El pasado sábado, Financial Times publicaba un extenso reportaje presentado casi como un thriller de espías de la Guerra Fría en el que tres personas aparentemente sin poder y sin grandes vínculos entre ellas se unían para salvar al mundo. “En uno de los momentos de mayor tensión en la invasión rusa de Ucrania, dos estadounidenses se unieron a un ex espía de la RDA para detener una guerra nuclear. Solo necesitaban decírselo a Putin”, escribió en las redes sociales Max Seddon, autor del artículo, que lo definía como “una de las historias más extraordinarias que he reportado jamás”.
El artículo presenta a tres hombres que, contra todo pronóstico, consiguen rescatar al mundo cuando el apocalipsis nuclear se cernía sobre Europa, una épica narrada desde prácticamente la primera semana tras la invasión rusa de Ucrania. “En la madrugada del 3 de marzo de 2022, Richard Conn, un abogado de Weston (Connecticut), recibió una llamada desde Moscú en la que se le advertía de que el mundo estaba al borde de una guerra nuclear”, afirma Max Seddon para abrir el artículo con un peligro difícil de creer. Habían pasado diez días desde el momento en el que los primeros tanques rusos cruzaron la frontera rusoucraniana en diversas direcciones -Kiev, Járkov, Jersón, Zaporozhie, Mariupol- y los avances de las tropas de Moscú eran evidentes incluso aunque Rusia estuviera ya atrapada en las trincheras de los alrededores de la capital. Rusia destruía objetivos militares con relativa facilidad y faltaban meses para que los misiles rusos comenzaran la campaña de destrucción de las infraestructuras de distribución eléctrica.
En marzo de 2022, igual que en septiembre cuando un periodista de la CNN insiste en que la opción nuclear estuvo seriamente sobre la mesa, Rusia seguía disponiendo de opciones para escalar la guerra sin llegar al umbral nuclear. Sin embargo, la capacidad occidental de presentar a todos sus oponentes -Kim Jong Un en la República Popular de Corea, Ali Jameneí en Irán o Vladimir Putin en Rusia- como personajes dignos de cómic, hombres simples e irracionales capaces del mal más absoluto, ha provocado que el temor nuclear haya sido siempre un argumento utilizado contra Rusia, generalmente de forma retrospectiva. Así ocurrió en 2024, cuando Jim Sciutto publicó el libro en el que hablaba del peligro de que Rusia hubiera utilizado unas armas nucleares que nunca estuvo a punto de utilizar y ocurre ahora con narrativas como la que presenta Financial Times.
Aun así, contra toda evidencia, Financial Times presenta un relato de tres personas actuando de forma frenética para evitar algo que, en realidad, nunca estuvo a punto de pasar. La historia comienza con una llamada de Moscú recibida por el Richard Conn. “«Esto supone una amenaza existencial para nosotros», le dijo la persona que llamó a Conn. «Sabemos que Estados Unidos está intentando destruirnos». Putin estaba dispuesto a utilizar armas nucleares tácticas en Ucrania para ganar la guerra, insistió. Estados Unidos tenía que darse cuenta de ello. «Estáis abocando a la Tercera Guerra Mundial a base de meteduras de pata», afirmó. Conn sabía que el ruso tenía contactos de alto nivel en el Kremlin y nunca lo había oído tan alterado. El empresario dijo que estaba corriendo un gran riesgo simplemente por hablar con Conn”, explica Seddon, que posteriormente narra la búsqueda de la persona que debía encargarse de comunicar a Vladimir Putin el riesgo nuclear que corría el mundo, una trama absolutamente increíble teniendo en cuenta que el presidente ruso siempre ha sido una voz moderada en lo que respecta al uso nuclear.
“«Recuerdo que tuvimos una conversación sobre quiénes de nuestro entorno mantenían contacto habitual con Putin, y la lista era muy corta», afirma Michael McFaul, embajador de Estados Unidos en Rusia durante la presidencia de Barack Obama. «Eran Henry Kissinger, [el entonces director ejecutivo de Exxon] Rex Tillerson y Steven Seagal. Matthias estaría en lo más alto de esa lista»”, escribe Seddon para presentar al tercer protagonista, Mathias Warnig, un exespía de la Stasi que trabajó con Vladimir Putin en la República Democrática Alemana y con quien había mantenido el contacto a lo largo de los años. Un abogado estadounidense, un misterioso empresario ruso y un amigo expía del bloque socialista quedaron encargados de convencer a Vladimir Putin de no hacer algo que no había ningún indicio de que fuera a hacer, pero que ahora resulta suficientemente intrigante como para un thriller convertido en reportaje. Y, sin embargo, toda la épica se reduce a los viajes secretos de los protagonistas para entregar un mensaje a Vladimir Putin. Según Seddon, el mensaje entregado a Conn para su posterior transmisión al presidente ruso decía: “Estados Unidos no busca un cambio de régimen. No intentamos destruir a Rusia. No existe ninguna amenaza existencial. Intentamos apoyar el orden internacional y a la ONU. Queremos la paz”.
