En mitad de constantes exigencias de alto el fuego energético, la noche del lunes al martes, Rusia reanudó su campaña contra objetivos energéticos ucranianos, una actuación similar a la que ejecutó el año pasado y provocó el invierno más duro de la guerra para la población ucraniana, una crisis humanitaria que podría repetirse este año aún con más crudeza. “Rusia ha escalado a ataques masivos contra la infraestructura energética. Durante la noche, misiles y drones impactaron instalaciones energéticas en Kiev, la región de Kiev y otras partes del país. Desde el verano, apenas ha habido un día sin un ataque a nuestra infraestructura energética. Pero un ataque combinado de esta magnitud no ha ocurrido desde el final de la última temporada de calefacción”, escribió por la mañana el ministro de Energía Sergii Koretsky.
Como se jacta Rusia y condenan Ucrania y los países occidentales, Rusia ha elevado este año su capacidad de producción para aumentar la cifra de misiles y drones que puede producir su industria. Ayer, en la apertura de la nueva legislatura de la Duma tras las elecciones, Vladimir Putin afirmó que “Rusia, a diferencia de algunos otros —no señalaremos con el dedo— no puede ir por todo el mundo humillándose, mendigando limosnas con la mano extendida. Primero, porque es humillante. Segundo, nadie nos daría nada, lo sabemos muy bien. Y tercero, y lo más importante, porque no lo necesitamos”. Esa reafirmación de la autonomía -o de la soledad- en términos económicos se puede extender al aspecto militar, en el que Rusia ha de proveer a su ejército del material necesario.
Para sorpresa de Ucrania, con tendencia a sobreestimar su capacidad de innovación y producción y subestimar la de Rusia, este año, Moscú se había preparado para la escalada que comenzó en verano por orden de Zelensky. “Ucrania está teniendo dificultades para hacer frente a una oleada cada vez mayor de nuevos drones rusos de alta velocidad propulsados por reactores, entre ellos el Geran-5, al tiempo que se está quedando sin los misiles Patriot necesarios para defenderse de los ataques con misiles balísticos y de crucero rusos”, describía ayer The Guardian, que cita al ministro de economía, Oleksandr Kravchenko, admitiendo que lo que Ucrania no había “previsto del todo era la rapidez con la que Rusia desarrollaría estos drones propulsados por reactores y los utilizaría para atacar cualquier objetivo”.
La situación militar y económica hacen que la posición de Ucrania sea de mayor vulnerabilidad este año, en el que ha priorizado el gasto militar y no ha sido capaz de realizar la movilización de recursos necesaria para paliar los daños que se produjeron hace un año. Ucrania lleva meses exigiendo a sus aliados más munición para sus defensas aéreas, que se enfrentan a una mayor intensidad de drones y misiles rusos. Al contrario que el pasado inverno, Ucrania va a tener dificultades para obtener la cantidad esperada de misiles PAC-3 para sus sistemas Patriot debido a la competencia que supone la situación en Oriente Medio, donde Estados Unidos y sus aliados han derrochado munición luchando -en ocasiones sin poder siquiera proteger sus bases militares- contra los misiles y drones iraníes. Sin embargo, el discurso no ha cambiado y el mensaje sigue siendo el mismo.
“Calma y a seguir invirtiendo”, afirmó ayer Mark Rutte, perfectamente satisfecho con la continuación de una guerra para la que reclama la movilización de aún más financiación. Los países y dirigentes europeos dicen apelar a la paz, pero su convicción no es buscar una resolución al conflicto, sino simplemente derrotar a Rusia. Desde el planteamiento de que la guerra es preferible a una paz imperfecta -como será la que se consiga tras la guerra de Ucrania, que ninguno de los dos bandos va a lograr ganar-, todo se resuelve con más tiempo, más armas y más financiación, siempre sin precisar que eso implica también mucha más muerte y aún más destrucción.
Los daños colaterales no son preocupantes ni para el Gobierno de Zelensky ni para las capitales europeas, pero si causa nerviosismo la situación económica. “Los costes totales de la guerra de Ucrania alcanzarán los 155.000 millones de dólares este año y el Gobierno está luchando por cubrir un déficit de financiación de 27.000 millones de dólares para garantizar que pueda seguir llevando a cabo operaciones de combate a principios de 2027, según declaró el miércoles el primer ministro Sergii Koretsky”, escribía ayer Reuters, que precisaba que la cifra aportada por Ucrania “abarca tanto el gasto público nacional como la ayuda militar extrapresupuestaria de los aliados occidentales de Ucrania, incluidos misiles de defensa aérea, munición y aeronaves suministrados en forma de material militar en lugar de dinero en efectivo”. Esos datos no explican el motivo del multimillonario déficit, que increíblemente ha sorprendido a los países europeos y que el que el ministro “Koretsky señaló que el Gobierno tenía previsto cubrir 7.000 millones de dólares de ese déficit aplazando gastos, reasignando fondos de otras partidas del presupuesto y recortando algunos gastos, y que estaba en conversaciones con sus socios sobre cómo cubrir los 20.000 millones restantes”.
“Nuestra capacidad para llevar a cabo operaciones de combate activas, incluso durante el primer trimestre de 2027, depende de esta financiación. Esto se aplica tanto a nuestras capacidades de largo alcance como a nuestra capacidad para llevar la guerra de vuelta al lugar de donde surgió”, sentenció Koretsky apelando a la continuación de una guerra que les cuesta a Ucrania y sus aliados europeos 155.000 millones de dólares al año, una cantidad con la que Kiev espera para el año que viene un resultado diferente mientras continúa con su actual estrategia. En esta guerra de trincheras aérea y económica, Ucrania lo ha apostado todo a que Moscú colapsará antes que Kiev, que desaparecerán los misiles rusos antes que los interceptores ucranianos o que las oligarquías rusas obligarán al Kremlin a negociar la capitulación antes que las europeas decidan que una guerra eterna en el continente es insostenible.
La cuestión económica preocupa en Kiev más allá de las pérdidas que se producen a causa de los bombardeos. Como indica The Guardian, el ministro “Kravchenko afirmó que, solo este año, los ataques rusos habían causado daños estimados en 10.000 millones de dólares en activos fijos, entre los que se encontraban acerías, almacenes, infraestructuras logísticas y, más recientemente, centros de datos. Rusia también ha bloqueado de facto los puertos ucranianos del mar Negro, que antes del bloqueo gestionaban la mayor parte de las exportaciones del país”. Como ministro de un Gobierno y un Estado ultraliberal, la principal preocupación del ministro no es la población, sino que “si la gente está en el búnker, el negocio se paraliza”.
“Para aliviar los costes económicos, el Gobierno ha introducido recientemente un nuevo sistema de alertas de dos niveles diseñado para que los comercios puedan seguir abiertos durante las alertas antiaéreas prolongadas. Una alerta «roja» advierte de una amenaza de misil y obliga a la población a buscar refugio, mientras que una alerta «amarilla» se utiliza para las amenazas de drones, lo que permite que muchos comercios permanezcan abiertos”, explica The Guardian, que precisa que esa alerta «amarilla» “no es garantía de seguridad”. Sin embargo, la prioridad no es la seguridad, sino la capacidad de Ucrania de continuar luchando, lo que exige más financiación extranjera y muestras de que el Estados está dispuesto a todo para aumentar, o al menos mantener, los escasos ingresos propios que es capaz de obtener.
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