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Diplomacia, Rusia, Ucrania

Consejos de un aliado

Uno de los principales aliados de Rusia, especialmente desde que Moscú le apoyara durante las protestas masivas con las que la oposición trató de repetir el escenario de febrero de 2014 en Kiev, Alexander Lukashenko, presidente de Bielorrusia es uno de los grandes supervivientes políticos del continente europeo. Capaz de calibrar su fuerza y conocedor de hasta dónde puede llegar en sus relaciones con Estados Unidos, Polonia y otros países occidentales, Minsk ha sido capaz durante años de ejercer de bisagra necesaria para mantener unas relaciones este-oeste que teóricamente estaban ya prácticamente rotas. La victoria de Maidan, la adhesión de Crimea a Rusia y el inicio de la guerra de Donbass provocaron esa primera brecha continental que dio lugar a las sanciones personales y sectoriales contra el armamento y otros productos rusos, a las que Moscú respondió prohibiendo, entre otras cosas, gran cantidad de productos agrícolas europeos que seguían llegando a Rusia a través del país vecino.

En la dirección contraria, el petróleo ruso del que Ucrania se jactaba haberse deshecho, llegaba al país de la misma manera. La tercera de las repúblicas eslavas soviéticas en términos de población fue también la que evitó que un avión que transportaba a un gran grupo de soldados de Wagner en misión internacional fuera desviado por Ucrania para obligarlo a aterrizar en su territorio, donde los miembros de la empresa militar privada iban a ser detenidos y acusados de crímenes de guerra en Donbass. Aunque aquel episodio extraño nunca quedó completamente aclarado, siempre fue obvio que la KGB bielorrusa -que mantiene su nombre heredado de la Unión Soviética- no pudo ser capaz por sí misma de detectar y desactivar la operación y que recibió algún tipo de chivatazo procedente de Ucrania. Uno de los veteranos de la inteligencia ucraniana investigados por ser parte integral de la trama del Nord Stream, Roman Chervinsky, encarcelado durante varios años en Ucrania por su enfrentamiento con la Oficina del Presidente, siempre acusó a Andriy Ermak, entonces mano derecha de Zelensky de haber sido el topo de aquella operación. A todas las partes les interesaba contar con un tercer país a través del cual mantener relaciones económicas inconfesables y al que poder atraer en un futuro hacia los postulados políticos de cada uno.

Todo cambió en 2022, cuando Rusia necesitó del trampolín bielorruso para avanzar hacia Kiev durante las primeras semanas de la invasión rusa. Moscú se estancó en las trincheras de los alrededores de la capital y pronto se retiró de aquellos territorios para no volver, pero, para entonces, Occidente ya había condenado a Bielorrusia al mismo castigo que a Rusia: ruptura de relaciones económicas, sanciones contra sus productos estrella -especialmente los fertilizantes-, desconexión del sistema internacional de pago Swift y expulsión de sus equipos y deportistas de las competiciones internacionales representando al país. Después de años en los que Lukashenko había sido una figura política relevante en Ucrania, un líder fuerte y con personalidad suficiente para defender los intereses nacionales tanto de sus oponentes como de su aliado ruso, su figura pasó a identificarse con la de Vladimir Putin. El cambio fue radical, ya que durante años una parte del establishment político ucraniano había aspirado a seguir el ejemplo bielorruso, valoraba la continuación de las relaciones con Minsk e incluso intentaba atraer a Lukashenko a sus posturas políticas calificándole de étnicamente ucraniano.

Desde la Unión Europea, la relación siguió la tendencia de ruptura que se había iniciado con las protestas y se continuó acusando a Lukashenko de guerra híbrida y de uso de la migración como arma contra Occidente, lo que justifico, incluso antes de la invasión rusa de Ucrania, la construcción de un muro que no pretende proteger a Europa de los tanques rusos, sino de población indeseada.

