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Armas, Ejército Ucraniano, Rusia, Ucrania

Ataque electoral

Ante el inicio de la semana grande de la diplomacia, la celebración anual de la Asamblea General de Naciones Unidas, Ucrania ha querido llegar al evento mostrando su fortaleza y poniendo en marcha su maquinaria diplomática y militar, todo ello para exigir a cada país del mundo que se involucre a favor de su causa y colaboren en el suministro de las enormes cantidades de financiación que Kiev precisa para seguir escalando la guerra y obligar a Rusia a aceptar un tipo de resolución que detenga la guerra, entienda el frente como frontera de facto y deje para el futuro el conflicto posterior entre los dos países. De esa forma, Ucrania no renunciaría a los territorios perdidos ni tampoco a la adhesión en la OTAN, mientras que exigiría la entrada privilegiada en la Unión Europea. Para esto último, Ucrania tiene dos argumentos: ha luchado en el campo de batalla por ello y es un país europeo, que respeta los valores democráticos de los que la UE presume.

En su intento de diferenciarse de Rusia, un país mucho más parecido a Ucrania de lo que a Kiev le gusta admitir, el discurso de democracia es esencial. En esta guerra que ciertos sectores presentan como una lucha entre la democracia y el autoritarismo -el nosotros contra ellos que también es una forma de decir que luchan un país europeo contra uno asiático, término que históricamente ha sido una referencia a las teorías racistas y supremacistas-, la Rusia dictatorial ha celebrado esta semana elecciones legislativas, mientras que Ucrania insiste en que no es posible celebrar comicios en guerra.

“¿Cómo quieres hacer elecciones? ¿Qué elecciones? ¿Cómo puedes hacer elecciones con los 9 millones de personas que están en el extranjero? Nueve millones. Normalmente, 500.000 personas en el extranjero votaban. ¿Y qué haces con las personas que viven en territorios ocupados? ¿Votarán? ¿Cómo votarán? ¿Quién controlará su voto? Quiero decir, hay soldados rusos allí. ¿Cómo haces todas estas cosas?”, afirmó, en tono exaltado, Volodymyr Zelensky en una entrevista concedida esta semana a la cadena estadounidense CBS, una de las favoritas de Donald Trump, a quien se dirigían esas palabras.

En la democracia de Zelensky, las elecciones son imposibles, no solo por la situación militar -que hacen objetivamente inviables unos comicios en las condiciones actuales- sino por unas circunstancias que no van a cambiar una vez que se desaparezca el escenario militar. Pese a las promesas de crecimiento económico futuro, al margen de cuáles sean las fronteras de la Ucrania de la futura paz, una parte relevante de esa población perdida a la emigración está creando vínculos sociales y económicos en el extranjero y no va a regresar. Tampoco lo hará la población de los territorios que Ucrania califica de “temporalmente ocupados”, una población que Zelensky utiliza como argumento para negar la posibilidad de elecciones a medio e incluso largo plazo, pero que Ucrania nunca ha deseado que vuelva a votar en sus procesos electorales. Es más, durante los años de guerra en Donbass, Kiev trató de restringir el voto incluso de la población de la parte de Donbass bajo su control.

En el sistema democrático de la Ucrania europea se dan también los mismos problemas que Kiev denuncia en las elecciones rusas, como la prohibición de partidos políticos que no defienden los valores adecuados. Desde hace más de una década, Ucrania ha trabajado activamente para eliminar, primero a la izquierda y después a cualquier partido que no se ciña a los preceptos nacionalistas de Maidan. Y aun así, Zelensky se ha permitido una campaña mediática de deslegitimación absoluta de las elecciones legislativas que Rusia ha celebrado este fin de semana y en las que nadie esperaba sorpresas. Esas elecciones eran, según el presidente ucraniano, falsas, una farsa que solo buscaba dar una imagen de normalidad que Ucrania lleva tiempo intentando destruir. La estrategia ucraniana no es solo deslegitimar las instituciones rusas, sino llevar la guerra a la puerta de la población rusa como ya lo hiciera en 2014 con la población de Donbass.

