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Economía, Energia, Estados Unidos, Rusia, Ucrania

Diplomacia de lucro

Con la prensa europea enrocada en el enaltecimiento del rearme continental y resaltando, o incluso exagerando, las advertencias de la clase política y las inteligencias de los Estados de la UE sobre la guerra híbrida rusa, la amenaza nuclear y la posibilidad de una gran guerra entre potencias, desde Estados Unidos siguen llegando informaciones que apuntan en un sentido muy diferente. En esas últimas dos semanas se han publicado dos iniciativas según las cuales la Casa Blanca estaría valorando utilizar incentivos económicos para conseguir desatascar el siempre bloqueado proceso de diálogo para la resolución de la guerra en Ucrania. Hasta ahora, ninguno de los incentivos y amenazas políticas, propuestas territoriales y de seguridad que ha presentado el trumpismo han convencido ni a Kiev ni a Moscú, dos capitales convencidas de que continuar luchando un poco más les permitirá negociar en una posición más cómoda en la que las concesiones a realizar serán menos dolorosas. El interés de Estados Unidos por la guerra de Ucrania es limitado, ya que se ha desentendido del suministro de asistencia para pasar a lucrarse de la venta de armas y ya se ha asegurado una posición económica ventajosa en el país más allá de un futuro alto el fuego. Sin embargo, las prisas generadas por la situación en Oriente Medio y la necesidad de bajar rápidamente el precio del petróleo y del diésel han hecho que aparezcan nuevas propuestas con las que intentar superar el bloqueo.

En The Atlantic, Simon Shuster, un periodista muy bien conectado, que ha escrito incluso una biografía de Zelensky a partir de conversaciones mantenidas con el presidente ucraniano, publicó la primera de las dos propuestas económicas que se estarían planteando. “Hace unos meses, el enviado de Donald Trump a Europa del Este acudió al presidente con una nueva idea para salir del punto muerto en las relaciones de Estados Unidos con Moscú. El plan consistía en un intercambio que recordaba a la Guerra Fría: el Kremlin liberaría a algunos presos políticos y Estados Unidos recompensaría su liberación suavizando las sanciones contra la economía rusa. Trump dio su visto bueno”, escribía Shuster, que enmarca esta propuesta en una prueba piloto realizada con la participación del premio Nobel de la Paz ruso Dmitry Muratov, que se involucró activamente en la apertura estadounidense a Bielorrusia, en estos momentos el principal aliado ruso. El planteamiento era simple: lograr la liberación de determinadas personas detenidas prometiendo a Alexander Lukashenko el levantamiento de algunas de las sanciones impuestas a raíz de la invasión rusa de Ucrania. Los resultados se han visto en los últimos días. Meses después de una gran liberación de presos, Estados Unidos habla de la compra de fertilizantes a Bielorrusia, un win-win para ambos países, ya que, debido a la guerra comercial iniciada por Donald Trump contra su país vecino, Washington ha de sustituir las importaciones canadienses de potasa, de la que Bielorrusia es un gran productor.

Políticamente, el cambio se manifestó en una imagen que se produjo durante la celebración de la Asamblea General de Naciones Unidas, donde el ministro de Asuntos Exteriores de Polonia se reunió con su homólogo bielorruso. Radek Sikorski ha pasado en unos meses de hablar de la “presidenta Tijanovskaya” y exigir la rendición de Lukashenko a reunirse con su jefe de la diplomacia, un cambio notable que, para los países europeos supone, por una parte, una humillación más ante el sometimiento a Washington y, por otra, un tacticismo para dejar la puerta abierta a recuperar la estrategia de alejar a Minsk de Moscú. Para Estados Unidos, sin embargo, es un ejemplo de lo que puede obtener un país con una oferta limitada de productos que puede ofrecer a la Casa Blanca, unos beneficios que serían muy superiores en el caso ruso.

Según Shuster, el caso bielorruso es un anticipo de lo que Rusia podría conseguir en caso de seguir la estela de la Casa Blanca en esta dirección. Pero, como todo lo que rodea al trumpismo, la iniciativa aspira a lograr beneficio económico para Washington. Según Shuster, el planteamiento “promete impulsar varios de los objetivos de Trump a la vez. Contribuiría a reintegrar a Rusia en la economía mundial y a ampliar las conversaciones de Trump con el Kremlin más allá de la guerra sin salida en Ucrania, que sus enviados no han logrado poner fin tras más de un año de diplomacia. Abriría el camino para que Estados Unidos firmara lucrativos acuerdos relacionados con el petróleo, el gasóleo, los minerales de tierras raras y otras materias primas rusas. Como ventaja adicional, la liberación de presos por motivos humanitarios podría reforzar los argumentos de Trump para conseguir el tan ansiado Premio Nobel de la Paz”. Cualquier paso estadounidense en términos de aumento de las relaciones económicas con Rusia se produciría, además, a costa de los países europeos, que aspiran a deshacerse de la dependencia de la energía barata rusa y a erigir un muro económico que se perpetúe más allá de la guerra, olvidando los intereses continentales comunes que han sido evidentes a lo largo de las últimas décadas.

