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Donbass, Ejército Ucraniano, Estados Unidos, Rusia, Ucrania

Escalada y diplomacia

El lunes, cuando Kiev y sus aliados y proveedores más cercanos celebraban el 35º aniversario de la declaración de independencia de Ucrania y el nuevo primer ministro británico Andy Burnham se hacía con gran parte del protagonismo, fue notoria una ausencia, la de Estados Unidos, que no estuvo representado por ningún enviado de alto nivel. Es más, ese mismo día, los medios ucranianos anunciaban que la ansiada visita de los negociadores de cabecera del trumpismo, Steve Witkoff y Jared Kushner, volvía a posponerse una vez más. “Según me informan algunas fuentes, el tan esperado viaje de Witkoff y Kushner a Ucrania se ha «retrasado ligeramente, pero no se ha cancelado», debido a la intensificación de los ataques con misiles y drones contra Kiev la semana pasada”, explicaba el periodista de Radio Free Europe/Radio Liberty Alex Raufoglu. Ucrania lleva meses exigiendo a Trump la visita de sus enviados para la diplomacia, pero su endurecimiento de la guerra aérea ha conseguido, no solo el recrudecimiento de la respuesta rusa, sino también el retraso de la reanudación de los contactos diplomáticos.

Sin embargo, ni Estados Unidos se olvidó del Día de la Independencia de Ucrania ni ha dado por muerto su proceso diplomático pese a los nulos avances políticos que ha logrado en más de un año y medio. “He recibido unas felicitaciones cálidas y alentadoras del presidente Trump con motivo del 35.º aniversario de la restauración de la independencia de Ucrania”, anunciaba, orgulloso, Volodymyr Zelensky, que en lugar de adjuntar una imagen de la carta -como ha hecho con los mensajes de dirigentes de otros países-, transcribía el mensaje. Tras resaltar la amistad y el vínculo creado entre los dos países en los 35 años de independencia de Ucrania, Trump añadía que “con un pueblo valiente, audaz y con talento, habéis construido un gran país. Al conmemorar esta importante ocasión, sabed que Estados Unidos admira vuestro espíritu resiliente, honra vuestros sacrificios y sigue confiando en vuestro futuro como nación soberana y próspera”. Más allá de esos calificativos, no especialmente originales con respecto a lo escrito por la diplomacia de otros Estados, Trump insistía en lo que considera más importante. “Aprovechemos este momento para poner fin al conflicto y construir una paz duradera y sólida que libere el enorme potencial de Ucrania para las generaciones venideras”, sentenciaba el presidente de Estados Unidos en este mensaje que tanto ha emocionado a Zelensky.

“Estas palabras, al igual que el sonido del lanzamiento de un sistema Patriot PAC-3, nos levantan el ánimo y nos dan la esperanza de que se puedan proteger las vidas de los salvajes ataques de Rusia y de que se pueda alcanzar una paz digna”, escribió el presidente ucraniano, para quien paz, justicia y misiles PAC-3 son compatibles con una ofensiva aérea que hace inevitable una escalada de misiles en la otra dirección. Y a juzgar por sus palabras, los PAC-3 recibidos no son el gran paquete de munición que espera de sus aliados. “Hemos recibido confirmación —no diré de qué país— de varios sistemas de defensa aérea Crotale y de los misiles correspondientes. También hemos recibido misiles AIM. Son misiles muy importantes para nosotros; los utilizamos para derribar misiles enemigos. Y, francamente, tampoco diré de quién, pero han llegado algunos misiles Patriot más. ¿Cuántos? No puedo decirlo”, afirmó en un discurso. Las súplicas ucranianas, las imágenes de los misiles rusos impactando en sus objetivos y el anuncio ucraniano de que no se dará el dato de interceptación han tenido cierto efecto y los aliados de Ucrania comienzan a movilizar sus esfuerzos, aunque estos nunca son suficientes para saciar el deseo y las necesidades de Kiev, que sigue aspirando a escalar aún más la guerra aérea.

“Ucrania está haciendo todo lo posible para trasladar la guerra al cielo. Allí, ya no tienes que competir en el número de soldados, puedes confiar en la tecnología, los drones y los misiles”, insistió Zelensky. Consciente de que también ahí la superioridad rusa es notoria, es de esperar una creciente petición ucraniana de misiles o vías para fabricarlos. Ese precisamente fue el momento estelar de la celebración del Día de la Independencia, cuando el nuevo mejor aliado de Ucrania, el británico Andy Burnham confirmó lo que ya se había filtrado a los medios, que Ucrania podrá participar en la fabricación de los misiles Storm Shadow/Scalp, concretamente en su ensamblaje.

