Las elecciones de medio mandato en Estados Unidos han dejado para la Casa Blanca un escenario aún más pesimista que el que presagiaban las encuestas. Las encuestadoras, alegaba Trump, dan datos falsos y siempre subestiman al trumpismo, por lo que no había que creer tampoco los ínfimos índices de popularidad del presidente, una persona maltratada por la prensa y la sociología. Solo había que pensar que Donald Trump estaba en la papeleta y salir a votar. “Nuestro voto salió”, admitió tras la debacle JD Vance, pero no votó al Partido Republicano sino al Demócrata, cada vez más parecido a lo que solía ser el partido ahora secuestrado por el trumpismo. El fracaso fue tal que la primera reacción de Donald Trump fue recordar que él no estaba en la papeleta. En tal caso, asegura el presidente, “habríamos ganado fácil”. Todo es simple en el mundo trumpista, que ahora trabaja para posicionarse ante una nueva situación en la que la Casa Blanca no podrá nombrar a su antojo a jueces del Tribunal Supremo para seguir marcando la política estadounidense más allá de 2028 y tendrá que negociar con los Demócratas del Congreso, entre otras cosas, la financiación de sus aventuras exteriores.
La Constitución estadounidense da al presidente amplios poderes, entre los que se encuentra el veto de todo aquello que salga del Congreso, por lo que el Partido Demócrata no podrá aprobar legislación por su cuenta. Las medidas introducidas tras el 11 de septiembre de 2001, que centralizaron el poder y dieron más capacidades al ejecutivo en detrimento del legislativo ayudan aún más a que Donald Trump pueda seguir gobernando por decreto como ha hecho hasta ahora. “Trump ha gobernado en gran medida sin pasar por el Congreso durante los últimos dos años. ¿Por qué debería cambiar eso ahora? La mayor parte del tiempo ha trabajado mediante órdenes ejecutivas, y continuará haciéndolo”, comentó ayer el canciller alemán Friedrich Merz, reflejando las intenciones de Donald Trump que, pese a haber insistido en que será capaz de pactar con la oposición, ha demostrado durante sus años en el cargo que es capaz de buscar vías, en muchos casos de gran autoritarismo, para esquivar las normas e imponer su voluntad.
Sin embargo, la Constitución da al Congreso una potestad importante: declarar la guerra. Es ahí donde puede intervenir con más eficiencia el Partido Demócrata, cuya visión de Irán es similar a la del Partido Republicano, pero que ha renegado de esta guerra fundamentalmente porque no consiguió los resultados esperados con la rapidez con la que habría presagiado el desequilibrio de fuerzas y de presupuestos militares. Ayer, tras conocerse la reunión que mantuvieron el presidente Vladimir Putin y el presidente del Consejo de Seguridad Nacional de Irán, Mohsen Rezaei, el 2 de noviembre, Rusia emitió a su ciudadanía la recomedación de no viajar a Irán, un indicio más de que, pese a que es de sobra conocido que existen conversaciones indirectas entre Irán y Estados Unidos y un esfuerzo regional de Qatar, Arabia Saudí y otros países en busca de un acuerdo, la reanudación de bombardeos estadounidenses a gran escala es una posibilidad real. Cualquier aventura militar requiere de financiación y de paso por el Congreso, algo cada vez más complicado para una Casa Blanca con menor margen de maniobra que hace una semana. Porque incluso aunque la nueva composición de la Cámara de Representantes y el Senado no haya tomado posesión aún, la certeza -mencionada incluso por JD Vance- de que el rechazo a la guerra ha penalizado a Trump es un incentivo para evitar la aprobación de nueva financiación.
