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Batallón Azov, Rusia, Ucrania

Una cárcel ilegal

Ayer, la guerra dio dos imágenes que reflejan a la perfección la crudeza de la situación. Durante el último ataque ruso con drones y misiles, sufrió un impacto un edificio de la ciudad de Zaporozhie en el que Ucrania afirma que se encontraba un centro de distribución de ayuda humanitaria. A lo largo del día, Kiev denunció la muerte de al menos 31 personas, una cifra alarmante teniendo en cuenta el relativamente bajo número de personas asesinadas habitualmente en ataques como el que se produjo ayer. La cantidad de misiles utilizados, las dificultades que sufre Ucrania para derribarlos y la posibilidad de que en un derribo se pueda desviar un proyectil hacia zonas civiles son el recordatorio de que, pese al discurso de paz, la guerra se encuentra en su fase más peligrosa y dramática para la población civil. “La guerra acabará en unos pocos meses”, afirmó ayer Alexander Lukashenko, una persona generalmente bien informada y con canales de comunicación abiertos con Rusia y Estados Unidos.

“Eso es todo. No queda fuerza, y no quedan recursos. Todos están exhaustos. Los recursos en las mentes de las personas se han agotado. Todos están cansados de esta guerra”, añadió el presidente bielorruso. Acierte o no en relación con la voluntad de seguir enviando recursos humanos y materiales a esta guerra que nadie va a poder ganar, ambos bandos disponen de las herramientas para seguir haciéndose daño mutuamente, ya sea con los ataques sistemáticos contra las refinerías rusas o las infraestructuras ucranianas. La guerra seguirá causando muerte y destrucción hasta el último minuto.

Para ello, las partes tendrán que seguir recaudando al máximo para contar con ingresos que emplear en armas e instrucción de las tropas y deberán seguir reclutando hombres que enviar al frente. Con el apoyo prácticamente incondicional de sus aliados, Ucrania es consciente de que la guerra nunca carecerá de armas, pero Kiev ha de ser autosuficiente a la hora de contar con el número de soldados necesario para seguir luchando. Han pasado ya dos meses desde las elecciones legislativas rusas y el Kremlin no ha ordenado la movilización que Zelensky alegaba que se produciría una vez terminados los comicios. Ucrania no ha tenido que ampliar el reclutamiento para compensar la llegada de esos 300.000 soldados que Kiev alegaba que serían enviados al frente, pero las bajas implican la necesidad continua de reponer las filas.

Agotado hace ya varios años el ímpetu nacionalista con el que miles de hombres y algunas mujeres se alistaron voluntariamente para luchar contra el invasor ruso, el recurso de Kiev ha sido siempre el del reclutamiento forzoso que tantas imágenes impactantes ha dejado. Hombres tratando de huir en bicicleta, subiéndose a cualquier coche que pasara por ahí o saltando desde las ventanas y mujeres suplicando que los agentes de reclutamiento no se llevaran a sus maridos, hijos e incluso padres resistiendo por la fuerza han sido una constante a lo largo de toda la guerra. Aunque durante años todos esos vídeos fueron calificados de falsos, fake news, propaganda rusa, nadie a día de hoy duda de que el rechazo al reclutamiento forzoso aumenta significativamente en Ucrania, que sigue prometiendo una reforma de las formas de movilización que nunca acaba de llegar.

La constante necesidad de enviar más hombres a la carnicería en la que se ha convertido el frente, sumada a la conciencia de la reducida esperanza de vida de los soldados de primera línea han provocado una escasez de infantería que Ucrania sigue supliendo a base de busificación. Hace unas semanas, la historiadora ucraniana Marta Havryshko presentaba la resistencia de las mujeres contra las autoridades de la movilización como el principal movimiento pacifista del momento. Pero ni las mujeres ni los grupos organizados que intentan proteger a aquellos hombres que no quieren morir por la patria son capaces de detener gran parte de los procesos de reclutamiento forzoso, por lo que miles de hombres terminan alistados contra su voluntad en un ejército que los utiliza como carne de cañón de una guerra que no tienen prisa por terminar.

Las imágenes que se publicaron ayer en los medios son la consecuencia del caos que provoca la guerra y también del poder que se ha dado a grupos de extrema derecha que ya eran violentos antes del conflicto, pero que actualmente están más organizados y cuentan con la legitimidad que les ha otorgado el Estado ucraniano al normalizar y oficializar su presencia y con las armas que han pagado para ellos los países de la Unión Europea y el Reino Unido.

El lunes por la noche, comenzaba a circular el rumor de que había sido descubierta una cárcel informal de una brigada ucraniana. Por la mañana, las imágenes confirmaban que no se trataba de una noticia falsa de la propaganda rusa y mostraban a un gran grupo de personas tratando de asaltar esa prisión improvisada en un sótano de los alrededores de Kiev. Incluso los medios ucranianos, que han tratado de restar importancia a los hechos, han tenido que admitir que el Primer Cuerpo de la Guardia Nacional de Ucrania -es decir, el Azov liderado por Denis Prokopenko, los héroes de Azovstal- contaban con ese lugar para encerrar a hombres que habían tratado de huir del servicio o habían desertado.

