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El plan Kushner: Estados Unidos plantea su propuesta de paz en Europa

“Al día siguiente le envié un breve mensaje a Trump. En resumen: «No te desanimes y sigamos adelante». Estados Unidos por sí solo es más grande que los otros 31 aliados juntos. Los estadounidenses son fundamentales para la defensa de Europa y para apoyar a Ucrania en la guerra que le ha declarado Rusia. Realmente no podemos prescindir de ellos”, ha comentado estos días Mark Rutte, el secretario general de la OTAN. Con ello cuenta también Donald Trump, que ha vuelto a insistir en que la paz en Ucrania está a la vuelta de la esquina a pesar de que no se hayan producido negociaciones sustanciales como para poder mantener esa postura. Aun así, el viernes, el presidente de Estados Unidos afirmó que “va a haber un acuerdo. Va a ser un gran acuerdo y va a involucrar más que Ucrania. Incluso podría decir que podría involucrar a toda Europa. Va a ser un gran y hermoso acuerdo. Todos van a estar emocionados”. Su alegría contrasta con la prudencia del resto de partes implicadas, incluido su propio secretario de Estado, que hace apenas unos días recomendó cautela. “No sé si una paz negociada es alcanzable en Ucrania. Eso es lo que estamos tratando de averiguar. Pero no creo que nadie aquí esté diciendo que estamos al borde de un acuerdo negociado”, declaró Marco Rubio tras el primer intento de Trump de instalar en los medios una euforia que recuerda a los episodios en los que el presidente de Estados Unidos anunciaba acuerdos inexistentes que no eran sino el intento de un hombre que sobreestima su poder de dar órdenes a personas que no se encuentran bajo su control.

“La paz debe ser digna y solo entonces podrá ser duradera. Este es uno de nuestros principios clave. Mañana, también habrá reuniones en Bruselas –Estados Unidos, Europa, la OTAN y Ucrania– sobre el paquete de recuperación y las garantías de seguridad. El trabajo se llevará a cabo a nivel de equipo”, escribió Volodymyr Zelensky el pasado martes, anunciando una reunión con sus principales aliados en un mensaje en el que daba a entender que la cumbre de esta próxima semana es algo más que una reunión en la que Rusia y Ucrania planteen sus líneas rojas, perfectamente conocidas por todos los actores implicados. Sin embargo, el discurso ucraniano ha cambiado notablemente desde que Zelensky publicó ese mensaje, una consecuencia de las conclusiones que Estados Unidos parece haber sacado de las conversaciones previas que ha mantenido con Rusia, con Ucrania, con la OTAN y con los países europeos.

“El presidente Trump ha impulsado hoy un importante debate con varios líderes europeos sobre la necesidad de una arquitectura de seguridad europea más amplia que pueda contribuir a crear las condiciones para una paz duradera”, afirmó Jared Kushner, yerno, asesor extraoficial y miembro de la dupla negociadora de Donald Trump, como apertura de un post que ha provocado una oleada de reacciones adversas en el establishment europeo y en Ucrania, que perciben un cambio de posición de Estados Unidos que se aleja peligrosamente de la idea de pactar un alto el fuego con perspectivas futuras de negociación política y se centra en la principal exigencia rusa, una estructura de seguridad europea que la UE ya se ha encargado de rechazar.

La publicación de Kushner es un indicador de la dirección que pueden tomar las negociaciones de la próxima semana, en las que Ucrania contará, como es habitual, con el apoyo de sus aliados, actualmente muy molestos con la forma en la que Estados Unidos está intentando marcar la agenda. Lo que se preveía como una discusión sobre un alto el fuego energético, las exigencias europeas de alto el fuego incondicional impuesto a Rusia, el uso de la línea del frente como base para una futura frontera temporal y de facto y la necesidad de Moscú de aceptar la presencia de tropas de países de la OTAN sobre el terreno como parte de las garantías de seguridad se ha convertido en una cumbre sobre la estructura de seguridad de la Europa del futuro, más allá de la guerra de Ucrania, posiblemente el escenario más temido por Bruselas y una parte importante de los Estados miembros de la UE.

