Aunque sin un puesto oficial en el Gobierno, Jared Kushner ha emergido como una de las figuras principales de la peculiar diplomacia trumpista. Centrado en el dominio, control y hegemonía de América Latina, Marco Rubio es la presencia omnipotente en la región que la Estrategia de Seguridad Nacional describe como primera prioridad. El secuestro de la economía venezolana y el saqueo de sus recursos naturales, las amenazas económicas e incluso militares contra Cuba y la injerencia electoral para consolidar el giro a la derecha -si no derecha radical- en todo el continente son el trabajo a tiempo completo del secretario de Estado, cuya presencia en otros temas queda notablemente reducida. En el reparto de tareas, Kushner y Witkoff, dos personas del círculo más cercano al presidente -yerno y amigo personal respectivamente-, son las encargadas de gestionar las coyunturas más complicadas y las negociaciones de las guerras y conflictos que Trump considera prioritarios. Es el caso de Gaza, donde Estados Unidos aspira a crear el escenario más favorable a Israel y al gran capital mundial a costa de la población palestina; de Irán, donde Washington intenta imponer la paz del vencedor a pesar de no haber ganado la guerra y de Ucrania, donde la Casa Blanca utiliza una imagen simplificada de una guerra que nunca ha aspirado a entender para conseguir un final salomónico en un conflicto en el que ya tiene todo lo que buscaba.
Pase lo que pase, sean cuales sean las futuras fronteras de Ucrania, Estados Unidos ya habrá conseguido imponer la política de aumento del gasto militar, rearme y militarización del continente europeo, lo que garantiza grandes ingresos a la industria militar estadounidense, además de una posición prioritaria tanto en lo que respecta a la reconstrucción como la extracción de recursos naturales. Los costes del conflicto, que no se limitan a las pérdidas que están sufriendo Rusia y Ucrania, sino que afectan también a otros aspectos como la pérdida de competitividad de la industria alemana a raíz de la renuncia al accesible y barato gas ruso, han debilitado las economías de países que pudieran aspirar a ser rivales de Estados Unidos. En términos geopolíticos, todos los escenarios de resolución del conflicto que se plantean implican la cronificación de la ruptura continental, lo que debilita una cooperación capaz de fortalecer económicamente tanto a este como a oeste. Finalmente, la multimillonaria asistencia militar occidental ha hecho imposible que Rusia vaya a obtener una victoria completa y cualquier resultado podrá presentarse como una forma de victoria al haber evitado la destrucción de la nación ucraniana (aunque ese no fuera nunca el objetivo de la Federación Rusa).
En otras palabras, independientemente de los términos de un posible acuerdo de paz, Estados Unidos habrá conseguido evitar la mala imagen de la derrota, una posición privilegiada en lo que espera convertir en una colonia extractivista y un gran negocio con la venta de armas a Europa. De ahí que la Casa Blanca valore positivamente la finalización de la guerra, la firma de algún tipo de acuerdo que consolide el statu quo, aunque tampoco tenga especial prisa por conseguirlo. Estados Unidos ya no se juega nada y percibe su posición como consolidada, por lo que no hay presión para conseguir el objetivo de detener la guerra, algo que Donald Trump prometió durante la campaña electoral.
Como parte más débil y dependiente de la ayuda de sus socios y proveedores, que hacen posible el sostenimiento del Estado y la capacidad de luchar de su ejército, Ucrania necesita ganarse a los intermediarios de la negociación para conseguir una mejor posición de partida. Ese es el motivo por el que Zelensky insistía en recibir la visita de Witkoff y Kushner en Kiev para mostrarles los efectos de los bombardeos rusos. La lógica ucraniana es que ver los daños causado por los drones y misiles rusos inevitablemente tiene que suponer ver la necesidad de apoyar a Ucrania en su lucha contra Rusia, algo que no siempre ha funcionado. En términos generales, las visitas a Ucrania han servido para reafirmar las posiciones que ya se defendían. Quienes abogaban por la lucha hasta el final ven en la destrucción que implica la guerra la obligación moral de armar y equipar a Ucrania para una guerra larga en la que conseguir la victoria. Por el contrario, quienes defienden la opción de la negociación en busca de una paz que, aunque imperfecta, detenga el derramamiento de sangre e impida la reanudación de hostilidades, tienden a reafirmarse en la necesidad de diplomacia al visitar los lugares bombardeados.
