“Rusia no tiene fuerzas para realmente invadir la OTAN”, sentenció en una de las muchas entrevistas concedidas en el marco de la semana de la Asamblea General de Naciones Unidas el prolífico ministro de Asuntos Exteriores de Polonia Radek Sikorski. Sus declaraciones contrastan con la dinámica general de la semana, que se ha centrado en destacar el peligro que corre el continente europeo ante la posibilidad de una invasión rusa. Aunque esta idea reaparece periódicamente en los medios desde 2022, la proliferación de artículos de estos últimos días muestra la generación de una narrativa destinada a aterrorizar a la población con titulares que ni siquiera se corresponden con la información del propio artículo. “Según la inteligencia danesa, Rusia podría atacar a un país de la OTAN en cuestión de meses”, titulaba el 24 de septiembre The Guardian. El medio británico se refería a un informe en el que se afirma que “existe un riesgo bajo, aunque creciente, de que Rusia lance un ataque militar limitado contra uno o varios países de la OTAN que limitan con Rusia”.
La reciente histeria generada por titulares tendenciosos es útil a la hora de justificar medidas de endurecimiento de las sanciones, aumento del gasto militar o nuevas concesiones de financiación a Ucrania. El viernes, Kaja Kallas anunciaba la concesión de otros 6.600 millones de euros a Ucrania, que apenas unas horas antes había exigido de nuevo el adelanto a este año de la entrega de la financiación prevista para 2027 a cargo del crédito de 90.000 millones de euros con los que Ucrania debía sostener la guerra durante dos años. La guerra es cara y el intento ucraniano de endurecer la batalla para destruir la economía rusa ha provocado una respuesta que ha empeorado aún más las dificultades económicas que padece Ucrania, completamente dependiente de la voluntad de sus aliados, sobre todo de la Unión Europea, de seguir financiando la guerra. Según las últimas estimaciones del Kiel Institute, los Estados e instituciones de la Unión Europea han destinado 173.550 millones de euros a asistencia militar a Ucrania desde 2022, una cantidad que nunca es suficiente. Después de más de cuatro años y medio, justificar el aumento del gasto en una guerra que no se puede ganar es más complicado que alegar que Ucrania está ejerciendo la labor de defensa avanzada para evitar una invasión rusa de países de la OTAN o de la UE, un razonamiento que los medios no alcanzan a explicar y que se contradice con las palabras de los ministros de los países supuestamente en peligro, pero que evita que se produzca oposición.
A lo largo de esta semana, los medios han planteado diferentes escenarios posibles sobre qué podría hacer esa Rusia que, a la vez, se encuentra al borde del colapso y a punto de realizar una incursión en países de la OTAN. La inapelable lógica es que, incapaz de lograr sus objetivos en Ucrania, el Kremlin se plantearía lanzar un órdago a la OTAN y a la UE con un ataque lo suficientemente importante como para obligarle a negociar, pero no tan grave como para activar la cláusula de defensa colectiva. Este planteamiento choca con la escasa voluntad de negociación de los países occidentales y especialmente de la OTAN, que en 2021 prefirieron arriesgarse a que se produjera una guerra en Ucrania en lugar de negociar lo que Rusia planteaba, la detención de la expansión de la Alianza hacia las fronteras rusas. Sin embargo, es coherente con el deseo de los países occidentales de mantener la naturaleza proxy de la guerra sin un enfrentamiento directo con Rusia.