Pese al triunfalismo en Kiev, una reacción habitual cada vez que se logra alguna de las armas milagrosas exigidas, la BBC reducía la importancia del anuncio. “La decisión de Francia, seguida de la del Reino Unido, de facilitar a Ucrania los detalles de la tecnología necesaria para fabricar sus propios misiles Scalp/Storm Shadow envía una señal importante. Esto demuestra que algunos países occidentales están dispuestos a compartir su experiencia y sus conocimientos para ayudar a Ucrania a defenderse. Sin embargo, por sí sola, esta medida no alterará drásticamente el curso de la guerra. Tanto el Reino Unido como Francia ya han suministrado misiles Scalp y Storm Shadow a Kiev. Estos ya se han utilizado para atacar objetivos militares en el interior de Rusia. Estas armas no son nuevas —se desarrollaron en la década de los noventa— y son caras —alrededor de un millón de libras cada una—. Además, dependen de complejas cadenas de suministro globales y se han fabricado en tiempos de paz a un ritmo relativamente bajo —por centenares, no por miles—. Incluso con los planos, a Ucrania le puede resultar difícil conseguir los componentes. Podría llevar meses, quizá años, fabricar los misiles de crucero por sí misma”, explicaba el medio británico. Como con el intento ucraniano de lograr licencia para la producción de misiles PAC-3 para los sistemas de defensa aérea Patriot, participar en la cadena de suministro de los misiles Storm Shadow/Scalp es un paso en el camino que el Gobierno ucraniano ha planificado para el país más allá de la guerra, una situación en la que se convierta en el lugar de externalización de la industria del rearme y juegue para la Unión Europea y el Reino Unido el papel que Israel ejerce para Estados Unidos en Oriente Medio como aliado indispensable. La guerra, la destrucción del país, la pérdida masiva de población o su empobrecimiento son el precio que Ucrania está dispuesta a pagar para conseguirlo.

La integración en la cadena de producción de armas occidentales o, quizá, la presencia de tropas occidentales en el territorio ucraniano si la Coalición de Voluntarios consigue su objetivo de crear una misión armada de países de la OTAN es una forma de adhesión de facto a la Alianza Atlántica, pero Kiev no renuncia a ser miembro de facto. “Si Ucrania se une a la OTAN, eso beneficiará a todos los países que ya están en la OTAN, porque habrá menos riesgo de que Rusia lance una agresión contra otro país de la OTAN. La OTAN tendría entonces un país con un ejército fuerte y para Rusia, eso sería peligroso”, sentenció ayer un sonriente Zelensky, consciente de que esa condición hace inviable un acuerdo con Rusia y que el aumento del peligro garantiza la prolongación de una guerra que dice querer acortar.

En ese sentido, los últimos movimientos estadounidenses indican interés por reanudar el diálogo. Ayer, un avión militar C-17 estadounidense aterrizó en Moscú con un gran convoy de vehículos entre los que, según la CBS, se encontraba el que transportaba al director de la CIA John Ratcliffe. Por el momento, no se conoce si el motivo del viaje es la negociación de un intercambio de prisioneros o reuniones de alto nivel con el Kremlin para impulsar el nuevo intento de lograr una hoja de ruta para la resolución de la guerra rusoucraniana. El momento, especialmente tras las palabras de Zelensky al respecto, podría indicar que se trata de esto último. Según el presidente ucraniano, Kiev habría desarrollado conjuntamente con Kushner y Witkoff un nuevo marco para la resolución del conflicto, un documento plasmado en una sola página, que tendría tres puntos principales: el alto el fuego como elemento central; una zona buffer propuesta por Estados Unidos, donde ambos bandos den «pasos iguales hacia atrás», creando una zona económica libre administrada por un tercero, es decir, por Washington y un marco en el que supuestamente se definen cuáles serían los compromisos de la Unión Europea y la OTAN en Ucrania.

Pese al discurso de victoria ucraniana y la intensificación de los ataques contra infraestructuras civiles para obligar a Rusia a negociar en posición de debilidad, la naturaleza de la guerra no ha cambiado, por lo que es absolutamente inviable tratar de imponer sobre Rusia un acuerdo aún peor que el que se planteó hace un año. El Kremlin ha dejado claro estar dispuesto a seguir luchando hasta conseguir el control de Donbass, algo viable solo a largo plazo, pero factible teniendo en cuenta los costes de la guerra. Rusia tampoco puede aceptar esa zona administrada por un tercer actor, previsiblemente Estados Unidos, en su frontera de facto, especialmente después de la experiencia de Minsk, cuya base era también el alto el fuego y la retirada escalonada de armamento del frente, algo que jamás se cumplió. La mención a la OTAN en el último punto es la guinda del pastel para garantizar que Moscú no pueda, de ninguna manera, plantearse negociar sobre la base de este supuesto documento. En una fase de escalada para la que Ucrania busca activamente grandes cantidades de armamento defensivo y ofensivo y que espera sostener en el tiempo, todo apunta a un nuevo intento de conseguir que Rusia rechace un documento presentado como de paz -aunque no lo sea- para argumentar que Moscú no quiere la paz y justificar así la necesidad de aún más asistencia militar a Kiev.

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