Como Estado que acoge la sede principal de Naciones Unidas, Estados Unidos ha vuelto a abusar de su poder para negar visados a, entre otros representantes, la Autoridad Palestina -pese a que Mahmud Abbas ha aceptado todas y cada una de las propuestas de Donald Trump, incluida la Junta de Paz-, el viceministro de Asuntos Exteriores de la Federación Rusa o gran parte del equipo del presidente de Irán, Massoud Pezeshkian, que ha viajado a Nueva York pese a la guerra de agresión de la que el presidente norteamericano se jactó desde la tribuna. En una de las muchas contradicciones del evento, y del mundo en general, Abbas Araghchi, ministro de Asuntos Exteriores de Irán, ha solicitado seguridad a Estados Unidos, el país que ha llegado a amenazarle de muerte si no aceptaba el acuerdo que se le presentaba. Ese abuso de poder que Estados Unidos ejerce en la diplomacia es el reflejo de su actuación en la política internacional, en la que dice ser un actor de paz por medio de la fuerza, pero se enorgullece de sus guerras y dice haber renunciado a luchar por la hegemonía, pero se congratula de su capacidad de controlar países, recursos o flujos comerciales.
Su administración, alegó Trump, está “modelando el escenario mundial, resolviendo problemas. Tenemos muy poco tiempo para que este mundo sea más seguro y próspero y, como presidente del país más extraordinario del mundo, no quiero que los problemas se enconen. Mientras otros hablan de paz, yo he hecho la paz; mientras otros ignoraban las amenazas, yo las he enfrentado. Estamos resolviendo problemas pendientes de hace muchos años, como el del patrocinador número uno del terrorismo, Irán. Han gobernado de manera sangrienta, eran los matones de Oriente Medio, pero ya no. He sido inquebrantable”. Haciendo de la agresión virtud y del imperialismo libertad, el presidente de Estados Unidos sentenció, dando un ejemplo de cómo habría sido Naciones Unidas si hubiera existido en el siglo XIX, que “el botín corresponde a los vencedores”.
El momento en el que Donald Trump subió a la tribuna más importante de la diplomacia para decir que “yo actué mientras los demás solo hablaban” es especialmente importante. En América Latina, Estados Unidos está de camino a controlar gran parte del continente para aislar a los dos premios gordos: México y Brasil. Lo ha hecho por la vía de la agresión militar y el secuestro de su presidente en Venezuela; el bloqueo y una guerra económica cada vez más parecida a un sitio en Cuba y la injerencia electoral en defensa de candidatos y gobiernos de extrema derecha que definen el término soberanía de la misma forma que Marco Rubio. “Existe el derecho a permanecer como una nación soberana. Queremos permanecer como una nación soberana y vosotros también deberíais hacerlo”, sentencia el secretario de Estado con una cita publicada por la Casa Blanca en respuesta a un post de Donald Trump sobre la lucha contra la inmigración. Soberanía es impedir que personas migrantes lleguen a la frontera de Estados Unidos.
“El régimen cubano también lleva décadas colaborando con los radicales de izquierda y las redes comunistas aquí, en Estados Unidos. Tal y como ha detallado nuestro Departamento de Estado, han forjado vínculos con grupos subversivos y radicales como el Partido Comunista de Estados Unidos, Antifa y los Socialistas «Dumócratas» de América. El comunismo nunca llegará a Estados Unidos, pero la libertad llegará a Cuba y la seguridad llegará a México”, afirmó, creando un peligro imaginario de una pequeña isla bloqueada desde hace décadas y que nunca ha tenido la aspiración ni la posibilidad de influir en la política estadounidense. El hecho de introducir a México en la misma frase es un signo ominoso de la sumisión que la Casa Blanca espera del Gobierno de Sheinbaum, posibles violaciones de la soberanía mejicana en operaciones militares o de inteligencia y un presagio de la injerencia electoral que ha de esperarse en futuros comicios.
