“En cuanto a nuestras reuniones con la parte americana – esperamos reunirnos y estamos listos para reunirnos en Ucrania o en Europa. Si quieren reunirse en América, que nos inviten. Estamos listos para negociar en cualquier lugar, y estamos preparados para cualquier formato: trilateral, bilateral, cuadrilateral, cinco+ – no importa. Lo que importa es la paz”, afirmó el sábado ante la prensa Volodymyr Zelensky, que también dio órdenes a los países europeos, a los que insistió en que “necesitan tener su propia infraestructura y su propia vía para las negociaciones con Rusia. Necesitamos explorar todas las vías posibles para detener la guerra”. Con este tipo de declaraciones, el presidente ucraniano busca desde noviembre de 2025 negar que sea un obstáculo para la paz. La paz es lo importante y todo ha de supeditarse a ese objetivo. Sin embargo, la definición de paz de los países europeos y Ucrania es sospechosamente similar a la de la palabra victoria y generalmente viene acompañada de una serie de condicionantes que niegan el mantra de que Kiev ha ofrecido a Rusia un “alto el fuego incondicional”. Justo antes de pronunciar esas palabras en las que se ofrece a reunirse con Vladimir Putin en cualquier tipo de formato -una fórmula tan similar al Formato Normandía que Rusia, conocedora de que un encuentro sin trabajo técnico y diplomático previo es solo un acto propagandístico, no va a aceptar fácilmente-, el presidente ucraniano afirmó que “la vía de negociación americana continuará. Confiamos en que ejerzan más presión sobre Putin, no sobre nosotros”.
En esas palabras, Ucrania deja claro qué entiende por negociación: pactar con sus aliados unos términos que posteriormente deben imponer sobre Rusia a base de amenazas y coacción. Los últimos dos años muestran que esa vía es la misma que aspiran a utilizar los países europeos para conseguir una resolución lo más favorable posible a Ucrania. Frente al trumpismo, que en su profundo desconocimiento de la realidad de la guerra, de las formas de la diplomacia y del mínimo decoro de tratar de esconder su voluntad de hacer negocio mientras supuestamente se negocia la paz, los países europeos exigen que la estrategia de incentivos y amenazas que puso en marcha Estados Unidos en marzo de 2025 dirija la coacción contra Rusia y que todos los alicientes se ofrezcan a Kiev. Esa fue también la primera idea de Washington, que tras una primera toma de contacto, en la que pudo comprobar lo obvio, que ninguna de las partes iba a renunciar de partida a ninguna de sus exigencias en nombre del Nobel de la Paz de Donald Trump, ha pasado meses imponiendo sanciones contra Rusia y ayudando a Ucrania a dañar o destruir refinerías rusas.
“Putin se siente vencedor gracias a las sanciones, al acuerdo sobre el gasóleo y, después, lo de Starlink”, se quejó ayer en una aparición mediática el presidente ucraniano que, como sus socios europeos, no ha parado de condenar el intento estadounidense de dar a Rusia un incentivo económico para lograr una negociación a tres que realmente nunca ha comenzado. El estado de asombro en el que se encuentra el presidente ucraniano parte de un doble error: no haber comprendido aún que el estatus de Ucrania no es el de aliado sino el de proxy y no querer ver que es mucho más sencillo presionar a un país dependiente que a uno soberano. Estados Unidos y la UE han sancionado prácticamente todo el comercio con Rusia y han amenazado a los clientes de la energía rusa, sector que más ingresos da a las arcas rusas. Tras una veintena de paquetes de sanciones y no conseguir hacer estallar la economía rusa ni haber desestabilizado internamente el país para que sus élites obliguen al Kremlin a ceder, la opinión del bloque atlantista se ha partido en dos entre quienes desde el continente europeo abogan por seguir haciendo lo mismo que hasta ahora esperando un resultado diferente, un pensamiento mágico que implica la continuación de la guerra hasta el infinito, y quienes en Estados Unidos han optado por utilizar la zanahoria de las perspectivas de negocio. Esa fue, desde el principio, la lógica de la idea de pausar ciertas sanciones contra la energía rusa y del acuerdo de exportación de diésel, que debía actuar como incentivo para que Moscú aceptara la tregua energética decretada por Donald Trump que, en su anuncio, convirtió una orden en un acuerdo para el que ninguno de los dos países en liza había sido consultado.