La verdadera historia de esta trama: la paz que pudo haberse negociado
Es ahí donde termina la épica y empieza la parte que, aunque secundaria para la trama, es mucho más relevante a la hora de analizar el conflicto. En la reunión posterior a la entrega del mensaje, Warnig «leyó en voz alta la respuesta de Putin, que tenía anotada en su cuaderno. «No tengo más remedio que llevar a cabo operaciones militares». Pero, según leyó Warnig, «estoy muy abierto a las negociaciones. Quiero hablar de soluciones. Quiero la paz para Ucrania». Las conversaciones de Estambul, que fracasaron en abril, podrían ser el punto de partida para las negociaciones». El artículo continúa con la lectura del resto del mensaje de Vladimir Putin. “«Necesitamos resolver esto. Quiero que la solución dure cien años», leyó Warnig. «Si no hay otra opción, seguiré adelante, sabiendo que será doloroso. Pero no puedo dar marcha atrás y estoy dispuesto a luchar». Putin quería que EE. UU. iniciara negociaciones al más alto nivel: Jake Sullivan, asesor de seguridad nacional de Estados Unidos, debería llamar a Ushakov, su homólogo ruso”, añade Seddon. La conclusión de la reunión y de toda la trama es la respuesta que Warrig da a los interlocutores estadounidenses a la pregunta de si el peligro nuclear ha pasado. “Estamos bien”, responde el exespía de esta trama en la que todas las partes tienen la sensación de haber evitado un peligro que nunca estuvo ahí. Rusia siempre, incluso ahora que se han cruzado casi todas las líneas rojas, ha contado con posibilidades de escalar la guerra sin llegar al umbral nuclear, que solo sería una opción en caso de que la integridad del Estado estuviera en peligro. En otras palabras, la opción nuclear solo sería preocupante en caso de que Ucrania se aproximara a poner en peligro el control de una región estratégica para Rusia, por ejemplo, Crimea.
En realidad, la parte más importante del mensaje de Putin no es la cuestión nuclear, la única que interesaba al Gobierno de Estados Unidos, que inmediatamente dejó de estar interesado en esta diplomacia, sino la voluntad de negociación y la necesidad de buscar una resolución concluyente y duradera, algo que sí se corresponde con la actuación rusa durante todo este conflicto. Rusia negoció con Ucrania en septiembre de 2014 y febrero de 2015, cuando la RPD y la RPL avanzaban sobre Ucrania; en marzo de 2022, cuando su superioridad era notable; en mayo y junio de ese año, cuando su ofensiva estaba agotándose y estuvo dispuesta a seguir negociando tras la pérdida de Járkov y Jersón, su momento de mayor vulnerabilidad y también el que Ucrania eligió para rechazar la negociación. Porque la segunda parte de la trama narrada por Seddon es la búsqueda de esa negociación y la resolución que debía durar cien años a la que se refería el mensaje de Putin.
Tras semanas de reuniones, la propuesta a la que el grupo llegó era sospechosamente similar al preacuerdo de Estambul. “Rusia se retiraría de gran parte de las regiones que Putin acababa de anexionar, fijando la frontera en el territorio que controlaba en Crimea y en algunas zonas del Donbás antes de la guerra. Ucrania reconocería el control ruso sobre Crimea -un reconocimiento de facto de los hechos sobre el terreno, no un reconocimiento de iure de la soberanía rusa sobre el territorio- y concedería a Rusia libre paso a través de un «puente terrestre» hacia la península. Para garantizar el cumplimiento del alto el fuego, Ucrania recibiría protección de los Estados de la OTAN, y Rusia comenzaría a negociar un acuerdo independiente sobre garantías de seguridad con Estados Unidos”, escribe Seddon, que afirma que los emisarios trasladaron la propuesta a Kiev y a Moscú. “Si podemos llegar a un acuerdo en la frontera y la OTAN, entonces podemos discutir cualquier otra cosa”, respondió Vladimir Putin a su amigo alemán. Pero, como relata Financial Times, “el éxito de Ucrania en el frente había cambiado la ecuación”. Era febrero de 2023 y en Weisbaden ya se llevaba semanas preparando la contraofensiva que iba a romper el frente, poner en peligro el control de Crimea y obligar a Rusia a aceptar un acuerdo que tendría poco que ver con la propuesta de Estambul o la de la trama de espías. Ucrania y Estados Unidos, que siempre han buscado el momento en el que Ucrania podría negociar en posición de fuerza, prefirieron no darse cuenta de que ya lo habían dejado pasar.
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