El funeral de Lindsey Graham congregó ayer en Washington a la plana mayor de la política institucional estadounidense, el establishment Republicano, el mundo MAGA y algunos destacados aliados internacionales en un acto que transcurrió como era previsible. El odio frenético a cualquier país designado como enemigo, el fanático nacionalismo y el excepcionalismo estadounidense de Graham se camuflaron como patriotismo, convirtiendo así su extrema beligerancia en trabajo en favor de la defensa de Estados Unidos. Sorprendentemente, se puede decir que la persona más sincera ayer fue Donald Trump, que en declaraciones telefónicas a su programa favorito, Fox & Friends in the morning, afirmó que “Lindsey Graham era muy militante con Ucrania. Para ser sinceros, a Lindsey le gustaba la guerra. Nunca conoció una guerra que no le gustara. Estaba muy metido en eso”.
La sinceridad de Trump fue efímera. “Obama creyó que podía sobornar su camino a la amistad con Irán. Luego salieron y trataron de desarrollar misiles nucleares”, afirmó inventando ambos aspectos. El acuerdo nuclear iraní funcionó exactamente como esperaban los países occidentales: Irán cumplió su parte en la limitación del programa nuclear, pero nunca consiguió el levantamiento de sanciones y apertura a la participación normalizada en la economía mundial que el gobierno de Rouhani esperaba del acuerdo. Irán reanudó el enriquecimiento de uranio más allá de los límites que permitía el acuerdo un año después de que Donald Trump lo rompiera unilateralmente y nunca inició el camino a construir una bomba nuclear, paso necesario para intentar construir misiles nucleares. La creatividad de Trump y su capacidad de elevar la apuesta de la imaginaria amenaza iraní no deja de sorprender ni es rebatida por los periodistas de Fox News, que permiten al presidente colocar nuevamente una evidente mentira.
La insistencia de Trump en el peligro iraní contrasta con el momento en el que se produce, tras cuatro días sin bombardeos estadounidenses ni, en consecuencia, respuesta militar iraní. Como ha ocurrido desde que inició la guerra en febrero, el modus operandi de Donald Trump ha sido alegar de forma continua y casi obsesiva haber vencido la guerra en los momentos de hostilidades activas y amenazar con bombardeos incluso más duros -si no crímenes de guerra o bombardeos de aspecto genocida- en momentos de alto el fuego o de negociación para lograr una tregua.
“Si volviera y terminara el trabajo, como a algunos les gustaría, con los puentes… podría destruir la mayoría de sus puentes en menos de una hora sin ningún problema. Pero, ya sabes, tardan 10 años en construir un puente. Los puentes son lo que más tiempo lleva, y las centrales eléctricas ocupan el segundo lugar. Puedo destruir las centrales eléctricas en un solo día. Todas sus centrales eléctricas desaparecerían. Pienso que unos 91 millones de personas tendrían que vivir sin electricidad y sin puentes. Y es un equilibrio muy, muy delicado. Saben que voy a hacerlo si no llegan a un acuerdo. Los puentes desaparecerán, literalmente. En menos de… diría que en dos horas, la mayoría de los puentes, los principales, habrán desaparecido. Y las centrales eléctricas, en un día. Si puedo evitar hacerlo, me gustaría evitarlo”, afirmó con un alegato final que sonaría más creíble si Estados Unidos no hubiera optado por la vía militar en dos ocasiones en el último año, ambas en mitad de una negociación en la que, según las partes mediadoras, el acuerdo nuclear era posible. Tanto en junio de 2025 como el pasado febrero, Donald Trump, el hombre que rompió el acuerdo nuclear, eligió la destrucción en lugar de un acuerdo en el que no iba a obtener la rendición iraní que no ha conseguido por medio del diálogo, dos guerras y el actual bloqueo naval.
Mantener la presión, no solo económica y militar, sino bélica fue el objetivo de Benjamin Netanyahu, que como el otro invitado del día, Volodymyr Zelensky, llegó a la Casa Blanca para ejercer su labor de lobby. Los dos proxis favoritos de Estados Unidos en Eurasia buscaban algo similar: que Washington escale la presión contra su enemigo designado, Irán y Rusia, y que Estados Unidos se implique aún más en su causa, consolidando una relación de simbiosis militar en la que ofrecen jugar el mismo papel en sus respectivas regiones.
En el caso ucraniano, la guerra y las perspectivas de posguerra obligan a Zelensky a mantener una doble estrategia que se divide también en lo que puede pedir a los países europeos y lo que intenta conseguir de Washington. Ucrania no solo aspira a ser un proxy que cumpla en Europa el papel que Israel realiza para Estados Unidos, sino que desea ser el lugar al que sus aliados continentales externalicen la producción masiva de armamento que exige el rearme, que se prolongará mucho más allá de un futuro alto el fuego con la imposición de una paz armada que seguirá requiriendo de grandes cantidades de gasto militar. Negociar acuerdos bilaterales de producción o de apertura de factorías de las grandes empresas militares europeas es una de las labores en la que Zelensky se centra cuando visita a sus socios más cercanos. El papel de la Unión Europea y el Reino Unido no se limita a la futura presencia militar en Ucrania o al uso del país como colonia de la que extraer mano de obra barata, sino a la financiación del Estado y del ejército en el momento actual. La guerra es cara y las necesidades no dejan de aumentar, especialmente cuando la estrategia es escalar la guerra y empeorar al máximo la situación para obligar a negociar en posición de debilidad a un enemigo que es más grande, más poderoso económica y militarmente y que no tiene que perseguir hombres por la calle para cubrir las bajas que sufre en el frente.