Las palabras de Jared Kushner en el foro Yalta Economic Strategies el domingo muestran que tampoco en el caso de los enviados de Donald Trump la visita a Kiev ha servido para cambiar la opinión con la que habían llegado. “Bueno, con suerte muy pronto… No estamos realmente interesados en la diplomacia performativa”, respondió el yerno de Donald Trump, que no tiene un cargo oficial en la administración para evitar tener que hacer públicos ciertos vínculos económicos que harían imposible un trabajo en la diplomacia. Kushner, insistió, desea regresar a Kiev en tiempos de paz, una muestra de que no hay especial interés por el conflicto o por el país por en la administración Trump, centrada únicamente en sus propios intereses y los de la oligarquía estadounidense. “Una de las líneas de esfuerzo que hemos estado realizando con el presidente Zelensky y su equipo ha consistido realmente en elaborar el plan de prosperidad. Y han estado trabajando con Ajay Banga del Banco Mundial y Larry Fink y Charles de BlackRock, un gran equipo. Y así, eso ha sido muy, muy interesante de hacer, que es entender el potencial completo de Ucrania. Y cuanto más tiempo pasa todo el mundo en ello, más entusiasmados se vuelven”, afirmó el empresario, deseoso de colocar en Ucrania los fondos buitre más importantes del planeta.
El plan de Kushner, rebosante en idealismo y escaso en medidas concretas, se jacta incluso de ser capaz de eliminar la corrupción, principal lacra que padece Ucrania a ojos de Occidente. “Si logramos la estructura de gobernanza adecuada, la estructura de incentivos correcta, podemos asegurarnos de que no haya corrupción. Realmente hacerla muy atractiva para que el capital entre en ella. Quiero decir, este país debería arrasar. Ese ingenio y ese espíritu que han permitido a los ucranianos defenderse, si lo aplican a descifrar cómo construir un país increíble, creo que Ucrania se puede convertir en algo tan increíblemente impresionante. Creo que podría convertirse en un verdadero líder en el mundo de tantas maneras diferentes”, sentenció Kushner.
Para llegar a ese momento en el que las grandes empresas estadounidenses puedan lucrarse de la reconstrucción de Ucrania, la corrupción sea cosa del pasado y el progreso sea inevitable es preciso avanzar en el bloqueado proceso diplomático. La guerra no va a terminar con la victoria completa de ninguna de las partes, por lo que la negociación será esencial para determinar las fronteras entre los dos países, la estructura de seguridad que se aplicará para evitar otra futura guerra y la relación política y económica que existirá entre Rusia y Ucrania y, en paralelo, entre los aliados europeos de Kiev y Moscú. Es ahí donde la mediación es esencial para conseguir reducir la distancia entre las posiciones de los dos bandos.
Pese a los intentos de Ucrania de ganarse al trumpismo y mejorar así las condiciones que Washington vaya a ofrecerle como incentivo para firmar la paz, la respuesta de Kushner a la pregunta sobre el estado de las negociaciones no apunta al optimismo de Kiev. “El presidente Trump está muy, muy comprometido a encontrar una vía adelante. Steve y yo estamos muy comprometidos con esto. El presidente Zelensky está muy comprometido con esto. Y por lo que hemos oído, el presidente Putin también está muy comprometido con esto”, comentó Kushner, insistiendo en el discurso trumpista según el cual todas las partes quieren la paz. La realidad es ligeramente diferente, ya que tanto Ucrania como Rusia creen en mejorar primero sus posiciones en el frente para favorecer su posición negociadora.
“El presidente Putin ha establecido la línea hasta la que quiere llegar. Si Ucrania quisiera retirarse hasta esa línea, entonces, obviamente, ya tenemos el resto del acuerdo preparado y concretado”, insistió Kushner, dando al presidente ruso la voz cantante de las negociaciones y aportando la dudosa certeza de que la cuestión territorial es la única que aún queda por determinar. “En estos momentos, Ucrania no quiere hacerlo”, añadió en referencia a la retirada ucraniana de la zona de Donbass aún bajo su control, “y, evidentemente, nuestra labor como mediadores consiste en averiguar cómo podemos encontrar una solución creativa que no vaya en contra de sus deseos y que les ayude a alcanzar su objetivo, y que lo haga de tal manera que podamos conseguir que Rusia ponga fin al conflicto de una forma que, con suerte, permita a ambas partes avanzar en un marco en el que esto no vuelva a suceder”. “Nunca lo cederemos”, ha insistido esta última semana Zelensky en referencia a Donbass, dejando claro, que, al igual que la postura rusa, la ucraniana tampoco ha cambiado.
Las declaraciones de Kushner resultan aún más preocupantes para Ucrania teniendo en cuenta que se produjeron en un foro ucraniano y no en un ambiente prorruso o neutral y apuntan a que la postura de Estados Unidos no ha cambiado a pesar de los meses de insistencia ucraniana en sus avances y fortalecimiento en el frente. Nada de eso parece haber convencido a la administración Trump, que insiste en una idea -la entrega de los territorios de Donbass a Rusia a cambio de garantías de seguridad para Kiev- que resultó fallida hace unos meses y sigue teniendo escasas posibilidades de prosperar ahora.
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