En línea con lo planteado por Shuster, pero sin incidir en la posibilidad de que la reanudación de las inversiones estadounidenses en Rusia implique una liberación de presos que Estados Unidos considera políticos, The New York Times alerta de la posibilidad de que el trumpismo busque en esos acuerdos el lucro propio de sus principales familias. “Las conversaciones de la administración Trump con Rusia para poner fin a la guerra en Ucrania se han ampliado hasta incluir un acuerdo petrolero de varios miles de millones de dólares que beneficiaría a ejecutivos empresariales de Oriente Medio vinculados a los dos principales negociadores estadounidenses, Steve Witkoff y Jared Kushner”, explica el medio. Tras garantizarse lo que -de forma excesivamente optimista- espera que sean enormes beneficios gracias al acuerdo de extracción de minerales en Ucrania, Estados Unidos siempre ha aspirado a lograr un trato con Rusia para beneficiarse de ambos países en la contienda como contrapartida a su participación en el proceso de resolución. Evidentemente, el aspecto económico ruso que más iba a interesar a Washington -y a las bases que soportan el trumpismo- siempre iba a ser el petróleo.

“El acuerdo, que está supeditado a la aprobación del Gobierno de Estados Unidos y del Kremlin, se refiere a un amplio conjunto de yacimientos petrolíferos, refinerías y gasolineras repartidas por todo el mundo, propiedad de Lukoil, una de las mayores empresas energéticas de Rusia”, explica The New York Times, que en otro artículo precisa que “los activos en el extranjero de Lukoil, el gigante energético ruso, se están vendiendo a precios de saldo porque las sanciones estadounidenses los han convertido en algo prácticamente sin valor para los inversores en Rusia. Gasolineras en Estados Unidos, refinerías en el este de Europa y yacimientos petrolíferos en todo el mundo están a la venta”. “Ahora, el proceso de venta de esos activos se ha entrelazado con los esfuerzos de la Casa Blanca por negociar el fin de la guerra de Rusia en Ucrania. Y algunas de las figuras clave que podrían beneficiarse de la venta de Lukoil tienen vínculos con la familia del presidente Trump y sus allegados, incluidos los enviados de la administración a Rusia”, añade el artículo. Estados Unidos impone las sanciones y posteriormente aspira a aprovecharse de ellas para adquirir los activos a precio de ganga y en beneficio de algunas de las personas más cercanas al presidente y, además, presenta los hechos como un incentivo para la negociación.

“El líder del grupo de inversores es Todd Boehly, un gestor de activos multimillonario y copropietario, entre otras cosas, de los Dodgers de Los Ángeles. También es uno de los principales donantes a las causas políticas de Trump. El pasado diciembre aportó un millón de dólares al comité político MAGA Inc., afiliado a Trump, justo cuando las negociaciones sobre el acuerdo con Lukoil estaban en pleno apogeo”, explica The New York Times, que añade que “Trump; sus tres hijos; Kushner; Ivanka Trump, una de las hijas del presidente; y la familia Witkoff tienen vínculos financieros con socios de la operación, que requiere la aprobación tanto de la administración Trump como del Kremlin. La familia Trump y los asesores del presidente no tienen una participación financiera directa en la operación. Sin embargo, sus socios comerciales se beneficiarían económicamente si se cerrara este acuerdo multimillonario”.

Ambas propuestas, tanto la publicada por Shuster como la anunciada el sábado por The New York Times profundizan en algo que ya había anticipado el diario neoyorquino: el trumpismo ha cambiado ligeramente de estrategia y ha pasado de intentar tentar a Rusia con promesas de negocios futuros si aceptaba la paz en Ucrania a ofrecer esos negocios como fase previa al diálogo. La carta que aspira a jugar Estados Unidos es la misma que la UE y Ucrania usan para justificar la continuación de la guerra: la exageración de los problemas económicos de la Federación Rusa. En su intervención en el Club Valdai, Vladimir Putin admitió que los ataques ucranianos han costado el 1% del PIB a la Federación Rusa. Sin embargo, ni el presidente ni el Ministerio de Asuntos Exteriores han mostrado en ningún momento abiertos a sacrificar los objetivos políticos, geopolíticos y militares a causa de un incentivo económico, imagen que solo Kiril Dmitriev ha podido dar ante los negociadores estadounidenses y que ha provocado varias refutaciones por parte Sergey Lavrov y Yuri Ushakov. Aunque es improbable que el tipo de negocios que se están planteando vaya a cambiar la postura rusa de exigir unas condiciones mínimas en materia de seguridad y territorios, cualquier iniciativa de reanudación del trato comercial y de negocios entre Moscú y Washington es una señal de alarma para Ucrania, que denunciaría el aumento de ingresos para las arcas rusas, y fundamentalmente para las capitales europeas, que verían cómo su aliado norteamericano se posiciona para lucrarse de las riquezas minerales rusas sin tener que superar siquiera la competencia de las empresas europeas que hasta ahora se beneficiaban de ello.

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