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Territorios y seguridad: las líneas rojas de Ucrania

Pocos días después de la visita de Steve Witkoff a Europa, fruto de la reafirmación estadounidense en el intento de lograr el final de la guerra -siempre con el claro objetivo de servir sus intereses económicos obteniendo ganancias de Ucrania en forma de minerales, de Rusia con contratos en el sector de la energía y de la Unión Europea en forma de compra de armas-, las partes se posicionan ante el posible inicio de una nueva ronda de contactos técnicos. La tarea será la misma que en ocasiones anteriores: determinar cuáles son los objetivos reales de Kiev y Moscú más allá de la retórica pública y los discursos de sus líderes y tratar de compaginar las exigencias de unos y otros en un mismo documento que pueda negociarse a nivel técnico y político, una tarea que, hasta ahora, ha resultado imposible.

La semana pasada dejó claro que Kiev y Moscú parten de dos documentos fallidos en los que consideran que no obtuvieron lo que se les prometió. Ucrania, manipulando los términos de lo que realmente obtuvo con la firma, quiere evitar otro Memorando de Budapest en el que el apoyo de sus aliados -o socios, como le gusta decir a Zelensky- no sea vinculante. Rusia, que tiene fresca en la memoria la odisea de reuniones periódicas y un sinfín de procesos de alto el fuego sistemáticamente incumplidos en nombre de mantener artificialmente la guerra para no tener que llegar hasta la concesión de unos derechos políticos que Ucrania no estaba dispuesta a otorgar, busca evitar a toda costa cualquier resolución que pueda compararse a los acuerdos de Minsk. En definitiva, el Kremlin busca un acuerdo final en el que se atienda a las cuestiones políticas que causaron el conflicto entre los dos países y que llevó a la guerra, mientras que Bankova busca un tratado que vincule a Kiev y sus aliados occidentales contra Rusia.

En este contexto, el Gobierno de Zelensky comenzó rápidamente su campaña de posicionamiento político para marcar aquello que puede hacerse ante las negociaciones y lo que ha de evitarse a toda costa. “Zelensky afirma que, en las conversaciones trilaterales, Ucrania no abordará la cuestión de las restricciones a sus fuerzas armadas ni la neutralidad impuesta tras la guerra. Kiev lleva mucho tiempo intentando ingresar en la OTAN, a pesar de las reticencias de algunos miembros”, resumía The Guardian la postura del Gobierno ucraniano sin aclarar que esas líneas rojas hacen inviable el proceso de negociación antes de que haya siquiera comenzado. Días antes, el presidente ucraniano había alegado, sin añadir ninguna explicación, ya que no la hay, que incluso para la seguridad de Rusia sería favorable que Ucrania fuera miembro oficial de la OTAN. Siguiendo la tónica de Donald Trump de los argumentos que no se sostienen, esa ha sido la forma con la que Zelensky ha querido volver a poner sobre la mesa la cuestión de la OTAN que, junto a Crimea es la principal línea roja de Rusia. La estrategia de Zelensky es plantear un objetivo maximalista como punto de partida y dificultar así el avance del planteamiento de territorio para Rusia y seguridad para Ucrania que sigue siendo la principal línea del trabajo de la mediación estadounidense.

Como escribían la semana pasada medios ucranianos como The New Voice of Ukraine, “Zelensky afirmó que Ucrania está barajando tres opciones principales: adherirse a la OTAN, recibir garantías de seguridad directas de Estados Unidos basadas en el artículo 5 de la OTAN y obtener un apoyo equivalente de la Coalición Europea de Voluntarios”. Las opciones que plantea Ucrania se limitan así a la adhesión de iure a la OTAN o a diferentes formas de pertenencia de facto, dos escenarios que Rusia siempre ha dejado claro que no puede aceptar.

