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Economía, Ejército Ucraniano, Estados Unidos, Rusia, Ucrania

Otra maniobra estadounidense

Poco a poco, continúan filtrándose detalles de la reunión mantenida hace una semana en Miami, en la que el trumpismo convocó a Ucrania, Alemania, Francia y el Reino Unido para tratar sus nuevas propuestas para intentar avanzar hacia la paz en Europa. Sin más propuestas que una teoría de la victoria que pasa por continuar apoyando a Ucrania mientras sea necesario, financiando la guerra hasta el infinito con la vaga esperanza de un colapso ruso y con una definición de diplomacia que se reduce a exigir a Moscú la rendición, los países europeos han participado en el proceso liderado por Estados Unidos generalmente ejerciendo una labor de contención para evitar avances que llevarían al escenario más temido: un tratado definitivo en el que Ucrania tuviera que comprometerse por escrito a cruzar algunas de sus líneas rojas -entre las que está aceptar la pérdida de Crimea- y según el cual Rusia volvería a ser aceptaba como un país más en las relaciones internacionales de Occidente. Aunque sin grandes propuestas diplomáticas que aportar al deficiente proceso diplomático de Witkoff y Kushner, el papel de la Unión Europea y el Reino Unido es importante para Washington ya que ellos son los actores a los que la Casa Blanca les ha adjudicado la gestión de la posguerra y hacerse cargo de los costes (aunque no de los beneficios). Esa importancia futura da a las potencias europeas un lugar en la mesa de negociación, con la duda siempre presente de si supone también derecho a voto o incluso a voz.

En el caso de la Unión Europea, la carta de Bruselas es la cuestión en la que Washington no puede permitirse actuar por su cuenta, ya que no tiene el control. Las sanciones han sido siempre el as en la manga de los países europeos, conscientes de que Rusia no va a aceptar de ninguna manera una resolución de la guerra que no implique su levantamiento. Como Ucrania demuestra cada vez que exige que le sean entregados para financiar la guerra, los activos rusos retenidos en la Unión Europea son posiblemente la cuestión más importante. En ella, la Unión Europea domina el territorio, ya que el grueso de esos fondos públicos y privados rusos se encuentra retenido en Euroclear, es decir en Bélgica. Estados Unidos puede minar seriamente el régimen de sanciones contra Rusia -unilateral y, por lo tanto, ilegal en el sentido del derecho internacional- retirando sus medidas coercitivas y, sobre todo, la amenaza de sanciones secundarias. Sin embargo, no puede, sin un acuerdo previo con la Unión Europea, modificar el estatus de los activos rusos retenidos en la UE, unos 270.000 millones de euros que Rusia aspira a recuperar.

“La Comisión Europea, como ya he dicho anteriormente, sigue queriendo confiscar estos activos y devolvérnoslos únicamente después de que paguemos a Ucrania determinadas indemnizaciones. Conseguiremos que nos devuelvan nuestras reservas de oro y divisas; no tengo la más mínima duda al respecto”, comentó recientemente Sergey Lavrov. Sin embargo, Rusia es consciente de que esos activos son una carta de negociación, como quedó demostrado con su inclusión en la propuesta de 28 puntos negociada por Steve Witkoff y Kiril Dmitriev -el más proestadounidense de los negociadores rusos- y en el que una parte de esos activos se utilizaría para la reconstrucción de Ucrania. Al contrario que Rusia, que con su silencio dio muestras de tener la voluntad de aportar a la reconstrucción del país, los países europeos lucharon activamente para que ese punto fuera el primero que se eliminara de la propuesta. Para las capitales europeas y Kiev, los fondos rusos no son una forma de reparaciones de guerra -eso llegará más adelante- sino una forma de financiar la guerra. Esos activos no deben emplearse en recuperar las infraestructuras ucranianas, su industria o viviendas para la población, sino que están pensados para la adquisición de armas.

Esos fondos fueron también protagonistas de la reunión del 9 de octubre, en la que, según cuenta esta semana Financial Times¸ “Estados Unidos propuso que los países europeos descongelen algunos activos soberanos rusos inmovilizados tras la invasión de Moscú a Ucrania y los transfieran a un mecanismo supervisado por Washington”. Los negociadores estadounidenses plantean esta idea como una forma de incentivar la paz, uno más de los muchos planteamientos incomprensibles e inviables de Witkoff y Kushner.

