Tras la firma de acuerdos de cooperación militar con Alemania y de producción conjunta de drones con los que afirma que se mejorará la seguridad de ambos países, el presidente ucraniano apeló a continuación a Francia a aportar todavía más a la defensa ucraniana. “Mientras Rusia está en un callejón sin salida en el frente, se niega obstinadamente a todos los llamamientos al alto el fuego y opta de manera irresponsable por intensificar sus ataques contra las infraestructuras y los objetivos civiles, en violación de los principios más fundamentales del derecho internacional humanitario”, escribió Macron, siempre dispuesto a buscar formas para ampliar la asistencia militar y capaz de percibir en cada acto ruso la desesperación de quien se encuentra a punto de verse obligado a ceder ante las demandas de la UE. Como otros dirigentes, el presidente francés no explica por qué, si es Rusia quien se encuentra al borde del colapso, solo Ucrania exige a diario a sus aliados que aporten rápidamente la financiación, el armamento y la munición que les exige. Macron no explica tampoco por qué los objetivos atacados son graves infracciones al derecho internacional humanitario cuando las realiza Rusia, pero no Ucrania. En esta guerra entre el bien y el mal, no hace falta argumentar en exceso, solo es necesario seguir planteando exigencias a enemigos y, en el caso de Ucrania, también a los aliados.
La lista de peticiones de Ucrania ha ido variando según las necesidades del guion. Durante la guerra de Donbass, Kiev estuvo años exigiendo sistemas antitanque Javelin a pesar de que no había ningún intento de las Repúblicas Populares de avanzar sobre territorio ucraniano. Posteriormente llegaron la artillería de largo alcance, los tanques alemanes, los blindados británicos, los misiles británico-franceses, los F-16, los misiles estadounidenses y el permiso para su uso, no solo en los territorios internacionalmente reconocidos como parte de Ucrania, sino también en la Federación Rusa según sus fronteras de 1991. Al menos por el momento, el único fracaso ucraniano ha sido la petición de misiles Tomahawk, ya que, cuando su entrega parecía un hecho, una conversación entre Donald Trump y Vladimir Putin hizo cambiar de opinión en el último momento al presidente de Estados Unidos. Pendiente queda aún conocer si Trump ha garantizado realmente a Ucrania la licencia para producir misiles para los sistemas de defensa aérea Patriot, algo que Zelensky dio por hecho hace unos días, pero que, tras el cambio de opinión del líder estadounidense en la primera ocasión que se planteó, no se ha confirmado de forma oficial.
Las peticiones de armas no son las únicas que mantiene activas Ucrania, que añade también la exigencia de sanciones contra Rusia. Desde hace varios meses, inicialmente a iniciativa del entonces ministro de Defensa Mijailo Fedorov, Ucrania busca que Elon Musk y Donald Trump aprueben el uso del sistema Starlink, propiedad del oligarca estadounidense, en territorio de la Federación Rusa. De esta manera, argumenta Kiev, los drones y misiles serían prácticamente infalibles y conseguirían causar los daños que calculan son necesarios para obligar a Rusia a negociar la paz en posición de debilidad. En otras palabras, como antes lo fueran los Javelin, los HIMARS, los tanques Leopard o los F-16, el sistema Starlink se había convertido en la nueva arma milagrosa con la que Ucrania conseguiría todos sus objetivos, podría defenderse a sí misma y a la civilización occidental y todos viviríamos felices para siempre. La medida no sería, de ninguna manera, un signo de escalada, ni supondría tampoco cruzar otra línea roja hacia la beligerancia completa e intervención directa de Occidente en la guerra contra Rusia. Según la narrativa de Kiev, no supondría tampoco una respuesta rusa en forma de aumento de la intensidad de sus bombardeos, ya que, disponiendo del sistema Starlink, la navegación sería tan infalible, que Ucrania sería capaz de destruir cualquier lanzadera que Rusia utilizara y lo haría, además, en unos minutos. En definitiva, era un plan sin fisuras.
El único problema es convencer a Elon Musk, que permite a Ucrania el uso de su sistema sin coste, pero que en 2022 impidió su utilización en Crimea para evitar “la tercera guerra mundial”. Incluso un oligarca sin ningún conocimiento geopolítico era consciente de que esa era la verdadera línea roja de Moscú. Y si hace cuatro años Musk se mostró rotundo en su postura, es difícil imaginar que vaya a aceptar ahora una medida mucho más agresiva contra Rusia. “Musk no cree que permitir que Ucrania utilice Starlink en sus operaciones dentro de Rusia vaya a ayudar a poner fin a la guerra”, escribió en agosto The Kiyv Independent contradiciendo las informaciones que habían aparecido esos días en los medios y que daban a entender que Musk había dejado la puerta abierta a que Ucrania obtuviera esa autorización. En realidad, el uso de Starlink en territorio ruso según sus fronteras internacionalmente reconocidas habría supuesto que una red extranjera de satélites se convirtiera en objetivo legítimo en el marco de una guerra, un precedente para el que los actores implicados aún no están preparados. A petición de Fedorov, eso sí, Musk bloqueó el uso de Starlink a las fuerzas rusas, que habían comenzado a utilizarlo para guiar sus drones en sus ataques contra territorio ucraniano, una medida que no se consideró parte de una escalada, sino reflejo de la postura de defensa de Ucrania que ha mantenido y mantiene Estados Unidos.