En Oriente Medio, las potencias occidentales a ambos lados del Atlántico condenan la respuesta de Irán, aleccionan a sus diplomáticos en lugar de ofrecer apoyo político a quien se enfrenta a una guerra de agresión y exigen volver a la situación anterior al 28 de febrero. “Abordamos las perspectivas diplomáticas para poner fin a la guerra entre EE.UU. e Irán y reabrir completamente el Estrecho de Ormuz. Antes de la guerra no había peajes ni tasas por el paso, y no debería haberlos después de la guerra. La navegación debe ser libre e ininterrumpida, tanto en el Estrecho de Ormuz como en el Estrecho de Bab el-Mandeb. También planteé la represión interna en Irán, incluida la drástica subida en las ejecuciones y las sentencias de muerte”, escribió Kaja Kallas, sin una palabra de solidaridad hacia el pueblo iraní, que ha sufrido dos ataques no provocados y padece ahora una brutal guerra económica. Se habla del sufrimiento de la población de Gaza pero no se actúa contra quien lo causa deliberadamente. “En Gaza, el inmenso sufrimiento humano continúa. Al lado, los israelíes continúan viviendo con amenazas existenciales de Hamás, de Irán y de sus proxis”, afirmó Carney, dando más importancia al inexistente peligro para la población israelí que a la muerte lenta a la que Tel Aviv y sus aliados están condenando a dos millones de personas.
Como área de interés para Estados Unidos, que aspira a controlar el flujo de materias primas, Oriente Medio ocupó una parte fundamental del discurso de Trump y es esencial en su narrativa de épica intervención estadounidense en defensa de la paz mundial por medio de sus dos guerras contra Irán. “Jamás permitiré que Irán tenga un arma nuclear”, insistió para justificar su actuación, volver a amenazar a Irán y utilizar Naciones Unidas para lanzar una amenaza de tintes genocidas. Comentando, de forma casi casual, que tiene que tomar “una decisión importante”, Donald Trump se preguntó si “¿se llegará a un acuerdo con Irán que les permita reconstruirse y crear un país mucho más grande de lo que jamás fue?… ¿O aniquilo a la República Islámica y lo hago rápidamente, sin darles jamás la oportunidad de volver a matar y destruir personas y países? ¿Los envío al infierno sin posibilidad de supervivencia ni esperanza de grandeza para ellos o para las generaciones futuras? Pero creo que llegaremos a un acuerdo justo después de las elecciones”. Y aunque insiste en que Estados Unidos no tiene carencias de munición -como admite incluso el Pentágono- ni precisa de ayuda de sus aliados, Trump volvió a apelar al resto del mundo a unirse en su cruzada contra Teherán. “Pido a los otros países que ayuden contra este régimen terrorista. Si estamos unidos, veremos un mundo libre de esta amenaza del terrorismo iraní y el precio del petróleo será más bajo”, sentenció confundiendo deliberadamente la resistencia legítima a un ataque no provocado con terrorismo, el argumento que ha heredado de los últimos 25 años de ideología de política exterior de Estados Unidos.
Europa parece aproximarse a una repetición aún más peligrosa de 1914, con el continente rearmándose, amenazándose, sin ser capaz de cerrar el único conflicto abierto y utilizándolo para atemorizar a la población con la posibilidad de un incidente -una falsa bandera que nadie explica- que haga estallar una guerra que los medios e irresponsables representantes políticos presentan prácticamente como inevitable. “La guerra puede estar al llegar. ¿Estamos psicológicamente preparados”, sentenciaba un titular de la BBC la semana pasada con uno de los muchos ejemplos de alarmismo y normalización de la posibilidad de un conflicto bélico a nivel continental que actualmente pueden leerse en los medios.
La tercera región prioritaria para Estados Unidos según su Estrategia de Seguridad Nacional, que define América y Oriente Medio como sus zonas de interés, de influencia y, en realidad, de control, Europa tuvo un papel menos relevante en su discurso. Como ha dejado claro en anteriores ocasiones, el viejo continente es, en su visión del mundo, un conjunto de países que ha de respetar su visión de la civilización -blanca y cristiana-, reducir la inmigración, ceñirse a seguir las órdenes de Estados Unidos y ser un gran mercado en el que Washington pueda colocar sus productos tecnológicos, industriales, agrícolas y, sobre todo, armamentísticos, el gran éxito de Donald Trump. “La OTAN es ahora más fuerte que nunca, han aumentado el gasto militar al 5% del PIB, queremos acabar con la guerra entre Rusia y Ucrania, es el momento de detener la matanza”, afirmó en la que es la única mención al conflicto bélico en Europa.
“No existe un gobierno mundial”, sentenció Donald Turmp, que criticó a Naciones Unidas, a la que acusó de imponer políticas de extrema izquierda y promover la migración masiva, habituales argumentos de las teorías de la conspiración de la extrema derecha estadounidense de la segunda mitad del siglo XX y que Trump ha hecho que no queden en los márgenes, sino que sean el centro del discurso. En realidad, por su capacidad de amenazar por igual a enemigos y aliados, por su potencial de injerencia militar y política, este Estados Unidos que dice haber renunciado a la pugna por la hegemonía mundial es lo más parecido a ese gobierno mundial que denuncia.
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