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Ejército Ucraniano, Estados Unidos, Rusia, Ucrania

Proxis y aliados

“Starlink funciona, pero sigue siendo limitado. Escuché en los medios que el presidente de Estados Unidos dijo que hizo una llamada telefónica a Musk o algo por el estilo. Sí, y Starlink funciona, pero nunca dejó de funcionar. El punto es tener velocidad ilimitada, pero sigue siendo limitado”, afirmó Volodymyr Zelensky el viernes en una de las muchas entrevistas que ha concedido estos días. Para entonces, tanto Donald Trump como la propia empresa habían confirmado que se había intervenido para recuperar el servicio completo al que Ucrania accede normalmente. Sin embargo, el presidente de Ucrania ha querido aprovechar el enorme protagonismo que le ha valido esta semana el aparente castigo temporal al que ha sido sometida Ucrania como represalia por la negativa de Zelensky a aceptar la orden de detener los bombardeos contra las infraestructuras petroleras rusas.

Estos días, Kiev ha denunciado que Estados Unidos ha dejado de suministrar inteligencia en tiempo real para conocer los ataques rusos nada más dispararse los misiles, reducido su acceso al sistema de navegación vía satélite Starshield -versión militar de Starlink-, ha retrasado la aprobación las adquisiciones de defensa área ya pagadas y ha amenazado con dejar de vender armas a los países europeos para su posterior envío a Ucrania. En todo ello, Kiev ha visto una intencionalidad clara, obligar a Ucrania a capitular a las exigencias rusas, mientras que Estados Unidos ha negado la amenaza de retener las armas adquiridas y achacado al clima los fallos en el suministro rápido de inteligencias y en los retrasos de Starshield.

A menos de dos semanas de unas elecciones de medio término en las que Donald Trump se juega encontrarse en una situación mucho más comprometida, con un Senado con mayoría Demócrata y un poder legislativo más mordaz a la hora de ejercer la función de checks and balances -control al poder legislativo- que se otorga la Constitución, el presidente ucraniano ha optado por una estrategia mediática agresiva y dirigida contra el presidente de Estados Unidos, y de reproches transmitidos directamente a un enorme grupo de senadoras y senadores capaces de hacer de Ucrania uno de los temas de conflicto de la segunda parte de la legislatura.

El enfado de Donald Trump con Zelensky es evidente, como lo ha sido siempre la mala opinión que el presidente de Estados Unidos tiene de su homólogo ucraniano a raíz del Russiagate de 2016, y los fallos que se han producido estos días son demasiados para poder considerarlos errores sin intención o simples coincidencias. Estados Unidos ha querido demostrar quién está al mando y lo que puede ocurrir si Washington decide que Ucrania no merece los servicios que Washington presta. A la acción de Trump ha seguido la reacción de Zelensky, que tras presionar para recuperar la situación inicial, busca conseguir algo más. Zelensky exige, por ejemplo, que Starlink funcione hasta 300 kilómetros por hora -esta semana ha llegado a desconectarse a más de 160-, ya que esa es la velocidad a la que vuelan los drones a propulsión que Rusia está utilizando actualmente y que los interceptores ucranianos están teniendo tantas dificultades para derribar.

Pero, ante todo, Ucrania exige un trato acorde a la importancia que considera que tiene en lo que respecta a la entrega de misiles para la defensa aérea. En este sentido, la narrativa ucraniana es completa. En primer lugar, Kiev ha denunciado que Pete Hegseth se ha negado firmar la entrega de un paquete de misiles para los sistemas Patriot que los socios de Ucrania ya habían pagado por medio del mecanismo PURL, el gran negocio de venta de armas que es la guerra. Aunque Estados Unidos niega que se esté dando un trato desfavorable a Ucrania o que el secretario de Guerra esté retrasando deliberadamente el envío, el argumento es útil para Zelensky a la hora de presionar a su aliado norteamericano ante los senadores de los que espera una política más dura a partir del 5 de noviembre.