En estos años, Rusia ha demostrado que su economía y sus instituciones eran más fuertes de lo que la Unión Europea y Estados Unidos esperaban y ha conseguido resistir a la guerra proxy y al blitz económico de más de una veintena de paquetes de sanciones. Sin embargo, también han quedado claros tanto los límites militares que tiene el que hace mucho tiempo ya no es el segundo ejército del mundo, como su escaso deseo de un choque entre grandes potencias. En ello, la postura del Kremlin es similar a la de Estados Unidos e incluso el Reino Unido, que han restado importancia a incidentes que, en caso de desear escalar hacia un choque directo, habrían sido útiles. El intento ucraniano de presentar como un ataque deliberado ruso la caída de un misil que resultó ser de la defensa aérea ucraniana en Polonia es un buen ejemplo. Con rapidez, Estados Unidos se desmarcó de toda posibilidad de ataque ruso y dejó en evidencia a su proxy ucraniano. La semana pasada, el Reino Unido anunció la muerte de un soldado británico en Ucrania. Sin más explicaciones y sin aceptar preguntas, Londres alegó que la muerte se debió a un accidente de tráfico, un episodio que, en otras circunstancias, habría provocado un cuestionamiento de cuál era su labor en Ucrania y, sobre todo, cuáles fueron las circunstancias reales en las que se produjo el fallecimiento. Tampoco Rusia ha querido insistir en la cuestión, una evidencia más de que no hay deseo de expandir la guerra de Ucrania más allá de esas fronteras o que provoque una lucha directa con los ejércitos occidentales.
Nada de eso va a acallar el ruido mediático de quienes aspiran a elevar la tensión con el objetivo de generar un estado de opinión que normalice la guerra, apoye el rearme y la militarización del continente y defienda la necesidad de luchar contra la principal potencia nuclear del mundo hasta su derrota final. El ejemplo más claro ha sido un extenso artículo publicado esta semana por El Mundo en el que se daba todo tipo de detalles sobre cuál podría ser el plan ruso de ataque a la OTAN. Según el periodista Xavier Colás, que cita como fuentes a la inteligencia lituana y estadounidense, Rusia se plantearía utilizar buques comerciales civiles situados en el mar Mediterráneo y desde los que dispararía drones Gerbera. Según el artículo, la CIA habría advertido de esos planes a los tres países que podrían verse afectados: España, Fracia e Italia. Colás presenta los drones Gerbera como ligeros, capaces de cargar con una muy pequeña carga explosiva, pero con posibilidad de causar incendios dependiendo del objetivo alcanzado. En realidad, Rusia utiliza ese tipo de drones como señuelos con los que saturar las defensas aéreas ucranianas y hacer descender así el porcentaje de interceptación de los proyectiles que sí cuentan con una carga explosiva relevante.
La ignorancia sobre el concepto de guerra híbrida -mezcla de guerra convencional con no convencional según la doctrina occidental y uso de técnicas no militares en el caso de la rusa- hace que los medios adjudiquen esa etiqueta a operaciones claramente militares como la que plantea Colás, que en ningún momento explica la lógica de por qué Rusia se arriesgaría a un enfrentamiento directo con la OTAN, atacando incluso a una potencia nuclear, lanzando señuelos. Nadie explica tampoco el cálculo del Kremlin al pensar, según afirman varios medios, que un ataque limitado no solo no provocaría una respuesta militar, sino que obligaría a la OTAN a negociar. Si la movilización militar masiva que estaba realizando Rusia en el otoño de 2021 y que fue detectada por la CIA y otros servicios de inteligencia occidentales no fue un incentivo para negociar la no expansión de la OTAN hacia el este, ¿cómo van a conseguir ese objetivo unos señuelos disparados contra Francia, Italia o España?
El ruido mediático es útil para mantener el estado de alarma general y justificar la continuación de la guerra sin gran oposición. Sin embargo, ni siquiera los propios países implicados quieren saber nada de tramas que suenan a ciencia ficción. Rusia ha insistido nuevamente en que no tiene intención de atacar ningún país europeo. Rusia siempre ha sido consciente de las implicaciones nucleares de cualquier enfrentamiento directo con la OTAN. Pero quizá lo más relevante es la reacción de los países europeos, cuya prensa destaca prácticamente a diario el peligro de ataque ruso. Dos de los tres países afectados, Italia y Francia, reaccionaron rápidamente al artículo de El Mundo. Primero el ministro de Defensa de Italia y posteriormente el presidente francés negaron que la CIA haya informado a sus países de esa absurda trama.
Las historias sobre intrépidas operaciones rusas contra países de la OTAN conviven en la prensa con declaraciones como las del ministro de Asuntos Exteriores de Polonia, con especulaciones sobre cuándo colapsará finalmente Rusia o información sobre el reciente intento de reanudar la diplomacia para conseguir el final de la guerra. En un entorno mediático en el que todo vale, realidad y ficción conviven sin la mayor dificultad.
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