Como ciudades industriales, Dnipropetrovsk y Zaporozhie son dos de los lugares en los que los bombardeos rusos han sido más intensos a lo largo de los últimos meses. Parte de ese eje en el que, en las décadas finales del Imperio Ruso, Moscú inició una industrialización acelerada para recuperar el terreno perdido, ambas ciudades fueron importantes por pertenecer a la región en la que se disponía de materias primas como el hierro y espacio de la estepa en la que construir las primeras fábricas, cuya energía llegaba de las minas de Donbass, sobre todo de la región de Donetsk, donde había comenzado también el proceso de puesta en marcha de lo que llegaría a ser uno de los motores del Estado ruso, especialmente durante la Primera Guerra Mundial, y, muchos años después, también en los primeros años de la independencia de Ucrania.
Pese a la desindustrialización que ha supuesto para Ucrania la desaparición de la Unión Soviética y el acercamiento a la Unión Europea, que siempre conlleva el abandono de la actividad industrial para priorizar el sector servicios y las finanzas, las dos ciudades mantienen grandes industrias heredadas de la denostada etapa soviética. Fue entonces cuando se reconstruyeron las infraestructuras industriales destruidas en la Segunda Guerra Mundial y se creó toda una red de producción eléctrica que acompañó a ese tejido productivo planeado para soportar una guerra de alta intensidad. Así ocurrió también en Donbass, completamente devastado por la ocupación alemana y la lucha del Ejército Rojo por recuperar una zona en la que el nazismo nunca logró -por la pérdida de población, la actividad de sabotaje, la destrucción previa a la retirada soviética y la propia guerra- extraer toda la riqueza material a la que aspiraba. La Alemania nazi sí robó la mano de obra esclava enviada a Alemania para producir las armas con las que seguir asesinando por todo el continente.
La paz trajo una reconstrucción planteada desde la lógica de haber padecido dos guerras mundiales en el territorio y también desde la nueva situación de una Guerra Fría que comenzó cuando la parte occidental prefirió romper la alianza antifascista para mantener una brecha continental que, aunque en circunstancias diferentes, se repite ahora. Las infraestructuras industriales se construyeron en la parte occidental de la Unión Soviética, aquella que había soportado el ataque terrestre alemán, desde el planteamiento de que debían actuar también como protección. De una forma radicalmente opuesta a aquella para la que se había previsto, esa preparación se observó con claridad en 2022, cuando Azovstal protegió durante semanas a Azov y otras unidades ucranianas de la guarnición de Mariupol, que pudieron sobrevivir a los bombardeos rusos gracias a la firmeza de la vieja fábrica soviética, una capacidad de aguante que ha permitido a Ucrania mantener parte de su actividad industrial en zonas tan cercanas al frente como Dnipro y Zaporozhie, donde se encuentran dos empresas estratégicas para Ucrania, Yuzhmash, que en tiempos soviéticos fabricada misiles balísticos intercontinentales, y Motor Sich, capaz de producir motores para la aviación o el espacio.
Algo más modesta que las dos grandes industrias de la zona, Zaporizhtal ha podido mantenerse produciendo a pesar del peso de la guerra. “La plantilla del gigante siderúrgico ucraniano Zaporizhstal ha mantenido en funcionamiento este extenso complejo a pesar de los años de ataques con drones, misiles y bombas rusas”, explicaba ayer una noticia de Reuters, que recuerda que la metalurgia es uno de los pilares de la economía ucraniana. Incluso a pesar de la desindustrialización de los años 90, supone un 15% del total de las exportaciones del país. Estas industrias son también una, de las fuentes de riqueza de la oligarquía nacional, en este caso de Rinat Ajmetov, hombre fuerte del holding Metinvest, propietario de Zaporizhtal en Zaporozhie, Azovstal e Ilich en Mariupol o de la planta de acero de Enakievo, una de las muchas industrias perdidas en 2017 con la nacionalización realizada por la RPD. La persona más rica de Ucrania cuando comenzó la guerra en 2014, Ajmetov se apresuró a que su equipo de fútbol, el Shajtar Donetsk, abandonara la ciudad para no volver antes incluso de que se acercaran los combates, pero mantuvo su presencia económica e intentó -durante mucho tiempo con éxito- perpetuar su influencia política. El doble juego de permanecer leal a Ucrania y convertirse en patrón de Azov, pero no cerrar la puerta a la cooperación con la RPD no podía durar eternamente. En 2017, el oligarca perdió el acceso a sus industrias y también al campo de fútbol, respetado por los bombardeos ucranianos. En 2022, Ajmetov, que no ha renunciado a obtener reparaciones de Rusia, perdió una de las joyas de la corona, Azovstal que, como Zaporizhtal, había dirigido su negocio hacia la Unión Europea.
