Las conversaciones aún no han comenzado y ya es evidente que Rusia y Ucrania aspiran a una diplomacia que sigue siendo incompatible. Las palabras de los dos presidentes y del enviado estadounidense han avivado rápidamente un optimismo mediático que solo es creíble si se ignora la letra pequeña del discurso de ambos presidentes. Esta semana Volodymyr Zelensky ha aceptado una resolución de la guerra en la que el frente se convierta en frontera de facto entre los dos países, mientras que Vladimmir Putin se ha mostrado dispuesto a negociar con los países europeos una arquitectura que garantice la seguridad de Rusia y de Ucrania. Pese a las sonrisas de esta semana y el aparente progreso que supone la reunión de Witkoff con los dos presidentes o el hecho de que a ella le hayan seguido la entrega incondicional de Rusia de un preso estadounidense, el agradecimiento de Zelensky por la reanudación de la entrega de inteligencia y el inicio del restablecimiento del acceso ilimitado a Starlink o sendos intercambios de prisioneros de guerra y de cuerpos de soldados caídos en el frente, la situación diplomática no ha cambiado en exceso.
Así lo demuestran las declaraciones de Vladimir Putin y Volodymyr Zelensky, que señalan las aspiraciones de Moscú y Kiev sobre el camino por el que han de transcurrir las negociaciones. “El objetivo de estas conversaciones será garantizar la seguridad de Ucrania y Rusia tras alcanzar acuerdos de paz en su forma definitiva y no como resultado de un alto el fuego temporal durante un breve periodo de tiempo. Estamos dispuestos a reanudar estos contactos para alcanzar este objetivo”, afirmó Vladimir Putin en una entrevista concedida a un medio ruso. Con esas breves palabras, el presidente ruso dejó claro el tipo de negociación que busca la Federación Rusa y reafirmó la idea de que no va a ceder en la aspiración de los países europeos y Ucrania de partir de un alto el fuego sobre el que posteriormente sostener unas negociaciones sin ninguna garantía de acuerdo.
Las palabras de Vladimir Putin llegaron apenas unas horas después de que Dmitry Polyansky, actual embajador de Rusia en la OTAN y anteriormente miembro de la representación permanente de Rusia en las Naciones Unidas, mencionara explícitamente los acuerdos de Minsk como ejemplo de cómo no va a transcurrir la negociación. Durante aquellos siete años, Ucrania y los países europeos exigieron sistemáticamente a Rusia el mantenimiento del alto el fuego que Kiev seguía violando y concesiones políticas mientras el Gobierno ucraniano rechazaba de forma explícita el cumplimiento de sus compromisos políticos. “Desde los primeros días, en 2014, ya decíamos: «Dejad que os ayudemos a llegar a un acuerdo con el sureste de lo que entonces era Ucrania». No. Cañones y aviones contra la población civil. Prácticamente desataron una guerra. Luego, los acuerdos de Minsk. Siempre nos hemos esforzado por garantizar que pudieran llegar a un acuerdo con esa parte de Ucrania que no estaba de acuerdo con el golpe de Estado. No, se negaron a cumplirlo”, afirmó Vladimir Putin en la misma entrevista. El ejemplo de Minsk está grabado en la memoria colectiva de la diplomacia rusa y una parte importante de la rotundidad con la que Moscú rechaza la opción del alto el fuego, aceptación del frente como frontera temporal y posterior negociación. Aquel proceso fallido demostró que ninguna tregua es sostenible si no se basa en un acuerdo político; que al menos una de las partes va a tratar de aprovecharse de las circunstancias para ganar territorio a pesar del compromiso de no hacerlo y que el diálogo no garantiza un acuerdo, ya que incluso los documentos firmados pueden ser activamente manipulados.
