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Ejército Ucraniano, Estados Unidos, Rusia, Ucrania

Ratcliffe: mensajes y amenazas

La visita de John Ratfliffe, director de la CIA a Moscú, ha descolocado a medios y analistas, que continúan especulando sobre el motivo del viaje, las reuniones que se produjeron y los mensajes que quería enviar Estados Unidos a la Federación Rusa en este momento de máxima tensión en el frente y, sobre todo, en la retaguardia. En este contexto, cualquier contacto entre las partes implicadas en la guerra provoca grandes titulares, especialmente si se trata de algo que no se había producido en casi cinco años. Precisamente por ese precedente, la reunión de Bill Burns, entonces director de la CIA, con Vladimir Putin, los medios se han lanzado por la vía más alarmista. Durante dos días, los grandes medios vieron un paralelismo que aplicaron al momento actual.

En el otoño de 2021, cuando ya estaba en marcha la movilización de recursos para la invasión de Ucrania, Burns acudió al Kremlin para advertir a Rusia de que Estados Unidos era consciente de los movimientos y para exigir a Moscú que cancelara los planes de guerra. Es probable que el enviado estadounidense planteara también algunas de las consecuencias económicas y sanciones que se producirían en caso de intervención militar. En aquel momento, Rusia había planteado una negociación Moscú-Occidente para determinar el papel de la OTAN y el lugar que en ese pacto de no agresión tendría Ucrania. Aunque los poderes occidentales prefieran no recordar aquel momento, las peticiones de máximos con las que Rusia quería abrir las negociaciones habrían podido llevar a garantizar la neutralidad de Ucrania. En aquel momento, la guerra rusoucraniana podría haberse evitado por medio de un acuerdo de seguridad a nivel europeo y el cumplimiento de los acuerdos de Minsk, que habrían resuelto el conflicto de Donbass, al menos en su fase militar. Sin embargo, pese a la certeza de que la alternativa a negociar era la guerra, no hubo ningún tipo de diplomacia y Estados Unidos simplemente rechazó los términos rusos sin que siquiera se produjera una reunión.

Como entonces, también ahora la guerra sigue siendo una opción preferible al compromiso. “Una clase política entera ha invertido su reputación en un intento fallido de infligir una derrota estratégica a Rusia a cualquier costo para Ucrania. La paz en cualquier forma que sea peor que los términos de Minsk es su derrota moral porque surge la pregunta de por qué han estado muriendo los ucranianos todos estos años”, comentaba el viernes Leonid Ragozin, que respondía a un post de la exportavoz de Zelensky que se quejaba de que cualquier demostración favorable a la paz es automáticamente calificada de prorrusa.

La reacción de Iulia Mendel se debe a lo publicado el jueves por The New York Times y el análisis que ha causado. Tras varios días en los que la prensa daba por hecho que la visita de Ratcliffe se había producido para exigir a Rusia abandonar a Irán, cesar en su apoyo al país persa y dejar caer a su único aliado en Oriente Medio o advertir contra la posibilidad de un ataque ruso en territorio de la OTAN, el medio neoyorquino introducía una hipótesis ligeramente diferente. “La visita de Ratcliffe ha sido el intento más reciente de la administración Trump por dar un nuevo impulso a unas negociaciones que se encontraban estancadas. Cada vez está más claro que Ucrania no va a renunciar a su lucha en el este, ni siquiera con un apoyo militar estadounidense reducido”, escribía The New York Times en un artículo en el que afirmaba que el director de la CIA se reunió en Moscú con el jefe del FSB y no con Vladimir Putin. Como había declarado a los medios Sergey Narishkin, jefe de la inteligencia exterior rusa, también él mantuvo un encuentro con su homólogo estadounidense.

El motivo de la visita era fácilmente adivinable con las pistas que había dejado en días anteriores Ucrania. Zelensky había mencionado un documento de una página con una serie de términos de negociación mucho más favorables a Kiev que todas las hojas de ruta que se han planteado en este último año y medio. Budanov, mano derecha del presidente ucraniano, por su parte, ha afirmado esta semana que las negociaciones, con la participación de Estados Unidos, se reanudarían en septiembre. El objetivo ucraniano es conseguir imponer sus términos antes del invierno, momento en el que el equipo de Zelensky es consciente de que puede sufrir una situación dramática que vuelva a causar una oleada de emigración y consecuentes problemas para reponer las filas del ejército. A estos indicios aportados por Ucrania hay que añadir la diplomacia vaticana, con la visita a Moscú del monseñor Paul Richard Gallagher, secretario vaticano para las relaciones con los Estados y las organizaciones internacionales, para una reunión con Sergey Lavrov el mismo día que John Ratcliffe. El Vaticano cuenta, a ojos del Kremlin, con el crédito que le dan las constantes apelaciones a la negociación del papa Francisco y, sobre todo, su actitud a lo largo de los años de guerra en Donbass, en los que tuvo presencia a ambos lados del frente.