“Disturbios en Ucrania tras descubrir otro campo de tortura dirigido por neonazis para hombres movilizados a la fuerza. Como ha escrito Peter Korotaev, Azov utiliza el archipiélago de campos de tortura para extorsionar dinero a los ucranianos reclutados a la fuerza. Es el chanchullo nazi perfecto: extorsión más guerra”, escribió el periodista estadounidense Mark Ames. Aunque como Maksyn Zhoryn, mano derecha de Andriy Biletsky en el Azov dirigido por el líder blanco, Denis Prokopenko procede del núcleo duro del primer Azov, la División Borodach, cuyo emblema era un totenkopf modificado, la brigada de la Guardia Nacional siempre ha tenido una mejor reputación que la Tercera Brigada de Asalto, teóricamente más politizada. En definitiva, el Azov que los medios han presentado como más liberal y amable sigue utilizando los métodos que los radicales utilizaban en los primeros años de guerra, el secuestro de personas para infligirles el castigo que el grupo viera oportuno.

Mucho queda por investigar sobre esas detenciones -o secuestros-, el conocimiento o connivencia del Estado en esa justicia por su mano ejercida por la extrema derecha o las acusaciones de maltrato o torturas que han realizado tanto personas que formaban parte de la protesta, como algunos medios críticos con el Gobierno. Sin embargo, si los últimos doce años son un indicador, es difícil imaginar una verdadera investigación que pueda poner en jaque a una de las bases sobre las que Ucrania ha sostenido la represión, los batallones de extrema derecha en general y Azov en particular.

La primera reacción apunta en la dirección habitual: restar importancia a los hechos, relativizar lo ocurrido justificándolo con la guerra existencial y sugerir que existe una mano negra detrás de lo ocurrido. Y, en paralelo, Azov movilizó a sus bases para agredir a la prensa y, sobre todo, a quienes intentaban asaltar sus mazmorras para liberar a más de una docena de personas retenidas ahí contra su voluntad y sin que mediara una orden oficial de detención. “Ya se sabe con certeza que los sucesos de ayer en Petropávlovsk-Borshchagovka no se produjeron sin que hubiera influencias. Se identificará y sancionará sin duda a las personas concretas y a los instigadores de estos sucesos y se extraerán conclusiones en el seno de los cuerpos de seguridad. La Fiscalía General y las autoridades competentes ya han puesto en marcha una investigación objetiva”, afirmó Kirilo Budanov, jefe de la Oficina del Presidente, que daba a entender que alguien en la sombra había actuado interesadamente -es difícil no ver ahí una referencia a Rusia- y apelaba a la investigación que realizará la misma Fiscalía que no intentó resolver los casos de Maidan o de Odessa.

“Los acontecimientos de ayer en Petrópavlivska Borshchá hivka son inadmisibles para el Estado y perjudican la unidad de los ucranianos, especialmente ante la amenaza rusa”, había comentado horas antes Budanov, cuya primera reacción era la misma a la que se ha aferrado la prensa: es preferible mirar hacia otro lado y dejar pasar, un ejemplo claro de justicia vigilante a manos de grupos de extrema derecha legitimados por el Estado. “La tensión sobre la movilización forzada es efectivamente efervescente en Ucrania; ignorar o negar eso es estar desconectado de la realidad. Sería así en cualquier país que esté pasando por lo que Ucrania está pasando, si ese país pudiera siquiera resistir una guerra rusa el tiempo suficiente para llegar a este punto”, escribió al inicio de un largo hilo de justificación de los hechos Francis Farrell, periodista de The Kiyv Independent, que añadía que era preciso tener en cuenta los matices del contexto. “La razón principal es el fracaso del Estado en afrontar la cuestión de la movilización, hablar abiertamente con la sociedad y reformar el proceso de principio a fin. El vacío dejado es lo que el ejército llena de manera improvisada con la llamada busificación y puntos de retención como este”, admitía -y justificaba- abiertamente.

“Todo esto es música para los oídos de Rusia y haya jugado el Kremlin un papel activo en la puesta en escena y en el avivamiento de este choque o no, las voces tradicionales favorables a la rendición de Ucrania ya lo están amplificando como un reloj”, añadía el periodista, apuntando con un mismo dardo al enemigo externo, Rusia, y al interno, cualquier persona que no defienda la guerra hasta el final, con su muerte masiva y sótanos de detención ilegal. En el fondo, la realidad no importa, solo importan las percepciones. Preguntarse por qué un grupo blanqueado durante doce años por un Estado que lo ha utilizado para ejercer la represión cuenta con lugares de detención ilegal para encerrar a hombres que no quieren luchar en la guerra es un detalle menos importante que demonizar a Rusia por tener una ocasión más para condenar a grupos como Azov.

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