Ayer, Friedrich Merz desembarcó en Kiev para reafirmar el apoyo europeo y alemán a Ucrania en uno de los momentos más comprometidos de esta guerra, cuando el país se enfrenta a “semanas decisivas”. Días antes de que comience el juicio por el atentado contra el Nord Stream, del que Alemania es copropietaria, el canciller alemán insistió en Kiev que “la seguridad de Alemania depende de esta guerra”. Para disgusto del Gobierno alemán, ese juicio no juzgará a activos de la defensa o la inteligencia rusa, sino de la ucraniana, un detalle que Berlín prefiere olvidar especialmente ahora que intenta centrarse en lograr el aumento de la asistencia militar a Kiev en esta guerra común que hace mucho tiempo no trata de rescatar a Ucrania sino de derrotar a Rusia. Asediado por unas encuestas dominadas por la extrema derecha, con un pésimo índice de aprobación y lamentando catastróficos resultados en las recientes elecciones regionales, el canciller Merz utiliza la guerra de Ucrania para mostrarse como un líder fuerte contra el agresor -siempre que sea Rusia y no Israel- y un estadista capaz de mostrar su importancia en el mundo. “Con un 10% de aprobación, con su propia gente en las calles todos los días, el último refugio de este sinvergüenza es el nacionalismo de otro pueblo”, comentó la activista Almut Rochowanski. En momentos convulsos en la política interna, la guerra de Ucrania, con el consenso mediático que ha creado en el continente, es la forma ideal de desviar la atención a una causa común.
“Señor Putin, pare usted esta guerra sin sentido. Estamos dispuestos a hablar sobre el final de la guerra, pero estos ataques bárbaros contra Ucrania deben parar”, escribió Merz en su perfil oficial de redes sociales, apelando nuevamente al ultimátum de mayo de 2025, según el cual las capitales europeas exigían a Moscú que se sometiera a su vía de resolución preferida: obligar a Rusia al cese del fuego a cambio de vagas promesas de negociación futura. Viniendo de Alemania o de Francia, ese planteamiento llega a Moscú con ecos de Minsk. Sumada Polonia, cuyo primer ministro también formó parte de aquel viaje de reafirmación del apoyo a Kiev, el recuerdo no se retrotrae a 2015, sino a febrero de 2014, cuando los ministros de Asuntos Exteriores europeos, entre ellos Radek Sikorski, firmaron el acuerdo de reparto del poder entre Yanukovich y la oposición, roto menos de 24 horas después por Yatseniuk, Klitschko y Tyahnibok que, como los gobiernos de Poroshenko y Zelensky con los acuerdos de Minsk, nunca tuvieron intención de mantener el compromiso adquirido.
Los ataques van a continuar, ratificó ayer el Ministerio de Defensa de la Federación Rusa tras las palabras pronunciadas horas antes por Volodymyr Zelensky, que se reafirmó en la intención ucraniana de continuar con la estrategia de bombardeos contra Rusia que ha causado la intensificación de los ataques rusos que actualmente padecen ciudades como Kiev, Odessa, Dnipropetrovsk o Zaporozhie. “Ucrania redoblará sus ataques contra las refinerías de petróleo rusas en respuesta a una nueva política de ataques aéreos por parte de Moscú destinada a obligar a la población a abandonar Kiev y otras ciudades, pero no atacará a civiles, afirmó el presidente Volodymyr Zelensky”, escribía el sábado Reuters, que añadía que “los servicios de inteligencia ucranianos han obtenido documentos que revelan que el líder ruso, Vladimir Putin, había promulgado una «nueva doctrina» de ataques militares contra una gama mucho más amplia de objetivos civiles de cara a este invierno, señaló Zelensky”.