A juzgar por la información aportada por The New York Times, la táctica estadounidense para convencer a Rusia de evitar una escalada y aceptar la negociación en los términos en los que se plantea es la misma que se está utilizando contra Irán: exagerar la situación para forzar que la otra parte acate la orden de Estados Unidos. En el caso de Irán, Washington exige a Teherán la rendición militar, la apertura de Ormuz -que Trump ya ha calificado de “territorio de Estados Unidos-, la rendición nuclear y el sometimiento de la política exterior persa a la voluntad y hegemonía de Estados Unidos e Israel en la región. Para conseguirlo, o para fracasar en el intento, Trump ha utilizado en el último año la vía de la falsa negociación, dos intervenciones militares, el actual bloqueo y la amenaza de imponer algo que se asemeje al asedio de Cuba.

Contra Rusia, Estados Unidos no dispone de la vía militar directa, ni tampoco puede ya amenazar con aumentar las sanciones. Rusia ha sido expulsada de la zona dólar, se le ha excluido del sistema internacional de pago Swift y el comercio entre los dos países ha quedado reducido a la mínima expresión. Por el contrario, China, un salvavidas económico y político, ha dejado claro que es consciente de que no le favorece una derrota rusa, por lo que el Kremlin sabe que no quedará diplomática y económicamente aislado. Sin embargo, Estados Unidos cree mantener la posibilidad de utilizar sus grandes capacidades de inteligencia como argumento para causar terror en el liderazgo ruso, la misma actuación que ha fracasado en Irán incluso a pesar de las dos campañas militares y el asesinato masivo de la plana mayor del estamento militar persa y su líder supremo. “John Ratcliffe, director de la CIA, realizó esta semana una visita secreta a Moscú para compartir en privado su sombría valoración de la situación de la guerra de Rusia contra Ucrania e instar a los rusos a llegar a un acuerdo antes de que su situación militar y económica empeore, según afirmaron funcionarios actuales y antiguos”, explicaba The New York Times, que añadía que “los analistas de la CIA llevan tiempo cuestionándose si los asesores del señor Putin le han proporcionado evaluaciones sinceras sobre la evolución de la guerra y su coste”.

“Esta historia se pone cada vez más extraña. Como si Putin fuera a confiar en nuestros espías mentirosos por encima de sus propios espías mentirosos. Además, los presidentes de Estados Unidos tienen por costumbre rodearse de lamebotas que aíslan a su jefe de las malas noticias. O esto es más desinformación o son así de estúpidos”, comentaba el periodista Mark Ames, que apuntaba que Vladimir Putin ni siquiera se reunió con Ratcliffe, por lo que el mensaje habría llegado a los jefes de la inteligencia rusa, las personas a las que se acusa de mentir a su presidente. El periodista estadounidense añadía que los links del artículo de The New York Times remitían a un reportaje de Peter Frankopan publicado por Foreign Policy, que afirmaba que la esperanza de vida de los soldados rusos en el frente es de 35 minutos, una acusación inverosímil teniendo en cuenta que habría hecho la guerra insostenible para Rusia hace mucho tiempo. El origen de ese dato, que no se refería a los soldados en general, sino que lo reducía a los grupos de asalto, es un canal de Telegram vinculado a la oposición rusa y que, en el momento de esa alegación, contaba con apenas 5.000 seguidores, una fuente que difícilmente puede considerase relevante, pero cuyo dato se ha convertido en un dogma repetido incluso por la CIA.

El guion de Ratcliffe en su viaje a Rusia indica, ante todo, la desesperación diplomática de Estados Unidos, que ha sido incapaz de imponer sus términos a Irán y que tampoco es capaz de conseguir lo propio con Rusia y Ucrania, dos países cuyos presidentes desean la paz, así lo afirma al menos Donald Trump, pero que rechazan las posiciones negociadoras que plantea la ineficaz mediación de Washington. Nada indica que la visita de Ratcliffe vaya a causar en el liderazgo ruso tanto nerviosismo como para renunciar a los objetivos y aceptar una negociación en unos términos más draconianos que los que se ofrecían hace unos meses. Ni el discurso de victoria de Ucrania, ni los bombardeos de larga distancia -a los que Rusia ha respondido aumentando la potencia de su respuesta-, ni las amenazas de colapso basadas en datos de dudosa procedencia van a cambiar la naturaleza de la guerra ni los cálculos rusos de cuáles son los objetivos que se consideran realistas.

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