“Ucrania atacó lanzadores de misiles balísticos rusos en las regiones de Kursk y Briansk durante la noche, según fuentes militares ucranianas. Los lugares objetivo se utilizan para lanzamientos de Iskander y Zircon hacia Kiev. Se informa que el GUR y el SBU estaban cazando los sistemas de lanzamiento”, escribía ayer una de las muchas cuentas ucranianas de seguimiento del frente desde el punto de vista del Gobierno ucraniano. Destruir las lanzaderas de misiles es la nueva arma milagrosa de Ucrania, que ha comprendido que no es posible derrotar a Rusia a base de defensa aérea. El aumento de la producción rusa de misiles y drones, unida a la escasez de misiles para los sistemas Patriot en el mercado -en gran parte gracias a la guerra de Trump contra Irán que Zelensky ha aplaudido activamente- impiden disponer de munición antiaérea en las cantidades que Kiev desearía. Por otra parte, las mejoras rusas a los drones utilizados como complemento de los misiles en los ataques aéreos dificultan el uso de los interceptores ucranianos, más baratos que los sistemas occidentales, pero incapaces a día de hoy de luchar con garantías contra las armas que Rusia está utilizando. Según la BBC, Rusia está reemplazando las versiones anteriores de los drones Shahed, ya modernizados para dificultar su interceptación, por versiones impulsadas por chorro, de mayor velocidad y, por lo tanto, más complicados de derribar. En este momento, los dos países buscan maximizar los éxitos ofensivos incluso a costa de provocar el endurecimiento de los bombardeos enemigos.
Así lo reconocía la semana pasada el columnista de The Times Mark Galeotti, abiertamente proucraniano, que ha recibido fortísimas críticas por resaltar una obviedad. “Los audaces ataques de Ucrania podrían acabar favoreciendo a Putin”, escribe The Times para titular el artículo de Galeotti, que simplemente apunta a que el endurecimiento de la respuesta rusa se debe al aumento de bombardeos ucranianos en profundidad. Ayer mismo, mientras el GUR y el SBU alegaban estar cazando objetivos militares, las tropas ucranianas mataban a cinco civiles en un bombardeo en la región de Belgorod y al menos a otros 13 en Tatarstán, a más de mil kilómetros de la frontera ucraniana. La justificación ucraniana ha sido simple: “sin Putin, no habría habido agresión. Sin la agresión, estas personas seguirían con vida”, un argumento al que fácilmente puede darse la vuelta recordando que fue Kiev quien comenzó a disparar desde sus tanques y con su artillería y que, sin el golpe de Estado de febrero de 2022, no habría estallado la guerra civil que Ucrania prefirió no cerrar a pesar de arriesgarse a que el conflicto se ampliara a todo el país.
El artículo de Galeotti ha causado un enorme enfado en el establishment proucraniano, dispuesto a luchar contra Rusia hasta el final sin preocuparse por las consecuencias, daños colaterales que pueden ocultarse con el discurso de heroísmo, resiliencia y unidad nacional. “Otro especial de Galeotti: esta vez está aquí para decirnos por qué los ataques ucranianos ayudan a los halcones de guerra rusos —que no han necesitado ninguna excusa para exigir una escalada durante años— a exigir una escalada”, escribía, por ejemplo, Ian Garner, experto en medios rusos, a lo que el periodista italiano Davide María de Luca respondía recomendando al académico ir “a Odessa, habla con cualquiera. Incluso los funcionarios te dirán que lo que Rusia está haciendo contra el transporte marítimo internacional en el mar Negro es una respuesta a lo que los ucranianos están haciendo en el mar de Azov. Muchos te dirán que fue un intercambio valioso, pero todos están haciendo la conexión”.
En tiempos en los que la geopolítica ha sustituido al periodismo como fuente de información de la guerra, el conflicto no es más que fichas que se mueven en un mapa y puntos en los que marcar los bombardeos propios eliminando los del enemigo. “Los ataques ucranianos no están «haciendo el juego a Putin», como dice el titular, porque no existe ninguna relación de causa y efecto, ni ningún razonamiento lógico, detrás de la agresión de Rusia contra Ucrania. Si quieren intensificar el conflicto, lo harán. Si no quieren, no lo harán”, insistió más adelante Garner, que prefiere no observar una relación causa-efecto que es evidente en el momento actual y en el pasado. El ejemplo más claro son los bombardeos rusos contra las infraestructuras de distribución eléctrica de Ucrania, que no comenzaron hasta que las tropas de Kiev intensificaron sus ofensivas. Seis meses después de la invasión, Rusia inició una campaña que, en las guerras de Estados Unidos, habría sido previo a que las tropas terrestres cruzaran la frontera. Tampoco parece casualidad que la intensificación de los bombardeos rusos se haya producido tras el anuncio ucraniano de una operación de 40 días para destruir la economía rusa y hacer imposible que las tropas de Moscú pudieran seguir luchando. No lo es tampoco el hecho de que Ucrania haya optado por esa actuación en un momento en el que carece de la munición de defensa aérea necesaria para luchar contra una respuesta que era perfectamente previsible. Como para ciertos sectores de la academia y el establishment político occidental, las consecuencias de esa acción -que se traduce en más destrucción y muerte en Ucrania- no son el aspecto más relevante ni, desde luego, decisivo. Mostrar fortaleza y tratar de desestabilizar la situación en Rusia es más importante que proteger a su propia población, que está sufriendo los efectos del endurecimiento de los bombardeos ucranianos contra Rusia.
