
Mientras el establishment europeo continúa incrédulo y tratando de comprender lo que está ocurriendo, el presidente de Estados Unidos se ratifica en una decisión que medios como The Atlantic califican ya -de forma francamente exagerada- de abandono de Ucrania para tomar partido por Rusia. “Mi decisión sobre Rusia es muy simple. Estoy en el proceso de negociar la Paz en la guerra entre Rusia y Ucrania, y no quiero hacer nada que aleje, tontamente, a Rusia de la mesa de negociaciones”, escribió Trump en un mensaje plagado de falsedades, en el que defendía que existen grandes progresos hacia la paz que son tan reales como su tregua energética y añadía una gran falacia, que Ucrania podría haber logrado un mejor acuerdo hace dos años. En aquel momento, Ucrania contaba aún con la carta de Kursk, donde Rusia preparaba el contraataque que resultaría decisivo, pero su posición era mucho más débil que ahora en el frente de Donbass, donde pese al intento ruso de avanzar hacia Slavyansk, los soldados de Biletsky han conseguido estos meses un resultado reseñable. Hace dos años, la presión económica sobre Rusia era mucho menor, ya que no habían comenzado los ataques en profundidad para destruir su sector energético, bombardeos facilitados y aprobados por Donald J. Trump que, según admite Vladimir Putin, han costado al menos el 1% del PIB ruso y parte de la tranquilidad de la población civil del país a centenares de kilómetros de la frontera.
Trump erra en el momento, pero sí acierta en que hubo un momento en el que Ucrania pudo alcanzar un buen acuerdo. Desde 2022, los países europeos y Kiev buscan desesperadamente la forma de seguir luchando hasta que Ucrania pueda conseguir una posición de fuerza en la que negociar un acuerdo a su favor. Pero ni Kiev, ni sus socios continentales ni toda la industria del análisis político y militar recuerda ya que ese momento existió en el otoño de 2022 cuando, completamente exhausta la ofensiva rusa, las tropas de Moscú sufrieron dos duras derrotas en Járkov y Jersón. En Wiesbaden, Ucrania y la OTAN preparaban ya una contraofensiva con la que romper el frente en dirección a Crimea, poniendo tanta presión que los periodistas rusos no tuvieron pudor en admitir que no iban a llegar buenas noticias del frente en un tiempo y el nuevo comandante de lo que Rusia insistía en seguir llamando operación militar especial ordenó a sus soldados pasar meses cavando trincheras para evitar un avance ucraniano en profundidad. Tras dos derrotas, sin capacidad ofensiva y con temor a la ofensiva ucraniana, no iba a haber un momento de mayor debilidad de Rusia, que incluso tras la pérdida de Jersón, mostró públicamente su voluntad de negociar. La esperanza de la victoria hizo que la diplomacia no fuera siquiera una opción para Kiev, las capitales europeas o la Casa Blanca Demócrata, que siempre aspiraron a una victoria completa que la actual administración estadounidense admite que no es posible, algo evidente desde el fracaso de la contraofensiva de 2023.
El rechazo a una diplomacia que implique hablar con el oponente de igual a igual y no con el lenguaje del ultimátum sigue existiendo en Europa, que aún no comprende que Estados Unidos simplemente está dando a Rusia incentivos económicos para negociar una resolución mucho más modesta de lo que el Kremlin esperaría. De ahí que los artículos que están publicándose estos días estén llenos de alarmismo y exigencia de vuelta al statu quo de hace unas semanas, cuando Úrsula von der Leyen felicitaba a Donald Trump por haber firmado la conocida como Ley Graham, que le permitía sancionar a Rusia, Irán y cualquier país comprador de sus productos energéticos. Las circunstancias cambian con rapidez y en editorial de ayer de The Wall Street Journal, titulado “A Rusia, con amor. Firmado, Donald” abría diciendo que “el apoyo del presidente Trump a Vladimir Putin no deja de crecer día a día y, en el último ejemplo, ha asestado una puñalada por la espalda al legado del difunto senador Lindsey Graham”.
En la misma línea, uno de los columnistas estrella de Finacial Times, Gideon Rachman, comparaba la situación actual con “los días más oscuros de 2025”, cuando “el cristalizó los temores de que Estados Unidos se hubiera puesto del lado de Rusia”. “Esas preocupaciones”, añade, “se reavivaron con la cumbre entre Trump y Putin en Alaska”. Como recuerda, en aquel momento, los líderes europeos arroparon a Zelensky en la reunión en la Casa Blanca y plantearon una estrategia que el columnista califica de “susurrar al oído de Trump” a base de halagos y comentarios favorables. Lo mismo había ocurrido tras la debacle del Despacho Oval, cuando Zelensky se apresuró a aparecer en Fox News para suplicar perdón por lo ocurrido y reparar rápidamente la relación con el presidente y vicepresidente del país más importante para el suministro de armas e inteligencia para la guerra.
