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Ejército Ucraniano, Mar Negro, Rusia, Ucrania

Peligros en el mar

¿Qué pasará?, se preguntaba la semana pasada un analista en las redes sociales, cuando comprendamos que todas las guerras forman parte de un mismo conflicto. En un mapa, señalaba todo el Sahel (Burkina Faso, Malí, Níger), Chad, Sudán, Sudán del Sur, Etiopía, Somalia, todo Oriente Medio desde Líbano y Siria hasta Afganistán y, desde Turquía, trazaba una línea para incluir a Ucrania. Aunque técnicamente independientes, muchos de los actores relevantes en una parte importante de esos conflictos son recurrentes: Rusia apoya a los gobiernos del Sahel mientras que otros actores como Francia o Ucrania están dispuestos a fomentar incluso a grupos afines a al-Qaeda. En Sudán, a pesar del juego pasado de Wagner con los paramilitares aliados de Emiratos Árabes Unidos y Etiopía, Moscú apoya al Gobierno, aliado de Egipto, con quien también va de la mano en Libia, donde Ucrania lucha del otro lado para tener una posición desde la que atacar buques rusos en el Mediterráneo.

La situación es mucho más clara en Oriente Medio, donde las contradicciones desaparecen y los alineamientos son evidentes: Rusia apoya a Irán frente a la agresión estadounidense, algo en lo que tiene también el apoyo de China, y denuncia la agresión contra Yemen, un país bombardeado por Arabia Saudí, Estados Unidos e Israel con el apoyo tradicional del Reino Unido, la implicación actual de la omnipresente Turquía y posiblemente la futura intervención de Pakistán. Curiosamente, la misma semana en la que Islamabad ha confirmado que el pacto de seguridad mutua con Arabia Saudí y Turquía implica su colaboración con Riad contra los hutíes de Yemen, en un foro de Asia Central liderado por Moscú, Rusia se ha manifestado públicamente a favor de Afganistán en la disputa con Pakistán, que continúa bombardeando el país vecino alegando terrorismo y causando decenas de víctimas civiles. Aunque parece haber iniciado tímidamente ese camino, para Moscú queda solo desmarcarse de Israel, un país con el que ha mantenido relaciones muy estrechas. En Oriente, la República Popular de Corea ha dejado de ser sancionable por el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas ante la protección que Pyongyang tiene de Moscú en virtud de su colaboración con la Federación Rusa en la recuperación de los territorios rusos de Kursk.

En la actual reconfiguración de bloques que se está forjando, no por afinidades ideológicas, sino contra enemigos comunes, Ucrania se ha alineado de forma explícita con Estados Unidos e Israel y sus aliados del Golfo, a los que ha querido salvar de los misiles iraníes vendiéndoles los interceptores que no son capaces de proteger los cielos ucranianos. Lo ha hecho a base de destacar su conflicto con Irán, incluso interviniendo en esa guerra al bombardear un buque iraní que comerciaba con Rusia, y fabricando artificialmente un eje militar y político formado por la Federación Rusa, Irán, Corea del Norte y, en ocasiones, incluso China. Aunque inexistente en estos momentos, este bloque estará cada vez más cerca de gestarse si continúa la presión política, económica y militar contra todos ellos.

Desde su posición de protegido político de la Unión Europea, Zelensky se ha erigido en la vanguardia de la crítica europea a China. “He visto en Ucrania un misil fabricado por Corea del Norte. No he visto ningún misil chino. Pero sé que sus tecnologías llegan a Rusia. La maquinaria que usan proviene de China, probablemente junto con personas inteligentes y tecnologías. No veo a China presionando a Rusia para que detenga la guerra. Nunca vi eso. Tal vez lo hagan durante algunas de sus reuniones bilaterales. No lo sé. Pero creo que tienen una enorme influencia sobre Rusia, especialmente ahora, cuando hay muchas sanciones, la flota sombra y sistemas energéticos y bancarios cortados. Por supuesto, China puede encontrar una manera de empujar a Putin hacia las negociaciones. Estoy seguro, pero no lo han hecho. Y si puedes y no lo haces, ¿es apoyo o no?”, escribió el presidente ucraniano hace unos días para consolidar la idea de que la guerra de Ucrania es, en realidad, parte de un conflicto más amplio que, en ocasiones, Zelensky ya califica de guerra mundial. El objetivo es simple: si la guerra ya es mundial, no hace falta temer su estallido, por lo que sus aliados occidentales deberían abandonar sus precauciones de enfrentarse directamente a Rusia e intervenir más directamente decisivamente en el conflicto.

En este contexto caótico -siempre lo fue, la única diferencia es que actualmente los acontecimientos parecen precipitarse en demasiados lugares al mismo tiempo y con actores comunes en muchos de esos escenarios- con crecientes signos de colapso, el mar ofrece un termómetro para ver una imagen aún más clara del creciente riesgo de conflicto y de las consecuencias económicas del statu quo actual. “Es ilegal bombardear y hundir buques mercantes. Se trata de actos terroristas que Irán está llevando a cabo en el estrecho de Ormuz. Los países de todo el mundo deberían dar un paso al frente y hacer frente a esta situación”, afirmó en abril Marco Rubio, criticando la forma con la que Irán se hizo con el control de Ormuz con el objetivo de condicionar la economía mundial y encarecer para los países agresores y sus aliados la guerra que habían iniciado contra el país persa el 28 de febrero. Las palabras del secretario de Estado de Estados Unidos escondían la hipocresía del país que se jacta abiertamente de sus bombardeos contra lanchas en el Caribe o en el Pacífico, ejerciendo de juez y verdugo, condenando sumariamente a muerte a civiles que, involucrados o no en el tráfico de sustancias, Washington asume que participan en el narcotráfico. Los ataques en el Caribe formaron parte de la preparación para la agresión contra Venezuela, donde el objetivo estadounidense siempre fue explícito: el petróleo. “El botín pertenece a los vencedores”, sentenció desde la tribuna de la Asamblea General de Naciones Unidas Donald Trump, que no pudo imponer, como esperaba, el mismo modelo en Irán, que se resistió y negoció un memorando de entendimiento que Estados Unidos incumplió, condenando Ormuz a un enfrentamiento de baja intensidad que continúa a día de hoy y en el que Irán se defiende atacando un tránsito en el que la parte agresora y sus aliados tratan de recuperar la situación anterior a la guerra mientras bloquean los puertos iraníes, es decir, de la parte agredida.