Como indica Reuters, la guerra ha supuesto un reto para la producción de “esta planta de casi un siglo de antigüedad situada en el corazón de la industria siderúrgica del sureste de Ucrania”, que ahora “se enfrenta a una nueva amenaza para su supervivencia: las cuotas de importación y los aranceles sobre las emisiones de carbono impuestos por la Unión Europea”. “La suspensión de los aranceles de importación por parte de la Unión Europea tras la invasión de Moscú en 2022 fue fundamental para mantener estable la producción en Zaporizhstal —una de las principales acerías— y en otras plantas, según afirmó Oleksandr Myronenko, director de operaciones de la empresa matriz Metinvest Group”, explica Reuters, que cita al representante de Metinvest afirmando que “ahora… vemos cómo la situación cambia radicalmente”. “En lugar del apoyo de la Unión Europea, nos enfrentamos a restricciones”, parece sorprenderse. El artículo, que aparenta ser simplemente un contenido pagado por el grupo empresarial para suplicar a la UE que mantenga los privilegios a Ucrania, olvida que esas medidas impuestas en 2022 siempre iban a ser temporales y que lo que actualmente ocurre en la industria es equivalente a lo que ya han padecido los productos agrícolas ucranianos, contra los que se produjeron protestas en países como Polonia.
Ucrania, que sigue sin comprender la diferencia entre un proxy y un aliado, continúa aspirando a un acceso privilegiado al mercado de la Unión Europea, que no siempre va a ser tan favorable a introducir unos productos industriales que, en el caso del acero, puede resultar incómodo para la industria de ciertos Estados miembros y que, en lo que respecta a los productos finalizados, nunca tuvieron futuro. La falsa sorpresa que muestra ahora Metinvest es posible por el desinterés de los últimos doce años por explicar el componente económico de la fractura política, social y territorial de 2014.
Quienes en los primeros momentos de la rebelión de Donbass se burlaban de la imagen de trabajadores de fábrica y tecnócratas defendiendo la idea de la RPD, una forma de reivindicar la necesidad de mantener los vínculos con Rusia, siempre han planteado lo ocurrido desde entonces como un choque identitario, la división entre dos nacionalismos o simplemente el reflejo de la influencia del imperialismo ruso. El factor económico del rechazo de la parte trabajadora de Donbass al Acuerdo de Asociación con la Unión Europea, a Maidan y a la ruptura política, social y económica con Rusia que suponía el camino euroatlántico que siempre fue el objetivo de los partidos proeuropeos es uno de los elementos menos analizados por los medios y analistas.
La realidad, como ahora vuelven a comprobar las industrias del territorio bajo control de Ucrania, siempre fue que solo la parte agrícola de Ucrania, el oeste nacionalista, tenía algo que ganar en la Unión Europea, que sí cuenta con un mercado interesado en sus productos. Pese al intento de Metinvest y otros grandes grupos oligárquicos industriales de redirigir sus productos a la Unión Europea, el único mercado real de la industria ucraniana actualmente existente eran algunos países de la antigua Unión Soviética y, sobre todo, Rusia, fundamentalmente porque la industria ucraniana formaba parte de su cadena de suministro. El futuro del sector industrial ucraniano es evidente en la extracción de materias primas, una relación colonial que Estados Unidos aspira a explotar ampliamente, pero, en lo que respecta a la producción, la única esperanza de Kiev es la industria militar. Los ruegos de Metinvest y otros grupos oligárquicos pueden recibir respuesta en condiciones de guerra, cuando Ucrania sigue siendo la mejor herramienta de la Unión Europea para luchar contra un enemigo común, pero desaparecerá cuando llegue la paz, momento en el que el país pasará a ser un lugar al que externalizar la única industria que interesa actualmente a Bruselas y los Estados miembros de la UE, la del rearme.
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