Consolidar un discurso de irracionalidad rusa y de victoria ucraniana requiere también atender a la guerra terrestre, algo que está haciéndose a base de dar números de soldados rusos caídos y de ignorar la realidad sobre el terreno. “¿Podéis decirnos a los europeos qué podemos hacer concretamente para ayudaros a matar a más rusos, a más soldados rusos, claro está?”, preguntaba un periodista alemán a Volodymyr Zelensky la semana pasada en su comparecencia ante los medios en Belgrado. El resultado de la guerra se mide actualmente en soldados muertos e imágenes de refinerías ardiendo, dos parámetros con los que ocultar la dinámica del día a día, principal obsesión incluso de analistas que se han considerado de referencia.
Respondiendo a la especulación sobre si Rusia realizará una nueva movilización -tema con el que Occidente está intentando tapar los problemas de reclutamiento de Ucrania, que continúa busificando hombres para el frente-, el experto militar Michael Kofman lo calificaba de improbable y añadía que “el reclutamiento ruso aún está cerca de sus objetivos, pero este año ha sido un fracaso ofensivo casi total para ellos. Sin embargo, ya es demasiado tarde para generar nuevas unidades a partir de la movilización para 2026, por lo que esto ampliaría la fuerza para 2027”. La realidad, incluso aquella mostrada por los mapeadores ucranianos, niega ese fracaso ofensivo de Rusia, concentrado en el frente de Donetsk, la parte más fortificada de Ucrania.
“En el este de Ucrania la batalla por el cinturón de fortalezas continúa lentamente con el objetivo final, -el castillo- Kramatorsk a 14 km de la línea del frente”, explicaba ayer Clément Molin, otro de los referentes del seguimiento diario de la guerra. “En 2024, el ejército ruso se centró en el Donbás sur, capturando fortalezas ucranianas en las afueras de Donetsk y avanzando hacia el oeste en el campo para neutralizar el nudo de Pokrovsk, que cayó entre finales de 2025 y principios de 2026. Al mismo tiempo, la batalla por Toretsk, que comenzó en 2024, continuó hasta 2025, permitiendo finalmente que las fuerzas rusas alcanzaran Konstantinovka a finales de año”, explica el analista francés, que está describiendo el desarrollo de una estrategia planificada que Rusia está llevando a cabo sin realizar las grandes ofensivas que Ucrania y analistas como Kofman anuncian falsamente año a año con el único objetivo de alegar posteriormente que han fracasado.
“En estos momentos, el ejército ruso está avanzando en varias direcciones. Tras romper la línea defensiva en el sur, se ha hecho con parte de Konstantinovka (los combates siguen en curso en el norte de la ciudad y se prevé que se prolonguen hasta principios de otoño) y continúa su avance hacia Druzhovka —el último bastión antes de Kramatorsk— por dos ejes: desde Konstantinovka y desde Pokrovsk”, explica Molin para describir el desarrollo de las batallas en el frente del este, que va a determinar el resultado de la guerra. Las tropas rusas avanzan también “hacia Slavyansk, aunque sus posibilidades de entrar en la ciudad por el este parecen limitadas debido a las características del terreno. Se prevé que en otoño tenga lugar una batalla urbana por Nikolaevka, al este de Slavyansk, mientras que las fuerzas rusas podrán establecer posiciones de artillería y drones para atacar Kramatorsk y Slavyansk en los próximos meses”. El analista francés infravalora la importancia de Nikolaevka, cuya caída en manos de Ucrania hizo imposible la defensa de Slavyansk para las milicias de la RPD en julio de 2014. En cualquier caso, todo avance hacia Slavyansk y Kramatorsk ha de ser considerado peligroso para Ucrania y niega la hipótesis del fracaso ofensivo ruso. El avance hacia esas dos grandes fortalezas ucranianas siempre iba a ser una tarea ardua, lenta y complicada.
Para Molin, la única zona del frente en la que Ucrania soporta el empuje ruso es Krasny Liman. “La razón principal es un contraataque del Tercer Cuerpo ucraniano, que amenaza con acorralar a miles de soldados al norte de la ciudad. Incluso si Liman cayera, cruzar el río Donets supone un obstáculo importante para cualquier avance hacia Slavyansk”, explica sin mostrar gran confianza en que el ejército privado de Andriy Biletsky vaya a seguir manteniendo el control sobre la ciudad.
“Por último, se está llevando a cabo una ofensiva en Dobropillia, en la parte occidental de la región de Donetsk. Las fuerzas rusas están intentando acercarse a esta ciudad desde Pokrovsk; Dobropillia constituye el flanco sur de la «fortaleza» del Donbás. Cuenta con el respaldo de varias líneas defensivas y localidades más pequeñas que conducen a Barvinkove, el centro logístico que actualmente sirve de eje a toda la región de Donbass”, finaliza Molin, describiendo una situación que se complica cada semana y que Ucrania no tiene intención de paliar. La apuesta por la guerra aérea y el intento de limitar la busificación implica que Kiev no contará con las cifras de tropas necesarias para revertir la situación. De ahí que el objetivo no sea recuperar el territorio, sino aplicar a la guerra terrestre lo que Ucrania intenta hacer en la aérea: causar el mayor número de bajas posibles, principal vía para ralentizar el lento, pero sostenido avance ruso.
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