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Economía, Energia, Estados Unidos, Rusia, Ucrania

El gas, las sanciones y el negocio

“Esperamos que Trump esté de nuestro lado, o al menos en el medio”, afirmó, sonriente, el presidente ucraniano Volodymyr Zelensky en su aparición en Meet the Press, uno de los programas políticos dominicales de la televisión estadounidense, cuya audiencia no solo es la población, sino, sobre todo, el establishment político. En el mismo programa, el secretario del Tesoro de Estados Unidos recordaba a Zelensky que es Ucrania y no Rusia quien recibe de Estados Unidos inteligencia y armas. “Eso es lo que se hace con los aliados”, afirmó Scott Bessent con una respuesta indirecta a palabras como las pronunciadas por el presidente ucraniano, que reflejan el estado de opinión imperante ahora mismo en las élites políticas europeas, que ven una traición en cada paso que no implique imponer más sanciones contra Rusia o incrementar la asistencia militar y económica a Ucrania.

Desde este punto de vista, cualquiera de las actuaciones recientes de Estados Unidos puede presentarse como muestra inequívoca de que Washington ha tomado partido en esta guerra y lo ha hecho en favor de Rusia. Los miles de millones que Estados Unidos ha invertido en la defensa de Ucrania; el acuerdo de minerales, que vincula económicamente a los dos países más allá de la guerra; las armas que Washington sigue vendiendo a los países europeos para su envío a Ucrania o la inteligencia con la que Kiev es capaz de detectar de forma rápida y en tiempo real el lanzamiento de cualquier misil ruso son aspectos irrelevantes en comparación con un acuerdo de exportación de diésel mucho más simbólico que económico.

“El levantamiento de las sanciones continuará. Creo que el acuerdo sobre el diésel y la medida respecto a la Ley Lindsey Graham no son el final de todo esto. Por desgracia”, escribió la semana pasada Volodymyr Zelensky, que quiso utilizar como argumento para el endurecimiento de sanciones al hombre que no dudó en declarar abiertamente a la prensa que Ucrania estaba dispuesta a “luchar hasta el último ucraniano” y que quiso dejar en manos de Estados Unidos la mitad de toda la riqueza natural de Ucrania. “Es lamentable porque todos teníamos un gran respeto por Lindsey. Dedicó su vida a Estados Unidos. Teníamos una excelente relación con él. Y poco antes de la tragedia, Lindsey estuvo en Ucrania. Siempre nos apoyó con mucha fuerza y presionó por tanta asistencia a Ucrania como fuera posible”, se lamentó el presidente ucraniano.

Sin Lindsey Graham, Ucrania y la Unión Europea han perdido un aliado a la hora de actuar de confidente de Donald Trump, un hombre cuya opinión es fácilmente manipulable y al que es relativamente sencillo convencer de planes que podrían acarrear buenos negocios. Al fin y al cabo, fue Lindsey Graham quien convenció al presidente de Estados Unidos de que el subsuelo ucraniano contenía recursos sin explotar por valor de billones, una promesa similar a la que años atrás había hecho en Afganistán, donde el mismo senador también encontró riquezas que resultaron no ser tan lucrativas. Ahora, el temor parece ser que el papel de confidente capaz de mezclar negocios y geopolítica sea Steve Witkoff, posiblemente el más prorruso de los oficiales estadounidenses, cuya negociación con Kiril Dmitriev, presidente del Fondo Ruso de Inversiones Directas, parece limitarse a cuestiones económicas.

Pasos como la pausa temporal de las medidas coercitivas previstas en la Ley Graham, los 60 días que según Marco Rubio va a darse Donald Trump para valorar cómo funciona el levantamiento de ciertas sanciones contra el diésel ruso o la posibilidad de que Washington se haga con los activos extranjeros de Lukoil se ven por los países europeos como evidencias de un acercamiento a Rusia que puede poner contra las cuerdas a Ucrania. Aunque parece evidente que esa actuación busca compaginar la corrupción habitual del trumpismo, que ha hecho de las negociaciones internacionales un vehículo para conseguir negocios para sus principales familias, con el intento de incentivar a Rusia a rebajar sus expectativas negociadoras, algo que no han conseguido casi cinco años de sanciones masivas, los países europeos, Ucrania y la prensa liberal a ambos lados del Atlántico lo consideran una forma de traicionar a Ucrania.

