Horas después de que el mayor ataque aéreo ucraniano contra el territorio de la Federación Rusa consiguiera el premio de mostrar al mundo la imagen de la mayor refinería de la región de Moscú ardiendo el día de las elecciones, Ucrania padeció la respuesta más previsible, un duro bombardeo que se cebó en infraestructuras industriales y portuarias. “Rusia no está retrocediendo en su escalada y está enviando muchas señales de que está lista para expandir la guerra. Todo esto está ocurriendo mientras la estabilidad del mundo ya ha sido destrozada por esta guerra. Debemos seguir presionando al agresor para poner fin a esta guerra. Cada respuesta y cada sanción de largo alcance es parte de la presión que realmente está funcionando, y el mundo lo puede sentir”, escribió por la mañana Zelensky, con el habitual cinismo de calificar de sanciones de largo alcance a los bombardeos ucranianos y escalada a lo que, en realidad, son las represalias rusas por la campaña con la que Kiev aspiraba a destruir la economía rusa y obligar al Kremlin a negociar en posición de debilidad.
En su reacción a los bombardeos rusos, que utiliza como argumento para exigir aún más financiación y munición a sus aliados europeos, Zelensky cree haber encontrado una carta importante que jugar en la única negociación que le interesa: el diálogo con sus aliados, de los que espera que impongan a Rusia las condiciones de alto el fuego. Porque la actuación de Kiev no solo perjudica a Rusia, sino también a su socio más importante, Estados Unidos, que ha decidido que es la causa de uno de sus principales problemas, la inflación. Hace varios meses que las consecuencias de los ataques ucranianos contra las refinerías rusas -daños que se reparan con la mayor rapidez, pero que han reducido la capacidad de refinado de la Federación Rusa- obligaron a Moscú a prohibir la exportación de diésel, un producto que preocupa a Donald Trump debido a su peso en el sector del transporte de carga y, por consiguiente, en el alza de precios. Las elecciones de medio término se acercan y el tema más repetido en la campaña es la crisis del coste de la vida en Estados Unidos, por lo que el trumpismo no puede permitirse llegar a noviembre con la inflación en el estado actual. Es más, Donald Trump ya ha tenido que aceptar que Kevin Warsh, el presidente de la Reserva Federal al que nombró a dedo, entre otras cosas, por ser el yerno de uno de sus principales aliados económicos, haya subido los tipos de interés. El presidente de Estados Unidos llevaba meses exigiendo que se redujeran. Sin embargo, la realidad económica ha obligado a tomar medidas para controlar la inflación, que Trump achaca al precio del diésel. Como en ocasiones anteriores, Donald Trump ve la causa del alza de precios en la guerra de Ucrania.
“Rusia, lamentablemente, ha perdido el control de su industria del gasóleo debido a su guerra con Ucrania. Un gran número de sus refinerías de gasóleo han sido voladas y están, al menos temporalmente, fuera de servicio. Esta ridícula y interminable guerra con Ucrania debe terminar. Todo el mundo sufre mientras 25.000 personas, en su mayoría soldados, están siendo asesinadas cada mes. ¡Qué vergüenza!”, escribió Donald Trump, exagerando las dificultades rusas y ve en Ucrania el motivo del actual precio del diésel, marcado también por su guerra contra Irán.
“Con bastante esfuerzo, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump está intentando atribuir toda la culpa del aumento en los precios del diésel a la guerra entre Ucrania y Rusia. No se equivoca al decir que los ataques de Kiev a las refinerías rusas son parte del problema, aunque se equivoca al señalarlos como todo el problema”, escribió el experto económico de Bloomberg Javier Blas. Como muestran los datos publicados por medios como Financial Times, la subida del precio del diésel comenzó en marzo, coincidiendo con la agresión de Estados Unidos e Israel contra Irán y no con el comienzo de la ofensiva aérea ucraniana contra las refinerías rusas.
“Trump quiere que el diésel ruso vuelva al mercado internacional, pero Ucrania no dejará de atacar las refinerías rusas a menos que Rusia deje de aniquilar su economía. Rusia no hará eso porque le da una ventaja decisiva en la guerra. Ambos bandos están esencialmente obligando a Trump a presionar al otro. Pero solo hay un bando que es críticamente vulnerable a esta presión”, comentó Leonid Ragozin que, desde su postura antiputinista condena la guerra, pero es capaz de ver que esta escalada está resultando catastrófica para el país que la inició, Ucrania.
Tampoco Ucrania, que quiere aprovechar en su beneficio la coyuntura internacional para obtener concesiones de sus aliados, va a renunciar a unos ataques que le están costando su industria y sus exportaciones, daños colaterales que está dispuesta a padecer si eso implica recibir más financiación occidental. Como hace una semana, cuando Donald Trump anunció un acuerdo que no había pactado ni con Kiev ni con Moscú, Zelensky acudió a las redes sociales para plantear sus condiciones para acatar la orden de Donald Trump y conseguir exactamente lo que quiere.
“En este momento, hay un diálogo con el presidente Trump y Estados Unidos. También hay ideas sobre la mesa para acercar la paz, comenzando con pasos fuertes de desescalada. El sector energético de Ucrania, la infraestructura crítica y nuestras exportaciones de alimentos deben dejar de ser objetivos para Rusia, y esto conducirá a pasos de desescalada recíprocos por nuestra parte. Las soluciones son posibles. Estamos listos para trabajar en esto, y lo discutiremos con nuestros socios en los márgenes de la Asamblea General de Naciones Unidas en Nueva York”, escribió Zelensky en un mensaje que cita un post de la Casa Blanca y en el que se jacta de las capacidades ofensivas ucranianas. En su mensaje, el presidente ucraniano plantea las exigencias de Ucrania que sus aliados han de imponer a Moscú: el cese, no solo de los ataques a las infraestructuras energéticas, sino a todas las infraestructuras críticas y de exportación, es decir, todo aquello que Rusia comenzó a atacar sistemática y duramente a raíz de la ofensiva iniciada por Zelensky y el SBU para destruir la capacidad económica rusa. Ucrania creó el problema y ahora que es quien más está sufriendo, trata de aprovecharse de la demagogia de Donald Turmp, que desea bajar el precio del combustible sin admitir que la guerra que esperaba ganar en unos días es la causante de gran parte del problema.
“La naturaleza de la guerra es ahora tal que el agresor también sufrirá. La tecnología hace esto posible. La fortaleza del liderazgo de los países puede —y debe— lograr la desescalada, la seguridad y la paz. ¡Gracias!”, sentenció Zelensky, dejando clara su estrategia: seguir atacando, sean cuales sean las consecuencias para Ucrania, hasta que las potencias mundiales le den lo que exige. En este sentido, Zelensky no solo mira a Washington, a quien ofrece una negociación que es una forma de chantaje, sino también a la segunda potencia mundial, China, a la que no deja de dedicarle reproches. “Es una lástima que China no esté de nuestro lado en esta guerra, políticamente. Ni siquiera se trata de armas. Se trata de voluntad política. Y es una lástima porque esta guerra podría detenerse inmediatamente por líderes fuertes, incluyendo a China”, afirmó Zelensky la semana pasada para volver a exigir a China que obligue a Moscú a detener la guerra.
En el mundo del presidente de Estados Unidos, siempre son otros países los que tienen la culpa de los problemas que él mismo ha causado. Para el líder ucraniano, todos los países tienen que alinearse con el suyo para dar a Ucrania lo que exige.
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