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La trama económica, Rusia y la postura estadounidense

“Rusia luchará por cada último pedazo de Donetsk. Incluso una centésima parte por ciento. Esta es la Federación Rusa. No hay nada de qué discutir”, declaró el domingo Dmitry Peskov. El portavoz del Kremlin respondía así tanto a las recientes propuestas estadounidenses publicadas por los medios como a la reafirmación europea de exigencia de cese inmediato del fuego. Como ratificó Friedrich Merz el domingo en Kiev, las capitales europeas y Kiev exigen a Rusia el cese unilateral del fuego para ofrecer una negociación futura sobre la base de las posiciones actuales. Se trata de la misma propuesta que Alemania, Francia, Reino Unido y Polonia plantearon en mayo de 2025 dando 48 horas a Rusia para aceptar y que recibió el inmediato rechazo ruso. En este tiempo, los países europeos no han modificado un ápice su postura y continúan apostando por seguir aumentando la presión sobre Moscú en busca del día en el que el Kremlin tenga que aceptar su propuesta.

Estados Unidos también mantiene gran parte de su postura, que se fundamenta en que esta mala guerra ha de terminar y se busca un incentivo económico para animar a Rusia a buscar un acomodo que posiblemente no fuera muy diferente al que ofrecen los países europeos. En agosto de 2025, en la extraña comparecencia conjunta de Vladimir Putin y Donald Trump en Anchorage, Alaska, en la que la cara del presidente de Estados Unidos no sugería que se hubiera llegado a ningún tipo de entendimiento como posteriormente alegó el Kremlin, Donald Trump destacó las grandes posibilidades de negocios conjuntos que esperaban a Rusia y Estados Unidos, algo que, sin embargo, tendría que esperar al final de la guerra. Las iniciativas que se han publicado estos últimos días indican que la Casa Blanca estaría dispuesta a reiniciar esas relaciones económicas sin necesidad de esperar al final de la guerra y utilizar esa reanudación como incentivo para ablandar la postura rusa con respecto a la resolución política de la guerra de Ucrania.

Hasta ahora, Estados Unidos se ha mantenido firme alegando que la paz está cerca e incluso en momentos como el actual, cuando la guerra abierta parece más probable que un acuerdo, insiste en que el acuerdo depende únicamente de pequeños detalles como el estatus de Donetsk. Todo lo demás, al menos según la narrativa de Donald Trump, ya estaría claro. Entre esos detalles se encuentra, no solo el estatus de infraestructuras tan importantes como la central nuclear de Zaporozhie, sino el acomodo de seguridad, la posibilidad de despliegue de una misión armada de los países europeos, qué ocurrirá con los activos rusos retenidos en Occidente, la futura relación Rusia- Unión Europea, la cuestión de la OTAN o el futuro de las sanciones contra Rusia. Ni siquiera durante las conversaciones de Estambul, cuando Rusia y Ucrania negociaban aspectos tan concretos como las limitaciones del número de tanques que tendría el ejército ucraniano, los dos países han estado cerca de alcanzar un principio de acuerdo sobre el que sostener una futura paz. Sin embargo, Estados Unidos no pierde la esperanza de dar a su líder el premio Nobel que exige desde hace varios años ni de conseguir una paz relativamente sencilla en un conflicto cuya complejidad ni siquiera aspira a comprender. La última propuesta es muestra de ello: un intento de lanzar a Rusia el cebo de los negocios para sus élites para conseguir así que Rusia rebaje sus exigencias territoriales, las mismas que el Kremlin ya se ha encargado de reafirmar.

El planteamiento estadounidense, en realidad una trama más de enriquecimiento de empresas afines al trumpismo o directamente ligadas al movimiento MAGA, pasa por un primer paso de la adquisición de las filiales extranjeras de Lukoil, una operación que tiene que ser aprobada por el Kremlin. La carta de Estados Unidos no es solo económica, sino la posibilidad de que esas relaciones puedan ser el inicio de una normalización política hacia el levantamiento de sanciones o la reintegración en las relaciones internacionales de Occidente.

