Ya en Estados Unidos para la semana grande de la diplomacia que es la Asamblea General de Naciones Unidas, Volodymyr Zelensky comenzó su visita “con una reunión con senadores de Estados Unidos”. El motivo de tan sonriente celebración era la aprobación de la ley que permite a Donald Trump imponer sanciones contra Rusia, Irán y los principales compradores del sector energético de ambos países. “Les agradecí por su fuerte apoyo bipartidista a Ucrania y por aprobar el proyecto de ley de sanciones de Lindsey Graham. Este es absolutamente el paso correcto, y una vez que se implemente por completo, la paz y la seguridad garantizada ciertamente estarán más cerca”, añadió Zelensky volviendo a la idea de que solo un poco más de presión va a conseguir lo que una veintena de paquetes de sanciones y meses de bombardeos de sus infraestructuras energéticas no han conseguido, que Rusia se rinda y acepte una resolución del conflicto que no solo no se corresponde con la fortaleza en el frente y en la retaguardia, sino que solo resuelve -quizá incluso temporalmente- la situación militar y no el conflicto político entre los dos países. Ese final deseado por Ucrania ha de caer del cielo, sin realizar el duro trabajo de la diplomacia, por simple generación espontánea o imposición de sus socios occidentales, que abogan por cualquier tipo de resolución que deje abiertas las dos grandes cuestiones de la guerra -territorios y seguridad- y evite, tanto que Ucrania tenga que admitir la pérdida de territorios, como la readmisión de Rusia en las relaciones internacionales occidentales como un país más.
Ayer, el portavoz de Vladimir Putin, Dmitry Peskov, insistió nuevamente en que el presidente ruso “apoya una paz duradera, no un alto el fuego que, en esencia, no logra nada”. Rusia defiende la idea de una negociación que trate las causas subyacentes de la guerra y que termine con la firma de un tratado que deje claras las fronteras y la estructura de seguridad de su frontera occidental. En otras palabras, mientras Kiev y las capitales europeas buscan un alto el fuego que deje para el futuro la negociación política, la parte más complicada de la resolución de la guerra, Moscú insiste en buscar ese final definitivo, fundamentalmente para evitar el escenario de los años de Minsk, que dejaron claro que un alto el fuego nunca es sostenible a largo plazo si no cuenta con un marco político que lo sostenga. Aunque no cause muertes ni destrucción, esta pelea por imponer el tipo de negociación y de resolución es la batalla más dura de estos momentos.
En ella, Zelensky dispone de cartas importantes: el gran manejo de la comunicación del Gobierno ucraniano, nacido de una productora; el incondicional apoyo de las capitales europeas y de la Unión Europea en general; la completa ausencia de la prensa para presentar la guerra en su complejidad y, sobre todo, el desinterés absoluto de Donald Trump y su equipo por comprender la naturaleza de este conflicto que dicen querer terminar. “Esta ridícula y interminable guerra con Ucrania debe terminar”, escribió el lunes en su exaltado post en su red social personal en el que achacaba al conflicto ucraniano los elevados precios del diésel, que están elevando la inflación estadounidense en el peor momento posible, cuando se acercan las elecciones de medio términos y Trump corre el riesgo de perder el control de la Cámara de Representantes, el Senado o incluso de ambos.
Aunque solo será posible apreciar las verdaderas cifras de muertes civiles y militares y de personas cuya salud habrá quedado comprometida para toda su vida una vez se consolide la paz, la intensidad de la guerra y las estimaciones que realizan quienes tratan de seguir al día los obituarios y anuncios de muertes en redes sociales indican unas consecuencias dramáticas. El concepto de guerra estúpida es, por lo tanto, un insulto a quienes lo han perdido todo, ya sean sus empleos, sus viviendas o sus familias, o incluso la vida. Y, sin embargo, es de gran utilidad para quienes quieren imponer una solución que no resuelva las cuestiones más complicadas y, sobre todo, para aquellos que aspiran a hacerlo a base de simplificar al máximo lo ocurrido durante los últimos doce años.
