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¿Tregua energética?

“Estados Unidos ha instado a Ucrania a que ponga fin a los ataques contra la infraestructura energética de Rusia, advirtiendo de que los ataques con drones podrían provocar un aumento de los precios mundiales del petróleo y dar lugar a represalias, según tres personas al tanto de las conversaciones”, escribía Financial Times, que añadía que una de esas fuentes “afirmó que la Casa Blanca se siente cada vez más frustrada por los descarados ataques con drones ucranianos que han alcanzado refinerías, terminales, depósitos e instalaciones de almacenamiento de petróleo en todo el oeste de Rusia, lo que ha mermado su capacidad de producción de petróleo”. En año electoral, Estados Unidos no puede permitirse que un gran productor de petróleo pierda capacidad de producción y provoque el alza del precio del petróleo, uno de los indicadores más claros del voto de la población estadounidense contra el partido que se encuentre en ese momento en el Gobierno.

El reproche y la orden del proveedor de armas e inteligencia al proxy de detener determinados ataques puede resultar familiar estos días, pero no se ha producido en 2026 ni los ha realizado la Casa Blanca trumpista, actualmente acusada de haberse puesto del lado de Rusia en la guerra contra Ucrania. “Puede que quienes ahora acusan a Trump de retener a Zelensky para que no ataque las refinerías de petróleo rusas quieran refrescar sus convenientemente selectivas memorias”, escribió Marta Havryshko el domingo en un mensaje en el que adjuntaba una información de Ukrainska Pravda que podría parecer reciente. “Estados Unidos ha pedido a Ucrania que detenga los ataques contra las infraestructuras energéticas rusas”, titulaba el medio ucraniano, que remitía a la información publicada por Financial Times el 22 de marzo de 2024.

Sin una guerra en Oriente Medio, pero temiendo que ocurriera lo que finalmente sucedió en noviembre -una victoria electoral de Donald Trump en una campaña en la que el Partido Republicano acusó al Gobierno de mala gestión económica-, la administración Biden buscaba rebajar la presión sobre la inflación conteniendo los precios de la energía. Por aquel entonces, Ucrania no tenía aún permiso para utilizar misiles de fabricación occidental en territorio de la Federación Rusa y su capacidad de producción de drones aún no se había convertido en lo que es hoy, por lo que la orden de cese del fuego contra refinerías y otras infraestructuras energéticas rusas no suponía el cambio sustancial que implica ahora. Mucho más contenida, la guerra no se encontraba en la fase completamente desbocada en la que se encuentra actualmente. Centrada en la guerra de desgaste -con ciertos intentos de ofensivas relámpago como la incursión rusa en Járkov y la ucraniana en Kursk-, no había comenzado aún la fase de atrición también en el aire. En aquel momento, Ucrania acató las órdenes, una necesidad objetiva para mantener la multimillonaria asistencia militar que todavía suministraba Estados Unidos a fondo perdido.

Todo cambió en 2025, con la llegada de Donald Trump, su retórica de lograr rápidamente la paz, el cese de la asistencia militar para pasar a lucrarse de una guerra que despreciaba y le provocaba un hastío que en ningún momento ha escondido y la reunión del 28 de febrero, en la que Zelensky fue humillado públicamente frente al presidente y vicepresidente de Estados Unidos. Sin embargo, en su inconsistencia, en pocos meses, Donald Trump pasó de despreciar a Zelesnky a calificarle del “mejor presidente que podría tener Ucrania”, a dar órdenes a los países europeos de cesar las adquisiciones de gas y petróleo ruso y, sobre todo, a colaborar con Kiev en los ataques de larga distancia contra la Federación Rusa. El permiso que Joe Biden, considerado mucho más proucraniano y líder de una administración que fue de la mano de los países europeos en la estrategia de lucha hasta el final en esta guerra común contra Rusia, llegó finalmente de la Casa Blanca Republicana y supuestamente prorrusa.

Las circunstancias han cambiado y los problemas en Oriente Medio, unidos al efecto de los ataques ucranianos, en los que Estados Unidos sigue colaborando con Ucrania, hacen necesaria la circulación del diésel ruso en un mercado global en el que la pérdida de un gran productor incide en los precios de todo el planeta, también de aquellos países capaces de producir suficiente crudo para sus necesidades.