La segunda petición de Zelensky en las últimas semanas, está indirectamente relacionada con la primera, ya que se trata de anular el intento ruso de emular la labor de Starlink con su propio sistema de satélites para su uso en la navegación. Para Ucrania, todo aquello que no puede resolverse con más armas o más dinero, ha de solucionarse con sanciones, por lo que, según informaba la semana pasada Financial Times, “Volodymyr Zelensky ha pedido a Donald Trump que imponga sanciones a las empresas rusas y chinas que, según el presidente ucraniano, están implicadas en el desarrollo de una red de satélites rival de Starlink”.
Desde hace meses, Rusia trabaja en su propia alternativa a Stalink, Rassvet que, como es habitual dentro de la lógica supremacista de un Occidente que considera que nadie más es capaz de innovación, ha sido blanco de numerosas mofas que han presagiado su rotundo fracaso. Y, sin embargo, de repente, para Ucrania se ha convertido en una amenaza que hay que evitar a toda costa y que es preciso denunciar en los medios más afines.
“Rob Lee, experto militar del Instituto de Investigación en Política Exterior con sede en Kiev, afirmó que «Rassvet no será tan eficaz como Starlink, pero Rusia podría empezar a utilizarlo para transmitir imágenes [tomadas por drones aéreos] a los puestos de mando» como una alternativa mejor que los puentes WiFi”, explicaba el medio, que añade, citando al mismo experto que “Rassvet también podría suponer un importante impulso a la campaña de sabotaje de Rusia contra los aliados europeos de Ucrania. «Los drones podrían pilotarse desde Moscú utilizando Rassvet en otros países», afirmó. Las fuerzas del Kremlin podrían imitar la propia operación «Spiderweb» de Ucrania, en la que se utilizaron docenas de pequeños drones de ataque con visión en primera persona contra bases aéreas rusas”. De repente, aquello que iba a ser un fracaso más de la atrasada Rusia, resulta ser una innovación lejos de ser puntera, pero que puede complicar la defensa de Ucrania.
“Sabemos que China está trabajando en satélites y en la posibilidad de ayudar a Rusia con un proyecto similar a Starlink”, afirmó la semana pasada Zelensky a Financial Times, apelando a su siempre infalible capacidad de detectar tramas existentes e inexistentes y presentarlas como hechos consumados. Una cooperación hipotética en un sistema de satélites de la que Ucrania lleva meses riéndose requiere ahora de sanciones, no solo a la primera potencia nuclear, sino también a la segunda economía mundial. Para colmo, Rassvet y la posibilidad futura de cooperación de China -un país que se ha mantenido al margen de esta guerra, en la que ha insistido en que no desea la derrota de Rusia, pero en la que no ha apoyado militarmente a Moscú- es un argumento para volver a exigir a Estados Unidos permiso para el uso de Starlink en Rusia, una medida que posiblemente incentivaría la cooperación de Beijing ante un precedente peligroso.
Aplicando la máxima soviética de cualquier cosa que tú puedas hacer, yo puedo hacerla mejor, Zelensky no ha querido quedarse atrás y ha anunciado que también Ucrania trabaja en una alternativa a Starlink. “Se están llevando a cabo nuevos avances. Estamos trabajando en algo similar a Starlink”, afirmó el domingo el presidente ucraniano sin precisar con qué medios y con qué financiación, ni tampoco el motivo, ya que es difícil imaginar que Kiev vaya a emplear fondos para lograr una alternativa menos precisa a un servicio que obtiene sin coste. En cualquier caso, Ucrania continúa su cruzada para poder utilizar el sistema de Elon Musk en Rusia, en esta ocasión con China como coartada. A la pregunta de por qué sería justo que Ucrania pudiera utilizar el sistema Starlink en Rusia, Zelensky respondió, en clara referencia a China, que “porque sabemos que algunos estados compartirán tecnologías relevantes con Rusia a finales de este año o a principios del próximo”. Lo que no se resuelve con más dinero para Ucrania, se puede solucionar con más sanciones contra quienes no apoyan a Kiev.
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