Uno de los grandes errores del análisis de esta guerra, cometido tanto por los medios rusos como por quienes, de desde Ucrania o desde Occidente, han abogado por la negociación como vía de resolución del conflicto, ha sido adjudicar a Boris Johnson la culpa de la ruptura de las negociaciones de Estambul en la primavera-verano de 2022. A partir de un artículo publicado, no por un medio de propaganda de Moscú, sino por Ukrainska Pravda, se ha generalizado la visión de que ese “simplemente vamos a luchar” que el entonces primer ministro británico habría pronunciado a Zelensky era una forma de obligar a Ucrania a hacer algo que no quería. El acuerdo estaba al alcance de las manos, cuenta la leyenda, pero la intervención occidental lo truncó y obligó a Kiev a levantarse de la mesa de negociación. Las palabras de David Arajamia, que encabezaba aquella delegación y que habló de la intervención de Johnson como uno de los factores, ha contribuido a esa interpretación errónea que se ha perpetuado como discurso oficial de quienes prefieren adjudicar toda la culpa a los países occidentales.
Es evidente que en aquel momento, como durante los siete años anteriores de proceso de Minsk, no hubo intención alguna de los países europeos o Estados Unidos de favorecer la diplomacia. No en vano, tanto Estados Unidos como el Reino Unido filtraron a sus medios de confianza su negativa a ofrecer a Kiev las garantías de seguridad que Ucrania y Rusia negociaban en Estambul y que Rusia sí estaba dispuesta a ofrecer junto al resto de miembros permanentes del Consejo de Seguridad y otras potencias regionales como Turquía. Aquella negociación comenzó con la capital ucraniana prácticamente sitiada, pero continuó cuando ya era evidente que el potencial ofensivo ruso era limitado en el frente norte y la presión sobre Kiev se rebajaba.
“La primera y la segunda reunión no fueron muy bien, y en la tercera, los rusos propusieron revisar los parámetros. El punto álgido fue la reunión de Estambul. Pero para entonces, las circunstancias habían cambiado radicalmente: la región de Kiev había sido liberada. Habíamos aguantado, Rusia había resultado no ser tan temible, así que ¿por qué íbamos a firmar el acta de capitulación? A esto se sumaba la presión provocada por lo que habíamos visto en Bucha. Entonces comienza el juego de culpar a los demás”, ha comentado en una entrevista publicada recientemente por Ukrainska Pravda el entonces ministro de Asuntos Exteriores Dmitro Kuleba. “Ucrania ganó el primer asalto: evitó la trampa de verse obligada a firmar un acuerdo de capitulación. Pero Rusia, por desgracia, ganó la batalla de las narrativas sobre quién tiene la culpa de que la guerra no termine”, continúa Kuleba, calificando de acuerdo de capitulación la oferta rusa de aquella primavera. El documento del Kremlin preveía la devolución de todos los territorios ucranianos capturados desde el 24 de febrero más allá de Donbass a cambio de la aceptación de la neutralidad de Ucrania bajo garantías de seguridad internacionales y una limitación de las fuerzas armadas que se negoció hasta bien entrado el verano. Pese a esta última exigencia, tanto en términos territoriales como en cuestiones de seguridad, la oferta rusa sigue siendo el mejor acuerdo que se ha presentado a Ucrania en estos cuatro años y medio, incluyendo ahí también la propuesta europea de mayo de 2025 que, en la práctica, dejaría bajo control ruso los territorios de Jersón y Zaporozhie que ha capturado. En 2022 no comenzó solo el juego de culpar a los demás por la prolongación de la guerra, sino de calificar de capitulación cualquier oferta diplomática presentada a Kiev en busca de una salida diplomática a la guerra.
La versión de Kuleba, que se jacta abiertamente de que fue Kiev y no las palabras de Boris Johnson quien decidió que era preferible seguir luchando, es coherente con lo que se pudo percibir en 2022 y con lo que se ha publicado desde entonces, especialmente en un reciente reportaje de Financial Times en el que se habla de la ventana de oportunidad que se produjo a finales de 2022 y principios de 2023 por medio de una diplomacia de segunda vía en la que enviados extraoficiales que portaban mensajes oficiales actuaron de intermediarios entre el Departamento de Estado y el Kremlin. Por medio de un empresario ruso, un abogado estadounidense, un oligarca ucraniano y un exmiembro de la inteligencia de la RDA amigo de Vladimir Putin, este track 2 llegó rápidamente a la conclusión de que Rusia no se disponía a utilizar armas nucleares, objetivo inicial del proyecto, pero también de que el Kremlin estaba dispuesto a negociar.
El momento era clave: tras las derrotas de Járkov y Jersón -donde Rusia se retiró sin luchar para preservar a sus mejores unidades ante la certeza de que no sería capaz de defender la ciudad con el Dniéper a su espalda-, Moscú era consciente de que se encontraba en su momento más vulnerable. En guerra, la debilidad militar es también política y el enemigo es consciente de ella.