“Partiendo de su liderazgo y de la importante labor realizada esta semana en Bruselas con Ucrania, la OTAN y nuestros socios europeos, Steve Witkoff y yo queríamos compartir algunos de los objetivos que guían nuestras conversaciones en curso”, escribió Kushner para añadir que “durante más de 30 años, Europa y Rusia han luchado por establecer un marco de seguridad sostenible. Décadas de desconfianza, preocupaciones contrapuestas en materia de seguridad y las devastadoras consecuencias de esta guerra hacen que este sea un reto extraordinariamente difícil, pero esencial para una paz duradera”. A la obviedad de las palabras de Kushner, rechazadas por los países europeos, para los que no es aceptable ninguna idea que no parta de la base de condenar a Rusia como único agresor, el yerno de Trump olvida el papel que ha jugado Estados Unidos en esa deriva europea. No fueron solo los países europeos los que abogaron por ampliar la OTAN hacia las fronteras rusas -George Bush insistió en 2008 en aquel documento de la OTAN que declaraba que Ucrania y Georgia serían futuros miembros de la Alianza contra la opinión de países como Alemania- y no fueron solo países europeos los que hicieron estallar por los aires el derecho internacional bombardeando Belgrado. Tampoco en Ucrania fueron solo los países europeos los que fomentaron la ruptura del acuerdo del 21 de febrero de 2014 que dio lugar al golpe de Estado y a la reacción rusa en Crimea, las protestas de Donbass y la decisión ucraniana de resolver por la vía militar un problema político. La responsabilidad de la situación no es solo del Partido Demócrata, en el poder tanto cuando Rusia tomó el control de Crimea como cuando invadió Ucrania, sino también del trumpismo, que para garantizar que la negociación con Moscú no avanzara en absoluto envió como emisario a un hombre de la Fundación John McCain.

Estados Unidos y los países europeos han ido de la mano en lo que respecta a la arquitectura de seguridad continental desde la Guerra Fría y durante las tres décadas posteriores de la caída del muro, la desaparición del Pacto de Varsovia y la creación de un sistema construido contra dos enemigos externos que ni habían mostrado hostilidad ni tenían capacidad de ataque: Rusia e Irán, casualmente los dos enemigos contra los que ahora se combate directa o indirectamente en lo que Kaja Kallas tiende a definir como “la agresión de Rusia y la situación en Oriente Medio”. El alejamiento entre Estados Unidos y el resto de los países de la OTAN -no solo los europeos, sino también Canadá- no se debe a las posturas prorrusas que se asocian al trumpismo, sino en el desinterés por el continente, que hace tres décadas que, pese a ser un gran mercado en el que colocar sus productos y un patio trasero que cuidar para garantizar apoyo geopolítico contra adversarios, ya no es escenario de la lucha de grandes potencias. De ahí que, mientras los países europeos necesitan aferrarse a Estados Unidos y luchan por recuperar una relación normal con Estados Unidos, para Washington la prioridad es la estabilización de la situación y la reducción de riesgos políticos y militares de futuro para poder centrarse en las regiones que verdaderamente importantes: Asia-Pacífico, Oriente Medio y el Ártico además de América Latina.

Los países europeos, tratando aún de aferrarse al mundo de ayer y reacios a admitir su escaso peso en la geopolítica del presente ni o sus malas perspectivas de poder a futuro, prefieren reaccionar a las noticias condenando al trumpismo por su intento de lograr la capitulación ucraniana en lugar de comprender que, en realidad, Estados Unidos solo busca el final de la guerra para dejar de invertir recursos en una región en la que ya ha conseguido todo lo que necesita. Washington se ha garantizado mantener sus bases militares en el continente, importantes a la hora de aventuras imperiales en regiones como Oriente Medio; dispone de un acuerdo de extracción colonial en Ucrania y aspira a hacer lo propio en Rusia; ha impuesto a la UE un acuerdo comercial completamente a su favor y ha creado artificialmente una dependencia energética que quizá pronto dé lugar a que Washington sea el intermediario que se lucre de la venta de gas y petróleo ruso a los países europeos.