La actual orden estadounidense compromete mucho más a Ucrania, ya que no acatar las exigencias de Estados Unidos ha provocado la ira de Donald Trump, de quien depende que Washington siga aportando la inteligencia necesaria para poder realizar ataques de larga distancia contra Rusia y para disponer de la capacidad de reacción ante los ataques aéreos rusos, y de Elon Musk, dueño de Starlink y, por lo tanto, el hombre que es capaz de desconectar a Ucrania de su herramienta tecnológica y de navegación más importante.

“Todos entienden que debido a la guerra en Oriente Medio, los precios están subiendo. Están aumentando por la guerra en Oriente Medio, el bloqueo del Estrecho de Ormuz. Todos lo entienden. Si queremos hablar con la gente de manera justa, si queremos ser claros, si queremos hablar abiertamente con nuestras naciones, la gente tiene que escuchar la realidad. No juguemos con la gente”, afirmó un enfadado Volodymyr Zelensky en una aparición en uno de los programas políticos del domingo en la cadena estadounidense ABC. Pese a la reafirmación del apoyo de los países europeos y la forma en la que jefes de Estado y de Gobierno se han movilizado para insistir en su defensa de Volodymyr Zelensky, la rapidez con la que el presidente ucraniano ha querido aparecer en un medio de comunicación en el que dirigirse a Donald Trump es un claro indicador de quién manda en esta guerra. La Unión Europea se ha convertido en la principal proveedora y fuente de gran parte de la financiación que sostiene al ejército y al Estado ucraniano, pero necesita a Estados Unidos para sostener la guerra. La actitud que ha seguido estos días Zelensky, exigiendo a Washington, no a Bruselas, Londres, París o Berlín, más sanciones contra Rusia y que “cierre los cielos” ucranianos es una muestra más de que Donald Trump puede permitirse aquello que ni Kaja Kallas, ni Emmanuel Macron ni Friedrich Merz pueden conseguir.

Como era de esperar, el acuerdo Rusia-Estados Unidos para la exportación de diésel y el levantamiento temporal de las sanciones a su venta internacional y la exigencia de cese de los ataques ucranianos contra las refinerías rusas eran la primera parte de lo que Donald Trump anunció ayer: el segundo intento del presidente de Estados Unidos de imponer un alto el fuego energético. Como habían comentado varios medios a lo largo de la semana, Ucrania exigía un alto el fuego más amplio que no se limitara a las infraestructuras energéticas y que incluyera otras infraestructuras críticas, mientras que Rusia demandaba levantamiento de sanciones. El viernes, Donald Trump dio el paso para cumplir la exigencia rusa y ayer anunció una tregua que, de cumplirse, facilitaría la vida de la población civil de Ucrania durante un invierno que se presagiaba aún más duro que el anterior. “Con efecto inmediato, hay una TREGUA ENERGÉTICA en la Guerra entre Rusia y Ucrania. Ambas partes han acordado. ¡No la rompan! Gracias por su atención a este asunto”, afirmó Donald Trump, que no dio ningún detalle sobre qué infraestructuras han de respetar Rusia y Ucrania y tampoco aclaró si, en esta ocasión, al contrario que en su anterior intento de decretar una tregua energética, las partes en conflicto han aceptado los términos o eran conscientes del acuerdo.

“El anuncio del alto el fuego fue una noticia para mí. Pero si los rusos aceptan un alto el fuego energético, Ucrania estará de acuerdo. Si el presidente Trump lo negoció con Putin, por favor díganos cuándo comienza el alto el fuego. Estamos listos y lo aceptaremos”, declaró Volodymyr Zelensky a Barak Ravid, periodista de Axios, uno de los medios de cabecera del trumpismo. Horas antes, en su aparición en ABC, un Zelensky mucho más irritable, había exigido más que el cumplimiento de la tregua por parte de Rusia. “No nos ataquen, no maten a nuestros niños. Dejaremos de atacar su diésel”, había sentenciado Zelensky, aparentemente exigiendo una tregua completa por parte de Rusia a cambio de cesar los ataques ucranianos contra las refinerías rusas. En ocasiones, solo hace falta una llamada telefónica para negar los deseos e imponer la realidad. A veces, ni siquiera se produce esa llamada y es preciso acatar las órdenes publicadas en una red social. El tiempo dirá si esta tregua se parece a la de hace unas semanas, que fue inexistente, a las que durante siete años fueron activamente incumplidas o si es de interés de todas las partes acatar las exigencias de Estados Unidos, país a quien tanto Rusia como Ucrania intentan acercarse para conseguir una mejor situación negociadora.

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