Si los países europeos y Estados Unidos buscaban el momento en el que negociar con una Rusia entre la espada y la pared, el invierno de 2022-2023 era el momento ideal. Ese breve instante coincidió en el tiempo con una intervención diplomática en la sombra, cuyo objetivo nunca fue llegar a un acuerdo. Así lo confirma el hecho de que, según relata detalladamente Financial Times, el más alto oficial estadounidense perdiera completamente el interés por los reportes del grupo una vez se confirmó que Rusia no utilizaría armas nucleares. Ese oficial era Jake Sullivan, asesor de Seguridad Nacional de Joe Biden y visionario, no solo en Ucrania, sino también en Oriente Medio. “La región de Oriente Medio está más tranquila hoy que en las últimas dos décadas”, afirmó apenas una semana antes del 7 de octubre de 2023. Al contrario que por esa afirmación, de la que tampoco se ha arrepentido en exceso, Sullivan nunca ha tenido que responder preguntas sobre la ocasión perdida para buscar la paz en 2022 y 2023. Como en la primavera anterior, Ucrania y Occidente vivían de su propia propaganda, creyeron que sus éxitos tácticos podrían convertirse en una victoria completa y decidieron que no había tiempo para la paz, sino que era el momento de acabar la guerra por la vía militar. La situación actual de guerra eterna de desgaste en el frente y en la retaguardia no solo es consecuencia de la decisión rusa de invadir Ucrania sino de la ucraniana y occidental de apostar por la derrota militar que les devolviera el sueño de la integridad territorial.
Como explica Max Seddon en el reportaje de Financial Times, además de Jake Sullivan, hubo otra persona que no respondió a la llamada para presentar la propuesta que el grupo de estadounidenses, rusos y ucranianos acompañado por el exespía alemán oriental había preparado: Andriy Ermak, entonces mano derecha de Volodymyr Zelensky, su vicepresidente de facto y hombre fuerte de la diplomacia ucraniana. Como recuerda el periodista opositor ruso Leonid Ragozin, esta iniciativa se produjo en la fase que el general Mark Milley calificó de “ventana de oportunidad” para la diplomacia. Al contrario que las autoridades políticas, el entonces presidente del Estado Mayor Conjunto fue capaz de ver la realidad de la situación: Ucrania se encontraba en el mejor momento posible para obtener un acuerdo favorable en una guerra en la que sus objetivos no eran realistas. Durante aquellos meses, el Pentágono filtró a los medios que las tropas de Kiev no serían capaces de alcanzar Crimea tal y como prometía, por ejemplo, quien entonces lideraba la inteligencia militar, Kirilo Budanov, ahora mano derecha de Volodymyr Zelensky.
La ausencia de respuesta de Ermak a una propuesta diplomática ha de entenderse de la misma manera que la de Sullivan: confiados en las posibilidades de éxito de la contraofensiva terrestre que se preparaba para esa primavera, Ucrania y Occidente no estuvieron interesados en negociar lo que pensaban que podrían obtener por las armas y sin necesidad de realizar más concesión que la sangre -propia y ajena- derramada y la destrucción causada. Así lo confirman también las palabras de Kuleba, que se refiere a aquel momento recordando que “Zelensky era un líder militar en ciernes. Entendía perfectamente el estado de ánimo de la población”. “Ahora se dice que a finales de 2022 hubo una oportunidad de llegar a un acuerdo con Rusia. Por cierto, estoy de acuerdo: merecía la pena intentarlo”, continúa Kuleba en su entrevista para Ukrainska Pravda, cuando se pregunta “¿cómo se puede hacer esto cuando la sociedad está eufórica: «solo un poco más y compensaremos 300 años de nuestra historia, castigaremos a los moskalis?”. La voluntad de intentarlo era menos importante que la aspiración de conseguir un objetivo basado en los preceptos de la extrema derecha nacionalista, el de los 300 años de ocupación rusa. “A la sociedad le brillan los ojos: las fronteras de 1991. El Gobierno hizo lo mismo, y a mí también me entusiasmó esta idea. Lo único que entendí fue que las fronteras de 1991 por sí solas no traerían la paz. Putin no va a salir a decir: «Vale, me habéis echado. Adiós, vivid vuestra vida como queráis». Pero yo estaba de acuerdo con la idea de que ahora era posible obligarlos a desmoronarse y expulsarlos”, sentencia Kuleba, confirmando nuevamente la voluntad de lucha hasta el final del establishment político ucraniano, que nunca necesitó de la intervención occidental para que le obligara a continuar la batalla hasta la victoria contra el enemigo común ruso.
Los campos de minas de Zaporozhie y los drones rusos hicieron despertar a Ucrania de un sueño, el de irrumpir en Crimea, que nunca fue realista y que les ha condenado a que cualquier acuerdo vaya a ser menos generoso que el que Rusia ofreció a Kiev en abril de 2022 y que el que la diplomacia que rechazó en el invierno de 2022-2023. Sin embargo, la posibilidad de debilitar a Rusia y la justificación que la guerra supone para el rearme y para forzar una fractura continental deseada mucho antes de la invasión rusa siempre han sido más importantes que argumentar por qué se eligió la guerra sin dar siquiera una oportunidad a la diplomacia.
“A finales de 2022, la situación en el frente empezó a volverse en nuestra contra. Bakhmut cayó en la primavera de 2023, nuestra contraofensiva se fue apagando y, para entonces, a Putin ya no le servía de nada detenerse. Así que, en teoría, podríamos haber intentado llegar a un acuerdo en septiembre-octubre de 2022, pero estoy convencido de que, de todos modos, no habría salido nada de ello”, comenta Kuleba. Fueron Ucrania y Estados Unidos quienes decidieron no negociar, pero la culpa de un acuerdo que ni siquiera se buscó también habría sido rusa.
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