Estos días, Zelensky ha planteado también la postura ucraniana en otras dos materias importantes: el aspecto territorial y la cuestión de las sanciones. “No quiero que nos encontremos en una reunión con Putin sin herramientas, sin sanciones, sin dinero ni sin activos congelados. Porque entonces, como dijo el señor Trump, realmente no tendríamos demasiadas cartas en nuestra baraja”, afirmó el presidente ucraniano en una reciente entrevista para la televisión ucraniana. Como han dejado claro desde el principio, las negociaciones han de ser un foro en el que los aliados de Kiev presionen a Moscú para ceder en las principales exigencias de Ucrania, por lo que las sanciones son la mejor arma a su disposición. Sin embargo, las palabras de Zelensky van un paso más allá y han de entenderse en el marco de la campaña de recaudación de otros 70.000 millones de euros para sostener la guerra otro año más (financiación sumada al crédito de 90.000 millones de euros concedida a principios de 2026 y que debía durar dos años) y también del temor ucraniano a que Estados Unidos levante progresivamente el régimen de sanciones contra Rusia, rompiendo así la unidad atlantista que hasta ahora había sido el origen de la capacidad ucraniana para obtener de sus aliados prácticamente todo lo que les ha exigido.

“No querría que nos acercáramos a una reunión de los tres líderes –Ucrania, Estados Unidos y Rusia– habiendo levantado todas las sanciones a la Federación Rusa. Este es un punto importante. Las sanciones se impusieron por agresión, no por la oportunidad de tener una charla. Así que si decimos que este es el fin de la guerra, hay un cierto orden para levantar las sanciones. Se lo dije a la delegación estadounidense porque tengo esta sensación desde hace bastante tiempo: cuando hablamos de la lealtad de Rusia, no deberíamos comprarla a ese precio. Porque sin sanciones, podríamos encontrarnos en un diálogo trilateral donde aún no sabemos qué pasará después, pero las sanciones ya se habrán levantado. ¿Y quién tendrá la fuerza que tuvimos al principio de la guerra para imponer todas esas sanciones de nuevo?”, afirmó Zelensky sin comprender que el levantamiento de sanciones, que siempre conlleva la amenaza implícita de su reimposición de forma incluso más dura, es una herramienta quizá más útil que las medidas coercitivas en sí, especialmente si no han conseguido ninguno de los objetivos militares que aspiraban a lograr.

Zelensky quiere llegar a una reunión a tres en posición de fuerza, algo que solo puede conseguir con un acuerdo con sus socios en el que sean ellos quienes impongan como líneas rojas aquellos puntos en los que Ucrania no está dispuesta a ceder independiente de la situación militar, de la continuación eterna de la guerra, el riesgo de escalada o la exigencia de financiación y sostenimiento del Estado ucraniano que implica para los países europeos,. En este sentido, son significativas las declaraciones del presidente ucraniano marcando cuáles son los puntos que está dispuesto a negociar y cuáles no. “Nuestras garantías de seguridad son nuestras garantías de seguridad. No pueden ser dictadas por la parte rusa. Las restricciones a nuestro ejército y la neutralidad de Ucrania no están en discusión”, afirmó Zelensky retirando de la mesa de negociación la principal exigencia rusa, la neutralidad, un aspecto en el que los negociadores estadounidenses parecen estar de acuerdo con Moscú. Con la intención de marcar una clara línea directa entre el acuerdo de garantías de seguridad de sus aliados y la cuestión territorial, Zelensky utilizó esa introducción para pasar a la cuestión de las fronteras.

“El tema territorial es una línea roja que solo puede discutirse a nivel de líderes. Los estadounidenses hace tiempo que plantean el tema del intercambio de territorios, lo llaman “intercambios de tierras”. También hay otros formatos y propuestas para la discusión. Todos deben entenderlo. Primero, no estamos intercambiando nada por nada. Estamos listos para discusiones. Si se trata del tema territorial, entonces debe discutirse a nivel de líderes. Otros temas, a nivel de grupos técnicos. Así que todo esto puede discutirse en noviembre”, afirmó Zelensky con su sutil forma de presentar una negociación en la que Ucrania obtenga de Estados Unidos, la Unión Europea y la OTAN el encaje de seguridad permanente y vinculante que busca desde hace una década -y para el que siempre estuvo dispuesta a sufrir una guerra si ese era el resultado final- y ofrezca una vaga negociación futura entre presidentes para sellar la cuestión territorial, que no puede resolverse con ningún intercambio (Ucrania perdió hace mucho tiempo la carta de Kursk), sino con la aceptación de facto de la línea del frente como línea de separación temporal. La sombra de Minsk, el momento en el que Ucrania se vio más cómoda, manteniendo una guerra de baja intensidad que justificaba su deriva política, pero que no implicaba ninguna concesión, se cierne nuevamente sobre las negociaciones de noviembre.

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