En un momento en el que el interés de la prensa mundial está en la política y la diplomacia que se juega en los pasillos de la Asamblea General de Naciones Unidas, con decenas de reuniones entre jefes de Estado y de Gobierno rodeadas de lobismo y lucha de intereses, Zelensky ha querido aprovechar esta apertura de Donald Trump para argumentar el final de la guerra desde el planteamiento de la guerra estúpida, ridícula, sin sentido. “En efecto, esta guerra rusa contra Ucrania y contra el sentido común debe terminar. Desde el primer año de la invasión a gran escala, sus consecuencias han sido de gran alcance: la pérdida de muchas vidas, la destrucción de ciudades y pueblos, la seguridad alimentaria, los desafíos energéticos, el ritmo extraordinario del desarrollo tecnológico, incluidos los drones autónomos, y el rápido avance de capacidades de ataque nunca vistas antes. Cada nueva semana de esta guerra, por no hablar de cada nuevo año, añade más y más problemas. Desde el primer minuto, Ucrania ha buscado la paz. Ya hemos presentado docenas de propuestas diplomáticas sobre cómo terminar esta guerra con dignidad, garantizar la seguridad y prevenir nuevas invasiones rusas. En este momento, hay un diálogo con el presidente Trump y Estados Unidos. También hay ideas sobre la mesa para acercar la paz, comenzando con pasos fuertes de desescalada”, escribió Zelensky para posteriormente plantear unas condiciones inviables y añadir una exigencia a las potencias mundiales para que impongan esa solución ideal para Ucrania.
El planteamiento de Zelensky es el mismo que el de Trump en términos de eliminar toda complejidad y centrarse únicamente en lo ocurrido durante los últimos cuatro años, reduciendo el conflicto al aspecto militar. A ello, Ucrania añade un compromiso con la paz que no se corresponde a la realidad, no solo por su uso de la negociación de la primavera de 2022 para dar tiempo a sus aliados a enviar las armas con las que continuar la guerra hasta poder negociar en mejores condiciones, sino por lo ocurrido durante los siete años anteriores y por la completa ausencia de arrepentimiento de no haber cerrado a tiempo el conflicto de Donbass, sin el que es imposible comprender la actual situación. Pese a los ríos de tinta, no era necesario ningún comentario de Boris Johson para animar a Ucrania a continuar luchando y su ya legendario “simplemente vamos a luchar” no era una pistola en la cabeza de Zelensky para obligarle a rechazar la oferta de paz rusa -que habría evitado gran parte de la muerte y destrucción de esta guerra-, sino un arma en la mano para poder hacer lo que Ucrania ya deseaba, seguir luchando.
El motivo de la disputa por lograr una resolución política o evitar ese escenario, considerado aún más peligroso que la guerra, parte de la complejidad del conflicto, que hay que entender en su complejidad. Desde 2014, concretamente desde el cambio irregular de Gobierno en Kiev aquel 24 de febrero, considerado revolución por una parte de la población y golpe de Estado por otra, existe en Ucrania un conflicto interno que dio lugar a respuestas específicas en cada territorio: la secesión de Crimea con el apoyo explícito de Rusia, que contaba con presencia militar y una mayoría social evidente; las protestas del sureste culturalmente ruso del país, aplastadas el 2 de mayo en el incendio provocado en la Casa de los Sindicatos de Odessa y acosada por las autoridades y la extrema derecha y la prohibición de los partidos que representaban mínimamente sus intereses; el estallido de Donbass. Fue ahí donde Ucrania quiso marcar la línea roja para evitar la repetición del escenario de Crimea, imposible teniendo en cuenta las diferencias entre los dos territorios, la ausencia de presencia rusa y, sobre todo, el desinterés del Kremlin por tomar el control de esos oblasts donde, al contrario que en la península del mar Negro, Moscú no tenía que defender sus infraestructuras militares del posible intento de la Ucrania nacionalista de expulsarle de su histórica base naval de Sebastopol.
