Como principal proyecto geopolítico de la Unión Europea, Ucrania ocupa gran parte de la actualidad de la política exterior de Europa y marca la forma en la que se ven también otros conflictos y sucesos políticos. Por el mismo motivo, cada problema que se presenta en el continente ha de tener siempre un ángulo en el que implicar a Rusia. La situación actual se presta especialmente a que cualquier aspecto negativo sea leído como parte de una guerra híbrida en la que aumenta la tensión y que, en un contexto de conflicto bélico activo y una retórica cada vez más encendida, el continente se aproxime seriamente al peligro de estallido. Este fin de semana, Sergey Lavrov acusaba a Alemania de haber iniciado “una guerra de verdad” contra Rusia. El ministro de Asuntos Exteriores de la Federación Rusa se refería a las acusaciones del Gobierno alemán de guerra híbrida de Moscú a raíz de un dron armado cuya carga explosiva no estalló, pero que se encontraba en las inmediaciones de un avión de carga ucraniano que se preparaba para enviar armas para la guerra. Los países europeos no escatiman esfuerzos para acusar a Rusia de guerra híbrida mientras el dinero europeo financia las armas con las que Ucrania ataca objetivos civiles y militares en territorio ruso e incluso utiliza armamento donado por los países occidentales para hacerlo.
Aunque el conflicto pudo haberse resuelto durante los siete años de Minsk implementando los acuerdos que Angela Merkel había negociado para Ucrania, a la que se exigían unas concesiones políticas derivadas de haber iniciado una guerra y no haber logrado ganarla, la tensión política y militar está llevando al continente al borde de un precipicio del que parece no querer retroceder. “Rusia debe decidir qué tipo de relación desea mantener con Alemania y con la Unión Europea, o con nosotros y nuestros socios”, afirmó el domingo Josef Hinterseher, uno de los portavoces del Ministerio de Asuntos Exteriores de Alemania.
En realidad, ambos bandos tendrán que decidir cuál será su relación futura una vez que termine la guerra. Como les ocurre a los países árabes, que son conscientes de que la negociación Estados Unidos-Irán no va a ser suficiente y que el país persa seguirá siendo un actor importante en las relaciones internacionales del continente, Alemania y el resto de países de la UE tendrán que comprender que Rusia seguirá siendo un gran jugador en el tablero geopolítico europeo. Los sueños de balcanización de Rusia que han mostrado a lo largo de la última década diferentes representantes ucranianos, halcones como Kaja Kallas o determinados sectores del mundo del think-tank y el lobismo estadounidense están lejos de prosperar, como tampoco la guerra económica con la que Bruselas pretendía someter a Moscú e imponer, no solo una determinada resolución de la guerra de Ucrania, sino el modelo futuro de seguridad y de relaciones internacionales a nivel continental. El fracaso a la hora de imponer esa realidad es uno de los principales motivos por los que las relaciones continentales atraviesan ahora mismo por el momento de mayor tensión de los últimos años. La UE y el Reino Unido buscan un tipo de resolución draconiano para Rusia que evite la derrota estratégica que supondría para Bruselas y Londres tener que readmitir a Moscú en sus relaciones internacionales como un actor más, no como el apestado en el que pretenden convertirle.
En tiempos de guerra, de rearme y de un reajuste político y económico, los enemigos son aún más importantes que los aliados. En este último año, los países europeos se han enfrentado al bullying de su principal aliado, Estados Unidos, que obligó a von der Leyen -sin que la presidenta de la Comisión Europea plantara ningún tipo de resistencia- a aceptar un acuerdo comercial impuesto por Washington para servir únicamente sus intereses, se ha visto obligada a costear todo el gasto de la asistencia militar a Ucrania, ha visto amenazada la integridad territorial de uno de sus Estados miembros por las amenazas estadounidenses y ha recibido órdenes sobre qué hacer en la guerra de Irán. En paralelo, los países europeos han decidido enfrentarse económicamente a China, un país que les supera ampliamente en población y en potencia económica y cuya capacidad industrial hace tiempo que no es comparable con la del viejo continente.
Con enemigos políticos -que sigue considerando aliados- y un rival económico al que no puede superar, la UE ha decidido también elevar la apuesta contra Rusia e insistir en la posibilidad de una guerra abierta con la primera potencia nuclear del mundo. En la lógica de la UE, que la prensa europea repite sin cesar, Rusia está, a la vez, a punto de colapsar como ejército, como economía y como Estado y al borde de iniciar una invasión de un país de la Unión Europea o de la OTAN, arriesgándose a una guerra continental con riesgo de convertirse en nuclear. El enemigo ruso es útil para sentirse potencia militar y política, para justificar el rearme y la remilitarización del continente y para argumentar que es preciso un tipo de represión que persiga esa guerra híbrida que, en su vaga definición, es aún más útil que el conflicto militar. Cualquier acto ruso, real o imaginario, es susceptible de ser calificado de acto de guerra híbrida y alegar así que es necesario endurecer las sanciones, elevar la retórica o incluso prohibir partidos políticos. Porque la guerra híbrida no es solo algo que se realice con drones, sino que puede hacerse con palabras, argumentos o incluso en silencio.