Al contrario que en el primero unas semanas antes, este nuevo intento de tregua energética contaba con más incentivos para Kiev y Moscú. Ucrania, que ya había comenzado a padecer la campaña rusa de invierno contra las infraestructuras energéticas, podría haber logrado un valioso tiempo para, en lugar de acumular daños, poder reparar una parte de su capacidad de producción eléctrica. Moscú, por su parte, habría conseguido algunas concesiones económicas -muy limitadas, ya que el acuerdo de exportación de diésel es modesto- a cambio de renunciar a una de sus armas y abrir la puerta a ampliar la tregua hasta el alto el fuego completo que exigen Ucrania y las capitales europeas como prerrequisito para una futura e incierta negociación política. Hicieron falta muy pocas horas para comprobar que no había voluntad de ninguna de las partes de acatar las órdenes de Donald Trump y, desde la primera noche, Ucrania bombardeó un puerto de exportación de crudo ruso, Rusia bombardeó centrales eléctricas ucranianas y la rueda del ciclo eterno de venganza mutua continuó mientras los presidentes de Estados Unidos y Ucrania intercambiaban reproches públicos y Zelensky daba orden de reanudar los ataques contra refinerías rusas. Mientras tanto, Francia se jactaba de haber abordado un buque de la flota fantasma rusa para retener su carga.
Ayer, Ucrania realizó el mayor ataque contra la ciudad de San Petersburgo, segunda capital europea de Rusia y uno de los lugares clave para la exportación del petróleo y diésel refinado ruso. Utilizando más de mil drones -además de un puñado de misiles Flamingo que fueron derribados en su totalidad-, Ucrania atacó un puente, varios centros logísticos, centros de datos, infraestructuras de almacenamiento de gasolina y diésel y la terminal de petróleo de San Petersburgo, principal centro de exportación de combustible en el mar Báltico, donde fue capaz de provocar uno de esos incendios cuyas fotografías se publican en las portadas de los periódicos. El mensaje es claro y está dirigido a Vladimir Putin, a quien Zelensky le dice que Ucrania está dispuesta a escalar la guerra incluso a pesar de que, como afirma CNN, se hayan acabado prácticamente sus existencias de misiles Patriot para la defensa aérea, y también a Donald Trump, al que vuelve a decirle con hechos que Kiev no va a ceder. El planteamiento de Ucrania pasa por mantener la presión a sus aliados e incluso incrementar las exigencias de financiación a la UE y de armas, inteligencia y presión contra Rusia a Estados Unidos. Todo ello en el contexto de un fuerte endurecimiento de los bombardeos rusos conta la industria ucraniana y sus infraestructuras energéticas y portuarias.
Desde la UE, el apoyo a Ucrania sigue siendo inquebrantable, ya que Kiev y las capitales europeas comparten el planteamiento de seguir luchando hasta poder negociar en posición de superioridad absoluta. Los daños colaterales que se produzcan hasta entonces no solo son irrelevantes, sino que se convierten en argumento para justificar el rearme, la militarización, la exigencia de más apoyo a Ucrania para escalar la guerra y, sobre todo, la histeria prebélica. Ayer, los países bálticos fueron el escenario del último episodio. “La guerra de agresión de Rusia contra Ucrania se está extendiendo al flanco oriental de la OTAN y la UE. Esta mañana, los aviones de combate de la OTAN estacionados en la Base Aérea de Šiauliai despegaron una vez más después de que un objeto no identificado ingresara al espacio aéreo lituano. Lo que parece ser un dron explotó sobre la parte norte del país, representando un peligro para la población civil”, escribió Gitanas Nauseda. No mencionar el origen o propiedad del dron suele ser signo de que no se trata de una aeronave no tripulada enemiga y el hecho de que el presidente de Lituania no mencionara que se trataba de un dron ruso hacía sencillo comprender que había vuelto a ocurrir lo mismo que en ocasiones anteriores en las que Ucrania ha atacado San Petersburgo. “El canal ucraniano «Supernova+» informa que algunos de los drones ucranianos utilizados en el ataque masivo de hoy contra San Petersburgo sobrevolaron el espacio aéreo de Estonia y Letonia. Anteriormente, se emitieron alertas de ataque aéreo en Lituania y Letonia tras informes de vuelos de drones en su espacio aéreo”, escribió AMK Mapping mostrando la trayectoria de los drones, bordeando Bielorrusia y posteriormente adentrándose en el espacio aéreo de los países bálticos con la intención de camuflarlos y dificultar ser derribados por las defensas rusas.
“Lamentamos el incidente ocurrido esta mañana en el espacio aéreo lituano, que pudo haber resultado de la guerra electrónica rusa desviando drones durante una operación contra objetivos militares legítimos en Rusia”, escribió el portavoz del Ministerio de Asuntos Exteriores de Ucrania. “Puede” que se tratara de un desvío de los sistemas de defensa rusos, pero cada vez queda más constancia de que Ucrania hace uso del espacio aéreo de países de la UE y de la OTAN para atacar ciertas zonas de Rusia, siempre sin importarle las consecuencias, tanto en forma de respuesta contra Ucrania como de riesgo de expansión de la guerra.
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