La economía mundial sigue observando con cierto temor y grandes dosis de incertidumbre la situación en Oriente Medio, donde continúan las dificultades de tránsito a través del estrecho de Ormuz, se consolida, al menos de momento, el control hutí sobre la costa del mar Rojo en Yemen y el oleoducto Este-Oeste del mayor productor mundial de petróleo, Arabia Saudí, continúa paralizado. Según Reuters, Arabia Saudí ha pedido a China que presione a Irán para que Teherán controle a Ansar Allah -los hutíes-, una cadena de mando que denota la complejidad de la situación. Diferentes frentes de una misma guerra, todo es causa directa de la decisión de Donald Trump de atacar Irán en busca de la capitulación persa que no consiguió por medio de la negociación, del ataque de hace un año y que tampoco está logrando ahora con la amenaza militar perpetua y la feroz guerra económica. Hace unos días, Scott Bessent afirmaba no saber por qué el precio del petróleo continuaba tan elevado, alegando que Ormuz ya estaba abierto y todo había vuelto prácticamente a la normalidad. Actualmente, todo está claro y la Casa Blanca tiene un chivo expiatorio ideal para culpar de que el galón de gasolina vuelva a superar los cuatro dólares y el de diésel, los seis.
“Quitar capacidad de los mercados globales de energía, como lo que sucedió cuando los ucranianos atacaron a Rusia, ha puesto presión sobre el diésel y el petróleo en general. Esa guerra necesita terminar”, afirmó en una aparición en Fox News el embajador de Estados Unidos en la OTAN, Matthew Whitaker. Estados Unidos, que no puede permitirse terminar la guerra contra Irán en las condiciones actuales, ya que implicaría aceptar un acuerdo que no podría calificar de capitulación y que, por lo tanto, sería una admisión implícita de que no ha conseguido la victoria militar que Donald Trump lleva meses proclamando, busca aliviar la situación volviendo al conflicto que hace dos años creyó que resolvería sin ninguna dificultad. Las elecciones de medio término se acercan y ni el Partido Republicano ni el trumpismo pueden permitirse una imagen de derrota en Oriente Medio, pero tampoco los actuales precios de la gasolina en Estados Unidos.
Después de año y medio de conversaciones que no han conseguido ningún gran resultado más allá de los intercambios de prisioneros y entrega de cuerpos de soldados caídos en el frente -algo que incluso en los momentos más duros de la guerra de Donbass era posible hacer por la vía del diálogo directo, sin necesidad de enormes formalismos-, Washington vuelve a tener prisa por resolver la guerra de Ucrania. El domingo, Donald Trump anunció una tregua energética que tanto Ucrania como Rusia han calificado de buena idea, aunque han añadido matices. Acostumbrado a dar órdenes y que estas sean inmediatamente acatadas, el presidente de Estados Unidos dio a conocer por medio de su red social personal ese alto el fuego energético que no había acordado ni con Kiev ni con Moscú. Las buenas palabras de ambos contendientes se deben a la necesidad de no alienar a Estados Unidos, el poderoso mediador capaz de imponer sanciones y cambiar de opinión por trivialidades como unas declaraciones desafortunadas. “Por el momento, Rusia está diciendo las palabras correctas”, afirmó la semana pasada en su aparición en el foro ucraniano Yalta European Strategy Jared Kushner, yerno de Trump, una de las personas más cercanas al presidente y miembro de la dupla negociadora que la Casa Blanca.
Los ataques a las infraestructuras energéticas continúan y Kiev y Moscú no parecen tener prisa por concretar esa tregua que Trump dio por hecha y que necesita para detener la mala deriva del discurso mediático, que, a excepción de medios como Fox News, le culpa del alza del precio del petróleo, de la elevada inflación y de la subida de los tipos de interés anunciada por la Reserva Federal el miércoles. Esta relativa debilidad, no necesariamente de Estados Unidos, pero sí de Donald Trump es una baza que Zelensky intenta jugar actualmente. Sin temor a arriesgarse a la ira su principal proveedor de armas, el presidente ucraniano ha optado por responder a la orden de Trump añadiendo más condiciones, algo habitual en Zelensky, pero que en esta ocasión incluye una mucho mayor cantidad de exigencias. Como en ocasiones anteriores, toda la negociación se ha de desarrollar en el marco de los socios occidentales y no hay planteada ninguna negociación con Rusia. Son esos “socios” –partners, la palabra más repetida por Zelensky, que siempre trata de involucrar a sus aliados en la guerra en busca de una participación más directa- los que han de imponer las condiciones a Moscú y a Washington.