Normalizado por Estados Unidos el bombardeo de buques y lanchas que no suponían ningún peligro para la flota estadounidense, sin que estos ataques que han causado al menos 239 muertes provocaran condenas de países que se dicen defensores de los derechos humanos, Ucrania adoptó la táctica para reabrir la batalla del mar Negro. Los drones marítimos habían hecho desaparecer ese escenario de la guerra con una batalla en la que Ucrania se había proclamado vencedora. Sin embargo, la ambición y la certeza de que ningún ataque iba a provocar reproche alguno de sus aliados hizo que Kiev decidiera seguir los pasos de su aliado norteamericano para tratar de destruir los buques civiles -primero cargueros de petróleo y posteriormente cualquier tipo de buque- para bloquear así los puertos rusos.

La ambición ucraniana no suele venir acompañada del cálculo de fuerzas de cada una de las partes. Como admitió la semana pasada Vladimir Putin, los ataques con drones y misiles ucranianos han provocado a Rusia la pérdida del 1% de su PIB. Sin embargo, ha sido Ucrania quien más ha sufrido a causa de la respuesta de Moscú que, hasta ahora, no había atacado buques civiles con sus drones o misiles. El intento ucraniano de bloquear sus exportaciones ha acabado por detener de facto el comercio marítimo ucraniano. Los actos de Rusia y Ucrania no solo ponen en peligro la exportación de grano de dos de los principales exportadores, de los que depende la seguridad alimentaria de una parte del Sur Global, sino también el comercio general en el mar Negro, donde el tránsito se ha convertido en una profesión de riesgo mortal. Así pudo comprobarse ayer, con el hundimiento de dos buques en las costas búlgaras.

“Se trata de un ataque inaceptable en la zona económica exclusiva de Bulgaria. Es una violación flagrante del derecho internacional y del derecho marítimo”, condenó el presidente Radev. Sus palabras recibieron el eco del resto de autoridades de la Unión Europea, rápida en las condenas de ataques que pueden achacarse a Rusia, pero silenciosa cuando es Ucrania quien hunde buques civiles o causa la desaparición de marineros inocentes que solo realizaban su trabajo. “La situación en el Mar Negro es cada vez más preocupante. Los buques comerciales –y las tripulaciones inocentes– están siendo atacados, con vidas ya perdidas en el mar. Hoy, dos buques comerciales fueron alcanzados en la zona económica de Bulgaria en el Mar Negro. Esto ocurre solo un día después de que un buque turco que transportaba grano ucraniano fuera golpeado y hundido frente a la costa de Rumanía. Aunque las circunstancias exactas de estos incidentes aún se están estableciendo, los acontecimientos son muy preocupantes. Los ataques a la navegación civil son inaceptables. Expresamos nuestra plena solidaridad con nuestros Estados miembros en el flanco oriental”, escribió von der Leyen.

Horas después, un buque, posiblemente un petrolero, ardía en las costas de Sochi, en la costa sur de la parte rusa del mar Negro, en un acto que, evidentemente, no obtuvo ninguna condena. Los ataques rusos en el mar Negro provocarán “una peligrosa cadena de consecuencias” , declaró el ministro de Asuntos Exteriores de Ucrania, obviando que los ataques rusos son la respuesta a la peligrosa cadena de consecuencias iniciada por Kiev en el mar dentro del ciclo de venganza que amenaza con destruir Ucrania y parte de Rusia.

Generalizado el conflicto y con el control del tránsito y comercio marítimo como objetivo de países en guerra y potencias hegemónicas que buscan imponer su ley, el peligro no se limita al mar Negro, donde se está librando la guerra de mayor intensidad del momento, pero no la única. “Ormuz no está abierto cuando los capitanes de los barcos tienen que ser esencialmente sobornados para hacer el viaje, los buques necesitan protección militar para atravesarlo y los productores de petróleo están pagando costos astronómicos por cada trayecto”, escribió el analista Sina Toosi, que reaccionaba a una información de The Wall Street Journal en la que se afirma que “Los productores de petróleo están desembolsando entre 30 millones y 40 millones de dólares por un viaje de ida y vuelta dentro y fuera de Ormuz. La bonanza de los viajes de ida y vuelta se está filtrando hasta los marineros individuales. Aquellos dispuestos a realizar viajes en zonas de guerra son atraídos con pagos equivalentes a dos o tres veces su salario mensual típico”.

Como en tierra, donde la muerte de miles de personas convive con el lucro que suponen tanto la venta de armas como posiblemente su tráfico a terceros países, en el mar el peligro, en algunos casos de muerte, es la parte oculta de la lucha por el control de posiciones estratégicas y de los flujos comerciales en este mundo en el que la fuerza vence a la negociación como herramienta de proyección de poder.

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