El domingo, el portavoz de Asuntos Exteriores de Alemania insistía en que no parecía una casualidad que Sergey Lavrov acusara a Berlín de iniciar una guerra el mismo día en el que se celebraban unas elecciones en las que todas las encuestas apuntaban a una victoria clara de un partido calificado, en la habitual costumbre de acusar del delito de no odiar a Rusia a cualquier partido que se salga del camino, de prorruso. Más preocupada por su propia política y centrada en la situación militar, Rusia ha mantenido silencio durante la campaña electoral para las elecciones de Sajonia-Anhalt, el Lander que parece haberse convertido en el centro de la política europea y donde el análisis que está realizándose en estos momentos se limita, no a valorar el motivo del ascenso de la extrema derecha, sino a calificar el resultado electoral de victoria para Rusia.
“Visto desde Kiev, el ascenso de “Alternativa por Alemania” es un desastre absoluto. Más allá de cómo acabe esta guerra, más allá de si Rusia conquista o no conquista el Donbass, hay algo INFINITAMENTE más importante para el futuro de Ucrania: poder integrarse en la UE. Le Pen puede ser presidenta de Francia la próxima primavera. Alternativa por Alemania lidera las encuestas en Alemania. Todo lo que puede ir a peor, va a peor. Qué tristeza”, escribió el lunes Alberto Sicilia, habitual corresponsal de la Sexta, con un mensaje que resume a la perfección la preocupación por la victoria de AfD, que no es precisamente su tendencia ultraderechista y racista. Como ha dejado claro el ejemplo de Giorgia Meloni, formada políticamente en el post-fascismo, la frontera entre la extrema derecha aceptable y la inaceptable es su posicionamiento hacia la OTAN y su opinión sobre Ucrania, el suministro de armamento y las sanciones contra Rusia. Quizá al ser consciente de ello, ayer, el delfín de Marine LePen, Jordan Bardella, reafirmó su voluntad de continuar apoyando a Ucrania en caso de ascender al poder.
Con Sajonia-Anhalt como tema del día y con Rusia como único argumento necesario para no tener que afrontar el motivo por el que una parte de la sociedad que se siente abandonada y que padece la decadencia de sus infraestructuras y servicios públicos vota a la extrema derecha, el canciller alemán se centró ayer en ese enfrentamiento. “Rendirse no es una opción para mí. Sé que todos nosotros tenemos que mejorar, y estoy buscando formas de lograrlo. Y no se trata solo de una cuestión de comprensión política racional. También es una cuestión de atención, empatía y emoción. Soy de esas personas que no llevan sus emociones a la vista todos los días. Pero la población también quiere respuestas diferentes en ese aspecto”, afirmó en el mismo discurso en el que insistió que tanto la CDU como el SPD están “en peligro” y en el que finalmente volvió a centrarse en Rusia. “No me desviaré ni un milímetro de mi convicción fundamental de que debemos defender nuestra libertad contra Rusia, especialmente ahora. Y si dejamos de apoyar a Ucrania, las cosas no mejorarán mañana. Se pondrán aún peor. El objetivo del liderazgo estatal ruso es desestabilizar el sistema de valores de lo que una vez llamamos Occidente. Y este sistema de valores no es negociable”, afirmó con una retórica que posiblemente se repita en el futuro. Este discurso será útil en cada ocasión en que un partido calificado -justamente o no- de extremista logre buenos resultados electorales y accedan al Gobierno, no solo partidos en los que, como AfD, existen facciones que relativizan el nazismo o el fascismo. Será así también en caso de buenos resultados electorales de partidos como la Francia Insumisa de Melenchon que, también calificado de prorruso porque, sin ninguna afinidad a Rusia, también aboga por buscar la paz en lugar de ahondar en el rearme, la militarización y la guerra.
Los partidos que han formado parte de ese extremo centro que ha dejado caer las infraestructuras y que ha aceptado la decadencia como consecuencia lógica de la privatización y externalización se lamentan hoy de su fracaso. Lo hacen sin ninguna intención de comprender cómo se ha llegado a este punto y por qué la confianza en las formaciones políticas que se han alternado al frente de los Estados europeos desde la posguerra ha desaparecido. Todo ello se ha producido, en parte, con la ayuda de esos mismos partidos que, como han hecho en Italia y en el este de Europa (no solo en Ucrania, aunque también), han normalizado como opción política a la extrema derecha. Rusia siempre es culpable y sirve como argumento único para poder justificar avanzar por el camino que ha llevado a Europa a la situación actual, una forma de cerrar los ojos y garantizar que todo siga empeorando, sin que partidos como la CDU, el SPD y sus equivalentes en otros países europeos, sepan explicar qué está ocurriendo ni sean capaces de evitarlo.
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