La insistencia rusa en que el alto el fuego sea el colofón del proceso no es, como la prensa está presentando, signo de la falta de voluntad de lograr un acuerdo, sino la reacción a una experiencia reciente que marca la forma de actuar del Kremlin, que quiere centrarse directamente en la cuestión más complicada de la negociación: la seguridad. Porque, al fin y al cabo, las partes han de ser conscientes de que la frontera que resulte de esta guerra será de facto, no habrá reconocimiento oficial de la pérdida de territorios y será muy parecida a la situación del frente en el momento en el que los actores implicados lleguen a un acuerdo político cuya clave es la arquitectura que debe garantizar la seguridad de Rusia, Ucrania y la Unión Europea más allá de la guerra. Es ahí donde está la principal contradicción del conflicto. Pese a la insistencia europea en que la guerra es fruto de las ansias imperiales rusas de ganar más territorio, en 2014, Rusia quiso facilitar el diálogo político que finalizara la rebelión de Donbass y en 2022, en Estambul, estuvo dispuesta a abandonar todos los territorios capturados desde el 24 de febrero más allá de Donetsk y Lugansk. La cuestión territorial nunca ha sido prioritaria para Rusia, aunque ahora se esté utilizando como zona de seguridad para protegerse de una Ucrania mucho más armada y con capacidad de atacar directamente el territorio de la Federación Rusa.
La seguridad es también la prioridad para Ucrania, que es consciente de que va a emerger después de la guerra con un territorio más reducido que en 2022 o en 2014. La única aspiración de Ucrania en este sentido es no tener que realizar más concesiones territoriales -el abandono de Donbass que aún se plantea por parte de Ucrania y que, eso sí, según algunos medios podría ser a cambio de adhesión a la OTAN- y, sobre todo, que cualquier cesión pueda ser calificada de temporal. Nada ha de ser temporal y todo tiene que ser reversible por la vía política. Es más, el único aspecto que Ucrania quiere hacer permanente es su adhesión a la Unión Europea y a la OTAN y las garantías de seguridad que ha de recibir de Estados Unidos como pago por los servicios prestados en la guerra contra el enemigo común ruso. “Creo que incluso los rusos necesitan que Ucrania se una a la OTAN, porque eso les proporcionaría una mayor seguridad que Ucrania permaneciendo fuera de la OTAN. Esa es mi opinión personal”, afirmó el jueves con un argumento sin sentido Volodymyr Zelensky. La presencia de la OTAN -sea de facto o de iure– es la principal línea roja para Rusia, cuya principal aspiración en esta guerra es conseguir un compromiso de neutralidad de Ucrania, la renuncia de la OTAN a incluir a Ucrania en el bloque o, con suerte, la suma de ambas. Sin embargo, cada mención de Zelesnky a la Alianza es la reafirmación de que Ucrania no renunciará a esa aspiración para lograr un acuerdo con Rusia. La guerra es para Ucrania un escenario menos malo que esa renuncia definitiva.
Como Vladimir Putin, también Volodymyr Zelensky ha dejado clara la postura de Ucrania sin necesidad de emplear excesivas palabras. “Confiamos en Estados Unidos porque no estamos discutiendo otro Memorándum de Budapest, no solo un pedazo de papel, con todo el respeto debido a quienes lo firmaron. Estamos discutiendo garantías detalladas de seguridad de los Estados Unidos de América, respaldadas por apoyo mediante un voto en el Congreso de Estados Unidos”, afirmó Zelenesky en un encuentro político realizado esta última semana. En el caso de Ucrania, la insistencia en la seguridad se basa en la confianza en que la cuestión territorial esté decidida -una frontera de facto temporal a lo largo de la línea del frente con unos territorios que recuperar por la vía política tan pronto como sea posible- y la certeza de que el discurso de peligro común y la necesidad de pagar con seguridad la sangre derramada por Ucrania en nombre de la civilización occidental será suficiente para conseguir un objetivo de máximos. Budapest es el equivalente ucraniano a Minsk, aunque las garantías que recibió Ucrania en aquel memorando no fueran, en realidad, tan exhaustivas como ahora alega Kiev. En cualquier caso, Budapest significa para Ucrania que el acuerdo de seguridad que ha de obtener debe implicar la garantía de que los países occidentales acudirán militarmente al rescate de Ucrania en caso de agresión rusa. Zelensky no quiere una promesa, ni un acuerdo entre Gobiernos, sino un tratado vinculante entre países que no pueda ser posteriormente modificado. Aunque con términos completamente contradictorios, esa aspiración a que la estructura de seguridad sea vinculante y definitiva se repite en Rusia y en Ucrania. Sin embargo, a diferencia que para Rusia, que exige que también la cuestión territorial quede definida, para Kiev la estructura de seguridad, un acuerdo entre Ucrania, Estados Unidos y la Unión Europea sin la participación de Moscú, es el único documento que importa y el único que ha estar tallado en piedra.

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