Así ocurrió con el acuerdo del diésel, con la alerta que había lanzado días antes The New York Times, que anticipó acuerdos económicos rusoestadounidenses sin el prerrequisito de la paz, y seguirá ocurriendo si se concretan los nuevos pasos que anuncia el diario neoyorquino. “Un elemento clave del amplio plan de la administración Trump para garantizar la paz en Ucrania es una propuesta que daría un giro radical a años de política energética estadounidense”, advierte The New York Times en un artículo en el que afirma que, según Estados Unidos ha comentado en las negociaciones con sus aliados, “Europa debería volver a comprar más gas ruso, una medida que supondría un gran impulso económico para Moscú y le proporcionaría una renovada influencia en la región”.

La información de The New York Times es coherente con el esbozo de plan de paz publicado hace unos días por David Ignatius en otro de los diarios de referencia estadounidenses, The Washington Post. En dicho artículo, el periodista se refería a cuatro bloques diferenciados -territorio, seguridad, economía, reconstrucción-, en los que el sector energético ruso era el centro de la parte económica de la propuesta. Según Ignatius, el gas y petróleo ruso volverían a fluir en dirección a Europa occidental, con beneficios repartidos entre Rusia y Ucrania, una forma camuflada de reparaciones de guerra de Rusia a Ucrania y también una vía para que Moscú siguiera vendiendo sus materias primas a un precio inferior al del mercado. En el artículo de Ignatius quedaba implícita la posibilidad de que Estados Unidos participara en ese gran negocio de transportar gas ruso a los países europeos. The New York Times lo hace aún más explícito.

“Los responsables europeos que participan en las negociaciones se han mostrado reacios ante esta idea, que echaría por tierra los años de esfuerzos de la Unión Europea, con el respaldo de Washington, por liberarse del gas ruso. Sin embargo, los responsables del Gobierno de Trump consideran que las exportaciones de gas ruso podrían formar parte de un acuerdo de paz, dados los ingresos que reportarían a Ucrania y lo que ellos perciben como el inevitable deseo de los votantes europeos de disponer de energía más barata, según afirmaron estas fuentes, que hablaron sobre asuntos diplomáticos delicados bajo condición de anonimato”, escribe para describir la situación de partida de un continente necesitado de grandes cantidades de energía y en el que no tiene sentido renunciar a comerciar con Rusia siempre que sea de una forma ideológicamente correcta.

“Según fuentes cercanas a las negociaciones, algunos responsables europeos y ucranianos prevén que Estados Unidos intente hacerse con una participación en las exportaciones de gas ruso, lo que supondría que las empresas estadounidenses o el Gobierno se llevarían una parte de los beneficios”, añade The New York Times. Desde que se anunció el acuerdo de exportación de diésel, se han podido ver en las redes sociales memes en los que se muestran mapas sobre el “mal” gas ruso, transportado directamente desde Rusia a Alemania por el Nord Stream, y el “buen” gas ruso, que sale de Rusia y llega a Europa occidental, pero a través de terceros países como India. En ocasiones, la realidad supera a la ficción. “Un inversor estadounidense, Stephen P. Lynch, ha intentado comprar un gasoducto submarino ruso hacia Alemania que fue objeto de sabotaje, el Nord Stream 2, desde el inicio de la administración Biden. En su opinión, el control estadounidense del gasoducto beneficiaría a los intereses de Estados Unidos y a la seguridad europea cuando, tarde o temprano, se restablezca el flujo de gas ruso”, escribe el artículo, que precisa que Lynch no forma parte de las negociaciones, aunque “el Nord Stream también ha surgido en las conversaciones entre Estados Unidos y Rusia”. “Reuters informó este mes de que funcionarios estadounidenses y rusos han debatido la posibilidad de incorporar a un inversor estadounidense a Nord Stream”, continúa The New York Times. Estados Unidos pasaría así de ser el país que luchó contra la construcción del gasoducto prácticamente desde el inicio a actuar de intermediario en busca de lucro pasando por su alegría el día que fue destruido por buzos ucranianos en septiembre de 2022. El futuro no está escrito, pero quizá estemos más cerca de que países como Alemania adquieran gas ruso a través de un intermediario estadounidense.

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