas, que siempre tienden a valorar el estado de su oponente. En ese juego, las elevadísimas bajas sufridas por la Federación Rusa en su fase inicial, en la que el Estado Mayor ruso envió a sus tropas a luchar una guerra del pasado contra tácticas modernas, han sido suficiente para que se instale en la conciencia colectiva y en los medios de comunicación la certeza absoluta de que las pérdidas rusas son incomparablemente superiores a las de Ucrania. De ahí que no sea necesario preguntarse por cuál es realmente el nivel de bajas ucranianas o por qué Kiev insiste tanto en impedir que los hombres en edad militar abandonen el país como en conseguir que los países en los que ese grupo de población ha sido acogida comience a enviarlo de vuelta.
La escasez de personal para reponer las filas del ejército ucraniano, una realidad objetiva que se observa a diario con el reclutamiento forzoso en las calles, pero que Ucrania compensa con una eficiente actuación en otros sectores, especialmente el de los drones, es la contrapartida rusa al discurso occidental que presenta una situación catastrófica en las tropas rusas. A ello se ha referido estos días el presidente Vladimir Putin, que ha realizado varias declaraciones referidas a Ucrania. Por una parte, una reunión extraordinaria con las autoridades militares y civiles responsables ha dejado constancia de que Rusia es consciente, acepta y no busca esconder que los últimos ataques ucranianos están causando dificultades de suministro de gasolina. “Los ataques a la infraestructura energética de Rusia están causando problemas. Eso es obvio. Existe una escasez resultante de los ataques de las Fuerzas Armadas de Ucrania a la infraestructura energética de Rusia”, admitió, aunque trató de reducir su importancia insistiendo en que “no es crítica”.
“Hay que cubrir las necesidades energéticas de Crimea”, continuó en referencia al territorio en el que más cerca está la situación de ser crítica, ya que es la principal apuesta de Ucrania, que es consciente que hacer de Crimea una isla sin conexión con la Rusia continental es la forma más adecuada para aumentar exponencialmente el nerviosismo ruso. Esa ha sido siempre la estrategia para obligar a Moscú a negociar en posición de debilidad máxima y lograr recuperar por la vía de la negociación una parte del territorio perdido que Kiev no ha conseguido reconquistar por la vía militar. “Todas las instalaciones energéticas dañadas en Rusia se están restaurando bastante rápidamente, y todo está operando con un amplio margen de seguridad”, insiste el presidente ruso, aunque el país ya ha prohibido la exportación de combustible -que no de petróleo sin refinar, cuyas infraestructuras no son actualmente el centro de los ataques ucranianos- y se plantea su importación.
Además de la cuestión energética, pero vinculado a la campaña de ataques ucranianos en profundidad, el presidente ruso se ha referido, en términos más generales, a la situación en el frente. Curiosamente, el presidente ruso ha respondido implícitamente a las afirmaciones de Oleksandr Syrysky, que ha confirmado de forma clara cuál es la estrategia de Ucrania. “Nuestro objetivo principal es garantizar que el enemigo pierda más de mil efectivos muertos o heridos todos los días. Objetivos de guerra de Ucrania: mantener el territorio, matar rusos más rápido de lo que pueden ser reemplazados, destruir la logística con drones de medio alcance y sangrar la economía de Rusia con ataques de largo alcance”, ha afirmado estas últimas horas el líder del ejército ucraniano que, aunque insiste en que “aún” no se ha producido “un punto de no retorno”, pone sus esperanzas en esa forma de obligar a Rusia a aceptar los términos propuestos por Ucrania y sus aliados occidentales por medio de la estrategia del desgaste en el frente y, sobre todo, en la retaguardia.
“No daremos a las Fuerzas Armadas de Ucrania la oportunidad de imponer sus propios términos para las negociaciones”, ha respondido Vladimir Putin, que ha insistido también en que los ataques de larga distancia no están cambiando la naturaleza de la guerra ni están produciendo avances ucranianos en la primera línea. “Ninguno de los ataques terroristas ucranianos tiene el más mínimo impacto en la situación en el frente. Ese es el punto clave. No importa dónde golpeen nuestra infraestructura, esos ataques no tienen absolutamente ningún efecto en el campo de batalla ni a lo largo de la línea de contacto”, insiste Vladimir Putin pese a que esa realidad no responde realmente a la cuestión que está planteando Ucrania y que no se centra en la primera línea, sino en dificultar la capacidad de Rusia de seguir suministrando al ejército el material necesario, entre los que destaca el combustible.
Desde ese punto de vista, que parte de una realidad objetiva -la situación en la primera línea, donde Rusia está a punto de capturar una de las cuatro ciudades fortaleza que le quedan a Ucrania en Donetsk-, pero ignora la creciente capacidad ucraniana de minar la logística rusa, Vladimir Putin mencionó en una entrevista dos iniciativas que adjudica a Ucrania. Una de ellas es la de cesar los ataques de larga distancia. “Es obvio por qué se hace esa propuesta”, alegó para añadir que “nuestros ataques de represalia en lo profundo de Ucrania son mucho más potentes, más dolorosos y, francamente, más destructivos, causando graves consecuencias para el régimen de Kiev”. Con más territorio y, por lo tanto, más objetivos entre los que elegir, Ucrania está consiguiendo una serie de éxitos que no había logrado hasta ahora y que están dejando una imagen mediática de victoria que Kiev sabe explotar a su favor. Sin embargo, las palabras de Vladimir Putin también responden a la realidad y Ucrania es consciente de su riesgo a medio plazo. Solo así puede entenderse la insistencia de Zelensky en lograr un acuerdo -es decir, obligar a Rusia a aceptar los términos ofrecidos- antes del invierno, momento en el que los ataques rusos volverían a causar una situación extrema que, debido a los daños ya existentes en las infraestructuras energéticas, provocaría unas consecuencias todavía más extremas que el año anterior.
La segunda propuesta mencionada por Vladimir Putin, y que ya había aparecido en algunos medios, es todavía más improbable, ya que favorecería únicamente a Ucrania. “Llegan propuestas desde Kiev para limitar las operaciones militares a solo cuatro territorios (las regiones de Donetsk, Lugansk, Zaporozhie y Jersón). Eso permitiría a las Fuerzas Armadas ucranianas redistribuir unidades allí desde otros frentes. Sería un salvavidas para Kiev en medio de su escasez de personal. Pero salvar al régimen de Kiev no forma parte de nuestros planes”, sentenció Vladimir Putin señalando lo obvio: reducir el frente beneficia a la parte con más dificultades de personal, que tendría la ocasión de retirar unidades de esos territorios alejados del frente principal para centrarlos en la defensa de Donetsk y el ataque hacia Crimea, una estrategia tan transparente como el intento actual de tratar de causar pánico en la población, en el establishment político y en las tropas rusas para intentar obligar a Moscú a aceptar unos términos que no se correspondan con el equilibrio de fuerzas que muestra el frente.
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