La operación antiterrorista por la que Ucrania optó en lugar de seguir la recomendación de las negociaciones de Ginebra, en las que Rusia, Estados Unidos, la UE y Ucrania aceptaron realizar un diálogo inclusivo para resolver el evidente conflicto político interno fue el final de la paz en Ucrania. Si ahora se considera que la guerra comenzó el 24 de febrero de 2022 es porque nunca importó el sufrimiento de la población de Donbass, varios millones de personas que, de la noche a la mañana, se vieron sin agua ni luz en un verano tórrido en el que hubo que enterrar a los muertos en el jardín. En su reescritura, quienes durante una década consideraron guerra civil el conflicto sirio, -en el que el Golfo y Occidente luchaban por proxy, con decenas de miles de soldados enviados para ello-, han definido aquella guerra como invasión rusa, una forma de exculpar a quien inventó una operación antiterrorista para justificar el uso de la fuerza militar contra su propia población. Invasión y terrorismo han sido siempre conceptos útiles a la hora de simplificar y deslegitimar luchas que, como la de Donbass, fue de defensa ante una agresión.
La cuestión de Crimea no solo marcó la posición de parte de la población de Donbass, que se movilizó en busca de la repetición de ese escenario de secesión rápida, sino que dio inicio al conflicto ente Rusia y Ucrania, segundo aspecto importante a la hora de comprender la situación actual. Crimea explica también uno de los motivos por los que Ucrania jamás iba a aceptar la implementación de Minsk, único acuerdo de paz firmado en esta guerra. Aquella hoja de ruta era inviable porque el estatus especial para Donbass habría hecho imposibles las intenciones de Kiev de imponer un modelo nacionalista y centralizado, con una única ideología aceptable y una dirección económica determinada hacia la ruptura con Rusia y la integración occidental. La posibilidad de que Donbass mantuviera relaciones económicas, culturales y sociales con Rusia era suficiente motivo para que Kiev rechazara el acuerdo, pero a ello hay que sumar que Minsk no mencionaba la cuestión de Crimea, la única verdaderamente importante para Ucrania. Sin armas para recuperar por la fuerza lo que no pudo mantener en 2014, solo la guerra de 2022 dio a Kiev la posibilidad exigir a sus aliados ayuda para liberar ese territorio perdido, mucho más deseado por su importancia geográfica, estratégica y simbólica que el denostado Donbass industrial. Desde 2015, Ucrania mantuvo artificialmente activa la guerra de baja intensidad en Donetsk y Lugansk para presentarla como una lucha entre dos países que, en realidad, por aquel entonces ya se limitaba a Crimea.
Por encima de esos dos aspectos interno y bilateral del conflicto se situaba otro más amplio entre la Unión Europea y Rusia por la hegemonía en las zonas fronterizas de ambas potencias venidas a menos. Antes de Maidan y también durante varios años después, Rusia propuso buscar fórmulas para hacer compatible una mayor relación de Kiev con Occidente manteniendo los lazos económicos, culturales y sociales históricos entre Ucrania y Rusia. El rechazo de la UE a negociar hacer compatible el Acuerdo de Asociación con la Unión Europea y los que Kiev mantenía con Moscú es el punto de partida de un conflicto político, económico y geopolítico en el que arriesgarse a la guerra era el mal menor en la ambición de expansión de la UE. La ruptura de relaciones con Rusia vio un mal menor por parte de los países occidentales y como el objetivo deseado por Polonia y los países bálticos, que nunca han escondido su sueño de balcanizar Rusia como se logró con la Unión Soviética. Este conflicto político, en el que regresar al statu quo de 2014 o de 2022, como parece desear Estados Unidos, se considera una derrota estratégica de quien ha apostado por la ruptura continental completa y dificulta aún más su resolución. Como las élites y el Gobierno de Ucrania, también la UE está dispuesta a seguir luchando mientras sea necesario para impedir tener que aceptar un acuerdo inadmisible.
Nada en la geopolítica y en la guerra es simple y esperar una solución rápida sin realizar el trabajo diplomático es un brindis al sol, una forma de autoengaño o, lo que es más habitual, una herramienta para ganar tiempo y soñar con que, haciendo lo mismo que se ha hecho hasta ahora, se produzca un resultado diferente.
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