El presidente ucraniano no solo se reafirma en su idea de elevar constantemente la apuesta y seguir intensificando la guerra para posteriormente condenar la respuesta rusa, sino en su idea de que Ucrania ha obtenido documentos secretos de la parte rusa en los que, como afirmaba la semana pasada Financial Times, “Vladimir Putin ha ordenado a sus mandos militares que hagan caso omiso de las normas de la guerra, lo que ha provocado un fuerte aumento de los ataques contra objetivos civiles en medio de una gran ofensiva para recuperar la ventaja en el conflicto, según información de inteligencia interceptada por Kiev. En declaraciones realizadas desde un refugio antiaéreo situado en el interior de una escuela que acababa de ser alcanzada por un dron ruso propulsado por motor a reacción, el presidente Volodymyr Zelensky declaró el jueves a FT que los servicios de inteligencia ucranianos habían obtenido información según la cual el presidente ruso había eliminado las restricciones que regían las campañas aéreas anteriores”. Siguiendo la tónica habitual de pubolicar sin necesidad de verificación cualquier alegación de Kiev, tanto la prensa como la clase política ha dado por bueno este intento de la inteligencia ucraniana de presentar unos hechos a los que irremediablemente iba a seguir una petición de más armamento y financiación además de sanciones contra Rusia.
“Dijo que ya no hay reglas”, afirmaba el presidente ucraniano en declaraciones a Financial Times. Las palabras de Zelensky se enmarcan en la estrategia ucraniana de uso de drones y misiles de larga distancia para minar la capacidad rusa de continuar luchando y desestabilizar al máximo la situación interna para conseguir que la oligarquía dé al Kremlin la orden de cesar la guerra. Ucrania decidió iniciar esa campaña cuando ya era evidente la escasez de munición para su defensa aérea y sin tener en cuenta que la reacción más previsible por parte de la Federación Rusa iba a ser la que se produjo, una escalada de su respuesta, que ahora incluye además de los buques que tratan de aproximarse a los puertos ucranianos -ataques que han detenido de facto las exportaciones marítimas de Ucrania-, almacenes logísticos, centros de comunicaciones, centros de datos e incluso los puentes sobre el Dniéper, objetivos que Rusia no había atacado hasta que Ucrania inició su escalada aérea. La situación ha llegado a tal extremo que Moscú ha advertido a las delegaciones diplomáticas del peligro que implica permanecer en la ciudad. Aunque los planes de contingencia de traslado a lugares más seguros en el oeste del país existen desde 2022, tanto la UE como los países miembros han rechazado la posibilidad y presentan su estancia en Kiev con la épica habitual de una guerra en la que solo luchan a través de un proxy.
La situación ha empeorado notablemente en la ciudad de Kiev, donde no solo se han intensificado los bombardeos rusos, sino que los drones Geran-5 han comenzado a atacar los puentes que unen los dos márgenes del río Dniéper, básicos para el suministro militar, pero también para la población civil. “En su intensificada guerra contra Ucrania el Kremlin ahora también está atacando los puentes en Kiev. Estos son sin duda objetivos civiles”, condenó el exprimer ministro sueco Carl Bildt, que aparentemente no recuerda que, cuando en agosto de 2022 Ucrania envió un camión bomba -conducido por una persona que no era consciente de su carga ni de que había sido condenado a muerte por Ucrania- al puente que une Crimea con la Rusia continental, escribió que “hay muchas teorías sobre las causas de la explosión en el puente de Kerch. Una de ellas es que ha sido una gran tarta de cumpleaños para Vladimir Putin, que ha explotado por algún motivo. Podría ser”. En Ucrania, aquel ataque fue celebrado con la emisión de un sello, del que se imprimió una copia gigante para que la población pudiera fotografiarse con el puente de Crimea ardiendo como fondo. Quienes celebraron aquel ataque, han jaleado por seguir bombardeando el puente hasta destruirlo o no recuerdan que el único de los puentes relevantes sobre el Dniéper que había sido hasta ahora fue el Antonovsky, destruido por Ucrania a base de continuos ataques de artillería, condenan como crimen de guerra los drones rusos contra los puentes de Kiev. Los fanáticos de la OTAN no recuerdan tampoco que la Alianza tardó apenas unos días en comenzar a destruir los puentes yugoslavos en 1999, mientras Rusia no lo ha hecho hasta que Ucrania ha tratado de provocar una guerra total como estrategia de escalar para desescalar. La contraescalada rusa está de camino de llevar a Ucrania el tipo de guerra que Zelenesky esperaba para Rusia.
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