El ejemplo, como Estados Unidos ha dejado caer, es el de Bielorrusia, a quien Estados Unidos comienza a levantar selectivamente algunas medidas coercitivas impuestas a raíz de la invasión rusa de Ucrania, que han afectado al país vecino a pesar de no haber contribuido a la guerra con tropas. El hecho de que una parte de los convoyes rusos que avanzaron sobre Kiev lo hiciera desde Bielorrusia ha sido suficiente para que se imponga al país las mismas medidas que a Rusia, desde la desconexión del sistema internacional de pago SWIFT a la expulsión de sus deportistas de las competiciones internacionales por equipos o la prohibición del uso de su bandera e himno en los casos de atletas que sí pudieran participar en los diferentes torneos. El caso bielorruso es representativo también del tipo de sanciones que Estados Unidos está dispuesto a levantar: aquellas que le benefician económicamente, ya que, de esa forma, consigue un trato de favor en la adquisición de mercancías que necesita obtener. Como ha ocurrido también en otras negociaciones, en las que siempre se ha dado el componente de lucro del trumpismo, el objetivo de Estados Unidos es, ante todo, adquirir activos a precio de ganga con la vaga promesa de ampliar en un futuro las relaciones económicas entre los dos países. Y, sin embargo, sospechosos habituales más centrados en insistir en la guerra hasta el final como única salida posible, ven en esta trama de beneficio económico del trumpismo una trampa rusa.

“La última maniobra de Putin para lograr que Trump se ablande en los términos para poner fin a la invasión rusa de Ucrania es sobornar a personas cercanas a Trump con un jugoso acuerdo petrolero”, escribió Ken Roth, exdirector de Amnistía Internacional, dándole la vuelta a toda la propuesta, que no busca ablandar la postura estadounidense, sino la rusa. “Esto va mucho más allá de cualquier «conflicto de intereses» habitual. Putin está ofreciendo un soborno y ya ha conseguido un resultado: la política actual de Estados Unidos, que consiste en guardar silencio y negarse a ayudar a Ucrania, incluso mientras aumenta el terrorismo ruso y crecen las víctimas civiles”, añadió, respondiendo al mismo artículo, la columnista de The Atlantic, cuya pareja es el ministro de Asuntos Exteriores de Polonia Radek Sikorski, y que ha hecho carrera a base de ejercer de portavoz del sector de los halcones más radicales. Todo es una trama rusa con la que Vladimir Putin pretende engañar a Donald Trump. Incluso aunque Rusia haya rechazado este planteamiento como base sobre la que sustentar un futuro diálogo político para la resolución de la guerra en Ucrania. Imponer esa falacia exige también manipular la realidad e insistir en que Estados Unidos ha abandonado a Ucrania, un argumento fácil de desmontar con datos en lugar de ideología. “No es correcto decir que Estados Unidos se niega a ayudar a Ucrania”, escribió Jennifer Kavanagh, del think-tank Defense Priorities, que enumeró las formas en las que Washington apoya activamente a Kiev: “la asistencia militar sigue fluyendo hacia Ucrania bajo contratos USAI firmados bajo el mandato de Biden y fondos asignados por el Congreso en 2026-2027 . Estados Unidos está proporcionando asistencia de inteligencia, de blancos y logística que permiten los ataques profundos de Ucrania. Estados Unidos continúa vendiendo armas a través de PURL. Ucrania tiene acceso subsidiado a Starlink”. “El valor de esta asistencia es probablemente alrededor de 20.000 millones de dólares al año, algo que difícilmente puede considerarse negar ayuda a Ucrania”, sentenció Kavanagh. Nada es suficiente para el sector más radical de las y los halcones atlantistas a uno y otro lado del océano, que esperan que Ucrania luche por cada palmo de Donbass, Crimea y quizá incluso más allá.

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