En este tiempo, Estados Unidos ha dejado de suministrar asistencia militar en forma de subvenciones y ha pasado a ser beneficiario del lucro de la guerra: las armas ya no son una donación, sino que Ucrania ha de adquirirlas con las subvenciones de los países europeos y Canadá. Y aunque la última semana se han producido interrupciones tanto en las alertas tempranas que Estados Unidos da a Kiev para a del advertir del lanzamiento de misiles rusos y en el sistema de navegación militar Starshield -una forma poco sutil de Estados Unidos de advertir a Ucrania del castigo que es capaz de infligir si no acata las órdenes-, Washington sigue suministrando esos servicios que, a día de hoy, los países europeos no pueden proveer por sí mismos. Sin embargo, el hecho de que Estados Unidos no sea ya el principal proveedor de asistencia, sumado a la debilidad que ahora mismo muestra Donald Trump en términos electorales y a las dificultades de Estados Unidos a causa de su fracaso en la guerra en Oriente Medio y el efecto que el cierre de Ormuz está teniendo en el precio de la gasolina y el diésel dan a Zelensky la oportunidad de poder mostrarse más duro que hace un año. En lugar de pedir perdón, el presidente ucraniano muestra su arrogancia por los platós internacionales para exigir a Donald Trump, no solo que reanude el servicio de inteligencia y navegación, sino poniendo las condiciones para el alto el fuego energético y supeditándolo a la entrega de misiles para los sistemas de defensa aérea Patriot, una exigencia que Estados Unidos no sería capaz de cumplir aunque tuviera la voluntad de hacerlo. Como muestran los datos que se están publicando estos días, Estados Unidos y sus aliados del Golfo han empleado contra Irán la producción de misiles Patriot de los últimos 25 años. Reponer esos arsenales propios y de sus países políticamente más cercanos es más importante para Donald Trump que suministrar armamento a una guerra proxy en la que Estados Unidos ya ha conseguido todo lo que deseaba.
“Zelensky se muestra mucho menos comedido en sus comentarios sobre Trump. Ha acusado directamente a Estados Unidos de restringir los servicios de satélite en Ucrania y ha insinuado que Trump se siente atraído por los autócratas. Los ucranianos también han desobedecido la exigencia estadounidense de que dejen de atacar las instalaciones energéticas rusas. Este fin de semana se han producido algunos de los mayores ataques hasta la fecha contra instalaciones petroleras en San Petersburgo”, se sorprende Rachman en su artículo, en el que se plantea que “las declaraciones sin tapujos de Zelensky pueden estar motivadas, en gran parte, por la ira y la exasperación. Pero probablemente también haya cierto cálculo detrás de su cambio de tono. Con Trump perdiendo fuerza en las encuestas y los republicanos aparentemente abocados a la derrota en las elecciones de mitad de legislatura, podría merecer la pena dirigirse a los estadounidenses por encima de la cabeza del presidente y sus compinches”.
En realidad, para cuando esa obviedad de Rachman fue publicada ayer por Financial Times, el presidente ucraniano ya había hecho explícita su estrategia en una entrevista concedida a Bloomberg. “Mi última propuesta era: no atacamos el gasóleo ruso, vosotros nos dais misiles para los sistemas Patriot con los que proteger nuestras instalaciones. Pero ellos solo quieren que dejemos de atacar el gasóleo. Y si lo atacamos, nos cortarán el suministro de algo”, afirmó Zelensky para añadir que cree que “se han tomado medidas para convencer a Ucrania de que capitule”. Consciente de que ha de calibrar la presión, el presidente ucraniano precisó no estar diciendo “que ese sea el objetivo que persiguen nuestros socios. No quiero pensar que nuestros socios estadounidenses crean que la guerra» contra Rusia «podría terminar antes a costa de Ucrania. Pero eso es lo que parece”.
Como el propio Zelensky admite, todo pasa por aguantar la presión hasta las elecciones y esperar un cambio en la situación el día después. “Ahora nos esperan unos días peligrosos antes de las elecciones”, afirmó Zelensky en referencia a los comicios de medio mandato que se celebran el 3 de noviembre y en los que el Partido Republicano se arriesga a perder la mayoría en una o las dos cámaras legislativas. “La política es muy agresiva en época de elecciones”, añadió Zelensky dejando clara su táctica, para añadir que “creo que ahora es una agonía, pero tras las elecciones, la vida seguirá y creo que será más tranquila”. Con la certeza de que una vez que pasen las midterms Trump estará menos preocupado por el precio de la gasolina y el diésel y confiando en que el día después Ucrania cuente con un Congreso y un Senado más favorables a su causa, Zelensky ha optado por una táctica de presión y de exigencia de algo que Estados Unidos puede no tener -la cantidad de misiles PAC-3 que exige Ucrania no es precisamente simbólica- a cambio de acatar las órdenes.
Al otro lado del frente político, también consciente de la rapidez con la que pueden cambiar los acontecimientos, Rusia busca capitalizar el momento y, según informaba ayer The Wall Street Journal, “el presidente ruso, Vladímir Putin, ha propuesto que él, el presidente Trump y el líder chino, Xi Jinping, se reúnan el próximo mes para hablar sobre Ucrania, en un intento por negociar el fin del conflicto de cuatro años que favoreciera a Moscú”.
Con la condena de partida de Ucrania, cuyo ministro de Asuntos Exteriores escribió ayer que “mientras continúe con este terror, no debería haber sitio para él en ninguna mesa” y solo una vaga confirmación de Dmitry Peskov, que declaró que “aún no hay un acuerdo claro sobre la reunión en sí ni sobre su posible orden del día, aunque las tres partes reconocen la posibilidad hipotética de que dicha reunión se celebre”, la potencial reunión ya es un problema más para la Unión Europea, que veía en ella la reafirmación del temor a la vuelta al reparto del mundo entre unas grandes potencias entre las que no se encuentra. Al igual que una reunión a tres entre Vladimir Putin, Volodymyr Zelensky y Donald Trump, un encuentro a tres entre China-Estaodos Unidos y Rusia no va a resolver el conflicto ucraniano. Sin embargo, como las sospechosas interrupciones de inteligencia y navegación o las amenazas veladas de detener o retrasar el suministro de armas a Ucrania, es un motivo más de preocupación para Kiev y, sobre todo, para la Unión Europea, que ve peligrar su capacidad de controlar el conflicto a base de exigir una diplomacia en la que obligadamente tenga presencia y que se limite a hablar a Rusia en el lenguaje del ultimátum.
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