De la mano de la UE durante los años de Biden, Estados Unidos ha actuado de forma diferente hacia Bielorrusia estos últimos meses. Como desveló The Atlantic, el trumpismo negoció con Lukashenko la excarcelación de decenas de presos que Occidente considera políticos a cambio del levantamiento parcial de algunas de las sanciones impuestas contra Minsk en 2022. Para la Casa Blanca, se trataba de una especie de prueba piloto que aplicar potencialmente a Rusia para conseguir un acuerdo de paz y una reintegración de Rusia en la economía occidental de forma que resultara favorable a Estados Unidos, es decir, sin competencia de los países europeos. Lukashenko ya ha demostrado ser capaz de negociar con Estados Unidos a cambio de obtener algo que buscaba -capacidad de volver a vender sus fertilizantes en el mercado occidental- y todo ello sin alienar a su aliado más importante, la Federación Rusa.

Las palabras de Lukashenko, que estos años ha dosificado sus declaraciones sobre la guerra rusoucraniana, son otro ejemplo en esa dirección. Sin temor a ofender a aliados ni oponentes, el presidente bielorruso dio el viernes su visión sobre la situación actual. “No le corresponde a Trump decidir quién será presidente de Ucrania. Eso le corresponde decidir al pueblo ucraniano”, afirmó, con un dardo evidente contra el presidente de Estados Unidos, que días antes había recuperado su retórica más crítica contra Volodymyr Zelensky. Enfadado por la negativa ucraniana a aceptar la tregua energética que había decretado, Donald Trump cargó contra su homólogo ucraniano y exigió unas elecciones en las que, quizá equivocadamente, asume que Zelensky sería derrotado y sustituido por alguien con quien Estados Unidos podría negociar más fácilmente. Sin embargo, las palabras de Lukashenko no quedaron ahí.

“Trump no debería dictar a Ucrania cómo debe actuar. Pero, por otro lado, ¿por qué dicta?”, se preguntó el líder bielorruso. “Porque Zelensky se ha vuelto dependiente de los Estados Unidos de América, del propio Trump. Puede dejar de dar órdenes, pero primero Ucrania se quedará sin inteligencia y después sin armas. Cosas que necesita desesperadamente, y tal vez no solo armas”, afirmó Lukashenko para describir la relación de dependencia entre Ucrania y Occidente. Kiev, que siempre se ha jactado de su relación con la Unión Europea y Estados Unidos como su activo más importante y se ha burlado de la soledad de Rusia, está comprobando cómo depender del suministro extranjero protege a Ucrania de que las fábricas donde se producen las armas sean bombardeadas -al encontrarse en países de la OTAN-, e implica una pérdida casi total de soberanía. “La lección es: nunca te vuelvas dependiente, especialmente de las grandes potencias. Sé amigo de ellas. Haz todo lo necesario para asegurar que mantengan relaciones amistosas contigo”, sentenció Lukashenko, no solo como consejo a un país que sigue considerando hermano, sino reflejando también las intenciones de Minsk de mantener su alianza con Rusia, pero siempre equilibrándola con relaciones comerciales y políticas con otros países.

Quizá la parte más interesante de las declaraciones de Alexander Lukashenko ante la prensa bielorrusa es aquella referida al estado de la guerra y, sobre todo, de las negociaciones. “Todas las guerras terminan en paz de todos modos. Así que, cuanto antes mejor. La gente está muriendo. Por estas razones humanitarias, se necesita la paz allí y se logrará. Me gustaría que esta guerra terminara el próximo año. Y si termina este año, eso sería maravilloso”, afirmó Lukashenko, que parece haber comprendido lo que Zelensky y sus aliados continentales aún no quieren ver. “Los estadounidenses ahora están insinuando a los rusos: si no llegáis a un acuerdo con Ucrania, las cosas serán peores el próximo año. Si pactáis la paz con los ucranianos ahora, levantaremos las sanciones y haremos otras cosas. Pero el próximo año, incluso si capturáis toda Ucrania, seguiréis bajo estas sanciones”, afirmó Lukashenko, el único líder político que ha conseguido explicar la lógica de la actuación de Estados Unidos en estos momentos. Nada en el mundo de Trump es permanente y, como muestra la experiencia del último año, su enfado con Zelensky desaparecerá a medida que perciba que no recibe de Rusia la actuación deseada. Tanto el acuerdo de exportación de diésel ruso como el levantamiento de ciertas sanciones son medidas temporales que, como sugiere Lukashenko, desaparecerán con rapidez si Rusia no utiliza el incentivo económico para hacer lo que Estados Unidos espera de Moscú: rebajar sus expectativas negociadoras y aceptar una resolución menos favorable de lo que le gustaría.

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