Como era de esperar para cualquier persona que comprenda mínimamente las intenciones y posicionamientos de los diferentes actores implicados directa o indirectamente en la guerra, la propuesta recibió el rechazo de los países europeos durante la propia reunión y también posteriormente, cuando la información se había filtrado ya a los medios. El mismo día que se conoció públicamente la propuesta, el canciller alemán Friedrich Merz se apresuró a declarar que “se trata de activos que están congelados en Europa y que deben seguir congelados en Europa. Este es nuestro asunto y somos nosotros quienes decidimos al respecto”. Evidentemente, los países europeos no van a permitir que se les arrebate a la ligera su mejor carta para influir en la negociación. Y quizá precisamente por ello, por ser una carta de negociación importante de la parte más beligerante de esta negociación, Estados Unidos busca ingenuamente la forma de arrebatársela.

“Se han barajado muchas ideas sobre cómo podrían utilizarse los activos congelados de Moscú tras la guerra, añadió un oficial estadounidense. Oficiales ucranianos que participan en las negociaciones de paz afirmaron que el tema se había debatido con la parte estadounidense en reuniones anteriores”, explicaba Finanacial Times, que añadía que la propuesta “sorprendió a las capitales europeas y a Kiev, lo que ha suscitado dudas sobre las intenciones de Estados Unidos y su enfoque, radicalmente diferente, a la hora de presionar a Moscú para que ponga fin a su invasión de Ucrania”.

La propuesta estadounidense no es difícil de entender si se analiza como el cambio de estrategia que representa el acuerdo Putin-Trump para la exportación de diésel ruso “al mercado americano y mundial”, un primer paso que posiblemente se esté utilizando como prueba piloto para posteriores pactos económicos que vayan levantando gradualmente las sanciones contra Rusia. Contra lo que Donald Trump afirmó en rueda de prensa junto a Vladimir Putin en agosto de 2025, cuando cualquier oportunidad económica estaba supeditada a la paz, estas relaciones se están planteando actualmente como incentivo para ablandar la postura negociadora rusa, rebajar las líneas rojas en las que se ha mantenido Moscú, obligar al Kremlin a aceptar una resolución que no va a satisfacer sus exigencias ni en lo territorial ni en materia de seguridad. En ese sentido hay que leer también la última medida de Estados Unidos, cuyo presidente firmó el viernes por la noche una orden ejecutiva que exime a Rusia de la legislación de sanciones ratificada por Donald Trump hace apenas unas semanas y de la que tanto se alegraron Kiev y las capitales europeas. La Ley Graham queda momentáneamente sin efecto en lo que respecta a Rusia. Todo está encaminado a hacer negocio, conseguir el control de la negociación y conseguir que Moscú rebaje sus exigencias negociadoras utilizando el arma del incentivo económico.

Trasladar los activos de Europa a Estados Unidos no solo supondría arrebatar a la UE una carta de negociación clave que la UE quiere utilizar para endurecer los términos de cualquier futura resolución, sino comenzar a percibir los ingresos que Bruselas ha gestionado hasta ahora y que ha utilizado para financiar a Kiev y para garantizar el préstamo de 90.000 millones con el que creía estar financiando dos años de guerra que finalmente ha sido solo uno. Pero aun así, la preocupación de las capitales europeas no es la pérdida de capacidad negociadora o incluso de los beneficios asociados a los activos retenidos en Euroclear, sino la posibilidad de que Estados Unidos siga adelante por el camino de una apertura a Moscú que no entienden como una forma de dirigir al Kremlin hacia la resolución más favorable a Ucrania -como muestran los términos que se manejan en las últimas propuestas estadounidenses-, sino como el inicio del retorno de Rusia como un país más con el que tratar política y económicamente. Para quienes la paz puede ser más peligrosa que la guerra, lo peligroso no es dejar en manos del trumpismo la negociación de una guerra que no entiende y de la que solo espera seguir lucrándose, sino el riesgo escaso por el momento- de que el proceso dé lugar a un tratado de paz.

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