Como gran parte del Partido Demócrata e incluso una pequeña parte del Republicano, los países europeos también han renegado de la guerra contra Irán, no necesariamente por el uso ilegal, ilegítimo e injustificado de la fuerza militar, sino por no haber logrado resultados. El continente, expuesto a cualquier alza del precio del combustible, se ha visto perjudicado por esta guerra como lo fue de la anterior, la de Ucrania, aunque en ese caso la respuesta ha sido muy diferente. Con un discurso similar al de Trump, que insiste en que la inflación es un pequeño precio a pagar por evitar que “Irán tenga un arma nuclear” -aunque no haya constancia del intento iraní de construir armas nucleares-, los países europeos ven las dificultades económicas vinculadas a la guerra de Ucrania como un mal menor, una parte de la inversión en la seguridad futura del continente. Guerra, rearme y financiación de Ucrania son la receta de paz a largo plazo que pasa por sostener la batalla mientras sea necesario, algo que requiere de inmensas cantidades de dinero cada vez más difícil de recaudar. “Ucrania es aparentemente el país número 34 más corrupto de 184 países. Los ucranianos necesitan nuestro apoyo, pero 10.000 millones de libras [anuales] es una cantidad enorme mientras se prometen recortes en el bienestar aquí en casa”, comentaba la semana pasada el académico y colaborador del secretario general de Naciones Unidas Ban Ki Moon, Mark Seddon en referencia a al keynesianismo militar en favor de Ucrania y austeridad social impuesta en el Reino Unido y que también se repite en el continente. Cuando se negocia un presupuesto de la Unión Europea con recortes en partidas sociales y de cooperación internacional, la Unión Europea anunció ayer la concesión de más financiación para sostener al Estado y suministrar al ejército. “Agradecido a Úrsula von der Leyen, la Comisión Europea y los Estados miembros de la UE por el desembolso de hoy de 4.360 millones de euros a Ucrania: 3.700 millones de euros en asistencia macrofinanciera y 660 millones de euros en apoyo a la defensa bajo el Préstamo de Apoyo a Ucrania”, escribió Zelensky desde España, donde se encuentra de visita, en referencia al crédito que Ucrania no tiene intención de devolver y que, pese a estar planteado para dos años, Kiev quiere agotar en menos de seis meses. “El dinero se destinará a algunas de las áreas más urgentes en este momento, como fortalecer la resiliencia energética de Ucrania y adquirir drones, guerra electrónica y activos de defensa aérea. Apoyar a Ucrania ahora, de cara al próximo invierno, significa negar a Rusia cualquier esperanza de sumir a Ucrania en un apagón y destruir la vida normal. ¡Gracias, Europa!”, añadió el presidente ucraniano.
La soberanía e independencia de Ucrania se limitan a agradecer los paquetes de asistencia financiera y militar de sus aliados europeos y la europea, a suplicar a Estados Unidos que apoye su guerra contra Rusia de la forma que lo hacía durante los tiempos de Biden, no con exigencias de negociación, diálogo con Moscú y propuestas de levantamientos de sanciones, sino con financiación y donación de armas. Al contrario de lo que ocurre con la guerra de Irán, que gran parte del partido es reticente a financiar, el establishment Demócrata ha hecho de la guerra de Ucrania una de sus causas de lucha, no solo contra Rusia, sino también contra Trump, a quien acusan de haber tomado partido por Vladimir Putin y de favorecer los intereses de un rival y de una autocracia en detrimento de los de un aliado y de una democracia. Esa es la nueva esperanza de la Unión Europea, que siempre ha estado más cómoda en el marco de la guerra que en el de la diplomacia. A apenas seis días de la reunión en la que Estados Unidos aspira a reactivar las negociaciones con Rusia y Ucrania en los Emiratos Árabes Unidos, la líder de la diplomacia comunitaria mostró ayer sus deseos de cooperación con el nuevo poder legislativo estadounidense. “Tanto Europa como Estados Unidos somos mucho más fuertes juntos y [espero que] también transmitamos claramente estos mensajes a Rusia para que, con esta presión, ponga fin a esta guerra”, añadió Kallas, para quien poner fin a la guerra no implica una paz por medio de negociaciones, sino imponiendo sobre Rusia unas condiciones que se no se corresponden con la realidad y que, por lo tanto, requieren de la continuación de la lucha.
Como tan reiteradamente recuerda Zelensky, la batalla requiere de financiación. En la práctica, eso es lo que Kaja Kallas está exigiendo del Congreso de Estados Unidos cuando apela a que “la nueva Cámara de Representantes y el nuevo Senado sigan apoyando a Ucrania y ejerzan más presión sobre Rusia”. En esta guerra, la presión se mide en sanciones y el apoyo, en miles de millones de dólares para el sostenimiento del Estado y para la adquisición de armas, por lo que, con cierta sutileza, lo que Kaja Kallas está exigiendo a congresistas y senadores de Estados Unidos es la aplicación de la Ley Graham que Trump ha puesto en pausa temporalmente y que reanuden la aprobación de financiación para Ucrania, una idea que también ha sugerido estos días Volodymyr Zelensky. “Los demócratas estadounidenses hablan con mucha claridad sobre el apoyo y la ayuda a Ucrania y sobre renovar los lazos entre Estados Unidos y Europa que se perdieron en parte en los últimos años. Sin esa conexión es muy difícil detener a Putin”, afirmó el presidente ucraniano que, como Kallas, sueña también con volver a la normalidad de la unidad atlantista a favor de la guerra. “Si el Congreso de Estados Unidos habla de un fuerte apoyo financiero y de armas para Ucrania, como lo hace Europa ahora, influirá en Putin. Él se preguntará si tiene sentido seguir luchando mientras el apoyo crece”, sentenció el líder ucraniano, sin ninguna necesidad de las sutilezas que utilizan otros jefes de Estado. La gira de recaudación de fondos continúa y Zelensky espera volver a recibir paquetes de ayuda procedentes de Estados Unidos. Aunque cualquier aprobación de fondos podría ser vetada por Donald Trump, la adopción de medidas a favor de Ucrania sería un elemento de presión política al presidente que, en su insistente búsqueda de cada vez más fondos, supone una esperanza para Zelensky.
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