“No poder mover el petróleo y venderlo es una gran pérdida para el presupuesto de Rusia: más de 100.000 millones al año. Este año será aún más, 150.000 millones”, argumentó Zelensky en una entrevista concedida a la CBS, en la que queda claro que la prioridad es causar destrucción ajena y no evitar la propia. De ahí que los graves daños que Ucrania está sufriendo a raíz de la respuesta rusa a la escalada ucraniana sean un mal menor que Zelensky y su equipo están dispuestos a hacer padecer a su población. “Nosotros nunca atacamos primero. Nuestra táctica es responder donde podemos porque Putin no respeta y ni siquiera pensará en negociar con débiles”, añadió el presidente ucraniano a pesar de que el actual empeoramiento de la guerra se debe a una decisión ucraniana, la operación de 40 días que iba a detener la economía rusa, pero ha terminado por minar aún más la ucraniana. Zelensky insiste también en la idea de que Rusia solo responde a la fuerza y no negocia si detecta debilidad, una idea que no se sostiene si se observan los actos del Kremlin durante este conflicto. En septiembre de 2014 y febrero de 2015, Rusia detuvo las ofensivas de la RPD y la RPL en favor de un acuerdo en el que no buscó imponer condiciones imposibles. Por el contrario, Moscú ha respondido a los momentos de fortaleza de Ucrania con humildad y trabajo. En el otoño de 2022, cuando Ucrania se veía capaz de preparar una que le acercaría a la victoria, Rusia empleó meses en cavar trincheras y preparar una defensa que finalmente no necesitó. En 2024, Moscú se retiró de las zonas fronterizas de Kursk para preparar una contraofensiva con garantías en lugar de luchar sin preparación previa. Ni entonces ni ahora, la presión militar severa obligó a Rusia a una negociación en posición de debilidad, sino que Moscú respondió con resistencia y contraataque. De ahí que la insistencia de Ucrania en continuar por el camino del ataque contra las infraestructuras rusas contra incluso la opinión de Donald Trump sea cuestionable en términos de los objetivos que busca.
“Cuando Steve Witkoff y Jared Kushner estuvieron aquí, propusieron pensar en refinerías y otras energías. Les dije que estamos listos para un alto el fuego energético, pero necesitan saber qué significa eso para Ucrania. Para Putin, la energía es vender petróleo y gas. Para nosotros, la energía es tener electricidad y suministros de gas para nuestra gente”, explicó Zelensky, que, sin embargo, inició una campaña de ataque contra las infraestructuras petrolíferas rusas perfectamente consciente de que la represalia rusa más probable sería atacar las infraestructuras energéticas de Ucrania. “Mi mensaje fue: Si los rusos están listos para un alto el fuego energético, eso significa no ataques de ningún tipo con ningún tipo de arma contra la energía. Si hablamos de grano y agricultura, entonces no bloqueos a las exportaciones agrícolas, porque esto se trata de la seguridad alimentaria para muchas personas en otros continentes. Rusia tiene hasta 70 millones de toneladas de productos agrícolas para vender, y Ucrania necesita vender alrededor de 30 millones. También está en su interés. Si dicen: «Nosotros no atacamos estas instalaciones», tienen que poner una lista de sus instalaciones sobre la mesa: las que no quieren que ataquemos. Incluso durante la guerra, puedes encontrar algunos momentos para desescalar. Si negocias, eso significa que estás mostrando tu buena voluntad, o voluntad política, para poner fin a la guerra”, añadió. En otras palabras, a la orden estadounidense de detener los ataques contra las infraestructuras energéticas, Zelensky exige que Rusia presente una lista de objetivos que desea que no se bombardeen -una lista de objetivos que Ucrania evidentemente bombardearía nada más terminar esa tregua- e introducir otros aspectos como las infraestructuras de exportación, que no habían sido atacadas sistemáticamente hasta que Ucrania inicio su operación de 40 días para destruir la economía rusa.
Pese a su mención a la palabra, Ucrania no busca desescalar en este momento, no solo porque piensa que, poco a poco, puede dañar la economía rusa o al menos hacérselo ver así a sus socios como argumento para incrementar el apoyo militar, sino porque confía en que cuenta con una carta importante para negociar con Estados Unidos. El miércoles por la noche, en una de sus muchas apariciones políticas de campaña, Donald Trump insistió en la cuestión que, en su parecer, es el motivo por el que la guerra de Ucrania no ha terminado. No puede ser porque nunca ha habido una mediación competente o que intente comprender la naturaleza de la guerra o porque no hay una hoja de ruta sobre la que negociar. Todo se limita a las sensaciones. “Los dos líderes se odian tanto el uno al otro. El odio es muy interesante. La guerra es muy interesante. Esa es la guerra que está haciendo subir los precios del diésel, pero todo va a terminar muy pronto”, afirmó Trump, con un optimismo tan vacío como el que hace dos años le hizo decir que sería capaz de poner fin a la guerra incluso antes de tomar posesión del cargo.
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