“Nuestro objetivo es desarrollar acuerdos prácticos que aborden las preocupaciones en materia de seguridad de todas las partes, reduzcan el riesgo de futuros conflictos y creen un entorno de seguridad más estable y predecible”, escribe Jared Kushner en nombre de Estados Unidos, que parece haber comprendido que la cuestión de seguridad es la clave para desentrañar la resolución del conflicto ucraniano. Resuelto un marco de seguridad, aspectos como el territorial e incluso la reconstrucción y las sanciones serían temas mucho más sencillos de gestionar. El problema para Estados Unidos más allá de la dificultad de llegar a un acuerdo de seguridad en el contexto de una guerra de alta intensidad en la que los dos contendientes siguen teniendo la capacidad de seguir luchando es que solo una de las partes, Rusia, busca una estructura de seguridad europea que haga definitivo y vinculante cualquier acuerdo alcanzado.

El plan estadounidense es tan ambicioso como ingenuo, al no asumir que son sus propios aliados los que van a rechazar el planteamiento al completo. “Estamos estudiando cinco objetivos principales: consultas permanentes en materia de seguridad, comunicaciones fiables en situaciones de crisis, mayor transparencia militar, medidas recíprocas para reducir los riesgos de escalada y un marco duradero para la seguridad y la estabilidad europeas a largo plazo”, explica Kushner para presentar el esbozo de una mínima diplomacia continental basada en la comunicación abierta obviando que eso es precisamente lo que los países europeos tratan de evitar a toda costa. Con la guerra de Ucrania como principal proyecto geopolítico y la derrota de Rusia como objetivo político, la Unión Europea y el Reino Unido han apostado todo a una fractura continental con la que justificar el rearme y en la que basar la fuerza geopolítica que Bruselas aún cree tener .

Aunque con escasos detalles, el negociador estadounidense aporta una serie de planteamientos que pueden entenderse como esbozo del marco en el que Washington pretende que se mueva la diplomacia. “Cualquier acuerdo deberá respetar plenamente la soberanía, la integridad territorial y la independencia en la toma de decisiones de cada nación. Cada país conservará la autoridad sobre su propia seguridad y sus alianzas, y ningún país tendrá derecho de veto sobre las decisiones soberanas de otro. La OTAN seguirá siendo fundamental para la defensa colectiva europea y esta iniciativa se basará en las instituciones y compromisos existentes”, escribe Kushner. Este párrafo es suficiente para observar que, pese al enfado que el post ha causado en Bruselas, Londres y Kiev, el planteamiento estadounidense no cruza las principales líneas rojas. La OTAN, una de las causas de la guerra, sigue presentándose como una de las bases de la defensa colectiva, la mención a la autonomía para elegir alianzas parece eliminar cualquier posibilidad de veto ruso a la expansión de la Alianza -aunque no excluye la posibilidad de que sea la propia Alianza la que rechace futuras ampliaciones, lo que parece ser la zanahoria, posiblemente temporal que Washington pretende ofrecer a Moscú- y la introducción de la integridad territorial apunta a que cualquier arreglo territorial será únicamente de facto. En definitiva, el marco estadounidense cumpliría la exigencia de Ucrania de no reconocer ninguna pérdida territorial y la europea de mantener vivas las esperanzas euroatlánticas de Kiev. En realidad, la única línea roja que cruza el planteamiento de Estados Unidos es la voluntad europea de continuar castigando a Rusia más allá de un futuro alto el fuego y el rechazo absoluto de las capitales europeas de readmitir a Moscú como un interlocutor más en las relaciones internacionales continentales.

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