Tanto para exigir un servicio de Starshield más acorde a las necesidades de la guerra como para conseguir más misiles para los sistemas antiaéreos Patriot, el argumento de Kiev es el mismo: la defensa común. “Hay países que no están dispuestos a creer que Rusia sea muy peligrosa para ellos. Consideran que Rusia es peligrosa para Ucrania, para los valores occidentales y quizá para los países bálticos y Polonia. Pero no quieren creer que la guerra pueda llegar a sus propios hogares, a sus familias, a sus países o a sus ciudades… hasta que ocurre”, afirmó Zelensky presentando a Ucrania como el futuro del resto de Europa y el dique de contención de una apisonadora que, de lo contrario, continuaría hacia adelante sin que nadie pudiera hacer nada al respecto. Este discurso carece de realismo y no está basado en ninguna evidencia, pero es lo suficientemente aterrador para exigir un trato de favor a sus aliados, socios y proveedores.

“Durante los primeros días de la guerra en el Medio Oriente, esos países utilizaron alrededor de 2.000 misiles en las primeras 84 horas, misiles que obtuvieron de sus socios. He recibido de nuestro socio estratégico 24 misiles durante los últimos 90 días. No estamos llorando ni gritando, pero esto es muy importante. Solo estoy tratando de decir que cada misil es importante”, se lamentó Zelensky, en cuyo discurso llama la atención el creciente uso de la primera persona del singular. El presidente de Ucrania parece querer personalizar en sí mismo la causa y el país a la hora de exigir a sus aliados el material que considera que merece. Ucrania busca convertir en una ofensa al país el desprecio con el que, en ocasiones, Donald Trump se refiere a su presidente, una forma más de lograr una relación privilegiada con los países occidentales. Sin embargo, en este caso, Ucrania, que está acostumbrada a lograr lo que pide, choca con una realidad que no quiere admitir: la jerarquía que existe entre el centro y la periferia y las fuertes jerarquías que marcan la actuación de los diferentes países en el tablero geopolítico.

“¿Cómo se le ha ocurrido a Zelensky que Estados Unidos antepondría los intereses de Ucrania a los suyos propios? Estados Unidos sigue librando una guerra en Irán, una guerra que Zelensky ha estado apoyando con entusiasmo. Incluso quiso vender a Washington los drones de su amigo Mindich, supuestamente para «proteger las bases estadounidenses» en Oriente Medio”, comentó la historiadora ucraniana Marta Havryshko, que se centraba en la necesidad de Estados Unidos de reponer sus arsenales ante el intenso uso de misiles PAC-3 para derribar drones y misiles iraníes en las dos guerras de agresión que ha librado en el último año contra el país persa. A esa necesidad hay que añadir hacer lo propio con los arsenales de sus aliados del Golfo, tercera región prioritaria para Estados Unidos según su Estrategia de Seguridad Nacional. Ucrania prefiere no entender que su papel no es la de aliado sino la de proxy y que su posición geopolítica no es la de país indispensable en una región prioritaria, sino en la Europa que actualmente se encuentra en cuarto lugar de importancia para Washington por detrás de América Latina, Asia-Pacífico y Oriente Medio.

 “Poner todos los huevos en la misma cesta de una superpotencia no es política exterior. Es una situación de secuestro con material de oficina de mejor calidad”, añadió Havryshko en su crítica a la dependencia absoluta que Ucrania padece de Estados Unidos y que Zelensky ha presentado durante años como el principal activo de Kiev. Sin embargo, sin temor a arriesgar el bienestar de la población, Zelensky ha optado por una estrategia agresiva en la que no teme ofender al presidente del país sin el que Ucrania no podría seguir luchando. La apuesta pasa por un resultado electoral que otorgue más importancia al Congreso, donde es consciente de que cuenta con aliados dispuestos a hacer de Ucrania la causa principal de la segunda parte de la última legislatura de Donald Trump.

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