En Estados Unidos, Zelensky buscaba lo necesario para hacer posible la continuación de esa táctica: sanciones, financiación, posible asistencia militar y, ubicado en último lugar, diálogo de paz. Pese a su mala relación inicial, Zelensky comparte con Trump la definición de diálogo y de diplomacia, ya que ambos entienden por pactar que la otra parte acepte los términos que se le presentan. Ese es el motivo por el que Estados Unidos no ha alcanzado un acuerdo con Irán, es la esperanza de Netanyahu de que jamás se logre y es el modelo de Zelensky en busca de apoyo activo para imponer unos costes aún más elevados a la Federación Rusa.
Sobre la base del discurso de acortar la guerra, Ucrania dio inicio a 40 días de campaña aérea con la que obligar a Rusia a ceder. Desde hace un año, Kiev, con aprobación y apoyo de Washington ataca con sus misiles y drones las infraestructuras petrolíferas rusas. Durante las últimas semanas, Ucrania ha ampliado su rango de ataque tanto en términos territoriales como en lo que respecta a los objetivos. Kiev no busca necesariamente derrotar militarmente a Rusia, sino minar su capacidad económica y, sobre todo, desestabilizar la sociedad para poder aprovecharse activamente del discurso de asilamiento de un Kremlin asediado nacional e internacionalmente. En términos nacionales, pese a que es en Ucrania y no en Rusia donde la fractura interna se hace más evidente, Zelensky ha comenzado nuevamente a utilizar el discurso de soledad de Putin frente a unas élites fragmentadas que quieren detener la guerra. Y a nivel internacional, Ucrania exige a sus aliados aún más sanciones. Los 90.000 millones de euros que la UE concedió a Kiev hace apenas unos meses son insuficientes para financiar el esfuerzo bélico de la misma manera que 21 paquetes de sanciones lo son en la guerra económica.
Ayer, en Washington, Zelensky no obtuvo ningún compromiso de asistencia militar por parte de Estados Unidos, aunque Ucrania mantiene el sueño de volver a recibir armamento gratuito por parte del aliado imprescindible. A pesar de los crecientes artículos en los que se insiste en que Donald Trump está impresionado con la capacidad militar ucraniana -que Kiev puso de manifiesto con un ataque contra buques iraníes en el mar Caspio ejecutado estratégicamente unos días antes de la visita de Zelensky a la Casa Blanca-, las prioridades de Estados Unidos no han cambiado. Con el lucro como una de las banderas ideológicas de esta administración, Trump está cómodo en la posición de principal proveedor de armas de este conflicto a través de terceros, los países europeos, que adquieren comercialmente ese material militar que se envía a Ucrania.
Sin ningún gran anuncio de envío de armas o financiación -resultado habitual de las visitas de Zelensky a los países europeos-, el presidente ucraniano sí consiguió un resultado tangible. Como escribía ayer Bloomberg, “un grupo bipartidista de senadores anunció este martes un acuerdo sobre una ley muy esperada que permitirá al presidente Donald Trump imponer más restricciones a los principales compradores de energía rusa y también a Irán”. La medida, ya pactada de antemano, fue anunciada ayer como homenaje a Lindsey Graham. “Según el proyecto de ley amplía las sanciones contra Irán y se centra específicamente en las exportaciones rusas de gas y petróleo, otorgando al presidente la facultad de aplicar aranceles a los cinco principales compradores de crudo y gas natural rusos, así como a los cinco países que más ayudan a Rusia a eludir las sanciones energéticas”, añade el artículo. Los dos conflictos, el de Irán y el de Ucrania, vuelven a unirse aquí, no en su aspecto puramente militar, pero sí en la guerra económica que Estados Unidos libra contra ambos para intentar dominar el mercado global de energía.
Ese deseo desmedido de lucro ha sido una baza que Zelensky ha utilizado para convencer a Donald Trump de asistir en sus ataques de larga distancia contra las infraestructuras petrolíferas rusas, principal argumento con el que Kiev alega que actúa para lograr la paz y que, por el contrario, está consiguiendo un empeoramiento general también en Ucrania.
“Ucrania ha convencido a Estados Unidos de que intensificar los ataques contra refinerías de petróleo rusas, petroleros y instalaciones de Wildberries demostrará el tipo de fuerza que Putin respeta y obligará a Rusia a la mesa de negociaciones en los términos de Ucrania. El problema fundamental es que este es el mismo enfoque que ha fallado durante los últimos doce años y medio”, ha escrito esta semana Iulia Mendel, quien fuera la primera portavoz de Zelensky cuando llegó al poder. “La escalada solo ha producido mayor escalada. En la mentalidad rusa, esa presión se interpreta como evidencia de la intención agresiva de Ucrania (y de Occidente) y del deseo de una guerra prolongada—precisamente la narrativa que el Kremlin ha promovido durante mucho tiempo. Así como la presión sobre Zelensky nunca ha forzado las concesiones que algunos esperan, los intentos de empujar a Rusia hacia la paz en las condiciones de Ucrania son igualmente inútiles”. Mendel no se equivoca en lo respectivo a la reacción rusa, pero olvida que la idea de acortar la guerra es un objetivo secundario para Zelensky, que pretende, ante todo, sostener el conflicto hasta que Ucrania pueda conseguir lo que busca, que no pasa tanto por recuperar territorios perdidos, sino obtener el premio de la entrada privilegiada en la UE y mantener abierta la puerta de la OTAN como pago por los servicios prestados.
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