Ayer, el último día de las elecciones rusas, que se celebran a lo largo de tres días, Ucrania realizó su acto final para crear una imagen disruptiva lo más cercana posible a Moscú. Según las autoridades rusas, Ucrania utilizó una cantidad récord de 1.600 drones, 450 de ellos contra la región de Moscú -que bordea la capital sin incluirla-, donde se produjeron los impactos más graves. Kiev utilizó sus misiles de largo alcance y especialmente sus drones, mucho más difíciles de derribar por las defensas aéreas, preparadas para destruir misiles, pero que sufren cuando se ven saturadas por enormes cantidades de drones. El principal éxito del día fueron los impactos contra una de las principales refinerías de la región, una prueba más de que el acuerdo de tregua energética que Donald Trump anunció hace una semana siempre fue una farsa del presidente de Estados Unidos, que parece pensar que su palabra es ley y que los acuerdos no requieren de negociación. Las imágenes de satélite que muestran el antes y después del ataque ucraniano contradicen en triunfalista discurso ucraniano, ya que puede percibirse que los daños no son tan graves como Ucrania se jactaba por la mañana al ver los incendios provocados.

“Nuestras respuestas de largo alcance tuvieron un impacto muy significativo en la región de Moscú anoche. Una de las instalaciones clave de la industria petrolera de Rusia y la instalación logística del agresor fueron alcanzadas”, escribió Zelensky en un mensaje que termina con el habitual “gloria a Ucrania”, el grito de OUN, que olvida los daños que ha sufrido Ucrania en los bombardeos rusos y en el que no se da importancia a cuáles serán las consecuencias de la previsible respuesta rusa. Los daños colaterales son un aspecto que Kiev parece considerar de menor importancia y que el Gobierno de Zelensky está dispuesto a explotar para su beneficio. Una de las grandes exigencias de Ucrania en todas y cada una de las reuniones que mantenga su presidente en Nueva York será recibir enormes cantidades de munición para su defensa aérea, presentándose como una víctima que lucha sola contra todo un imperio. Lo hará pese a que, en las últimas horas, la Unión Europea haya confirmado la entrega de otros 3.300 millones de euros para la guerra y que Estados Unidos haya anunciado la venta de un enorme paquete de material para las defensas aéreas de Ucrania.

“El Departamento de Estado de Estados Unidos ha tomado la decisión de aprobar una posible venta militar al extranjero al Gobierno de Ucrania para la adquisición de mejoras en el desarrollo de la defensa aérea y de equipos y servicios relacionados. El coste total estimado asciende a 2.68 mil millones de dólares”, anunció el viernes el Departamento de Estado, que precisa que Ucrania financiará la compra “mediante una combinación de contribuciones europeas y fondos del Programa de Financiación Militar al Extranjero (FMF) de Estados Unidos asignados durante la administración anterior”. En otras palabras, la venta al Gobierno de Ucrania se realizará a costa de los fondos europeos y el remanente de los fondos aprobados en la fase final de la presidencia de Joe Biden. “La financiación militar al extranjero (FMF) se contabilizará como una aportación de capital de Estados Unidos al Fondo de Inversión para la Reconstrucción de Ucrania mediante un reembolso de 1:1”, añade el Departamento de Estado en referencia al fondo creado para que Estados Unidos capitalice los beneficios del acuerdo de minerales firmado entre Washington y Kiev el año pasado.

La imagen de ayer, un espectacular incendio el día que Rusia aspiraba a mostrar que su Estado y sus instituciones siguen funcionando al margen de la guerra, es el golpe mediático con el que Kiev quería iniciar una semana en la que para su delegación, diplomacia será exigir más armas a sus socios y demandar más sanciones para Rusia. Las consecuencias que esta nueva escalada tengan para la población civil de Ucrania no parecen ser un factor a tener en cuenta para el Gobierno ucraniano.

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